El león dorado

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Un pequeño cachorro de león puede no significar nada, o puede significar todo

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El Rey del Bosque

Un cálido día de verano, nació un pequeño cachorro de león en una pequeña manada en el bosque Gir de la India.

La luna llena de Agosto cobijó al pequeño felino con su luz pudiendo su madre y su hermano distinguir su dorado pelaje húmedo y apelmazado.

Esta peculiar manada ahora de 3, debió escapar de su antiguo refugio cuando el león alfa se encontraba de cacería.

La astuta leona logró huir antes de que un desafortunado giro del destino la alcanzara a ella, a su primogénito y al pequeño que aún estaba por nacer.

Ahí en esa pequeña cueva, decidió que siempre lucharía por sus pequeños leones que un día liderarían su propia manada, pero por el momento, ese día se llenaba de alegría al recibir al pequeñito león dorado que gimoteaba y buscaba alimento en el regazo de su madre.

El otro leoncito era apenas un cachorro que jugueteaba con las rocas en la cueva y correteaba su cola y aunque parecía no prestar atención, le causaba curiosidad ese pequeño ser.

Al poco tiempo, los animales del entorno se dieron cuenta que la leona era pacífica y que prefería ir a cazar lejos de ese territorio para no perturbar la tranquilidad de sus pequeños y algunos animales empezaron a acercarse a convivir con los salvajes gatitos que aunque eran muy similares en apariencia, con el paso del tiempo sus diferencias se volvían más y más evidentes.

El pequeño león dorado era un cachorrito de patas anchas, ojos amables y pancita redonda, le gustaba ir al abrevadero y mirar a las aves que esperaban apaciblemente cazar algún despistado pez y platicaba con ellas, las aves le contaban sus historias de tierras lejanas donde había otros leones y tigres y serpientes y el pequeño león dorado escuchaba las historias y las imaginaba en su mente, atesorando todo el conocimiento que los otros animales gustosamente le compartían.

El otro león, unas lunas más grande, era más inquieto, había vivido poco tiempo en la otra manada pero lo suficiente para darse cuenta de que a diferencia de este territorio, en el anterior, los animales le temían al gran león y su séquito, las aves volaban del abrevadero en cuanto los veían y en general, el respeto era un miedo contenido.

En el oasis que la leona eligió para ellos, la vida era más tranquila, más aburrida para él, quien a veces se agazapaba detrás de un risco solo para hacer correr a los animales más pequeños que corrían despavoridos y enojados los cuales le apodaron el león pardo por su incipiente pelaje un poco más obscuro pero sobre todo por su sombrío carácter.

La leona amaba a sus dos hijos aunque siempre tuvo la ilusión de que un día su primer hijo, el león pardo fuera el que dominara el bosque, lo cierto es que le era muy difícil elegir un favorito.

Criar a 2 leones machos implicaba mucho esfuerzo y por ello, a veces la leona debía ausentarse unos días mientras buscaba alimento pero ella era una leonesa tan afable que pronto algunos animales como la vieja cocodrilo del estanque, le ayudaban a vigilar a los dos jóvenes.

El león dorado siempre fue el favorito de los animales, de un carácter tan tranquilo que a veces se metía en las cuevas de otros animales solo para dormir y entonces ellos le dejaban pues sabían que nunca les haría daño y le tenían profundo aprecio.

Siempre fue muy observador y le gustaba aprender. Pasaba muchas horas platicando con una tortuga estrellada que al no poder caminar muy rápido, era víctima frecuente de sus preguntas y la tortuga no tenía más remedio que respondérselas y con el tiempo se hicieron amigos pero esa amistad no duró mucho ya que el león pardo un día quiso ver cuánto tiempo podía aguantar la tortuga bajo el agua y con una pata la sumergió hasta que dejaron de salir burbujas.

Un rugido aterrador emergió del enojado león áureo y de un brinco, tiró al suelo a su hermano quien incrédulo, se rindió por primera vez ante el joven felino.

Esa noche el león dorado se dió cuenta que estaba solo, no quiso dormir en la cueva con su hermano y su mamá y prefirió ir a dormir a la intemperie junto a una manada de ciervos moteados que lo recibieron felizmente pues esa noche al tener a un león junto a ellos, ningún depredador se les acercaría.

Los leones crecían rápido y aunque eran jóvenes y torpes, de lejos parecían ya todos unos adultos. La leona estaba orgullosa y siempre que se cruzaba con otro felino, le decía que tenía 2 enormes leones que la cuidarían.

Al pasar los años, el león pardo sentía que era demasiado grande e imponente para desperdiciar su juventud y decidió ir al norte del bosque donde sabía que los humanos se llevaban a los leones para ponerlos en un hábitat natural, lejos de la reserva del bosque y ver si prosperaban.

La leona rugió, arañó árboles y maldijo a los dioses pero al final le dejó ir pensando que quizás era lo mejor y desde ese día una parte de su corazón siempre acompañó al león pardo.

El león dorado se quedó en Sasan Gir donde finalmente se hizo adulto.

Era toda una visión, tenía una melena frondosa y larga que le caía grácilmente hasta el pecho, unas patas grandes, robustas y firmes y un tamaño imponente. Nadie adivinaría que era el león más dulce y noble de la naturaleza, querido por todos los animales de la reserva.

No hubo ceremonia, nadie lo proclamó pero con el tiempo, todos lo sabían: el león dorado era su guardián

El príncipe del bosque.