Capítulo Único
PRIMER ACTO.
¡Qué maravilloso era, en aquel tiempo, visitar el emblemático teatro “El Ateneo”! Ubicado cerca de la avenida 9 de Julio, esa tan conocida avenida en la ciudad de la gran Capital de Buenos Aires por presentar el Obelisco. Era la imponente arquitectura barroca de “El Ateneo” que te remontaba en los mil ochocientos y algo y sus hermosas obras lo que atraía al público burgués. Todos bien vestidos: las mujeres con caros vestidos adornados con piedras y los hombres llevaban traje de diseñador. Sobre todo, en las épocas doradas del teatro donde semana tras semana se estrenaban obras que atraían a gente de todo el mundo durante los años del mil novecientos diez al mil novecientos cuarenta. Las obras eran en español, inglés —británico, de más está decir —, francés e incluso, las más exclusivas, en alemán.
Sus dueños eran los Bibaldi, parte de la oligarquía argentina que llegó al país en el año mil novecientos cinco. Tenían terrenos, campos y este hermoso teatro. Una familia poderosa, en aquellos tiempos. Pero quién sabe cómo y por qué ellos perdieron sus riquezas, se endeudaron y lo único que les quedó fue esa joya en plena Capital.
A día de hoy, ya entrando a los dos mil veintes, ese teatro que tanta importancia tuvo en Argentina brilla por su olvido. Su gigantesco salón principal, donde se podía ser parte del público de la alta sociedad para ver obras shakesperianas o incluso donde orquestas de renombre podían presentar sus conciertos, se encuentra vacío. Las largas filas para comprar un ticket a cualquier función ya no existen. Antes se presentaban obras aclamadas por sus tan preciados espectadores que exigían un producto digno de élite, musicales trágicos que llamaba la atención de la gente más poderosa. Ahora se presentaban obras desconocidas, aquellas que contaban con un muy bajo presupuesto y con suerte iban los familiares de los actores a verla. Y ocurría en muy pocas ocasiones, con suerte sólo los fines de semana. El teatro ya no podía mantenerse, pero tampoco quería cerrar sus puertas.
Se podría llegar a pensar que una de las causas fueron los noventas que acabó por hundir su belleza e incluso la situación actual. Pero afirmar eso es casi tan falso como negar las conexiones un tanto peculiares con grupos militares que los Bibaldi tenían, y que tal vez haya sido, también, causante de su decadencia luego de que un miembro de la familia haya sido sentenciado por sus crímenes de lesa humanidad en mil novecientos ochenta y cinco. La reputación del teatro comenzó a bajar a partir de los años cincuenta. En los sesenta aún existía algo de magia, en los setenta funcionó como centro clandestino durante la dictadura miliar y en los ochentas ya dejó de ser nombrada por la gente. Ni ricos ni clase media parecían aspirar a visitar al menos una vez “El Ateneo”. Y los dueños, que seguían siendo la misma familia desde su apertura en mil novecientos nueve, se negaban a dejar ir a lo que alguna vez fue patrimonio cultural, título que le fue quitado en el dos mil tres. Pagaban con el propio dinero de sus bolsillos conseguido de trabajos secundarios que tenían para poder estirar su tiempo de vida una vez más, en la jugosa espera de una fuente de oro que traiga una vez más a los fantasmas del pasado.
Los Bibaldi también han sido víctima del olvido. Ya no eran importantes en el país, sus nombres dejaron de estar en las portadas de los diarios y su poder se había ido. ¡Pero su patrimonio seguía intacto! Bueno, en realidad no tanto. Siguen formando parte de la alta sociedad, ¿pero a quién le importa? La familia sigue en crisis, no vale la pena entablar relaciones estratégicas con ellos, “El Ateneo” ya no importaba. Tal vez podían salvarse si vendían la propiedad, aunque eso no estaba en planes. Nadie sabía por qué “El Ateneo” seguía funcionando. Mucho menos sabían por qué los Bibaldi se negaban a dejarlo ir y continuaban trabajando en ese lugar cuando sólo representaba pérdidas. Sin mencionar la riqueza que todavía se guardaba por debajo de colchón... o eso parecía por su vida cargada de lujos.
En ese día había el estreno de una obra. Un estreno del que nadie había escuchado hablar y que por pura casualidad una miserable alma había tenido el honor de ser su único espectador. Todo el salón, cuya capacidad superaba las mil personas, se encontraba vacío. De no ser por el señor Jacinto Hernández, un santiagueño de sesenta años de edad demacrado por los duros golpes de su vida, que se hallaba siendo el único público presente de la obra. Y lágrimas caían de sus ojos ante semejante magnificencia, en una presentación que provocaba tristeza de tan sólo saber acerca de su única función en la historia.
Quizás esas lágrimas eran de emoción. O quizás por sus tendones de Aquiles con cortes bien profundos que le arrebataron la fuerza en sus piernas, aún con la sangre fresca corriendo por su piel. Y ganchos clavados en sus párpados para mantenerle los ojos abiertos mientras observaba tan espeluznante performance. O tal vez eran de alivio porque por fin se cerró el telón y ya no tuvo que soportar el aterrador baile de los cadáveres desmembrados de su familia, con tripas afuera y manchando todo en su lugar, a tal grado donde se había formado un charco del líquido rojo y espeso de toda su familia, deslizándose y acercándose poco a poco a sus pies descalzos hasta sentir la cálida viscosidad acariciar la piel callosa de sus pies desnudos. Desnudo en su totalidad, como acto de humillación. Había algo positivo: los alaridos agonizantes que hasta hace un momento se escuchaban mientras su familia era torturada en vivo, matándose entre sí al ser usados como títeres con sogas de cabello humano atándolos por las extremidades, por fin habían acabado.

Intentó llorar, gritar. Pero le cocieron la legua al paladar. Todo movimiento posible lo mantenía agonizando del dolor, quería zafarse del alambre de púas que lo amarraba a su asiento en primera fila, pero era cada vez más y más inútil. El sufrimiento no paraba y tampoco había nadie haciéndole compañía. Ni siquiera para burlarse de su sufrimiento y, ahora, interminable sufrimiento.
Aunque en algún lugar lo sentía. Sentía esa escabrosa presencia de alguien observándolo desde algún lugar, disfrutando de todo este show que armó para él solo. Al pobre Jacinto no lo invitaron a ver una obra, lo invitaron a ser parte de una terrible danza sanguinaria como parte de un ritual. Él mismo siempre ha sido parte del entretenimiento.

—Los Bibaldi tienen muchas leyendas urbanas detrás. —Javier comentó, rascándose su pronunciada nariz, luego de que su clienta hablara acerca de lo acontecido con total angustia e indignación porque es el segundo abogado que visita. El primero, al oír el problema que presentaba, se reusó a llevar adelante todo el proceso. Es una mujer joven, de unos treinta y algo, con ojeras marcadas por un reciente parto y la desaparición de su padre.
Llegó desesperada, con la criatura recién nacida en brazos, suplicándole a Javier por ayuda. La policía tampoco hacía nada, la investigación se detuvo una vez las pistas de la repentina desaparición de Jacinto Hernández llevaban al teatro “El Ateneo”. Nadie quería pisar ese lugar, por alguna razón. Parecía como si ese sitio viejo y apagado fuera una especie de tabú, con las malas lenguas contando sucesos paranormales: una vez entras al teatro, pasas a una dimensión de la cual jamás podrás volver. Aunque también se mencionan asesinatos, fantasmas y demás cosas. Ana, pese a venir de una familia norteña con fuertes creencias religiosas, no quería caer en esas tontas fantasías. Ella era muy escéptica con el espiritualismo. Así que daría su vida con tal de encontrar a su pobre viejo, vivo o muerto, para despedirlo o lo que fuera.
—Se sabe que en su tiempo hacían reuniones con los nazis, es de lo único que se tiene registro. — Continuó Javier. — Se habla también de sectas y otras cosas de boca en boca que distorsiona su imagen. Son una familia peculiar, hasta te diría que bastante rara. Ya los investigué porque no es la primera vez que alguien pisó ese lugar antes de desaparecer.
— ¡Vos me estás jodiendo! —Ana saltó como agua en aceite hirviendo, con su acento norteño aún más destacado. Su bebé se asustó ante el repentino ruido y ella comenzó a mover sus brazos para hamacarlo y tranquilizarlo. El llanto del niño no duró ni dos segundos — ¿Mucha gente desaparece ahí dentro y la policía no hace nada? ¡Esto tiene que ser un chiste! Corruptos de mierda... Seguro los dueños son unos hijos de mil putas, coimeros malparidos...
—Ana, entiendo tu dolor y desesperación—Javier la interrumpió, sin importarle la informalidad manejada por la muchacha —. Pero, al igual que casos ya investigados, los Bibaldi jamás vieron entrar o salir a cualquiera de los desaparecidos. Fueron absueltos por falta de pruebas, lo que significa que son inocentes. La próxima, quiero que me escuches. Puedo aceptar tu caso, pero necesito saber que es viable y nada que incluya a esa familia lo es.
La pobre y desahuciada mujer bajó un poco los humos, quedándose más relajada en su lugar. Siempre había sido una persona de carácter un poco difícil de manejar, pero en esta ocasión algo se le estaba escapando de las manos. Nadie estaba dispuesto a ayudarla, al menos eso sentía: hacía quince días que su viejita la había llamado angustiada porque no sabía dónde estaba su marido, entre llantos. Y hacía quince días que Ana estaba varada en Capital sin tener respuesta alguna sobre dónde está Jacinto, su querido viejo. Un hombre laburador, de familia, que vino hace un mes a Buenos Aires a hacerse unos estudios, desapareció. Fue tragado por la tierra. Y su viejita no podía lidiar sola con todo el proceso, Ana tuvo que venirse sola a Buenos Aires, recién parida y sola, porque su marido tenía que ocuparse del almacén que hacía poco abrieron juntos y el Gonza y Luchi, sus hermanos, son muy pibitos para estar viviendo con esto.
En tan sólo quince días, Ana sentía que envejeció diez años. Y se notaba en su cara.
—Pero hay vídeos de mi papá metiéndose en se teatro y después no se ve más nada —Ana habló con indignación, sus ojos lagrimeando completa angustia —. Es la última vez que fue visto, ¡hay que hacer el trabajo como corresponde, por dios!
Javier soltó un suspiro, sintiéndose mal por la pobre mujer delante de él. Prendió el monitor de su computadora de escritorio y buscó en tres clics, entre sus archivos, las pruebas que tenía bajadas sobre el caso de Ana. No había muchas pruebas en realidad, sólo un documento con el testimonio de ella, otro con la información obtenida de la breve investigación que se detuvo una vez se llegó a los Bibaldi y el presunto vídeo de Jacinto Hernández entrando al teatro. Lo puso para reproducir, acomodando el monitor de tal manera que ambos, tanto Javier como Ana, pudieran verlo con comodidad.
Era un vídeo corto, de dos minutos. Se lo veía a Jacinto ir, en completa soledad, y luego volver en sus propios pasos. Se detuvo, teniendo un papelito entre sus manos, a lo mejor se trataba de un folleto o un ticket. Parecía que hablaba con alguien, él reía, señalaba el papel que tenía entre sus manos y seguía hablándole al aire. Pero nadie había allí. La gente pasaba, mirándolo y alejándose de donde él estaba, hasta que Jacinto pasó por una ventanita, habló con alguien más y entró al teatro. Así, el vídeo de las cámaras públicas se reprodujo unos segundos más y se cortó.
—La policía fue a interrogar a los Bibaldi... ellos niegan haberlo visto. En estas fechas no tienen ningún estreno por el cuál tu papá haya tenido interés de ir. Podríamos desconfiar de otros casos, pero no acá —comentó Javier, apenado. Y pronto se arrepintió cuando Ana ya no mostraba la misma decisión de mover cielo y mar para encontrar a Jacinto, sino que se la veía derrotada por el duelo, por aceptar que fuera muy difícil encontrar a su papá —. En el vídeo se lo ve hablando al aire... no hay nadie ahí.
Sin ser capaz de aceptarlo, Ana parecía como si le acabaran de arrebatar el mundo de sus manos. No podía emitir una sola pregunta, con las pruebas suficientes para renunciar por la búsqueda de su padre delante de sus ojos. El vacío de la dura realidad le había pegado un duro bife.
—Ana... ¿Cuánto tiempo hace que llevan tus papás en Buenos Aires?
—Un mes. —Respondió ella, aún ensimismada.
—¿Puedo saber por qué vinieron acá? Son gente grande ya, jubilados.
Javier dudaba un poco de eso. Gente mayor, jubilados del interior del país, buscando mudarse a gran ciudad de Buenos Aires... podía ser, como podía que no. No siempre ocurría y mucho menos con esta crisis tan horrorosa donde varios se estaban quedando sin trabajo. Le hacía un poco de ruido, sobre todo porque Jacinto estaba hablando con la nada misma. Algo debía haber para que, de repente, ese señor desapareciera mostrando claros signos de no ser una persona muy cuerda.
—Vino a hacerse unos estudios... estamos esperando los resultados que diagnostiquen la demencia de mi viejo —respondió entonces ella.
Claro. Ahí estaba el cierre de todo. Jacinto Hernández era un posible paciente de algún tipo de demencia y había desaparecido, tal vez y Dios así lo haya querido, en un completo estado de inconsciencia. Senil, sin noción del espacio-tiempo, alucinando.
Hubo un incómodo silencio entre ambos, donde Javier se había compadecido de la pobre mujer santiagueña que viajó en busca de su enfermo padre, con una bebé recién nacida y cansada. Sin compañía, ni de su marido, ni de su mamá.
—Lo siento mucho, Ana —susurró él.

SEGUNDO ACTO.
Marcos Sabatini caminaba solo, tanteando con su bastón sobre la vereda. Escuchaba gente distraída que le pedía disculpas, quizás se metieron en el medio de su camino, y algunas personas que le ofrecía su ayuda al momento de cruzar la calle. Recién salía de la facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, estaba algo contento por su primer mes en la universidad dentro de una carrera que le apasionaba y creyó que capaz podía ir a darse una vuelta, un pequeño gusto. Aprovechó el día soleado, algo caluroso y se desvió de su habitual camino a casa no sin antes avisarle a su mamá que llegaría un poco más tarde, para que estuviera tranquila. Ella no dudaba de la independencia de su hijo ciego de diecinueve años, pero a veces podía ser algo histérica si tardaba unos minutos de más en llegar a su casa.
Tal vez Marcos podía ir a tomarse un café, eran poco más de las tres y media de la tarde. O a tomar un helado a una plaza mientras escucha un audiolibro sentado en la sombra. Cualquier cosa que le trajera algo de tranquilidad. Caminó y caminó, con ayuda de las indicaciones de su GPS conectado a sus audífonos inalámbricos. Pese a que su ceguera aún no era total, prefería seguridad.
Su teléfono vibró, anunciando un mensaje de su mamá y lo sacó del bolsillo de su pantalón para responder. Qué poco duró su tranquilidad, qué poco duró su buen humor. Se desplomó igual de fácil que él mismo ante un tropezón. Su celular se zafó de su mano y escuchó alguien alejarse a pasos rápidos. Tanteó, desesperado, a su alrededor. No encontraba su aparato por ningún ningún lado, cuando la paranoia comenzó a hacer su trabajo.
—Ey. ¡Ey! ¡Mi celular! —gritó Marcos mientras se ponía de pie. Le acabaron por robar su teléfono de la forma más mediocre que podía pasar — ¡Ayuda, por favor! ¡Se robaron mi celular!
—Che, ¿estás bien? —sintió una mano pesada sobre su espalda, una voz masculina que atrapó su atención y la desvió de la agobiante adrenalina por no poder hacer nada al respecto gracias ante el robo.
—¡Me acaban de robar! —exclamó Marcos, bastante sacado de quicio.
Él tenía un oído muy bien desarrollado y sentía su propio corazón retumbar en sus oídos. La angustia, la impotencia y la incapacidad de saber hacia dónde correr lo carcomía por dentro. Tropezaría, se chocaría con todo el mundo o, peor aún, lo pasarían por arriba con un auto dejándolo plano como suela de zapato. Por mucho que sus instintos le pedían ir en búsqueda del desgraciado que le provocó tropezarse para robarle el celular, no podía hacerlo. No podía huir, ni luchar. Sólo quedarse parado en la espera de que otro haga algo por él. Odiaba esa dependencia.
—Sí, tranquilo. Salieron dos personas a correr al chorro. Pero vos, ¿estás bien? —le volvió a preguntar el hombre. Sonaba como si estuviera entre los treinta y cuarenta años.
Ni bien escuchó que tenía algo de chances para recuperar ese pequeño aparatito tan importante que lo ayudaba a moverse solo por Buenos Aires, Marcos aseguró que su alma regresó a su cuerpo. Pudo tener algo de fe, comenzó a rogarle a un ser divino allá arriba para que llegara ese enviado de Dios que corrió en busca del ladrón.
—Estoy bien, estoy bien.
—¡Apa! Qué rápido —dijo el desconocido.
—Tomá, capo —un pibe, quizás unos años más grande que Marcos, le agarró la mano y le puso el teléfono en ella. Sonaba agitado —. Ya llamaron a la policía.
—¡Soltame, hijo de puta! ¡Yo no lo robé, se lo iba a devolver! —ese era el chorro. No sólo habían recuperado su pertenencia, sino también lo habían agarrado para entregarlo. ¡Qué lindo país generoso!
—Pero cerrá el orto, la concha de tu madre —dijo alguien más, cargado de desprecio.
—Gracias, amigo. De verdad muchas gracias. Me salvaste la vida —le agradeció Marcos al tipazo que lo acababa de ayudar —. Déjame invitarte un café o algo para agradecerte.
—No, no te hagas drama —Marcos sintió palmadas en su hombro —. Mientras venga la policía y se lo lleve, estamos joya.
—Enserio, loco. Quiero pagarte de alguna manera.
—Te digo posta, che. No pasa nada. Con que llegues seguro a tu casa me basta.
—¿Cómo te llamás? —A Marcos muy poco le gustaba ceder a la modestia de otras personas, sobre todo cuando se sentía en deuda con ellas. Y en esta ocasión la carga es mucho mayor.
—Soy Lucas.
—Marcos.
—¡Pero qué bárbaro! —Marcos escuchó la voz del tipo que antes se había acercado a hablarle, ese mismo que sonaba un hombre adulto. Sonaba indignado, del lado derecho de Marcos —Hay que ser miserable para robar, pero ¿robarle a un ciego? Con todo respeto Marquitos, no te quiero ofender. Nada más estás en una situación más vulnerable que el resto y estas mierdas se aprovechan.
El hombre sonaba agradable, con un tono humorístico capaz de llamarte a confiar en él. El tono tranquilo del desconocido hizo que el joven pudiera sentirse en buenas manos, más seguro y protegido por quienes lo rodean. Y menos mal, su ansiedad y su ira había bajado por completo. Ya no temblaba por ese grito urgente de correr hacia algún sitio, su sistema nervioso entero pudo frenarse a sí mismo y reestablecer el equilibrio de su cuerpo para mantenerlo tranquilo. Hablar un rato con ese hombre y con Lucas lo ayudó mucho a enfriar su mente y poder testificar mejor una vez la policía había llegado.
Marcos le había enviado a su mamá un mensaje de voz contando lo ocurrido. La tranquilizó diciéndole que estaba bien, que lo habían socorrido y ahora todo estaba bajo control. Ella había insistido por un momento en que Marcos fuera a su casa, pero él se negó. Seguía en marcha aquel plan donde buscaba relajarse y este mal rato no lo iba a impedir. Al contrario, poco le gustaría a él encerrarse en su casa por miedo a salir al exterior otra vez. Ya tuvo su periodo cuando perdió la visión casi en su totalidad, que no quería pisar la calle por el temor de los peligros con los que podía cruzarse. Temeroso de jamás poder hacer una vida normal como en algún momento lo hizo siendo vidente. ¡Qué equivocado estaba! Sólo un año y ya está yendo a la universidad manejándose solo en una ciudad tan grande y quilombera como lo es la Ciudad de Buenos Aires.
Una iniciativa viable para mantener segura a su mamá fue mandarle su ubicación a tiempo real para que ella pudiera saber dónde se encontraría en lo que su hijo estuviera afuera.
La policía ya se había llevado al chorro arrestado, Marcos ya se sentía más contento de saber que ahora estaba un poquito más seguro. Le agradeció una vez más a Lucas, ofreciéndole, otra vez, un café o cualquier cosa que le pidiera. Lucas se negó una vez más y Marcos no tuvo más opción que resignarse.
Así fue como el mal trago había pasado y Marcos quedó solo en la escena del crimen. O eso pensaba, le voz del hombre agradable lo había sorprendido. Parecía un fantasma, a veces desaparecía, a veces se lo oía en el momento menos indicado. O así es como se siente en su mundo invisible: gente sigilosa que se desvanece como fantasmas. Es lo único que odia de ser ciego, la presencia de las personas no las puede sentir.
—Che, Marcos, ¿te gusta el teatro? —le preguntó el hombre.
—Eh... sí. Bah. Qué sé yo —respondió él —. Fui a ver un par de obras cuando iba al colegio y todavía podía ver —trató de soltar una risa.
—Trabajo en la boletería de El Ateneo, el teatro. No sé si tu generación lo conoce, pero hubo una época que era conocido.
—No, la verdad que no tenía idea —¿debería conocerlo? Parece que no. Pero se siente algo mal por su ignorancia.
—¡Bueno, no pasa nada! —lo animó el hombre — Hoy en día no es muy concurrido por la gente, ni siquiera hay grandes obras. Pero ahora está por presentarse un musical que organizaron unos estudiantes de artes escénicas, está bastante linda para asistir. Puedo ofrecerte entradas gratis, así compensamos un poco el mal rato que pasaste recién.
Asistir a un teatro... Marcos no era muy amante de realizar actividades culturales, le aburrían. Apenas y lo era del cine. Solía poner las adaptaciones de los libros y cómics que le gustaban, pero nada más.
La realidad es que estaba en una situación algo comprometida. Quería ir, pero ¿para qué? Si sólo los iba a escuchar. Además, quería ir nada más porque la entrada era gratuita, no porque le interesada en verdad. Es más que seguro la necesidad de clientela, ¿por qué, de otra manera, le ofrecerían entradas gratis? Marcos no podía explicárselo a sí mismo. Así que tibuteó, pensante en su respuesta, pero después de pensar que sería menos esfuerzo para él quedarse en este lugar con alguien que lo ayudó en su momento y luego regresar tranquilo a su casa, sonó como una idea tentadora. Su mamá sabría que está en un mismo lugar y regresaría a su hogar, en lugar de caminar hasta pleno centro de la Capital para buscar un café o un helado. Era tedioso ir hasta allá, sí, pero le gustaba.
—Dale, sí. Me gustaría. —Accedió Marcos, con una sonrisa.
—Vení, te acompaño hasta la sala.
El hombre, con sutileza, le puso la mano sobre la espalda baja para guiarlo hacia el interior del recinto. Marcos, en ningún momento, soltó su bastón. Fue acompañado hasta donde sería su lugar, bien en frente para no chocarse con el resto del público cuando le tocara salir. El hombre se despidió de él y Marcos se recostó sobre su asiento, cerrando sus ojos en lo que esperaba a que comenzara la obra. A su alrededor, escuchaba algunos murmullos que cosquilleaban en su oído, murmullos que poco a poco se iban tonando como el zumbido de una molesta mosca. No. Una no. Muchas moscas. Marcos, por la fastidiosa sensación, se golpeó cerca de su oreja y abrió los ojos, buscando la mosca por acto de reflejo. Lo que vio lo dejó perplejo.
Sí, sí. Lo que vio. Marcos podía ver todo el salón donde estaba sin siquiera sentirse cegado o mareado por la repentina entrada de luces, sombras y colores bien definidos.
Vio el escenario. Vio sus piernas, su bastón de ciego. Vio a su alrededor y no había nadie, estaba él en total soledad y un sentimiento de extrañeza ante la realidad lo invadió. ¿Era un sueño? ¿Se durmió, quizás? De ser así, sería un horror. Sus sueños lúcidos eran frecuentes y un asco, los odiaba con su ser. Podía oír, sentir y ver a la perfección, casi semejante a la vida misma donde podía rememorar ciertos sucesos traumatizantes de su pasado. Así que sí, llegó a la conclusión de que estaba dormido.
La luz del gigantesco salón se volvió más tenue y Marcos miró al frente. El telón azulado se abrió, revelando a una muchachita rubia en el medio sentada delante de una mesa, de cara al público. La niña tenía en frente un plato de manzanas verdes cortadas en gajos. Comía pedazo por pedazo, llenando sus mejillas y sin darle tiempo a tragar. Marcos miraba confundido y expectante en partes iguales. Era una escena algo desagradable debido al sonido de la niña al masticar. Resonaba por toda la sala, fastidiosa. La saliva, la manzana triturada, su respiración que cosquilleaba cerca del oído de Marcos como si lo tuviera al lado. Y su ya bien dotada audición lo volvía más sensible, apretando sus dientes ante los nervios que le provocaba y la incomodidad de tener a la chiquilla mirándolo fijo mientras comía.

No parecía que el tarro de manzanas tuviera un fin. Mientras más manzanas ella comía, más manzanas salían y más se mandaba a la boca. Toda su piel brillaba a la luz por el agua de la fruta y su propia saliva, hasta que la misma angurria acabó por provocarle mordeduras en sus dedos. Ella no se inmutaba. Sólo seguía con su ardua tarea maníaca mientras Marcos se sentía cada vez más asqueado, con náuseas porque el recuerdo desagradable de cuando su prima tuvo un atracón similar para molestar a Marcos y le acabó escupiendo todas las manzanas verdes, hechas puré y llenas de saliva, encima porque casi se ahogaba.
Muy desagradable la imagen de la niña sobre el escenario escupiendo, ella también, esa asquerosa papilla. Parte se le resbalaba por los costados, pero no dejaba de comer. Y poco a poco sus dientes fueron cazando parte la piel de sus dedos, lastimándolas cada vez más hasta llegar a la sangre. Incluso, hasta comer de su propia carne. Más fluidos asquerosos se sumaron a esa muy poca apetitosa mezcla.
El pobre y joven Marcos se repetía una y otra vez que despertase, como solía hacer en cada sueño lúcido. Por lo general, lo hacía. No en esta ocasión. El desagradable show seguía y él no conseguía despertar. Más tiempo pasaba, mayor era su asco y su desesperación. Al grado de gritar “despertate, despertate” entre dientes, golpeando su cabeza. Hasta que, de pronto, el sonido de la niña masticando había cesado para ser reemplazado por un golpe seco.
Marcos miró hacia el escenario, encontrándose con el cuerpo yaciente de la chiquita en el piso. Muerta, pálida, todavía con sus ojos claros bien abiertos y sobre Marcos. Llena de la sangre de sus dedos comidos, asomándose entre ellos sus propios huesos.
Un hombre sonriente apareció entonces, pasando por encima del cuerpo de la niña y posicionándose en el medio del escenario. Vestía un traje rojo y una galera negra. Era alto, muy alto y delgado con una sonrisa ancha, nariz pronunciada y orejas grandes, pero atractivo.
—¡Damas y caballeros! —Habló al vacío. Era ese hombre amable que le ofreció venir, pudo identificarlo por su voz. ¡Genial! La obra había empezado. Pronto despertará. — Tengan ustedes una muy buenas tardes, más que nada. Y sean bienvenidos a nuestro preciado teatro “El Ateneo”. Lamento informarles que la obra por la que ustedes estaban esperando no podrá realizarse por diversos motivos que no consideramos idóneo exponer aquí. Sin embargo, tenemos un show único y exclusivo para nuestro invitado especial: Marcos Sabatini.
El hombre lo miró al chico, con una sonrisa amplia que mostraba sus encías más no achinaba sus ojos. Una sonrisa siniestra, oscura, que denotaba maldad a través de su mirada. Un escalofrío recorrió por la espina dorsal de Marcos no sólo al oír su nombre completo de un desconocido, sino también por la inquietante expresión del presentador. Creyó que, a lo mejor, era momento de abanar su asiento e irse a la mierda.

—Quédate, Marcos —le dijo el sujeto con un tono dulce muy forzado —. Preparamos esto para vos. Espero que lo puedas ver bien y disfrutar.
Las cortinas se cerraron y ni siquiera le dieron tiempo a Marcos que enseguida lo agarraron por detrás, ahorcándolo. Y el dolor de un corte sobre la superficie de sus talones le hizo dar cuenta de una realidad muy extraña: no estaba soñando. Sintió un par de dedos, por parte de dos brazos que lo rodearon desde atrás, meterse en su boca y le tomaron la lengua. Con una tijera, ¡con una tijera! Se la pudieron cortar. Marcos, ensangrentado y lleno de miedo, pegó un sonido muy extraño a falta de su extremidad, con el ardor palpitante y todo su sistema nervioso trabajando en conjunto. Sudoración, adrenalina, todo eso era tan real como la sangre que resbalaba de su boca. Lloraba, temblaba y sólo pudo pensar en tomar su celular en busca de alguna ayuda.
Una decisión torpe. Muy, muy torpe. El hombre amable, el presentador de traje rojo, se hizo presente en frente suyo cual verdugo, viéndolo desde arriba. Parecía más viejo, más macabro que antes, sin una pisca de alegría. Tomó una de las manos del joven, quien batalló en resistencia para poder liberarse, hasta que un clavo perforó su dorso sobre los apoyabrazos de los asientos. Allí, Marcos soltó otro extraño alarido. Para aquel tipo no fue difícil inmovilizar al pobre Marcos con otro clavo en su otra mano.
—Disfrute del show, señor —se despidió entonces en un tétrico susurro, dejando a Marcos allí, solo. Mutilado.

Ana estaba al borde del colapso. La angustia, el estrés y la preocupación por la desaparición de su padre la estaban llevando a un límite que ya no podía más. ¡Pobre su bebé! Ella no tiene la culpa, pero ni siquiera tenía la paz mental para poder hacerse cargo de su llanto. La oía llorar, su cabeza estallaba. Por esa razón decidió dejar a la recién nacida a cuidado de su mamá por esta ocasión: para tener una carga menos. La policía no hacía nada, ni siquiera bajo la búsqueda de un paciente con demencia. Ya ni siquiera se preguntaba por un asesinato, ya se estaba haciendo la idea de que quizás su padre se fue sin tener la lucidez suficiente para poder orientarse.
La infeliz mujer no pedía mucho. Sólo quería saber si Jacinto estaba vivo o muerto.
Y como nadie podía darle esa paz mental tan necesaria para ella, por su propia cuenta se acercó a “El Ateneo”. Se paró al otro lado de la calle y apreció su fachada. Tan hermosa, tan imponente, pero con una vibra extraña por su evidente abandono. Paredes despintadas, vidrios sucios, hongos por la humedad en algunas zonas. Un asco. ¿Cómo era posible mantener semejante bestia en tan deplorable estado? Se preguntó ella. Un edificio inmenso, desperdiciado, horrible. Con total seguridad podía ser parte de una producción de Mike Flanagan, con su hermosa arquitectura deteriorada luego de perder el brillo que algún día representó. Estaba podrido ese teatro, ¿por qué seguía ahí cuando ya no era rentable? Había investigado un poco sobre los Bibaldi cuando Javier los mencionó, quiso conocer su historia y la de su propiedad catalogada como una reliquia por ellos mismos.
Con sus pulmones llenos de aire luego de un suspiro para juntar valor, Ana cruzó la calle. Nadie entraba, nadie salía de “El Ateneo”. En la puerta había un pequeño rincón dedicado a la boletería. Varias ventanitas en el cristal tenían, para pasar de un lado a otro las transacciones de compra y venta de los boletos. Pero todos los puestos estaban cerrados con un cartón. Todos salvo uno, donde un viejo bastante mayor estaba allí sentado, leyendo el diario. Sus avejentadas mejillas caían por los costados, marcando sus ojeras y sus pómulos. Muy delgado, demasiado. Pelón y de orejas grandes, nariz bastante prominente. Su rostro serio no le generó mucha confianza a Ana, ya se estaba preparando para perder las esperanzas y, por su propio bien, dar por muerto a Jacinto de una vez por todas.
Aun así, se acercó a la boletería, tímida y con miedo, pero mostrando una sonrisa forzada. El hombre la miró de reojo, sin apartar el diario de delante de su nariz. Le recordaba un poco a Javier, el abogado. Aunque con la amargura siendo la principal diferencia, además de los largos años de vida.

—Hola, disculpe que le moleste —dijo Ana y mostró su celular con una foto de Jacinto. La más reciente, de hace tres meses —. Me llamo Ana, él es mi papá Jacinto Hernández. Tiene demencia y hace varios días está desaparecido. Pudimos encontrar una grabación donde se ve que este es el último lugar al que entró. ¿Lo conoce?
El anciano se acercó a la pantalla del celular para prestarle más atención a los rasgos del sujeto que le estaban mostrando. Su diario todavía estaba entre sus manos, en la espera de que se quite la molestia de la señorita para seguir resolviendo un crucigrama.
—No, no tengo idea de quién es —le respondió. Muy, muy de mala gana. Volvió con su diario, indiferente de la desesperada mujer que tenía en frente.
—¿Y no sabe si puedo hablar con alguien de acá para ver si lo vio o algo? —preguntó Ana como último golpe de batalla.
—Ana, ¿qué hacés acá? —una voz masculina sonó detrás de ella, regalándole un sobresalto por la sorpresa.
—¡Javier! Qué susto —dijo cuando pudo identificar la identidad del recién llegado. Estaba nerviosa, con su necesidad de justificarse —. Ya sé que acordamos que no me metería en estas cuestiones, pero en verdad necesito encontrar a mi papá. Vine de primera mano a ver si los empleados de acá lo vieron por última vez.
Ya habían pasado cinco días desde la reunión con el abogado, donde él le había dicho que iba a ayudarla a buscar a Jacinto si prometía no meterse en el medio. No ir al teatro, no buscar respuestas por sí misma como lo estaba haciendo ahora. Falló a su promesa, es evidente. Pero tampoco podía juzgarla por tener un pequeño acercamiento sólo por traer algo de tranquilidad a su alma. Hasta le daba algo de lástima, su propio dolor se mostraba en su rostro, en su imagen desalineada. No tuvo lugar al descanso, a la paz mental y a un buen descansar desde que es madre primeriza. Lo menos que podía hacer era apiadarse de la pobre mujer.
Él se rindió, cedió y salió un poco de su rol como profesional.
—¿Cómo le va, Bibaldi? —Javier se dirigió al señor, con un amable tono alegre que enseguida le cambió el rostro al viejo, mucho más dócil. Incluso, por primera vez, el diario quedó apartado —Ya sé que me vio seguido estos últimos tres meses, pero esta ocasión es distinta. El papá de mi cliente lleva varios días desaparecido y es de nuestro conocimiento que este fue el último lugar que visitó. ¿Sabe quién pudo estar en la boletería el 13 de marzo?
—Querido, eso fue hace tres semanas y media —respondió Bibaldi, sonaba igual que un robot al no emitir una sola emoción en su voz —. A lo mejor y el viejo está tirado en algún lado. Perdón, señorita si la ofendo.
Javier se interpuso entre Ana y Bibaldi antes de que ella pudiera ser capaz de responderle algo. ¡Pero qué tipo tan desagradable!
—Mire, nada más queremos conversar con alguien más que esté en el teatro ahora. Al menos ver las cámaras para ver en qué momento salió. Sólo tenemos el registro de su ingreso al lugar. —Javier se mostró bastante empeñado en convencer al señor de poder pasar al teatro.
Bibaldi divagó un poco, hasta que vio que ninguno de los dos parecía con ganas de querer irse.
—Bueno, dale —dijo —. Está mi hermana Herminda adentro, capaz ella sepa algo.

TERCER ACTO Y ÚLTIMO.
Javier recién salía del tribunal. Cansado, de malhumor. Hoy había sido un día de mierda: la defensa a su cliente fue desastrosa por más que todavía quedaba una audiencia más antes del veredicto. Su coche se rompió esta mañana y ahora debía volver en subte hasta su casa. No había desayunado tampoco, porque se quedó dormido y como un muy hermoso detalle: la ropa que había lavado anoche para la mañana estaba húmeda. Un fiasco total. Y, por desgracia, su día no había acabado todavía.
Primero tenía que ir a buscar algo para comer: eran casi las tres de la tarde, su estómago vacío no paraba de sonar por el hambre. Y luego tenía que ir al bufete de abogados del que es dueño a solucionar unos quilombos de papeles que le habían llegado. Si fuera por él se iría a su casa, así como está a dormirse una siesta de no ser que, por desgracia, esos papeles eran bastante importantes.
El teatro “El Ateneo” le quedaba siempre de pasada en lo que iba a su restaurante de confianza, uno muy cerca del bufete. Y al pasar por ahí se encontró con Ana hablando con el señor Bibaldi. El primer impulso de Javier fue correr hacia donde la chica estaba para ver qué carajos hacía ahí. No tenía que estar hablando con ese viejo. Pero, de todas maneras, acabó por apiadarse de la desesperación de Ana para acompañarla dentro del recinto una vez consiguió el permiso del señor.
—No te van a echar del trabajo por hacer esto, ¿no? —fue lo primero que pudo preguntar Ana en su acto de inocencia, sintiéndose ahora algo culpable por haber hecho que Javier convenciera a Bibaldi de dejarlos pasar.
—Tranquila, no pasa nada —le respondió él.
Por dentro, Ana pudo visualizar mejor todo el interior de “El Ateneo”. Sus alfombras sucias y manchadas, como si sólo hubieran pasado una escoba en seco por encima en lugar de una aspiradora o, en todo caso, una hidrolavaradora para limpiar mejor las marcas de los zapatos. Había manchas bastante peculiares, como sangre seca plasmada en el suelo. Era algo asqueroso.
La escasa luz natural y lámparas viejas apenas ayudaban a embellecer todo su interior. Un lugar inmenso, de techos altos y habitaciones amplias, muy difícil de mantener, pero cayéndose sobre sus propios cimientos. Había algunas estatuas, lo único limpio del lugar, que destacaba en el oscuro ambiente y sólo hacía notar mucho más la desolación. Ana se sentía incómoda por lo fantasmagórico que se veía todo, pequeña y distante sobre la inmensidad del lugar que no le daba la bienvenida. Peor se sentía aún de sólo saber que este sitio fu el último visitado por su padre, se encontraba ansiosa en el pensamiento del fantasma de Jacinto que aparecería de la nada para arrastrarla con ella hacia la muerte.
Era inevitable pensar en el peor escenario terrorífico, mucho menos cuando sabía que los dueños de “El Ateneo”, en un momento de la historia del teatro, fueron nazis. Ana ya había visitado obras de teatro, un poco le gustaba cuando había algo que le llamaba la atención, sobre todo en las pocas veces que viajó a Mar del Plata le fue imposible no ir a ver alguna presentación. Pero este lugar no le entusiasmaba visitar, lo cual es una pena porque incluso con su desgaste, ella podía afirmar que, con el cuidado y mantenimiento adecuado, este sitio sería de los más hermosos de la Ciudad de Buenos Aires.
Javier y Ana permanecieron en el hall, la mujer apenas sentía interés de sentarse en los sofás que había en el centro. Se cruzó de brazos, aun mirando a su alrededor: cuadros viejos desteñidos por el paso del tiempo cubiertos por una fina capa de polvo, más manchas de humedad y rincones donde faltaba pintura. El enorme candelabro tres pisos arriba, apenas tenía bombillas que funcionaban y conseguían alumbrar los dos pisos que seguían. Ana se seguía preguntando cómo era posible que esto siguiera funcionando.
Una señora tal vez más joven que el señor Bibaldi pudo presentarse ante los dos invitados. Una mujer muy elegante con su mono negro, cuyos años sólo se veían retratados en las arrugas de su piel. Su pelo teñido de rubio, con algunas canas asomándose. Apenas llevaba sombras marrones y labial rojo como maquillaje, su postura recta y paso firme lograban delatar su vitalidad.
—Buenas tardes —habló ella —. ¿En qué puedo ayudarles?
—¿Cómo le va? —Ana se anticipó a la palabra de Javier, con su celular en mano y la foto de su padre lista para ser mostrada —. Soy Anabela Hernández, hija de Jacinto Hernández. Es este señor de acá. Desapareció hace varios días, es paciente de demencia y se sabe que este fue el último lugar que visitó antes de no saber más nada de él. Me gustaría saber si saben algo: hacia dónde fue, qué hizo, cómo estaba...
La señora observó la imagen de Jacinto, sin tocar el celular que no era de su propiedad. Tardó un segundo en hablar.
—¿Y qué hacés vos, Javier, otra vez acá? —preguntó Herminda, viendo hacia el abogado.
—Vengo de acompañante, no tengo ningún permiso para hacer una investigación formal.
Herminda se volvió hacia Ana.
—Podemos ir a ver las cámaras de seguridad, cabe la posibilidad de que podamos encontrarlas. Solemos borrar las grabaciones cada quince días, pero si te hace sentir tranquila...
—¡Sí! Sería de mucha ayuda. Gracias.
—Vení, entonces. Acompáñame.
Ana miró a Javier, un poco desconfiada porque Herminda se dirigió nada más que a ella. De todas maneras, ambos dieron un paso hasta que la señora los interrumpió.
—No va a tener un abogado sin permiso de investigación acceso a información tan confidencial —dijo Herminda, imponente y decidida —. Te estoy haciendo un favor, Anabela Hernández. Espero que puedas entender mi decisión. No confío en este hombre.
Ana no dijo nada más, aceptó cabizbaja la petición de la anfitriona y se marchó con ella. Dieron amplias vueltas por el teatro, subiendo escaleras y yendo hacia distintos pasillos que un poco la mareaban a Ana. Eran todos iguales, casi con la misma decoración y esto hacía que se perdiera, que no tuviera idea de hacia dónde la estaban llevando. Lo positivo es que Herminda Bibaldi, para evitar pasar tiempo en entero silencio, le iba contando un poco la historia de las épocas doradas del teatro. Lo concurrido y hermoso que era al comienzo, las obras que se presentaban y algunas donaciones de artistas importantes que realizaron con sus cuadros.
También le contó acerca de por qué no quieren cerrar el lugar: lo consideran un legado importante para lo que es el teatro argentino, incluso cuando hasta sus propios dueños se encargaron de olvidarlo cuando ya no hay luz que brille en su interior. También dijo que Domingo Bibaldi, el viejo de la boletería que es su hermano es quien heredó el teatro. Y como tal, está negado a realizarle algún cambio o mantenimiento. Herminda bromeó con un delirio de él por su edad, tiene casi noventa y ocho años, de que su padre se enojaría si “El Ateneo” llega a quedar horrible con sólo una reforma. También bromeó con que son cosas de la edad, incluso cuando Herminda, de ochenta años, no está muy lejos de tener manías de viejo.
Llegaron, entonces, a una puerta de madera enorme, abierta de par en par que permití ver el interior de la sala al campo del teatro. Ana miró confundida a su alrededor, todas las butacas y los tres pisos de palcos apuntando hacia el escenario. Debía admitir que este salón sí se veía hermoso, bien cuidado a simple vista. Con algunas imperfecciones, pero al menos la buena luz ayudaba a darle algo de vida al salón. Herminda la guío un par de metros adentro.
—Espérame acá, voy a hablar un segundo con el chico que está a cargo de las cámaras así está al tanto de tu visita. —Dijo Herminda.
Ana no cuestionó nada. Antes de que se diera cuenta, estaba sola. Decidió pasear, cuando pudo vislumbrar una cabellera negra asomándose desde las butacas, en primera fila, justo en el medio. Ana se acercó, curiosa de ver de quién se trataba, le parecía raro ver a alguien solo en un lugar así. A medida que se iba acercando, se percató de una mancha marrón oscura en el suelo y el olor a podredumbre empezó a inundar sus fosas nasales. Una mala sensación escaló por su espina dorsal, erizándose los cabellos de su nuca y su corazón latiendo con rapidez ante la señal de un posible peligro.
Y lo vio. Y Ana enseguida vomitó.
Era un joven quien allí se encontraba. Un chico muy joven, un adolescente, muerto. Despedazado, mutilado, con claras señales de haber sido torturado. Su estómago estaba abierto, con todas sus tripas afueras, colgando, su intestino tocando el piso, sus piernas. Sin ojos, sus cuencas vacías y su mandíbula quebrada, abierta y el pobre chico tampoco tenía lengua. Sus manos clavadas en los apoyabrazos con clavos y el cadáver estaba ya en proceso de descomposición. Las moscas y las larvas estaban haciendo su trabajo, alimentándose del adolescente.

Se descompuso. Volvió a vomitar de sólo sentir el olor a putrefacto saliendo del cuerpo. Se sintió mareada, con náuseas todavía y cayó al suelo. Seguía con arcadas, con las ganas de huir latiendo en su interior, pero su cuerpo sin poder obedecer a sus órdenes. Temblaba, débil por su malestar. Fue entonces cuando sintió que le agarraban las piernas y ella trató de defenderse, pero los cortes en sus talones enseguida le quitaron su espíritu de lucha para tenerla como un muñeco de trapo. Lo único que llegó a ver fue un traje rojo y supo entonces, por la velocidad de la situación, que tal vez lo mejor era quedarse quieta. Una sola persona había, aunque no pudo ver su rostro. Fue sólo una quien se tomó el trabajo de lastimarla y, luego, tomarla por debajo de sus axilas para sentarla al lado del joven muerto.
Ana estaba presa en sus propios impulsos, acabando en un bloqueo donde su cerebro ni siquiera podía procesar información. Todavía temblaba, incluso sentía la humedad de sus mejillas provocadas por lágrimas que caían de sus ojos. Le ataron las manos, el lado izquierdo estaba sobre el frío cuerpo del muchacho y su cuerpo entero se tensó. No quería ver la cara de su verdugo. No quería que ese fuera el último rostro de ver una vez se acabara el calvario y ella estuviera de la misma manera que el chico a su lado. Ya se veía a sí misma en ese mismo estado, mientras los dueños del teatro van coleccionando cuerpos yacientes y público de a montones.
Las manos del desconocido le tomaron de las mejillas para obligarla a mirarlo a los ojos. Orejas grandes, nariz prominente y rostro joven, pero no eran Domingo Bibaldi. ¡Grandísimo hijo de re mil putas! Le mostró con una sonrisa maliciosa una aguja, bien ancha, con un hilo negro. Ana trató de resistirse, incluso cuando era inútil, y el dolor desgarrador de su piel siendo perforada con lentitud, le hizo llorar. Uno, dos, tres, cuatro puntos en sus labios que ahogaban cualquier sonido que emitiera. Le habían cocido la boca, no podía abrirla porque de sólo moverse, podía sentir a su carne siendo desgarrada acompañada de la sangre que resbalaba e inundaba su boca con el sabor característico del hierro o manchaba sus prendas de rojo.
—Disfrute del show, señorita Anabela.
El verdugo se marchó y Ana quedó sola, en largos segundos donde sus heridas recientes latiendo no hacían más que torturarla. Lloraba de miedo, temblaba en su lugar y mantenía sus puños bien apretados, clavando sus uñas en la palma de su mano. Sólo podía pensar en su bebé y en su marido, allá en Santiago. A kilómetros al norte, con un día de viaje hasta acá, mientras Ana estaba esperando a su muerte, en compañía de una persona que ya pasó por el mismo destino. En esa tortura mental de entender que la muerte a ella la esperaba de la misma manera, se volvía el tiempo mucho más lento. Quería acabar. Quería ser recibida en los brazos de Dios, si es que existía.
Vio el telón abrirse, con un piano desafinado que tocaba ritmos algo alegres. Recordaban al burlesque. Del techo bajó un cuerpo colgado de sus extremidades como un títere: era Jacinto, su papá. Tenía una sonrisa cortada, su cabeza colgaba de su propio cuello y los párpados cortados para mantener los ojos abiertos, pálido, con su muerte dolorosa plasmada en la expresión paralizada de su cara. Ana lloró, intentando abrir la boca, pero sólo ahogó su alarido de dolor, de sufrimiento. El cuerpo de su papá danzaba, iba de una punta del escenario a la otra, todo al ritmo de la canción que sonaba de fondo. Parecía una provocadora burla tanto para la muerte de Jacinto como para la misma Ana: los Bibaldi sí eran los asesinos, sí eran unas mierdas que se escabullían en la sociedad para seguir manteniendo las mismas torturas que llevaban ocultando durante años.
La música paró y en un acto demoníaco, el cuerpo de su papá comenzó a moverse por cuenta propia. Movimientos fluidos que daban la señal de no ser controlados. Su cabeza se volvió a unir a su cuerpo, su sonrisa, aunque estaba cortada, se ensanchó todavía más y aunque Ana esperaba ser atacada de una vez por todas, el cuerpo de Jacinto poseído sólo hizo una reverencia con total elegancia y se marchó. Quedaba mucho por apreciar todavía, sólo era el comienzo de esta fantástica tarde teatral donde ella misma también era parte de la obra. Los espectadores reales estaban en otro sitio, viendo cómo ella agonizaba, lloraba y rogaba por tan sólo un poco de piedad. Quería su libertad, quería escapar y nunca más pisar el suelo bonaerense, volver a casa con su familia y sanar sus heridas.
Alguien fue empujado al escenario con tanta fuerza que cayó. Era una persona, una persona real y humana que la estaban usando para esta tétrica pantomima.
—¡Dale! ¡Es tu turno! —le gritaron desde atrás del escenario.
—P-pero por favor —dijo el recién llegado, al borde del llanto —. No me lastimen, se lo ruego. ¡No quiero hacer est...! —se interrumpió a sí mismo en cuanto vio al público y vio a la mujer allí sentada. El alivio invadió al tipo que fue forzado a presentarse. Sonrió contento por el rostro familiar, seguro por fin— ¡Ana! Anabela, querida. ¡Qué bueno verte!
La pobre muchacha tenía sentimientos encontrados al ver la persona más cobarde y desagradable que pudo conocer en su vida: su tío, el hermano de su mamá que tanto dolor trajo a su familia. Hace años no lo veía, desde que ella tenía doce años y ya estaba tocando con la punta de sus dedos los treinta y uno. Pero, debía admitir que quizás era su salvación.
Su tío, Pablo, sonreía con alegría, con alivio. En su mirada se notaba la desesperación. No había cambiado nada con los años: seguía siendo el mismo parásito delgado de aquel entonces. Se arrastró sobre la madera en la que estaba, se arrastró en señal de rendición y súplica de la misma manera que lo hizo hace varios años atrás. Ana todavía le guardaba rencor, ella y su mamá.
—¡Belita, linda! Mirá qué grande que estás... —dijo Pablo, lagrimeando, usando ese apodo cariñoso por el cual la llamaba a ella antes de lastimarla — Ya sos una mujer. ¡Por favor! Perdóname, no sabía lo que estaba haciendo.
Anabela estaba indefensa frente a ese predador, que se acercaba cada vez más hacia ella con desesperación, suplicando su perdón. Sólo podía mirarlo con odio a medida que se acercaba, pero ya cuando Pablo bajó del escenario, el poco coraje que tenía se desvaneció. Estaba muy cerca, demasiado cerca de ella y no lo quería. Prefería mil veces morir en manos de estos asesinos antes de aliarse con su abusador.
—Necesitamos salir de acá, no sabés las cosas que le hacen a la gente... que me van a hacer a mí. Por favor, trabajemos juntos.
La respiración de ella era rápida, agitada. Se preguntaba por qué mierda su sistema nervioso no le hacía el bendito favor de dejarla inconsciente para terminar con toda esta tortura. Pablo estaba ahora a sus pies, siempre arrastrándose. Las manos asquerosas de Pablo se posaron sobre las rodillas de Ana y ella no pudo pegarle la patada que se merecía, no tenía fuerzas en sus pies gracias a los cortes en sus talones.
—Seamos amigos de nuevo, Ana —suplicó Pablo —. No voy a lastimarte otra vez.
Deslizó una de sus manos entre sus piernas y la sangre de Ana se congeló. El horror no sólo la invadió ante la experiencia de revivir situaciones del pasado que dejaron una herida en su adolescencia, sino porque el cuerpo se Pablo se iba fusionando con el de ella a partir de un líquido negro, espeso, chicloso. Negro absoluto, sin una sola pizca de luz o sombra que la iba consumiendo. La sonrisa de Pablo se tornó perversa, sus ojos brillaban con la dulce malicia de verla sufrir. Ana no quiso quedarse atrás, someterse tan fácil ante Pablo y, como pudo, se impulsó para darle un cabezazo.
Entonces, por el impacto en la nariz de Pablo, o lo que mierda llegara a ser eso que toma la imagen de su tío, los puntos en su boca se soltaron. Desgarraron su carne, abriendo su herida aún más y pudo gritar del dolor horripilante que la inundó. Los puntos del centro se soltaron y abrir la boca por acto de reflejo acabaron por liberarla. Ensangrentada, chorreando sangre a montones, pero Pablo se había alejado de ella cubriéndose la nariz.
La miró de reojo, sus ojos rojos ardiendo de furia. Ya no había perversión en él, había una ira y venganza tan monstruosa ocasionada por su nariz partida que Pablo ya no tenía intenciones de sólo arrastrar consigo a Anabela.
—¡Pelotuda de mierda! —gritó él, abriendo su boca en grande. Muy grande. Tan grande que le salieron tres filas de dientes bien largos y afilados, volviéndose ese mismo líquido negro que pretendía llevarse a Anabela.
Como si de un león cazando una gacela se tratase, ese monstruo oscuro que tomó la forma de Pablo se lanzó hacia el rostro de Anabela y ella ni siquiera fue capaz de reaccionar. Ella se movió por un tiempo, hasta que su corazón dejó de latir y, por ende, su alma dejó de lugar.

Entró al enorme salón, viendo dos personas en primera fila, juntas. Una al lado de la otra. Domingo Bibaldi caminaba a paso firme, decidido, con su tan inexpresivo rostro de siempre. Estaba algo de mal humor por el final tan abrupto de su hermoso show, quería ver más como siempre lo hacía y aquel estúpido de su hijo nada bien hacía. Se dirigió con calma hacia donde se encontraba su público consiguió ver a una masa negra pegada al rostro de Anabela, masticando su cara. Del piso a su cara, una masa amorfa sin ningún tipo de relieve.

—Javier, ya está. Déjala —dijo, tranquilo. Aunque por dentro quería degollar al heredero por ser un inútil, de no ser que es una pieza clave dentro de la familia. ¡Una completa desgracia tener a un ser primitivo como sostén de los Bibaldi!
La masa obedeció, despegándose de la muchacha. Su rostro quedó todo comido: cerebro, huesos del cráneo, nariz y toda la parte frontal de su rostro. Sus orejas aún seguían intactas, pero todo lo demás presentaba marcas de mordeduras. Y ese monstruo viscoso volvió a tomar forma. Un hombre treintañero vestido de un traje rojo con una galera, esa misma vestimenta con la que llama a sus invitados a las puertas de la muerte y presenta las obras. La misma con la que atrajo a Jacinto y a Marcos, quienes aquí presentes se encuentran en su estado de putrefacción.
Ve en sus ojos la desaprobación, el odio. Sabe que es la vergüenza de la familia, que lo detestan y que si fuera por el señor Bibaldi, ellos mismos se lo hubieran comido frito. Pero sólo dos factores no ayudaban en tomar esa decisión: el mal sabor de su propia carne rancia y porque gracias a él los Bibaldi y el teatro aún persiste.

—Tengo hambre —dijo Javier Bibaldi, siendo la bestia que tanto ocultó la familia durante mucho tiempo. Es un demonio, un monstruo, un espécimen extraño que devoró a todas las víctimas desde el inicio de “El Ateneo”.
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