La hija de la mafia

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Summary

En un mundo cruel y despiadado, una joven lucha por sobrevivir mientras su gemelo disfruta de los privilegios de la élite. Ella, marcada por un pasado oscuro y doloroso, se ha convertido en una pandillera para ganarse la vida, mientras él busca desesperadamente la aprobación de su padre. Ambos están atrapados en el violento negocio familiar: una poderosa mafia que controla la ciudad. En medio de traiciones, luchas de poder y secretos enterrados, cada uno debe encontrar su camino, ya sea para brillar o simplemente para sobrevivir.

Genre
Action/Scifi
Author
Talia
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prologo

Prólogo

En una imponente mansión de color blanco, una jovencita se despierta a las 6:42 de la mañana para prepararse para la escuela. Sus ojos se fruncen ligeramente cuando una de las criadas abre las cortinas de la habitación, que está decorada con juguetes y es predominantemente blanca. A regañadientes, la niña se levanta de su cama, vistiendo un camisón blanco y con su largo cabello rojo recogido en una trenza.

Con devoción, se arrodilla ante la figura de la Virgen que reposa al lado de su cama, recitando la misma oración que su madre le enseñó a lo largo de su corta vida. Una vez que termina de rezar, traza una cruz en su pecho, acompañando el gesto con una amplia sonrisa. De repente, una mujer alta irrumpe en la habitación de la niña, instándole a bajar a desayunar de inmediato. La pequeña asiente sin objeciones ante la indicación de su madre. Una vez vestida, la niña sale de su habitación y se dirige al comedor. Antes de llegar, cruza un largo pasillo adornado con varias fotos familiares que cuelgan de las paredes, junto con algún que otro juguete disperso por el suelo.

Al llegar a la escalera, desciende hasta un amplio recibidor con la puerta doble de la entrada. Siguiendo a la derecha de la escalera, abre una sólida puerta de roble y entra al acogedor comedor familiar. Allí, se acomoda en una silla donde ya la esperaba un tazón con leche y cereales dispuesto.

Mientras la niña terminaba de desayunar, resonó un grito fuerte al pie de la escalera.

-¡Zeref, Nootau, levantaos de la cama que vais a llegar tarde!-exclamó la señora de la casa a sus dos hijos mayores, quienes aún permanecían en sus respectivas habitaciones. La menor, divertida ante la situación, soltó una risa mientras un hombre vestido de traje negro se acercaba a la mujer.

-Señora Fayna, ¿me llamaba?- preguntó el hombre de gafas de sol.

-Sí, Rei. ¿Podrías llevar a Cyra al colegio y luego regresar por los otros dos? Es que si no, Cyra llegará tarde-, solicitó la señora de cabello oscuro a Rei.

-Claro, señora-, respondió Rei y se encaminó hacia el comedor, donde se encontraba la pelirroja que acababa de desayunar. -Vamos, Cyra, que llegarás tarde-, le dijo mientras la veía salir corriendo hacia el salón y regresar armada con varios libros de texto y una mochila morada en la espalda. La llevaría en la camioneta como su “chofer”. Juntos salieron de la casa y se marcharon en una elegante camioneta negra. Mientras avanzaban hacia la salida, Fayna se despidió de ellos agitando los brazos, y la pequeña de tan solo siete años le sonrió en señal de despedida.

Habían avanzado unas cuantas calles cuando el sonido de un disparo resonó, dirigido a la sien de Cyra, haciendo que el coche se desviara y chocara violentamente contra un árbol, deteniendo su inercia. Mientras tanto, varios hombres armados rodearon el vehículo. Con el impacto, la frente de Cyra golpeó contra el cristal, abriéndose una dolorosa brecha.

Los vecinos de alrededor se encerraron en sus casas, temerosos de ser los siguientes, evitando involucrarse. Solo un anciano tomó su teléfono y marcó, aunque nadie parecía contestar. Aquella mano que había acabado con la vida de Rei ahora eclipsaba los gritos de socorro de la dulce niña.

La llevaron...

La trasladaron a una fábrica abandonada y desgastada. La encerraron en una habitación sin ventanas en la planta baja. El lugar estaba sucio y apenas contaba con una colchoneta fina y una manta vieja y rota. Telarañas colgaban del techo. La pequeña estaba asustada, no solo por lo que acababa de presenciar, sino también por el inhóspito entorno, algo que nunca había experimentado en su corta vida.

Una hora había transcurrido desde la partida de Cyra y Rei, y este último aún no regresaba a casa con los otros dos, lo que preocupaba a la madre de la niña. La mujer llamaba insistentemente a su marido para saber si sabía algo, pero él tampoco respondía, aumentando su inquietud y dejándola con un mal presentimiento.

Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, nos encontramos con un imponente hombre alto y de ojos jade. Vestía un elegante traje negro con una corbata de color vino. Este hombre respondía al nombre de Igneel Welcch. Fue entonces, al fin, cuando decidió coger el móvil, dándose cuenta de las numerosas llamadas perdidas que le había hecho su esposa. Antes de llamarla a ella, marcó el número de teléfono que ya conocía de memoria, aquel al que había llamado anteriormente.

-¿Qué pasa, viejo? -preguntó él como saludo.

-¿Por qué no me respondiste antes? -gritó la otra voz desesperadamente.

-Ya, viejo, cálmate. ¿Dime qué pasa? -volvió a preguntar el pelirrojo, suspirando.

-En frente de mi casa hubo un accidente y... -intentó relatar algo alterado hasta que fue interrumpido por Igneel.

-Si estás bien, no entiendo para qué me llamas, Macario -dijo algo frustrado el de ojo verde. El viejo suspiró buscando las palabras y las fuerzas necesarias para seguir hablando.

-Igneel, el accidente fue provocado por dos personas. A uno lo mataron y a la otra se la llevaron. -narró Macario con dificultad.

-No entiendo nada -respondió con sinceridad el hombre de traje.

-La persona que se llevaron era Cyra... tu hija -concluyó el viejo, recordando cómo la niña pataleaba cuando la sacaron del coche estrellado contra su voluntad. El mundo de aquel pelirrojo se paró mientras colgaba la llamada y llamaba a su mujer con desesperación.

-¡¿Dónde está Cyra?! -proclamó Igneel con desesperación a su amada.

-Se fue a la escuela hace 1 hora con Rei y este todavía no vuelve, estoy preocupada -dijo Fayna, intentando ocultar la preocupación que tenía.

-Cariño, cierra la puerta con llave -tras decir eso, colgó y lanzó un grito que resonó en todo el lugar, llamando así a sus amigos, quienes al verlo tan desesperado lo siguieron sin hacer ninguna pregunta. Se dirigieron hacia una de las furgonetas negras blindadas en el garaje, avanzando en silencio sepulcral, sólo interrumpido por los rezos bajos del pelirrojo.

Cuando llegaron al lugar del accidente, un hombre de pelo negro se quedó boquiabierto por el desastre, ya que solo quedaba el coche negro que pertenecía a la familia Welch y el cuerpo sin vida de Rei. Estuvieron un rato buscando cualquier indicio que revelara dónde o quién se llevó a la niña, pero no obtuvieron resultados. Un hombre con pendientes llamó a un par de personas para llevar el cadáver de Rei y darle un sepulcro digno después de tanto tiempo entre sus filas.

Mientras llevaban el cuerpo de Rei, Igneel y sus amigos se dirigieron hacia la casa del pelirrojo en silencio, respetando el dolor y la preocupación del padre de la niña. Todos los presentes tenían hijos y no podían concebir lo que harían si algo así les sucediera. Al llegar a la puerta de roble de la casa, Irene, la única mujer presente, la abrió y entró mientras se quitaba el sombrero ante su mejor amiga y madre de la niña.

Este gesto fue replicado por un hombre rubio lleno de piercings llamado Carrick, seguido de un hombre de pelo negro con una cicatriz en la cara, Silver. Finalmente, entró Igneel, con la mirada baja y sin el brillo de paz y tranquilidad que solía transmitir. Dudó un momento antes de alzar la mirada y comunicar lo que ella más temía: su única hija había sido secuestrada.

Fayna abrió los ojos de par en par y lanzó un grito tan potente que se escuchó hasta la otra punta de la casa, donde estaban los dos niños. Sin poder mirar a su marido a los ojos, corrió escaleras arriba hacia su habitación. Irene intentó seguirla, pero fue detenida por el hombre de ojos verdes, dándole el espacio que necesitaba. Igneel envió a un par de hombres para cuidar y vigilar a sus dos hijos mayores hasta que su madre se recuperara. Luego, se dio la vuelta y se encaminó hacia la salida de su hogar, seguido de cerca por sus amigos, con un único pensamiento en mente: recuperar a su hija.

Han pasado dos semanas, y nadie sabe nada sobre el paradero de la pequeña. La noticia de su desaparición llegó a la televisión y la radio, sumiendo a la familia de la pelirroja en una constante preocupación. Trabajan incansablemente, día tras día, buscando cualquier pista que los acerque a ella. Su hermano mellizo, por su parte, no comprende por qué ya no está en casa jugando con ellos.

En la fábrica abandonada, se escuchan las noticias provenientes de un viejo televisor.

-Bienvenidos a otro día más, seguiremos con el caso de la niña...- fue lo único que dijo la presentadora antes de que un hombre con un pasamontañas desgastado apagara la televisión.

-Vamos, hay que movernos hacia otro lugar más seguro-, ordenó el sujeto al resto de personas presentes en el lugar.

Se movieron rápidamente, guardando cosas y destruyendo cualquier evidencia que pudiera indicar su presencia. Después de que todo estuvo hecho, fueron a la habitación donde se encontraba la niña. Al verlos entrar, ella se acurrucó en una esquina para protegerse, pero los hombres la sujetaron por los brazos, aumentando su temor. Intentó resistirse, pero los hombres eran más fuertes, y pronto la encontraron con los ojos vendados y atada con cuerdas. La sacaron de aquel lugar y la llevaron hacia un Chrysler color café. La metieron en el maletero, convirtiéndola en un bulto atado, con sus zapatos apretándole la espalda y un pañuelo verde en la boca para evitar que gritara. La pobre niña parecía estar al borde del pánico, sin entender por qué Dios permitía que le sucediera esto, siendo una buena niña que no se metía en problemas. Aunque quizás Dios le esté cobrando por adelantado o simplemente se haya equivocado.

-La pequeña de tan solo 7 años todavía no aparece...- se escuchó en la radio antes de cambiar de emisora.

Mientras tanto, en la casa de los Welch, se percibía una atmósfera triste, algo inusual en aquel lugar que solía estar lleno de risas y gritos. Fayna pasó dos días encerrada en su habitación, sumida en la depresión, pero ahora seguía cuidando de sus hijos con una sonrisa falsa, para no preocuparlos. El hijo mayor de la familia comprendía un poco la desaparición de su hermana menor y el aumento de la seguridad en su hogar, pero el segundo hijo no entendía la situación.

Mientras tanto, Igneel se encontraba en el despacho de su casa, reunido con sus amigos.

-¿Alguien sabe algo? -preguntó cansado y desesperado.

-Nada, solo amenazas vacías -respondió con pesar Silver.

-En serio, nada. Ni cámaras ni nuestra gente han visto nada -expresó frustrado el de ojos verdes.

-Me estoy encargando de revisar las cámaras de toda la ciudad y no encuentro nada, lo siento -dijo Iris, una mujer baja con el pelo teñido de azul cielo.

-Y mis hombres no saben nada -comentó Gideon, otro pelirrojo presente.

-Iris y Gideon tienen razón. Estamos buscando un rastro, algo que nos indique dónde está, pero no encontramos nada. -argumentó Carrick con pesadez. Todos se quedaron en silencio durante un par de minutos, sumidos en sus pensamientos.

-¿Y si los “gatitos” quieren volver a jugar con nosotros? -preguntó Irene, dejando a todos pensando en esa posibilidad.

-Iris -dijo rápidamente Igneel, mirando a la mujer de pelo azul.

-En eso estoy -respondió Iris mientras sacaba un portátil de su bolsa y comenzaba a teclear rápidamente.

Un Chrysler color café se detuvo frente a una casa abandonada en el bosque. Sacaron a la niña del maletero y la introdujeron en otra habitación, esta vez en el sótano del lugar. Llorando a lágrima viva, la pequeña se dio cuenta de que su mundo se reducía una vez más, ahora a dimensiones más pequeñas que un simple 4x3. Su nuevo cuarto no tenía nada, solo suciedad y telas de araña.

Yacía en el gélido suelo de piedra, observando la escasa luz que se filtraba bajo la puerta. Lloraba en silencio, incapaz de distinguir un día de un mes, con ojeras marcadas por los días que parecían eternos en los que no sabía si dormir o mantenerse despierta. La pobre niña llevaba tres meses sin poder jugar con sus hermanos, y pasaba el tiempo buscando una razón para entender por qué le sucedía esto. Esperaba ser rescatada por un superhéroe, de esos que veía en la televisión junto a sus hermanos. Había perdido ya seis kilos debido a la escasa comida en ese lugar desolado.

Mientras tanto, su padre, desesperado y casi enloquecido por encontrarla, trabajaba incansablemente, buscando cualquier indicio sobre su paradero. Por otro lado, su madre, a pesar de sus esfuerzos por mantenerse fuerte, acababa en el hospital en varias ocasiones debido a desmayos o ataques de ansiedad extremos provocados por la angustia de no tener noticias de su hija.

La niña escuchaba cada palabra que pronunciaban a sus espaldas y cada amenaza dirigida a su familia, comprendiendo que el mundo puede mostrarse tan feroz como un perro cuando le place. Ya no entrecierra los ojos porque la luz del sol ya no alcanza a rozar su piel. Le llevó un tiempo comprender que su destino pendía de billetes de otro país o de la tenue ilusión de ser rescatada por un caballero de brillante armadura, como en los cuentos de hadas que solían cautivar su imaginación.

Ha pasado ya un año sin molestar a su hermano mayor. Finalmente, el día señalado ha llegado, y el dinero que supuestamente vale su libertad yace bajo un puente, listo para el intercambio. La niña se siente aterrada, pues ha oído que por fin saldrá de esa habitación que la aprisiona. Al salir, arruga sus ojos ante la luz, algo que no hacía desde hacía mucho tiempo. Escucha cómo dicen que todo marcha según lo planeado, pero de repente, se oyen ruidos y, sin cubrirse la cara, reconoce un rostro familiar entre los intrusos. Parece que todo el plan ha debido cambiar.

-¡Papá! -gritó la niña al ver entrar a Igneel junto a otras veinte personas a la casa que mantenía prisionera a Cyra, listos para rescatarla. Una lluvia de balas la asustó, y se escondió detrás de un viejo armario de madera, tapándose los oídos ante el estruendo. Lágrimas recorrían sus mejillas mientras Igneel eliminaba a cualquiera que se interpusiera entre él y su hija. La situación se complicaba, ya que varias personas lo rodeaban, frustrándolo al encontrarse tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos de su pequeña niña.

Cyra yacía en el suelo después de que una bala pasara demasiado cerca de ella, sus lágrimas continuaban cayendo por su rostro. Ante la impotencia del pelirrojo mayor por no poder llegar a su hija, Irene corrió hacia la pequeña, logrando recogerla en brazos y utilizando su propio cuerpo como escudo mientras disparaba a cualquiera que se acercara.

-¡Sácala! -gritó Igneel a Irene, más tranquilo al saber que su hija estaba con esa mujer fuerte. Cuando ella salió corriendo con Cyra en brazos hacia la puerta, uno de los enmascarados disparó hacia la niña. Sin vacilar, Irene se interpuso, recibiendo el disparo en el hombro. Antes de que pudiera acercarse a ellas, Silver le cortó la garganta, haciendo una señal a Irene para que se fuera. Ella asintió y continuó su camino a toda prisa, aunque le dolía el hombro como mil demonios.

Una vez fuera de esa habitación, Silver dio la señal de bandera verde a todos los presentes, indicando que ya no debían tener más cuidado y que podían arrasar con todo. Al salir de la casa, dejaron un rastro de sangre. Irene se apoyó en el marco de la puerta debido a la pérdida de sangre, y se podían ver varias camionetas negras aparcadas de manera caótica frente a ellas. Después de un suspiro, Irene, recuperando fuerzas, se encaminó hacia una camioneta de carga negra. Al llegar a la puerta trasera, tocó tres veces ininterrumpidamente. Un hombre alto abrió la puerta y las dejó entrar, mientras él se dirigía hacia la parte delantera, tomando el asiento del piloto.

-Ya están aquí, es hora de irnos -dijo el hombre con seriedad a través de un walkie-talkie.

-Ya vamos -respondió una voz áspera y gruesa, que provenía de Carrick. Tras esas palabras, varios hombres salieron corriendo hacia las camionetas, mientras otros disparaban intentando retener a los que quedaban vivos en aquel lugar. Igneel, Silver y Carrick fueron los últimos en salir por esa puerta. Los dos primeros corrieron hasta subirse en la parte trasera de la camioneta que estaba abierta, pero Carrick se quedó mirando el lugar con una sonrisa diabólica.

-¡Vamos, Carrick, vamos ya! -le gritó Silver, pero Carrick no se movió ni un milímetro. Solo sacó una caja de su bolsillo y un mechero.

-Arder en el infierno -dijo antes de lanzar la caja dentro de la casa junto al mechero, corriendo hacia la camioneta mientras la casa empezaba a arder en llamas.

-¡Vamos ya, Hiro! -exclamó Irene cuando Carrick entró en la camioneta.

-Está bien. Cariño, haz magia -le dijo el pelinegro a su mujer, Iris, a través del walkie-talkie. Cuando recibió una afirmación de su esposa, salió lo más rápido posible del lugar mientras recibía las órdenes de por dónde ir de Iris.

Tras unos minutos, Igneel se atrevió a mirar a su hija, aún en los brazos de Irene y completamente desaliñada. No pudo evitar derramar una lágrima y se arrodilló ante ella, pidiéndole perdón por no poder protegerla. Sin embargo, la niña solo rió, rió como no lo hacía desde hacía más de un año. El viaje de regreso fue rápido gracias a la peli azul, que se aseguró de que los semáforos de la ciudad por donde pasarán estuvieran en verde. Cuando llegaron, la niña miró a su alrededor con lágrimas en las mejillas, rezando para que esto no fuera otro de sus sueños.

Al entrar a la casa, la pelinegra corrió por el segundo piso hacia el centro de la escalera. Al ver a su pequeña hija, bajó corriendo las escaleras para abrazarla mientras lloraba a mares al tenerla de vuelta en sus brazos. Con todo el dolor de su corazón, Igneel separó a su esposa de su hija, ya que se la llevarían con ellos al tercer piso, en la zona norte, donde tenían prohibido ir sus hijos.

Al entrar por la puerta de roble negro prohibida, vio un lugar elegante con armas y libros por todas partes, una gran mesa con sillas de madera y una puerta a la derecha. Hiro iba detrás de Irene, y al llegar a la mesa, la ayudó a tumbarse. Silver se acercó a un mueble, sacó una botella y se la dio para beber, mientras Carrick le pasaba un maletín para tratar las heridas. Después de un sorbo a la botella, Silver le echó un poco del líquido en la herida, haciendo que Irene gritara por el escozor. Mientras le extraían la bala, Igneel llevó a Cyra a la puerta de la derecha, que era el despacho de su padre.

-Hija mía, tengo que contarte algo... -dijo él con algo de preocupación.