Setenta años para recordarte

All Rights Reserved ©

Summary

¿Cuanto tiempo tardas en enamorarte? ¿Cuanto tiempo tardas en olvidar a alguien? ¿En verdad quieres olvidarte de esa persona? Irene busca ayuda cuando tiene que lidiar con el duelo de perder a su esposo Guillermo, sin embargo… él aún vive.

Genre
Drama/Other
Author
Sofía
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Setenta años para recordarte

No sé por qué estoy aquí. Mi hija me pidió que lo hiciera, pero jamás he estado en un lugar como este. Por alguna razón he querido causar una buena impresión, he elegido mi falda favorita y una buena blusa del mismo color. ¿Qué se supone que haré? ¿Vengo demasiado formal? ¿O parece que voy muy desarreglada?

Un sonido me hace levantar la mirada y cuando una mujer aparece en la sala de espera, anuncia mi nombre.

Es mi turno.

Me pongo de pie, le doy una mirada rápida a mi hija, quién estaba sentada a mi lado, y me ofrece una sonrisa antes de que comience a seguir a la mujer que me ha llamado antes. Parece amable, me recibe con una sonrisa de igual forma, y me pide que la siga hasta una habitación, la cual no es muy difícil adivinar que es su consultorio.

—Puede sentarse— me dice señalando el sillón que está frente a su escritorio.

Asiento con mi cabeza y hago lo que pide, mientras tanto, ella toma asiento al otro lado del escritorio.

—Buen día— dice con voz calmada y una sonrisa amistosa—. Soy Paulina Ferrer, y seré su psicóloga, yo la acompañaré durante este proceso.

Asiento, aunque no estoy muy segura de lo que me ha dicho. Principalmente porque no entiendo bien qué es lo que estoy haciendo en este lugar. ¿Cómo me va a ayudar? No soy yo la que necesita ayuda, es mi esposo, él es quién está enfermo, no yo.

—Quisiera hacerle unas cuantas preguntas para conocerla un poco mejor, ¿le parece si empezamos?

Su voz y el ambiente es bastante sereno, me parece que hasta estoy más relajada aquí dentro que allá en la sala de espera, sin embargo, sigo sin saber lo que me espera y cómo se supone que esto va a arreglar las cosas.

—Está bien— respondo.

—¿Puede decirme su nombre completo y su fecha de nacimiento?

—Irene Gamboa— asiento—. Nací el nueve de abril de 1934. Tengo ochenta y nueve años.

—¿Cuál es su estado civil?

¿Mi qué?

Restriego mis manos por mi falda y me acomodo mejor en mi lugar intentando que no se dé cuenta de que me pone de nervios no comprender algunas veces lo que me dicen.

—¿Disculpe?

—Si es usted casada— responde con calma—. Soltera, viuda…

Deja la frase al aire para que responda, y por fin recuerdo lo que estado civil significaba.

De todos modos, veces no sé aún si tengo esposo. Sé que estoy casada, él sigue aquí, pero no se siente como si lo estuviera. Lo está físicamente, pero ya no es la misma persona de antes.

—Casada.

—¿Cuántos años lleva casada?

Años… Ha sido tanto tiempo que perdí la cuenta. Me parece que es toda una vida.

—Tengo…— me doy un momento para contar y la psicóloga espera de forma paciente hasta que digo—: sesenta y siete años casada.

La psicóloga comienza a preguntar sobre mi vida familiar, y yo sigo contando hasta que llego a la parte donde ya he formado mi propia familia.

—Usted mencionó haberse casado a los veintidós— asiento—. Quisiera que me contara sobre su matrimonio, de cómo empezó hasta la fecha.

Me quedo callada un segundo intentando encontrar las palabras correctas para contar una historia de sesenta y siete años en el tiempo que nos queda de sesión.

—Mi esposo y yo nacimos en Durango. De hecho, éramos vecinos, pero nunca lo conocí ahí— al recordar cómo nuestras casas estaban una frente a la otra me es imposible no sonreír, aunque aparto la mirada de la psicóloga—. Desde los diez años quedó huérfano, así que él tuvo que trabajar, por eso a la única que veía era a su hermana menor Elisa. A veces jugábamos a las muñecas, pero como ya no tenían a sus papás, ella se encargaba de la casa, y siempre tenía que irse antes que las demás niñas de la calle, mientras que mi esposo Guillermo, y su hermano mayor Jorge, iban a trabajar. Al único que a veces veía llegar era a él, pero a mi esposo jamás.

Me atrevo a ver de nuevo a la psicóloga y me acomodo mejor en el asiento.

—Todos crecimos, y para ese tiempo él se había ido a trabajar a Estados Unidos, entonces yo sólo seguía viendo a sus hermanos. Hasta que ellos se fueron de esa casa y dejé de verlos por un tiempo, al menos hasta que Jorge les avisó a varios de nuestra calle sobre la repartición de tierras que hacía el presidente en Tamaulipas, y mi papá decidió que era buen momento para irnos para hacer una mejor vida por allá. Ahí volví a ver a mi amiga de la infancia, y ahora Elisa también vivía con sus hermanos mayores, incluyendo a Guillermo. Fue cuando lo conocí… A pesar de que antes hubiéramos estado separados por una calle muy pequeña, sólo nos conocimos cuando decidimos mudarnos a otro estado.

Suelto una risa corta ante la ironía de que haya sido de esa forma y no antes.

¿Hubiera sido diferente si lo conocía desde antes?

—¿Qué edad tiene su esposo? — Pregunta.

—Noventa y cuatro— respondo y ella asiente con su cabeza—. Cuando nos conocimos, yo tenía veinte y él veinticinco. Ahora lo veo y siento que éramos unos niños…

Siento como si el aire comenzara a ser más difícil de respirar, y mis ojos perciben las cosas de forma borrosa debido a las lágrimas acumulándose.

—Era raro que en ese tiempo alguien de nuestra edad estuviera soltero. Ya casi nos decían “quedados”, pero creo que a ninguno de los dos nos importó mucho.

Bajo la cabeza y paso el dorso de mi mano por mis ojos para limpiar las lágrimas que comienzan a aparecer, y esas otras que ya están rodando por mis mejillas.

Veo como la psicóloga acerca algo hacía mí, y levanto la mirada, lo suficiente para notar que es una caja de pañuelos.

Acepto uno, limpio mi rostro y tomo una respiración profunda antes de continuar diciendo:

—Empezamos hablando mientras estábamos con Elisa, luego comenzamos a ser amigos, y de pronto a salir.

Siento el nudo en mi garganta aparecer a medida que voy hablando. No estoy muy segura de si podré continuar la historia sin llorar.

—Yo estaba muy enamorada de él cuando me casé.

Suelto un sollozo y me siento tan avergonzada que cubro mi rostro con mis manos.

—No puedo— digo, aunque mi voz sale ahogada por mis manos—, no puedo decirlo sin llorar.

—¿Y por qué no probamos decirlo incluso si llora? —Pregunta con voz tranquila.

—No está bien— niego con mi cabeza y me descubro el rostro, pero no me atrevo a mirarla—. No puedo.

—¿Cree que está mal llorar?

No respondo.

¿Está mal? Nunca he sido de las que lloran en público, mucho menos enfrente de desconocidos.

—Mi papá decía que no debíamos llorar por cosas que no podíamos cambiar— comento—Debería estar agradecida de que aún sigue aquí.

—¿Quién sigue aquí?

—¡Guillermo! — Exclamo. — Mi esposo sigue aquí, y necesita ayuda, pero nadie se la da y ahora soy yo la que está aquí en lugar de buscar a un doctor que me traiga de vuelta a la persona que él solía ser.

—¿Quién es la persona que su esposo solía ser y qué diferencia hay en la que es ahora?

Siento que mis labios tiemblan y me obligo a tomar una respiración profunda antes de continuar, sin embargo, por más que intento mirarla, creo que me es más fácil asimilar que estoy llorando frente a una completa extraña si no la miro a los ojos.

—Fue un gran esposo, era muy paciente, incluso cuando las personas no merecían su paciencia, incluso cuando yo no la tenía, y que hombre tan más inteligente, leía enciclopedias y libros a montones por puro gusto. Cuando aún vivíamos en nuestro rancho… no teníamos mucho, había años en que la cosecha no era buena, y teníamos que administrar muy bien nuestro dinero para llegar al siguiente año. Para esos años que todavía no teníamos a nuestros hijos era un poco más fácil porque sólo éramos nosotros dos, pero cuando llegaron ellos, Guillermo siempre encontraba la forma de hacerme mantener la calma cuando creía que nos íbamos a quedar sin nada.

—Mencionó usted antes que tuvieron dos hijos—asiento con mi cabeza—. ¿Cómo era su esposo con ellos?

—Excelente padre. Siempre trabajaba para darnos todo, y cuando llegaba a la casa… En verdad no puedo dar ninguna queja sobre él, mis hijos dicen lo mismo que yo.

—Y bueno… ¿Cómo es su esposo ahora? ¿En qué cree usted que necesita ayuda?

—Él no está bien de su cabeza— me encojo de hombros sin saber bien cómo explicarlo—. Quiere decirnos algo, pero no sabe las palabras para hacerlo, a veces no sabe el nombre de nuestros hijos y hace ya mucho que solo me dice “señora” así que no sé si se le ha olvidado mi nombre o se ha olvidado de que soy su esposa.

—¿Esto ha sido gradual o algo más espontáneo?

—No tiene más de un año— me paso las manos por el cabello y vuelvo a acomodarme en la silla, pero no estoy cómoda en ninguna posición—. Le he dicho a mis hijos que lo lleven al doctor, pero siempre me dicen que no se puede hacer nada y todo es parte de su edad. Pero… ¿Cómo es posible que deje de ser él? — Cuestiono y ella tan solo me mira igual de serena que desde el momento en que entré—. Lo conozco desde hace setenta años y vivo con él desde hace sesenta y siete, no entiendo por qué ya no es él. ¡Es él! — Exclamo con frustración—. Pero no es él, ¿es posible eso?

La psicóloga inclina su cabeza y dice:

—¿Cree usted que lo sea?

—Es lo que veo.

Es decir, por supuesto que es posible. Claro que esa era la respuesta.

Que terrible respuesta.

—Guillermo tiene tres meses aún en peor estado—siento de nuevo las lágrimas acumulándose en mis ojos y vuelvo a bajar la mirada—. No podía caminar solo, no iba al baño, comía muy poco, y hacía un movimiento extraño con su boca… la doctora dijo que es parte del Parkinson.

—¿Por qué de pronto hablamos en tiempo pasado? ¿Ha notado algún cambio en él?

Ojalá lo notara.

—Cada día está peor— niego—. Lleva dos semanas sin comer ni beber nada, los doctores dijeron que ya no hay nada que hacer más que esperar—siento el enojo recorrer mi cuerpo y me obligo a apretar mi falda entre mis manos— ¿Cómo es posible que ni siquiera lo intenten? ¡Dicen que ha olvidado cómo comer! Que tiene…— frunzo el ceño al no recordar el nombre— tiene… ¡su memoria! Una enfermedad en su memoria.

—Alzheimer.

—Sí, eso. No entiendo bien, pero dicen que no se cura. Yo no quiero que Guillermo se cure si no puede, pero no quiero verlo en cama, sin poder levantarse y observando su cuerpo acabarse lentamente hasta quedar tan delgado que lo único que se aprecia son sus huesos.

Las lágrimas que antes estaban en mis ojos caen, pero esta vez no me molesto en limpiarlas ni ocultarlas corriendo la mirada a la pared en lugar de verla a ella, incluso cuando las siento rodar hasta mi cuello y perderse en mi blusa. Ni siquiera tomo otro pañuelo.

—Son sus últimos días aquí, ya todos lo dicen, sólo estamos esperando y cuidando de él mientras su cuerpo decida que es tiempo de irse.

—¿Cómo se siente usted con respecto a dejarlo ir? Teniendo en cuenta, que puede que ese momento esté cerca.

—No sé— me encojo de hombros—. Yo no sé lo que es una vida sin él, porque, aunque lo conocí hasta que tuve veinte años; ese antes no es mucho comparado a todo el tiempo que pasé con él. No sé si pueda dejarlo ir pronto.

—A veces el tiempo de las personas se acaba, y no con todos podemos verlo venir. Tal vez podamos intentar de a poco desde ahora.

—¿Y cuando muera que será? —Siento como me voy quedando sin aire suficiente para hablar—Si ya no está, ¿qué sentido tendría llorarle? ¿Cuánto tiempo voy a hacerlo? — Sollozo y siento como si las palabras que salen de mi boca apenas fueran entendibles con el nudo en mi garganta impidiendo que hable correctamente—. ¿Qué tal si pasan meses y yo aún lo extraño? ¿Qué tal si pasa un año y yo aún quiero llorar?

—Pregúntese: ¿Por qué tendría que superar tan pronto un sentimiento que construyó por setenta años?

No respondo, pero escucharla me hace llorar aún más. Me siento impotente de no poder hacer nada más que sentarme a lado de mi esposo, esperar a que su cuerpo no pueda más y decida que es hora de irse. Tal vez hasta enojada, y claro, es de forma injusta, porque me llena de frustración que ningún doctor me pueda ayudar, incluso si se supone que ellos deben hacerlo, pero ¿cómo los culpo?

¿A quién culpo en realidad? ¿A mi esposo por envejecer o al tiempo por pasar tan rápido?

—No tiene que reprimir su dolor— me dice con una voz tan dulce que hasta se siente como un abrazo de consuelo, y no tiene que tocarme para que se sienta de tal forma—. Ni tampoco debe creer que sólo le es permitido sentirlo por un periodo de tiempo. Sólo estaría poniendo ese duelo en pausa. Permítase sentir cada vez que sienta, sea lo que sea, porque para eso son las emociones. Le aseguro que cualquier razón es valida para lo que sea que sienta, mucho más un amor que lleva construyendo por setenta años.

El consultorio estaría en completo silencio de no ser por mis sollozos, y malos intentos por tranquilizarme, pero lo único que logro es que algunos sonidos se escapen de mi garganta y terminen convirtiéndose en más sollozos y llanto.

Al menos hasta que de a poco puedo lograrlo, y aún con mucho dolor, entender que no puedo culpar a nadie, ni siquiera al tiempo.

Pero no quería culpar a nadie tampoco, nunca quise hacerlo.

Tal vez sólo tengo miedo de saber qué pasará una vez ya no esté, porque de una u otra forma, ya no está, pero al menos puedo aferrarme a lo poco que me queda de él. Y por lo que todos dicen, e incluso lo que yo puedo ver; no me queda mucho tiempo para eso.

Miro a la psicóloga de nuevo, y noto que está muy tranquila aún, incluso después de haberme visto y escuchado llorar así. No parece juzgarme por ello, pero me siento escuchada, y comprendida también.

Debo admitir, que al menos siento que puedo respirar de manera correcta de nuevo desde que comencé a hablar.

La psicóloga me sigue alentando a hablar. Esta vez un poco de la situación actual con mis hijos y cómo cuidamos de Guillermo, y para el final de la sesión, que, por cierto, llega más pronto de lo que creí que haría, se despide de mí diciendo que le gustaría verme en una semana, pero que puedo llamarla si creo necesitarla antes.

Para cuando ese tiempo se cumple, vuelvo a aparecer en su consultorio.

—Mi esposo murió dos días después de mi última visita— comento de inmediato.

—Lamento su pérdida, señora Irene—dice con voz calmada—. ¿Quiere hablarme sobre eso? ¿Qué ha pasado desde nuestra última sesión?

—Cuando llegué a mi casa después de mi última visita lloré mucho, en especial por la noche cuando estuve sola. Me hizo pensar en los últimos setenta años y en cómo en verdad no sería raro pensar en que el dolor tardaría en irse más de unos días— bajo la mirada y observo las arrugas que se hicieron en mi falda al sentarme, pero las dejo en su lugar—Pensé que tal vez no viviría setenta años más para olvidarme de él; pero en realidad no quiero olvidarme de él, eso sí sería triste, sólo quiero aprender a vivir con su ausencia por lo que a mí me reste de vida. Y ahora tuve que dejarlo ir…

Tomo una respiración profunda, me aclaro la garganta y la miro de nuevo.

—Se que lo voy a extrañar— continúo—, pero entiendo que prefiero que esté descansando a verlo consumirse cada vez más, y sin saber si está sufriendo porque ha olvidado cómo hablar y expresarse.

No creí que alguna vez llegaría a pensar eso hasta sucedió.

—¿Tuvo tiempo para despedirse?

Asiento con mi cabeza— Sí, la mañana después de que estuve aquí. Le dije que, si tenía que irse lo hiciera, y no sé si me entendió o siquiera me escuchó, pero me gusta creer que sí. Le di las gracias por tantos años, por mis hijos y por ser una gran persona a pesar de lo dura que fue su vida desde niño; porque el hombre que surgió de ahí no fue criado más que por sí mismo y todos esos libros que le encantaba leerse a diario— suspiro—. De paso le pedí perdón si es que en algún momento yo perdí la paciencia, porque él nunca lo hizo conmigo.

—¿Y cómo han sido estos días sin él? ¿Qué ha sentido, o pensado?

—Pienso que pasé setenta años muy bonitos a su lado— siento como una lágrima cae por mi mejilla y la psicóloga me pasa su caja de pañuelos, de los cuales tomo uno para limpiarme—. Mis hijos y nietos no me han dejado sola, y sé que no lo harán. De pronto recuerdo a Guillermo y claro que lo extraño; como ahora.

Señalo mi rostro al saber que las lágrimas silenciosas han aparecido.

—Pero creo que sufrí mucho más al verlo en cama sin saber si necesitaba algo, y estando yo consciente de que así me dijera lo que necesitaba, nadie iba a poder ayudarle. Es mejor así.

—Parece que lo está llevando bien. La noto tranquila, ¿se siente así para usted?

Hace dos semanas entraba diario a mi cuarto y sólo podía verlo y cuestionar a la vida, o incluso a mis hijos: ¿por qué está así?

Creo que me he quitado una gran carga al comprender que estaba bien si me dolía verlo de esa forma, así como que también estaba bien si tenía que irse, y que yo estaré bien en el tiempo que me queda aquí. Incluso si duele al principio.

La miro y le ofrezco una sonrisa apretada antes de decir:

—Me siento paz, y sé que cada día estaré mejor.

Así viva setenta años más, no los usaría para olvidarme de él, sino para seguir con mi vida mientras me permito recordarlo desde el sentimiento que alguna vez construí a su lado.