Una galleta de fantasía
El reino de Melynor era famoso por su cultura culinaria. Gentes de todo el mundo acudían solo para degustar sus más exquisitos platos. El príncipe Kariel era especialmente amado por su poder en el arte de las galletas. Aunque no era común que el hijo del rey hiciera tales actividades, demostró semejante talento, que su padre aprobó personalmente que pudiera dedicar tiempo a perfeccionarlo. Pero, en los callejones más oscuros de Melynor, un grupo tenían planes muy diferentes.
En una taberna apartada donde apenas llegaba la luz, un grupo de figuras encapuchadas se reunían en alrededor de una mesa, susurrando.
—Debemos hacernos con el poder del príncipe —decía una figura encapuchada—. Su habilidad para hacer galletas puede elevarnos hasta la cumbre.
Las otras figuras asintieron lentamente.
—¿Todos tenemos claro qué hacer? —preguntó otro.
Volvieron a asentir con lentitud, y apuraron sus jarras.
—Hacia la Senda —declaró otro.
Ya entrada la noche, en el palacio real, las puertas estaban abiertas para permitir la entrada a todos los habitantes del reino, pero conseguridad. El príncipe Kariel solicitó a su padre dar un festín con motivo de su última creación, algo que había bautizado comoEl cenit culinario.
Varias personalidades ilustres del reino se presentaron esa noche, pero la gente de a pie también pudo pasar, pues el príncipe era dado a compartir sus hallazgos y nuevas recetas con todos.
Empezó a sonar un redoble de tambor, y segundos después, hizo acto de presencial frente a una mesa tapada por una rica manta de terciopelo rojo. Se aclaró la garganta e irguió el pecho.
—Damas y caballeros, gracias por estar todos presentes esta noche. Es un orgullo para mí presentar la siguiente fase en la era culinaria de Melynor, aquella que nos elevará a la historia eterna.
Se giró y agarró la manta con delicadeza, para apartarla en un elegante giro de cadera que hubiese puesto celosa a la más ilustre bailarina.
—Les presento El cenit culinario. —Señaló una galleta de color dorado colocada en el centro de la mesa.
De pronto, unos destellos iluminaron las cristaleras del palacio, y estas se rompieron al unísono, para dar paso a varias figuras encapuchadas, que cayeron rodeando al príncipe y a la mesa.
—Kariel, esta noche, tu poder es nuestro. —exclamó la voz de un hombre.
Todos los encapuchados se lanzaron a la vez hacia la mesa para robar la galleta dorada.
La alzaron delante del público, victoriosos.
—Así comienza la nueva era.
Todas las figuras tomaron un pedazo de la galleta, tragando sin masticar, lo más rápido que pudieron.
—¡No os saldréis con la vuestra! —exclamó Kariel llevándose la mano hacia su espada.
—Ya no puedes hacer nada.
El encapuchado unió las manos dando una potente palmada que desató un brillo cegador en el inmenso palacio. Pocos minutos después, no había rastro de los asaltantes.
El príncipe cayó de rodillas, y ahora se agarraba la cara con expresión de terror.
—Oh, dioses. ¿Pero qué es lo que he desatado?