Gatita y lobito VI. Primera parte: sobre el significado de la vida
Comenzaba a amanecer y despuntaba, lo que al parecer sería un magnifico día de otoño. Los primeros rayos del sol encendían el pico de las montañas y acariciaban tiernamente los ojos de un animalito dormilón. La primera hoja de un árbol caía; descendía de la copa, en suave y gentil picada. Entintada de un color café y llena de pequeños agujeros, llegaba lentamente a la nariz del lobito.
Al sentir los rayos del sol en sus ojos, lentamente el lobito los abrió. Quitando la hoja de su rostro; sacudiendo el cuerpo con la intención de animarse completamente; y con el rostro aun somnoliento, exclamó: “huele a otoño”. A su lado, se encontraba una gatita mirando el amanecer; dejándose acariciar el pelaje por los tibios rayos matutinos.
“Es cierto. Aunque creo que es un olor a nostalgia”, le dijo la gatita, volteando a verlo. “Sabes, mi lobito, hay días tan bellos como este en el que pienso: ¿será que desde que uno nace el destino está ya decidido? Veo a algunos humanos que viven en plena salud y son longevos, sin embargo otros que enferman y mueren jóvenes. Escucho historias de niños que pierden a sus padres, y de padres que pierden a sus hijos. La lectura del tiempo y los libros nos dicen que hay épocas de prosperidad y bienestar, que de manera repentina pueden desvanecerse por la llegada de un periodo de terribles calamidades”, continuo ella.
El amanecer ya era pleno. Árboles, caminos, casas, todo había dejado la penumbra. El viento comenzaba a arreciar, tirando con su fuerza cientos de hojas. Estas, como si de una gran ola se tratase, jugueteaban por los cielos, presumiendo al mundo su belleza; su completa libertad.
Acercándose al lobito, la gatita se detuvo frente a él y se agachó a tomar algo del suelo. Entonces, continuo: “como esta hoja que acaba de caer en tu carita, y alguna vez estuvo llena de vida, la existencia es un ciclo. A veces puedes sentir que la fortuna te sonríe y en otras tantas que la desdicha te asfixia. No importando si son reyes, grandes hombres de negocios trabajadores, comerciantes o profesores; si han nacido ricos o pobres, creo que eventualmente todos tendemos a preguntarnos: ¿quién soy?, ¿qué hago con mi vida?, ¿por qué estoy aquí?, ¿es este mi destino en la tierra o tengo que cambiar mi vida?”.
Tras decir estas palabras, los ojitos de la gatita tuvieron un brillo muy intenso, que si el mismo sol los viera envidiaría. “Sé que te amo inmensamente y que me amas de la misma manera, ¿crees que sea eso lo que nos define, mi lobito?, ¿lo que da significado a la vida: el amor?, ¿o habrá algo más?, continuo ella reflexionando.
El lobito se encontraba muy atento a lo que decía, incluso por un instante creyó ver en ella el nacimiento de una hermosa flor, su crecimiento; su florecimiento. Le contestó: “gatita linda, hace poco me hice esa misma pregunta. Si quieres te puedo compartir mi reflexión: cómo es que encontré el significado de la vida; su sentido. Para eso, necesito contarte una historia. ¿Te gustaría escucharla?”. “Por supuesto”, le contestó la gatita, sentándose sobre el pasto y poniéndose a comer un trozo de sandía.
Al verla dándole de mordiscos a la fruta, el lobito no pudo evitar soltar una ligera carcajada. “Te amo tanto, gatita linda”, le dijo. La gatita con la boquita pintada de color rojo por la sandía le preguntó, poniendo una carita llena de inocencia: “¿qué?, ¿de qué te ríes?”. “De nada”, le contestó el lobito, disimulando su risa.
El viento se había vuelto intenso y frío. Sentada, la gatita lo sintió y le provocó un pequeño estornudo. El lobito se sentó junto a ella, lo más cerca que pudo. Quería darle todo su calor. “No te preocupes gatita. Aquí tengo una manta para los dos”, le dijo el lobito, colocando una manta sobre ambos. Estando cerca, el animalito tuvo una fuerte necesidad de su gatita. La abrazo lo más fuerte y delicado que pudo. Le dio un beso en la frente y le dijo: “Ahora te contaré cómo encontré el significado de la vida”.
Alberto Pascual