Aegos: prólogo.

Mucho tiempo después, en una helada noche, bebiendo en una taberna subterránea, bajo nieve y bosques, este hombre había de recordar lo que en aquella mañana remota sucedió. Entre cervezas y vino le contó todo a un desconocido... sin saber que se convertirían en amigos, y que aquel hombre moriría por causa de él.
La inusual taberna era espaciosa y los clientes conversaban en voz calma. De las 10 mesas que habían solo dos estaban ocupadas.
El primero llegó al lugar y pidió una jarra de cerveza, era su primera vez ahí. Cuando se la hubo terminado entró el desconocido, quien también entraba por vez primera, y pidió una copa de vino. Momentos después, por cosas de la soledad, terminaron sentados a la misma mesa. En un principio conversaron trivialidades, después de varias jarras y copas, pasaron a contar sus historias personales, y terminaron revelando secretos y recuerdos del pasado. Ahora por cosas de la soledad... y la embriaguez.
...—Mis padres eran muy estrictos conmigo, no permitían que me alejara de la choza, por miedo, sobretodo a los invasores de ultramar. En esos años los extranjeros ya estaban cerca de nuestra región. Tampoco me permitían entrenar con los demás niños de la aldea, ni jugar brusco. —El hombre tomó un sorbo de cerveza mientras su reciente compañero de tragos, quien hace unas horas era un completo desconocido, le miraba con interés. El acompañante tenía su quinta copa de vino recién servida y llena.
—Ahora ya adulto entendí a mis padres, la sobreprotección es exceso de miedo, pero también un inmenso amor. Uno a los 10 años de edad no entiende. Aunque ahora a los 31 a veces también me siento niño. —Encendió el tabaco de su pipa. Botó una inmensa bocanada de humo hacia el techo, esquivando la cara de su acompañante, por respeto.
—Esa noche tuve pesadillas. —Bromeando abrió los ojos e hizo una mueca de miedo, camuflando cualquier rastro de temor al recuerdo—. Aemis no era la estrella viajera de siempre, ahora estaba quieta en la mitad del cielo, más brillante y más roja que nunca, y estaba más cerca del mundo. Se abrió como cual ojo despertando y tiñió el cielo de sangre. De ella brotó una figura humana pura. Traía una corona, y en la corona infinitos ojos. El humano descendió sobre mí, pero cuando estaba cerca de impactarme, desperté. —Dio una gran fumada con el ceño levemente fruncido, mezclando el acto con un suspiro, intentando acallar recuerdos extraños.
—Desperté por los gritos de mis padres. Discutían ya que se habían enterado de que los conquistadores, los hombres de ropas brillantes, estaban cerca de la comunidad, a unos cuantos montes de distancia. Mi padre hace un tiempo había decidido que quería que seamos sirvientes de los invasores, por seguridad y porque podríamos tener riquezas como habíamos escuchado. Pero mi madre quería honrar a nuestros ancestros y luchar en resistencia.
—Yo tenía un muñeco de tela y madera al que quería mucho, me lo había hecho mi madre. Lo tomé y me levanté, no me vieron en la oscuridad, estaban acalorados discutiendo. Salí de la choza, miré por sobre los bosques y vi las primeras luces del alba. En ese momento miré más arriba y en el cielo había una estrella viajera, pero no era Aemis. El astro no era rojo, era blanco celestino y viajaba de una forma diferente. Se movía con calma por el cielo y creí que descendería, como las historias de estrellas que bajan al mundo. Comencé a correr y me adentré en el bosque, embelesado por su apariencia ajena, y creyendo que podría interceptarla. —El hombre le dio otro sorbo a su cerveza y comió un pedazo de cerdo. Con la mano le hizo un ademán a su compañero de mesa para que coma, obligándolo fraternalmente.
—Subí corriendo el monte. Demoré a causa del terreno boscoso. Mi camino se terminó cuando, bajando al otro lado del cerro, llegué al borde de un risco. Rodeado de árboles, estabábamos solo mi muñeco y yo. Abajo en el valle distante había un claro entre los bosques y vi a dos grandes ejércitos, miles de hombres en cada uno. —El hombre se acomodó y miró a su acompañante con entusiasmo—. En mi pueblo se decía que mi madre, cuando me parió, me cambió los ojos por los de un halcón. —El hombre sonrió con orgullo—. Las únicas competencias en la que mi madre me dejaba participar eran en las de visión, olfato y audición. Ahí descubrí que veo 10 veces más lejos que cualquier persona. —Se terminó la jarra de cerveza de un gran sorbo y prosiguió—.
—Como bien habían dicho mis padres en su discusión, los invasores estaban cerca, y un ejército de nuestras tierras, Dungún, les plantó cara y detuvo su avance. —El hombre adelantó—. Después te contaré por qué no nos enteramos antes del avance de los invasores. —Miró serio y sereno—. Prosigo... con mis ojos de halcón vi a los extranjeros, sobre sus caballos, con armaduras y armas de metales que relucían por los nacientes rayos de sol en la despejada mañana. Del otro lado estaban mis hermanos de la tierra, a pie, que también resplandecían pero por el brillo de sus pieles morenas y el esplendor de sus armas hechas de finas maderas y rocas. El sol recién se asomaba en el horizonte y ambos bandos aguardaban el inicio de la batalla. En esos momentos olvidé el motivo por el cual había cruzado el monte y los bosques.
—Entendí que dentro de poco habría violencia en el valle, que habrían gritos y sangre, como cuando en la comunidad matábamos cerdos para comerlos. Sentí temor por estar presenciando aquello. Me acordé de mis padres, y me di cuenta que estarían preocupados por mí, buscándome, y preparando mi castigo. Espabilé y decidí volver.
—Cuando di mediavuelta para irme, miré al cielo y volví a ver la estrella de hace un rato. Ahora, lentamente se hacía más grande. Quedé paralizado mirándola. Al paso de un momento, se hizo mucho más visible y caí en cuenta que venía descendiendo hasta donde estaba yo. Súbitamente la estrella estaba por encima de las hojas de las copas de los altos “rewenes”. Al ya estar cerca, noté que su luz era visible como cualquier estrella, pero no resplandecía a distancia como el sol. El astro ahora era una bola de luz que se posó en el suelo, a unas 20 varas de distancia de mí. Recordé mi pesadilla.
El hombre tomó un gran sorbo de cerveza—. Escúchame bien... la estrella era un “ankúifi”, un carruaje celestial con un inmenso cristal “tirwe” como base, del cual creo que se desprendía la luz blanca celestina. Eso fue lo único que logré identificar de la forma física del carro ya que lo cubría la esfera de luz. Yo había escuchado historias ancestrales de espíritus que descendían en carrozas de fuego. —Al hombre se le quebró la voz antes de decir lo siguiente, pero se repuso de inmediato con una fumada de tabaco. —De este ankúifi salió caminando un hombre. Primero pensé que era un espíritu, después me di cuenta que era un demonio.
—Ahora yo estaba aterrado. No recuerdo la apariencia del hombre con exactitud, era difuso, borroso, como si mi vista fuese 10 veces peor que la de cualquier humano. Sin embargo, intuí que era un ser acongojado. Tenía cabello largo negro, grande de altura, delgado de cuerpo, y vestía ropas de cuero comunes y corrientes. De su cara sólo recuerdo que tenía los ojos brillantes como gemas blancas y que sentía que su mirada se clavaba en el fondo de mi alma. —Suspiró y abrió los ojos que se le habían aguado ligeramente, intentando esparcir el agua, no vaya a creer su acompañante que él, un hombre de Dungún, lloraría.
—El hombre de la estrella no movía ni un músculo, aún así escuché “—Hola...“, quise mirar alrededor a ver quién había hablado, sin embargo, atemorizado por este extraño ser, no pude apartar la vista de él. “—Hola...” volví a escuchar. Comencé a sentirme mareado y vinieron a mi cabeza los recuerdos de esa anoche, los gritos de mis padres. “—¿Qué tienes ahí?“, escuché después. Sentí que la voz preguntaba por mi muñeco. En ese momento reaccioné porque creí que alguien me lo quería arrebatar. Me atreví a moverme y miré alrededor, pero efectivamente nadie más estaba en el lugar. Solo el extraño, y yo. Caí en cuenta de que la voz provenía de él, pero él no hablaba con palabras de su boca, sino que através de los pensamientos. Sentí que podía ver mi espíritu, me sentí indefenso... yo era un niño. —Los ojos del hombre se aguaron otra vez, ahora al límite, sin embargo por el bien de su orgullo una lágrima quedó al borde del abismo, pero no cayó—. El miedo se incrementó al comprender que quería llevarse a mi amigo de madera. Con ambas manos lo escondí en mi espalda y volví a quedar petrificado.
—Luego sé que me siguió hablando en pensamientos, frases y oraciones, pero no las recuerdo con exactitud, de hecho, mientras más le escuchaba, más perdía la noción de lo que estaba ocurriendo. Creo que el hombre alabó el arte de mi madre por crear tal lindo juguete, pero ¿cómo supo que mi madre lo había hecho? Después me preguntó si yo amaba a mis padres, a lo cual respondí asintiendo con la cabeza. Luego preguntó si los amaba aunque no me dieran libertad de jugar, de explorar, de conocer. Volví a asentir, pero nuevamente ¿cómo él sabía esto? Confieso que desde pequeño efectivamente quería conocer todo lo que más pudiera, creo que yo realmente era el más aventurero y aguerrido de todos los niños de la aldea, pero la sobreprotección de mis padres ahogó mi espíritu.
—Las siguiente palabras sí las recuerdo “—Vas a venir conmigo...” me demandó con los pensamientos, “—Yo seré tu padre y tu madre...“, yo me negué moviendo mi cabeza en señal de negación. Pensé en mi familia y me inhundé en ganas de abrazar a mi madre y de ver a mi padre. Él se acercó, yo estaba paralizado, el hombre sabía que yo no quería ir con él, que no quería que me raptara. Sentí que podía leerme como un libro abierto. Acercó su mano, y aunque yo era pequeño, sabía lo que eran las riquezas materiales y tuve visiones de incontables tesoros y supe que en verdad él podría dármelas. También me vi libre, conociendo hasta el último rincón de tierra y la última gota de mar, pero sin mi madre ni mi padre. Todo esto no lo vi con los ojos, sino que lo vi con el espíritu. Sentí su descontento al comprender que aún así, con todo lo que me ofrecía, yo no elegiría irme con él. Me preguntó “—¿Qué estarías dispuesto a sacrificar para quedarte junto a tus pobres y estrictos padres?“. Con ambas manos le ofrecí en sacrificio al muñeco que mi madre había hecho con tanto amor para mí.
—Tomó el muñeco y frente a mí lo decapitó con las manos. Sé que él ya sabía mucho de mí, y como no quise ser su hijo, el muy mierda se desquitó con el muñeco que yo amaba... al menos agradezco que no me decapitara a mí.
—Ahora pon mucha atención... —le tiritó la voz—. Después de aquello el hombre volvió a entrar en la estrella en la que descendió del cielo, y se elevó, lentamente. No le veía la cara, pero sentí que me volvió a mirar con sus gemas de ojos, dolido, supongo, por no haber querido acompañarle y ser su familia. Cuando se hubo elevado más arriba de las copas de los árboles, avanzó a gran velocidad de halcón en el carruaje luminoso, hacia el claro del valle donde se encontraban ambos ejércitos. Cuando se ubicó sobre los miles de soldados, comencé a escuchar voces de alarma, las cuales se transformaron próntamente en gritos y alaridos de pavor y horror. Infortunadamente, estaban tan ensimismados en la tensión previa a la batalla, que recién se enteraban del descenso al mundo de este ser estelar. Todo quien estaba presenciando, incluyéndome, creyó que un Dios de los mitos ancestrales había descendido desde el cielo.
—Lo siguiente es lo último que recuerdo. —Miró furtivamente hacia los lados asegurándose que nadie más le estuviera escuchando—. La luz del carro iluminaba a su alrededor como una débil estrella, pero se movió y se ubicó sobre el ejército de mis hermanos de Dungún, y el carruaje con el hombre adentro se encendió en una inmensa luz, ahora replicando el poder del sol mismo e iluminando todo el valle y hasta el horizonte, todos los árboles, todas las caras, todo, como un juez que todo lo ve. Y desde esta esfera de luz; este carruaje, una columna de fuego cayó sobre el ejército de Dungún, exterminándolos a todos... bueno, casi a todos...
El hombre bebió de un único gran sorbo todo lo que le quedaba de cerveza, que era la mitad del jarro, el cual quedó vacío sobre la mesa. Seguido, la misma lágrima de antes se asomó en el borde de su ojo, pero ahora la congoja la empujó, y cuando iba a caer, desesperado y sin pedir permiso, tomó la copa llena de vino de su acompañante y se la empinó, para así ocultar la caída de la gota. Se bebió la copa llena de vino y una lágrima, también de un sólo trago.
El acompañante había notado secretamente todos los llantos ahogados en alcohol y tabaco. No había tocado su quinto vino, pero sonrió amigable al ver cómo el hombre de Dungún bebía su copa y ocultaba otro llanto. Acto seguido recordó una profecía Aegosiana y pensó en sus embriagados adentros “—Espero que su pesadilla nunca se haga realidad”.
El Aegos era un mundo pequeño pero gigante para los insignificantes humanos. Como un vasto tablero con infinidad de piezas, con instrucciones y reglas difusas, donde el empate, la victoria o la derrota son para cualquiera, y lo único certero es que todo juego llega a su final.