Fantasía 1
Fantasía 1
Una tarde fría a mitades de otoño Berilia se atrevió a decir aquello que le estaba perturbando la mente. Aunque estaba mal, aunque era demasiado escandaloso para ser dicho, lo confesó y se sintió liberador como imaginó.
—Si, por supuesto que tengo un deseo, como todos los demás —susurró con ese tono seductor que la caracterizaba y esa mirada vacía y direccionada a ninguna parte —es más como una fantasía —se corrigió, sintiendo la mirada de diversos hombres que entraban a la cafetería a pedir café para llevar y se sentaban a beberlo —lo llevo pensando desde hace tiempo —Berilia se mordió el labio inferior, un cosquilleo nació en su interior —quisiera saber que se siente —rodó la lengua en su paladar y fue como si saboreara decir —ser violada.
—Beri, por el amor de Dios —musitó su amiga más cercana, Alicia.
A la cuál había conocido hace casi dos años en los tiempos en que Berilia necesitaba dar tutorías para pagar sus estudios. Aunque la chica era bastante joven y aún iba a la preparatoria, Berilia la adoraba, se había sentido sola durante toda su vida hasta que conoció a Alicia y luego coincidió con su actual esposo mientras ambas cenaban en restaurante.
—Si... —Berilia afirmó mientras la miraba recoger su pelo castaño oscuro en una coleta.
Hacía un poco de frío, pero entonces ¿por qué...?
A Berilia le sorprendía un poco lo falsos que podrían ser los demás a su alrededor. Siempre supo que todos tenían pensamientos horribles, pero no creía posible que lo negaran aún cuando escuchaban a alguien decir que también los tenían.
A decir verdad Berilia tiene este deseo desde hace un tiempo, fue aún más escandaloso como empezó, jamás podría decir eso. Ver a su padre tener sexo violento con alguien que no era su madre, aún estando casado, no debería ser razón para que el deseo sexual naciera en ella, pero lo hizo.
Sin embargo en su defensa, la fantasía se agravó una noche que su esposo no pudo ir a buscarla a la universidad, por lo que tuvo que irse en el tren de la ciudad de Londres.
Por estar esperando a Robert, se le hizo tarde. Cuando llegó al metro casi no había nadie. Unas cuantas estaciones después estuvo vacío. Excepto por ella y alguien más.
Un señor mayor de algunos sesenta y cinco años. Berilia nunca volteó hacia él, por lo que no podría reconocer su rostro, solo lo sintió y escuchó su voz adulta rozar su oído.
—Ojala pudiera...—susurró dejándola desconcertada. Quiso girarse a preguntar pero el hombre la empujó contra uno de los tubos del tren y presionó su cuerpo contra el de ella para que no pudiera moverse, haciéndola sentir su erección prominente.
Joder, solo con ese pequeño gesto, Berilia estuvo húmeda, sus pezones erectos fueron muy evidentes en su blusa blanca traslúcida y aunque no lo fuera, Berilia tenía el hábito de usar escotes que dejaran ver un poco el borde rosado de sus pezones.
Le encantaba, le encantaba ver a la gente descomponerse cuando podían ver el tono rosado de su pezón, amaba ver cómo la fantasía y la excitación se reflejaba en sus ojos. Hasta podía casi leer los pensamientos de los hombres que se imaginaban follando su cuerpo salvajemente.
Maldición, casi le pide aquel hombre del tren que la folle, pero él solo se frotó contra ella una y otra vez hasta dejar su semen esparcido en su falda morada, la cual lavó en cuanto llegó a casa. Podría ser infiel, pero no quería demostrar que lo era, al menos no por ahora, su matrimonio estaba muy reciente, apenas once meses.
Pero no, no le hubiera importado que aquel hombre la tomara en ese metro, que le metiera el pene a la fuerza y que al fin le cumpliera su fantasía.
Lo que no sabía era que no tendría que buscar demasiado, porque bueno, como siempre dicen, las paredes tienen oídos.