Distopía

All Rights Reserved ©

Summary

Esclavo encadenado, en una oscura prisión. Personas a mi alrededor y una conspiración. ¿Cómo llegué a esta situación si solo hacía mi trabajo? Solo un mandado para terminar en una jaula de monos.

Genre
Other
Author
Nora
Status
Complete
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

《 I 》


Y ahí estaba yo, con una flor en mano, pensado en los grilletes que arrastraba paso tras paso y el envolvente sonido de mis cadenas por los pasillos de aquel oscuro lugar. Nada podía relacionar mejor mi libertad que con esa bella situación, si mis blancas manos ya manchadas de sangre no eran suficiente para amortiguar el pecado, las cadenas terminaban la tortura que yo mismo me había provocado.


Una tortura que si mi tan llamado carcelero la viera se horrorizaría, pues no era suficiente para mí cargar con esa roja flor que además tenía que cargar con el peso de mi conciencia. Una conciencia que llevaba años colocándome esos largos, pesados y ruidosos grilletes que a día de hoy desconozco cuándo fueron puestos, están y eso es lo único que llega a importar en este instante.


A cada paso, las cadenas cada vez más largas, a cada paso la sangre más roja y con cada pesado suspiro más vacía la mirada. Pues a medida que iba acercándome hacia el final, que no lograba ver, pues a medida que mi condena se acortaba, más veía el interminable final, el final que como muchos pensaran era ya inevitable.


Seré la esclava de los esclavos y la primera en pecar, pero no seré la primera ni la última en condenar lo que fue una terrible traición a mi ser. Condenada en lo más parecido a un paraíso, en el infierno, producto de mi incompetencia, producto de mis decisiones, producto de mi propia creación. A si iba avanzando poco a poco sin que nadie me viera en ese oscuro pasillo rodeado de cámaras, de ojos, todos ellos expectantes, pero sin llegar a observar nada en particular, nada más que mis descalzos pies llegaban a arrastrar, esa pesada cadena.


La luz empezaba a parpadear, mis extremidades cansadas, mi mente cansada, y preguntándose si realmente esto iba a terminar. Había perdido la noción del tiempo y en sí misma mi propia percepción de las cosas. Encadenada, sin poder moverme y ahora con las cadenas colgando, encadenada, encerrada en cuatro paredes, en un cubo perfecto y ahora en un infinito pasillo que no parece terminar, y en mi mano la bella flor del jardín, la única cosa que puede llegar a rescatar, o la única cosa que siento mío.


Una flor pequeña, roja como la sangre que derramaban mis manos al suelo, con tres pétalos parecidos a las hojas de otoño, pues su belleza era tal que cada vez que la miraba recordaba esa tan ansiada ternura que hacía años que ya había perdido. La guardaba como si fuera mi bien más preciado, mi única escapatoria, porque al final es lo único que me podía llegar a salvar.


Las cadenas cada vez más ruidosas, cada vez más grandes, cada vez más pesadas, sonando una y otra vez al son de mi andar, y a mí quien me obligaba a seguir huyendo, quien me mandaba a seguir la tortura, quien me obligaba a cargar con los grilletes.


Y la luz finalmente se apagó, los constantes parpadeos terminaron por sumergirme en la más profunda y siniestra oscuridad. Oscuridad de la que ahora sí, ya no podía escapar, presa de mis pensamientos, presa de las miradas, presa de mi propio camino, camino que no veía, camino que era tan negro como mi por devenir futuro, ahora cada vez más presente.


Ya no podía ver, ya no podía ver, nada más que la plena oscuridad de mis pensamientos.

Los aplausos empezaron a sonar, uno, dos, tres, así hasta llegar a un número que hasta ahora desconocía 80, un número compuesto por la infinidad, por el bucle, por la repetición. Después cesaron, y hubo otra vez el tormento, la tortura, mi castigo. La sangre, mi sangre cada vez más abundante, y la flor ahí seguía en mi mano, a pesar de todo, todavía no había soltado mi diamante.


El sonido de las cadenas en el insufrible silencio era cada vez mayor, con la diferencia de que esta vez la luz ya había vuelto y el pasillo había desaparecido.


Si bien me hubiera gustado haber salido, ahora me era imposible, encadenada nuevamente a una tabla de madera, esperando a que me diseccione aquel que supuestamente debía hacerlo, pero no había nadie, solo cámaras sin funcionar y ojos que no escuchaban.


La sangre había cesado, sí, y la flor en mi mano no había caído. Expuesta.


El silencio volvía a ese tan llamado pasillo de la soledad, repleto de puertas metálicas que a duras penas llegaban a transparentarse, blandas, blancas y todo lo demás rojo, rojizo como mi flor ahora desaparecida.


Giro la cabeza y ahí estaba, en el suelo, junto a las cadenas, y yo cada vez más alejada de mi diamante, de mi salvación. Será que todo depende de aquella pieza de carbono, cristalino, es que todo depende de mi pequeña, suave, dulce flor, negra, que me ata al presente, que me ata al futuro, que me ata al pasado. Anclada en la orilla de una nostalgia que nunca llegará. Como yo podría dejar de ser esclava si mi esclavitud no viene atada.


Tumbada en una tabla dura, atada de pies y manos, pero esta vez no estaba sola, conocía mi situación, la conocía.


Se encontraba de espaldas a mí, con una bata blanca limpia, con una bata manchada de sangre. Cabello castaño o eso parecía, la luz era escasa, tanto que costaba diferenciar cuando y que iba a pasar, pero algo estaba claro, la habitación era clínica, la cárcel.


En la oscuridad de mis pensamientos me hallo perdida por aquel largo y ruidoso pasillo, lleno de grises, las baldosas blancas y negras, paredes húmedas y en las metálicas puertas una cara, algo deformada, como mi hermosa flor ahora en la mano derecha, marchita, destruida.


Sus expresiones, difíciles de entender, difíciles de sentir, a más observaba más las reconocía, cabezas, cabezas, solo se veían cabezas.


Sus ojos negros como la noche y en cuchillo en mano se puso a tallar mis muñecas, esculpirlas o eso me dijo a mí antes de que le cosieran la boca y ojos. Ciego de odio por algo que nunca pasó, sentía como apretaba lentamente el bisturí en la articulación y luego el dolor se expandía por mi brazo, su lentitud y precisión hacía que pudiera sentir cada pequeño movimiento, lo sentía todo, podía ver como la rojiza sangre salpicaba a su blanca bata ahora sucia. Tras terminar con el primer brazo, me coloca una flor blanca en mi ahora sucia mano.


Giro mi cabeza, derecha, izquierda, las caras han desaparecido, las puertas metálicas no están ahora, solo hay un cuadro, grande. El pasillo ha terminado, no puedo mirar a atrás, la silla me lo impide.


Cuando se gira nuevamente se dispone esta vez no solo a cortar la otra muñeca, sino también a escribir en ella. Caía algo de los sellos de la cara, no pude ver el que, no puedo saber el que.


Dos monos, encadenados, incapaces de salir de ahí, condenados a una vida de esclavitud, a una vida de suma ignorancia, enganchados a lo que llego a ser un día su vida, esclavos del pasado, esclavos del presente esperando un futuro que jamás llegara, ilusorio, condenados a la tortura de su propia mente condenados a no ver la flor, a no ver el devenir, un mañana que nunca llegara, un mañana que nunca existiría e igualmente se aferran a él cómo si fuese su única vía su único cesar su único alivio.


Alivio que nunca llegará, pues son esclavos de su miseria, son esclavos de su mente, esclavos atados de pies y manos, cosidos hasta la garganta, incapaces de hablar, incapaces de sentir lo más mínimo.


Y ahí estaba yo, otra vez encadenada de pies y manos con cadenas más pesadas que antes, pero incapaz de hablar, y en mi brazo “CISNE” ¿Qué podía significar? Algo inalcanzable, algo eterno, algo, algo…


Una palmada, luego otra y otra. Los focos me deslumbran, ya no hay oscuridad, no veo ni siento.


En el pasillo, arrastrando la larga cadena interminable, eterna.


El carcelero abre la metálica puerta que había delante de mí, a duras penas podía observar las otras puertas detrás de él, su corpulento cuerpo me tapaba, cualquier posible presencia que podría llegar a observar, era el eclipse de mi salida, detrás de esa puerta se hallaba mi salvación, o eso me gustaría pensar.


Una, dos, tres… una a una iban cayendo las gotas de sangre de mis muñecas destrozadas, pero que importaba mientras siguiera atrapada, enjaulada.


En ese blanco mugriento pasillo, un blanco resplandor, en una baldosa negra, no podía cogerlo, el viento me lo impedía, la luz me lo impida, un paso tras otro, cada vez más alejada de esa brillante luz, de esa nueva flor, de esa desesperación.


Y él todavía de pie, mirándome, con esos punzantes ojos juzgadores, con esas cámaras que todo lo ven, apuntando a mi nuca, a mi negro cabello corto. Jugando a quien encontraba la imperfección, una y otra vez. Y tras el fuerte portazo detrás de él, silencio, ese horrible sonido, que no se escucha, ese ruido tormento del cual me quiero alejar.


Pues no tenía suficiente con los aplausos de los espectadores que ahora necesitaba ser su títere, su esclava. Pues eso era yo, una esclava que nunca podrá ser libre, condenada a obedecer a todos y condenada a ser condenada, torturada.

Poco a poco las cadenas fueron soltadas, pero no para mi libertad ni mucho menos, sino para lo que venía a ser donde empezase el verdadero martirio. El lugar donde ya muchos habían muerto pensado ser héroes de algo, pero en el fondo solo arrastraban sus propias cadenas, sus propias condenas.


Y así fue uno tras otro nos iban sacando los grilletes que nos anclan a las sillas para colocarnos otros enganchados a los que llevaba delante de mí. Mientras que unos rezaban pensando en la próxima muerte, otros pensaban que iban a ser héroes. Héroes que fueron sometidos, héroes que no hicieron nada relevante, nada heroico, nada histórico, cuya única heroicidad fue dejar de ser sus únicos verdugos, sus únicos carceleros y sus únicos jueces, descuidando todo por lo que en su día fueron o eso me dijeron.


Uno a uno nos iban sacando de aquel pasillo infinito, metiéndonos en algo que denominaban “travesía” desconozco a que se refiere, lo único que podíamos distinguir de aquel misterioso lugar era: lo primero, la deslumbrante bóveda que tenía, una cúpula toda de acero grande, robusta si no fuera por las gotas metálicas que caían. El ambiente era húmedo, frío, carente de lo denominado hogareño.


En esas mohosas paredes podía distinguir una sombra, sentada en la cama, sin cadenas, libre.


—¿Qué haces en esa posición tan rara? ¿Por qué no bajas los brazos? —Es esa aguda e inocente voz, la voz de un niño, la voz de aquel hombre sombreado, bañado en la oscuridad. Yo solo miro los grilletes en mis manos sin llegar a entender a qué se refería.


—No puedo, estoy atada de pies y manos a la pared

—¿Lo estás? —La duda se sembraba en mi cuerpo, cómo podía no estar atada si yo misma las veía, debía ser un error.

—¿No las ves? Estoy encadenada hasta el cuello y tú me dices que no lo ves —asiente —¡Pero cómo! Siento las cadenas, las veo y las oigo con cada movimiento, con cada paso, siento como los grilletes tapan los cortes y tú me dices que no los tengo.


—Si crees que carece de razón no te importara, entonces demostrarlo, levántate.

—¡Te he dicho que no puedo! —El primer chillido de la noche, el carcelero llamó a la puerta, quería que nos calláramos.

—Bueno, supongo que carecen de valentía como para poder enfrentarte a esas cadenas no es así, cadenas que solo tienes que recordar de donde vienen, quien te las puso. Recuerda que tú tienes la libertad de quitarlas en cualquier momento, pero que luego a la hora de la verdad te olvidas de quién fue el encadenador, el carcelario.

Cambio mi posición para intentar levantarme, pero mis manos me lo impiden. Supongo que realmente era presa de esa cadena, condenada a florecer en el rojo y a marchitarme en el negro.



—Ni siquiera te has esforzado, ser libre no es un proceso fácil, tú misma lo sabes. La libertad no es algo que viene dado sin más, la libertad de cada uno se la ha de ganar —podía notar como cada vez esa voz inocente se hacía cada vez más grave, más resonante, más intensa, que rebota por las paredes de esa diminuta celda húmeda y putrefacta.



—La libertad no es un derecho básico, si tú no luchas por ese derecho, cómo puedes decir que eres libre y después encadenarte de pies y manos contra la pared, ¿es acaso que no eres libre?

—No, no soy libre, y tú tampoco, porque aun si me liberas de las cadenas que me atan a esta celda, aun de ese modo seguiría siendo esclava, condición que siempre he tenido.

—¿Quién definió esa condición? Fuiste tú o fue otro, acaso te condenaste a ti misma a la esclavitud. Está claro que no lo admitimos, ¿por qué ibas tú a admitir que eres culpable de tu incapacidad? Eres consciente de que eres tu propia torturadora, pero todavía no eres consciente de lo capaz que eres por qué te condenas a la esclavitud.

—Eso no tiene sentido quien en su sano juicio iba a querer ser esclavo

—El esclavo no solo es el que está sometido a una entidad superior, sino también es aquel que no logra librarse de las propias ataduras de su mente.

Poco a poco mis brazos iban cayendo al suelo, mis brazos destrozados por las cadenas, enrojecidos, la sangre seca de mis muñecas, por fin podía verlo todo, por fin era consciente de la existencia de mis manos. Pues en el fondo me creía esclava y no es hasta la verdadera condena que lo eres.

Miro hacia donde se hallaba el hombre, niño, anciano, y me di cuenta de que no había nadie a mi lado, ni siquiera había cama, nunca la hubo, igual que nunca hubo nadie en esa fría celda.



Lo había intentado y estaba convencida de que lo iba a lograr, lograría por fin el cambio, que todos queríamos. El cambio tan necesario para deshacernos de tal tiranía, pero el temor subía por mis venas, y me preguntaba si era capaz de conseguirlo, si realmente tenía las herramientas, tenía a gente que confiaba en mí y si los decepcionan y si en el fondo no era lo que ellos esperaban y si al final no conseguiré nada. Sé que hay que hacer un cambio y quiero aportar para ese cambio, pero no sé si yo seré capaz de afrontar el liderazgo de tal hazaña. Pues no quiero llegar a ser una decepción, otro tirano más otra lacra que destruya lo poco que queda.



Y así fue condenada al fracaso, lo intenté, pero nunca dejé de rendirme ante ese sueño incumplido, justo antes de la detención, del atentado, de respirar las últimas gotas de mi aliento ansioso, se escucharon las palabras de alguien que rara vez decía algo.



—Compañeros escuchadme un momento, sé que muchos de los aquí presentes tiene miedo, lo sé, yo también lo tengo, miedo a morir en el intento, miedo a la respuesta. Al mismo tiempo sienten adrenalina por lo que vamos a hacer— se empiezan a escuchar los murmullos— cálmense, y presten atención, por mucho temor que tengan hagan lo que hagan piensen, lo que piensen, eso no será una condena, será difícil, pero no por ello imposible, lo pasaremos mal, pero no por ello nos vamos a rendir, por muy duro que sea algo no significa que debamos abandonar, y eso lo sabemos todos. ¿Cuántos están dispuestos a no abandonar cuando saben que algo anda mal? —el silencio reino en la sala, todos los presentes en aquel bar escuchaban con atención la imponente palabras de ese callado ser —La frustración, nuestra frustración por querer cambiar las cosas no sirven de nada si no podemos cambiar nada, lo único que estamos haciendo es retroalimentarnos poco a poco, pensando que no podemos cambiar esta situación cuando no es cierto. ¿Acaso no somos los culpables de esta situación?— las caras de disconformidad de la audiencia habían empezado a florecer— Lo somos y por muy molesta que sea la respuesta, pero también somos responsables de hacia dónde queremos llegar. No podemos simplemente quejarnos en la barra del bar si luego no hacemos nada para cambiarlo y algunos podrán decir que de qué sirve cambiar si luego volvemos a las mismas, es correcto. ¿Cómo podemos anteponer las vivencias del pasado con el futuro?, no podemos anteponerse a él y de qué sirve anteponerse si lo único que nos provoca es ansiedad, es frustración y malestar. Todos conocemos lo que es perder a alguien por este régimen, todos conocemos el mal de este régimen, todos conocemos la humillación y la impunidad de sus dirigentes. Porque no hay más que eso impunidad, hay que condenar a los impunes, pues, son ellos los que los corrompen todo, preguntaos ¿cuántos de vosotros os han ayudado? Y ahora ¿Cuánto os han perjudicado? Creo que la balanza es más que evidente —los asistentes asienten, y las caras de odio, de rabia, de frustración empiezan a florecer poco a poco con cada palabra de aquel ilustre orador —Y ahora decidme cuánto habéis tenido que soportar vosotros como pueblo ante las constantes humillaciones de los gobernantes. Y ahora me diréis que realmente no vale la pena canalizar la frustración, que no vale la pena hacer, les hará pagar por lo que han hecho, por la miseria que nos han traído, por el abandono absoluto de las clases, de aquellas clases que componen el país, que lo sacan adelante.


No tardó la policía en llegar, pues incumplimos todos los aforos, era más de 10 personas las que había en ese bar, pero eso no detuvo a nuestro cabecilla, nuestro representante. Al día siguiente, en un lugar clandestino, esta vez con más de 20 personas, volvió a hablar.



—Compatriotas, luchadores, desertores de este infame lugar de esta tiranía más absoluta, decidme, ¿tenéis miedo a la muerte? —nadie hablo, no hubo respuesta porque la misma pregunta se respondía sola— Es evidente que sí, tenéis miedo a perder lo poco que tenéis y a no conseguir aquello que aspiráis, lo sé porque yo también lo tengo, y créanme cuando les digo que yo también tengo miedo, miedo a perder a mi mujer a mis hijos, mi vida, mi casa, solo por defender aquello que me parece justo, mis ideales. En su día me refugié en estos ideales, en el alcohol, en la comodidad de mi hogar, no hacía más que quejarme de lo mal que iban las cosas y de como yo lo haría mejor, solo era un borracho que andaba de bar en bar, canalizando mis frustraciones mi miedo en algo que de por sí me perjudicaba, cuando me di cuenta de algo, algo que nunca habría podido llegar a conocer de no ser por lo que hacía —la intriga aumentaba por momentos —Los ideales que decía defender en el fondo no eran míos nunca lo fueron, son ideales que defiendo, pero en ningún momento puedo apropiármelos. Esa fue la primera luz y la segunda, como era tan necio de pensar que yo, un borracho sería capaz de cambiar las cosas, puedo contribuir a hacerlo como todos los de esta sala pero nunca cadera en mi mano el cambiar por completo una institución, y eso es lo más importante y lo primordial. Debemos saber que no todo depende de nosotros y de ser así nunca podemos ver el futuro por eso es importante conocer nuestras debilidades para fortalecerlas de tal forma que cuando un tirano nos gobierne seamos capaces de derrocarlo.



Y con esa última frase término su vida, la policía entró y con cuatro tiros en el pecho murió aquel héroe, todos huimos, bueno no todos algunos tuvieron la desgracia de ser encarcelados como yo, y condenados a la pérdida de lo poco que habíamos llegado a conocer, pues no éramos más que eso, ovejas frustradas con necesidad de identidad y si para construir esa identidad debíamos autodestruirnos, pues lo hacíamos, hormigas sin sentido del rumbo, a la deriva de aquel mar que pensábamos que iba a ser nuestra salvación, pero que en el fondo solo fue una auténtica perdición. Una perdición evitaba, por supuesto, pero que, cegada por el odio y la necesidad de cambio, iba a ser inevitable por completo.



Aquellos monos engrillados ya no lo estaba, solo amaban aquella luz y en mi caso aquella cúpula rodeada de centinelas por aquellos 360 grados a los que mi empobrecida vista llegaba en aquel momento, pero no era suficiente, nunca lo fue. La retirada de mis pensamientos llego en el momento en el que las palabras se pronunciaron:

—Sería maravilloso vivir como uno de ellos —no fueron mías, estaba claro, pero todos los que lo escuchamos quedamos sorprendidos, unos bufaron a modo de desagrado, otros se indignaron, pero yo preso de mi ingenua curiosidad me di cuenta de que todos pensábamos lo mismo, alelábamos la vida de aquellos guardias que poco tenían que envidiar de las ratas a las que custodiaban y estudiaban con sumo cuidado.



—No entiendo por qué nosotros somos peligrosos, porque nosotros no podemos vivir a cuerpo de rey y en su lugar debemos estar aquí, no entiendo por qué estoy aquí, si mi única falta fueron las malas previsiones. Sé que suena ridículo —aquellas palabras carecían de sentido, eran superfluas, todos estábamos aquí por una cuenta mal hecha, nadie merecía la muerte, nadie —Yo suspiraba por el monarca, lo hubiera dado todo por él, inclusive mi vida, pero en su lugar solo recibí algo que parece peor que el infierno, pues lo único que hice, y mi pecado originar fue cuestionar un simple digito.



Paro en seco, su pensamiento en voz alta se había convertido en la curiosidad y único entretenimiento de todos los que esperaban el temido final. “Cuestionar un dígito” esas palabras tan simples y concretas se definían totalmente a lo que mucho habían hecho, cuestionar la autoridad y las políticas de tal poder absoluto, nada dialogante y que al contrario nos hacía esclavos de su propia política. Hacía tiempo que no escuchaba una espada tan hiriente como la siguiente.



—Sabes que no fue solo cuestionar, el cuestionamiento para un tirano se traduce como una declaración de guerra, por eso estás aquí. No es un simple error, lo que le hiciese a nuestro buen amado fue simplemente clavarle un puñal, por eso estás aquí —el desconcierto de todos los presos, en especial del pecador confeso, fue descubierto debido a las expresiones de sorpresa y dolor.



“Cuestionar y Clavar” son dos palabras casi antagónicas para lo que se suponía que era una mera duda, pero siempre había derecho a réplica en la sala.



—¡Eso no es cierto! —ese tono alerto a los guardias que se pusieron a apuntar al contable —¡Callad! Quien os ha mandado hablar —Las tumbas callaron como los días de verano a pleno sol, pero eso no impidió que nuestro desertor hablase —Sabes perfectamente que la mayoría no merecemos este trato, no somos delincuentes por cuestionar la divinidad de un ser divino —y ahí salió el cuestionamiento de un solo dígito. Estaba claro que nuestro ángel había caído en la trampa del diablo. “Cuestionar” como bien decía no era solo dudar, sino que todos conocían la gravedad de tal cuestionamiento sobre todo cuando se trataba de quien se trataba, si realmente había dicho lo que había dicho, tiene suerte de que no lo hayan ejecutado al instante y de que su piel esté en tan buen estado —Tu vida darías, eso fue lo que dijiste —no pude resistirme a entrometerme en aquella infantil discusión —estoy casi seguro de que si realmente estuvieses dispuesto a dar tu vida no estarías aquí en un primer lugar, todos aquí estamos por razones similares y lo sabes, el hecho de que tu duda hacia esa divinidad todavía no te haya matado, no significa que no te vaya a matar y lo sabes —las ruedas descendían pro mi boca como si una rampa se tratase, imparables —sabes lo que significa cuestionar la autenticidad de un ser que todas su vida le han dicho que es divino, todos lo conocíamos, pero no por ello hablábamos. Estamos en un precipicio de forma injusta —las miradas se posaban como pétalos y las lágrimas podían verse que iba a iniciar una tormenta que pronto sería inevitable —En el fondo todos lo amábamos hasta que vimos que no era tan bueno como pensábamos, a muchos nos ha llevado a la ruina y por protestar de manera privada o por estar en el lugar incorrecto en un mal momento también nos apresaron, hemos perdido nuestras familias, nuestro honor y nuestra dignidad solo por cuestionar ese pequeño lujo que mucho no pueden siquiera permitirse aunque eso les vaya a suponer lo poco que pueden salvar o simplemente alimentarse —a cada palabra las cabezas eran cada vez más oscuras, las miradas más apagadas había llegado a la herida —Aquello que creemos que es lo correcto y la razón por la que nos llevaron serán todos los simples y delicadas que creas, pero algunos en este lugar lo perdieron todo en el momento que decidieron no valorar la divinidad, y por ello merecen ser dignos de admiración.



La niebla empezó a llevarse uno a uno al suelo, permitiendo que solo unos diez quedáramos despiertos, el color rojizo del sangrante cielo hizo que aquella pequeña flor se posara en las esposas, y uno a uno la lluvia de sangre termino por desaparecer el resto los nuestros.





Desperté en medio de un oscuro lugar, me costaron un par de parpadeos para poder enfocar correctamente, me hallaba sentado y en frente mirando desafinadamente a un hombre militarizado.