SERENDIPITY [KOOKMIN]

Summary

❝La casualidad es un sentimiento... ❞ - | ⸙: Oneshot. Publicado también en Wattpad. | ⸙: Triste(? no sé. | ⸙: 2700 palabras. | ⸙: Kookmin (Jeon Jungkook + Park Jimin). | ⸙: Prohibida toda adaptación o copia. S E R E N D I P I T Y ⏎ ⏝⏝⏝⏝ ⏝⏝⏝⏝ ⏝⏝⏝⏝ ║▌│█│║▌║││█║▌║▌║ - © ; idanikoiya 2022

Genre
Other
Author
ᴋʏ ☹
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO ÚNICO

El sentimiento cúspide de una persona es aquel del cual ni siquiera se es consciente. Este sentimiento tiene relación con nosotros mismos y con nadie más que nosotros mismos: Es repetitivo, estúpido, rutinario, mondo, independiente y carente de total sentido, así como lo es este escrito; su lógica existe mas es contradictoria y, atinando a la prosopopeya, miramos de sus labios salir mudas palabras almibaradas.

Un once de octubre del año mil novecientos cincuenta y ocho, conocí este sentimiento por primera vez. Mi bonita serendipia tenía un nombre bastante normal y un apellido poco más común.

Park Jimin. Ese era su nombre.

O es. No estoy muy seguro de qué ha sido de su vida. Ni siquiera sé que ha sido de la mía. Mi mente está nublada, relampagueante como una tormenta. Pero no me importa si es en esa luz en donde está mi serendipia.

El sol era sumamente brillante en esos días. No obstante, el frío me fatigaba a tal punto de derrumbarme en el sofá apenas llegaba a mi casa, no tenía fuerzas ni para meterme a dar una ducha de agua caliente. El otoño siempre era así. Soleado, frío, triste y con aire despreocupado. Justo como él.

Jimin, en ese entonces, era mi otoño. Luego se convirtió en verano, primavera e invierno. Las estaciones fueron teniendo su nombre, todo el tiempo, todo lo que yo veía, todo estaba marcado por el sentimiento provocado por él.

No puedo decir mucho de los momentos que pasamos juntos. Mis memorias son simples fragmentos, breves escenas, piezas perdidas que conforman al gran rompecabezas en el que se transformó mi vida.

Sólo sé que nos conocimos por casualidad, nos enamoramos por casualidad. Y nuestro desenlace fue también por casualidad.

Pero la casualidad, la coincidencia y el destino no son las mismas cosas. Son términos hermanos, pero no gemelos. Son tan diferentes entre sí, y es esta misma diferencia a la que Jimin y yo nos enfrentamos la primera vez que nos presentamos en la vida del otro.

Me gustaría decir que el día que nos conocimos fue el mejor día de mi vida, pero no fue así. Fue una pésima y triste tarde de otoño.

En ese octubre, desde lo más profundo de mi alma, estaba luchando con un dolor al cual no tenía temor ni intención de esconder en algún lado. No me escondí. Nunca he tratado de esconderme. Justo ese dolor fue lo que marcó un nuevo inicio para mí. No estaba avergonzado de haber sido herido. Estaba herido, roto y no me avergonzaba que la gente conociera mi debilidad. Como una túnica transparente, portaba mis heridas con orgullo y la gente me miraba y me llamaba niño herido. Yo era un niño herido. No planeaba, ni planeo, fingir ser alguien que no soy. Siempre ha sido así. Siempre he sido esto.

Descansaba en los restos de una carrocería. Solía ir allí cuando mi mente me exigía un descanso y mi pecho no soportaba más pesar. Mi hermano, como siempre cuando las copas lo rebasaban, había llegado a casa a golpear a mi madre. Yo cobarde, cargando apenas una mochila, logré huir saltando por la ventana de mi habitación.

En mis rodillas habían restos de vidrios, de los cuales yo no podía apartar mi mirada. Mis ojos no subieron en ningún momento. Pero supe que estaba ahí, el humo de su cigarrillo me lo dijo. El humo de su cigarrillo decía muchas cosas, era su manera de descargar la mente. Entre ese humo se encontraban sus sueños, sus esperanzas y sus más profundos deseos infantiles. Quizás yo mismo me encontraba allí, entre ese humo, aunque nunca tendré manera de saberlo.

Y él me miró. Su mirada pesaba en mis hombros. No dije nada. Estuvo así, admirándome por unos minutos hasta que decidió acercarse a mí, hincándose frente a mí y soltando el humo en mi rostro. Tosí. Mis ojos estaban en sus ojos. Miré su piel pálida y sus labios secos curvados en una sonrisa. El olor a tabaco acompañó el comienzo de ese sentimiento al cual contradictoriamente llamo inefable. Mi indiferencia fue intensa. No había mucho en lo que pudiera pensar en ese momento, incluso ahora, dudo poder decir las palabras adecuadas. No respondí cuando se presentó a mí. No dije mi nombre, no hice ningún comentario. Pero él siguió esperando.

"Te has hecho daño" dijo esta vez. Su atención viajó de mis heridas a mis ojos. Mirar a los ojos de alguien significaría leer su alma, diría mi madre. No podía leer su alma mientras lo miraba a los ojos. Había una gran brecha entre ambos. Un vacío enorme, profundo e interminable. "Tú también" respondí sin dejar de analizarle. Mi tono indiferente parecía haber llamado su atención, pues se mantuvo frente a mí durante otros largos minutos. Sonrió cínicamente y yo noté que en realidad a él no le importaba mi respuesta. Probablemente nunca le importó nada.

Su sonrisa era joven. Más joven que la mía aun cuando notablemente era un par de años mayor que yo.

"Jeon Jungkook" me presenté. Él dio otra calada a su cigarrillo y se levantó. Después de echar el humo al aire rio fuertemente. Estiró su mano hacia mí. Un once de octubre del año mil novecientos cincuenta y ocho, conocí este sentimiento por primera vez. En una carrocería, después de finalmente haber huido de casa. Una tarde triste, entre muchas tardes de otoño. Fue una casualidad, pero no fue coincidencia. Porque yo lo esperaba a él y él me esperaba a mí.

No recuerdo todo, sólo lo necesario. Sé que tomé su mano y corrimos lejos de ahí. Su risa resonó en mis oídos y mi risa resonó en los suyos. Porque yo estaba herido, pero nunca podría estar tan herido como lo estaba él.

No me escondí. Nunca he tratado de esconderme. Él se escondía, porque él era consciente de este sentimiento. Como dije, yo llevaba una túnica transparente. Jimin andaba desnudo.

Fue esta misma desnudez con la que iniciamos nuestra relación un par de meses después, en verano. Jimin, ese diciembre, era verano. No recuerdo el día en que me pidió que fuera su novio. Conociéndolo, seguro fue un simple comentario. Nada importante. Entre los dos nunca hubo nada importante. Nunca le pregunté acerca de su vida, ni él me interrogó sobre la mía. Nunca supo por qué mis rodillas estaban heridas. Yo tampoco pregunté por qué él vivía en la carrocería, ni si me dejaba quedarme con él. Sólo sé que en ese diciembre era verano. El sol salía entre las nubes grises y el calor de la nieve nos acobijaba por las noches. Teníamos tan sólo dieciséis y dieciocho años, respectivamente, pero ya vivíamos juntos.

Ganábamos algo de dinero limpiando autos y pidiendo limosna en el cruce de la calle principal. Era la capital, una gran urbe modernizada. Nosotros, sin embargo, teníamos una realidad bastante alejada de esas hombreras, pantalones pinzados y portafolios de cuero.

"Jungkook, ven, mira lo que encontré" como siempre hacía, Jimin se acercó a mí con una de las tantas cosas que encontraba en el lote valdío que se había convertido en nuestro hogar. Sabía perfectamente que yo ya habría visto aquel objeto, pero de todas maneras, le gustaba compartir sus hallazgos conmigo. Yo no era de fijarme en los detalles pequeños, siempre intentaba mirar todo desde el panorama más amplio, como un ave mira la ciudad desde el cielo. Jimin, en cambio, podía estar observando lo mismo detenidamente por largos minutos. Esa era la diferencia: Jimin observaba, yo miraba. No le gustaba perderse de nada y a menudo me reprochaba por tener la cabeza en las nubes.

Su descubrimiento del día era el folleto de una heladería. "Veinte centavos un helado por inauguración" señalaba con una gran sonrisa, como si aquella ganga fuera algo que nos incumbiera. Ciertamente, no teníamos veinte centavos. Le sonreí igual, porque no sabía cómo más responder. "Algún día iremos los dos a comer un helado. Te compraré uno de chocolate, porque tu cabello es castaño como el chocolate, y yo comeré uno de fresa, porque nunca he comido un helado y tampoco he probado una fresa". Se echó el folleto en el bolsillo y revolvió mi cabello. Era una promesa, una entre muchas que jamás pudo cumplir, pero la intención con la que estaba hecha era suficiente.

No recuerdo la navidad de ese año. Quisiera recordarla, porque tengo la sensación de que algo importante sucedió. Quizás fue nuestro primer beso. No lo sé, no puedo recordar. Como sea, algo importante también tuvo lugar el treinta y uno de diciembre, minutos antes de año nuevo.

Estábamos ebrios, no tengo idea de dónde conseguimos el alcohol si no teníamos dinero, sólo puedo decir que estábamos ebrios. Mi cabeza pesaba y daba vueltas, Jimin se burlaba de mí dando más tragos a aquella botella demostrando, una vez más, que él resistía más que yo.

"¿Cuándo es tu cumpleaños?" Pregunté. Jimin pasó su lengua por la comisura de sus labios y frunció el ceño, mirándome como si le hubiera preguntado una locura. "¿Eso es importante para ti?" Negué. "Sólo quiero saber". No dijo más. En su lugar, tomó mi mano y la besó. "El once de octubre nos conocimos. El once de octubre será mi cumpleaños".

Pregunté si lo festejaríamos. Jimin dijo que lo festejaríamos en la heladería.

Así comenzó el año de mil novecientos cincuenta y nueve. Y poco a poco, nos acercamos a la primavera. Nuestra primavera fue bastante diferente. Las flores caían de los árboles, pero nunca tocaban el suelo. Jimin evitaba su caída, Jimin lo estuvo evitando todo ese tiempo. A mí tampoco me dejó caer, pero no porque yo le importara. Él era así, no le gustaba ver flores marchitas. Sinceramente, a mí las flores me daban igual.

Al inicio de la primavera, estuve a punto de marchitarme. Me protegí en un cuenco de barro cuando yo mismo era el alfarero, las cenizas pesaban en mi túnica transparente y yo sentía que había perdido la poca cordura que tenía. Las ideas abstractas que llegaban a mí, las pintaba en mi propia piel. Entonces, el vaho saliente de mi boca me recordaba mi dolor junto a las manchas carmín en el pasto naciente.

Jimin me observaba atento. El cigarrillo se acercaba y se alejaba de sus labios paulatinamente. Su cabello, antes naranja, ahora era azabache casi en su totalidad. A veces intentaba detener mi pintar, tomaba mi muñeca antes de que el pincel pudiera alcanzar el lienzo. Yo chasqueaba incrédulo y él contestaba ladeando una sonrisa torpe. En momentos así, recordaba que Jimin no me conocía en absoluto. Ninguno de los dos conocía al otro.

"Si estás esperando que llore, no lo voy a hacer" dije. Entonces él carcajeó, me alborotó el cabello y apagó el cigarrillo en su propio brazo.

"Ya estás llorando, Jungkook. Sólo debes hacerlo visible" Su voz contenía un ligero tono ridículo, pero sabía que no se estaba burlando. Él no se burlaría de palabras que son ciertas. Intentaría ocultar la verdad detrás de su cinismo, pero nunca se burlaría de ella.

"¿Por qué te has herido?" Pregunté señalando la diminuta quemadura. Toneladas de emociones cruzaron sus ojos al mismo tiempo. Una vez más, estaba desconcertado.

"¿Qué no lo ves? Yo soy tú y tú eres yo"

Besó mis heridas, besó mis labios. Dos desconocidos besándose dentro de un montón de chatarra, con sus estómagos vacíos y sus mentes rebosando en utopías. Puedo decir que éramos algo, así como también puedo decir que éramos nada. Esa primavera, Jimin me protegió. Me tomó en sus manos y evitó que la brisa me arrastrase. También me tomó para él y yo lo tomé para mí, pero esos momentos no quiero mencionarlos. Las veces en las que estuvimos juntos, piel con piel, son demasiado irrelevantes como para deparar en ellas. El valor, nuestro verdadero valor, estaba en las palabras.

Se puede decir que las palabras son sólo un conglomerado de letras. Se usan todos los días para crear frases que luego se usan de varias maneras. Es difícil transmitir algo sin ellas, porque independientemente de su forma, se utilizarán de todos modos. Cada vez que él me miraba o tocaba, allí habían palabras. Por lo general, el mensaje era irrazonable e imprudente, pero no podía quejarme.

¿Cómo quejarme cuando esa misma era la esencia de nuestra relación? No podía hacerlo.

Nosotros dos estábamos hechos para estar juntos, aún cuando era una total imprudencia. Porque ambos ansiábamos sentirnos libres, y no hay un mayor acto de libertad que fallar: Los errores no son más que decisiones. Jimin y yo queríamos decidir.

Así llegó el invierno. Viento gélido, vaho mentiroso; a mitad de mayo nuestras vidas comenzaron a seguir un rumbo y nuestra libertad murió ante lo que era correcto.

Mamá me encontró y me pidió que fuera con ella. En algún momento, recordó que tenía un hijo. Mi hermano había abandonado la casa y ahora ella se encontraba sola. Yo era el reemplazo.

Por supuesto, rebelde, me negué en primera instancia. Mamá no insistió, pero Jimin sí.

"Jungkook, mírame" pidió. Mi cabeza descansaba en su hombro y mis ojos estaban fijos en mis manos entrelazadas sobre mi regazo. Sé que si nuestras miradas se encuentran, yo estaré desnudo como él, por lo que intento evitarlo.

Con cuidado, Jimin empuja mi barbilla hacia arriba con su dedo índice. Así que me veo obligado a mirarlo a los ojos.

Sus pupilas marrones oscilan con incertidumbre. En su mirada profunda, tanto como el lago del monte Paektu, diversas corrientes mudas parecen retarse entre ellas, cediendo como los estuarios cuando desembocan en el mar.

"Deberías intentarlo" dice, sacando de su bolsillo un mechero para encender el cigarrillo que descansa entre sus dedos. Al ver la duda en mí, añade: "Intentar aceptar tu destino".

Esta vez no lo miro, lo observo. Observo su cabello crecido hasta casi llegar a su mentón, observo su rostro tierno y su diestra delgada, la cual grácil aleja el pequeño cilindro de sus labios quebrados para después soltar el humo.

"Mi destino es estar contigo" respondo. Él sonríe. No es una sonrisa vacía, como las que le he visto soltar en el tiempo que llevamos de vivir juntos. Esta vez, esa sonrisa tiene un significado real. Un significado que no fue dado por él, ni por mí.

"No, tu destino fue conocerme" Se acercó y suavemente acarició mi mejilla, lo miré y alcancé sus labios. Fue un beso ligero, tranquilo, un simple gracias.

"Jimin, ¿me amas?"

Él ríe ante mi pregunta antes de asentir frenéticamente. Una lágrima resbala de sus cuencas hasta caer por su barbilla. Es esto, es este sentimiento.

"Si me voy... ¿Nos volveremos a ver?"

Jimin sigue riendo, pero no responde más. Mi pregunta desaparece entre el humo de su cigarrillo, se junta con nuestras promesas y nuestros besos perdidos. El futuro, antes desvaído, comienza a tener color y forma. Es la forma de un pájaro recién liberado tras pasar años cautivo. El pájaro vuela alto y se pierde entre el humo, pero no se ahoga.

Sólo así sé que mi destino es alejarme.

Era mayo, pero Jimin era invierno. Yo mismo era invierno. Y nuestra despedida no fue pésima, ni triste. Fue hermosa, porque él era hermoso.

Pronto perderé mis recuerdos junto a él. Entonces, Jimin no existirá para mí. Así como hace sesenta años lo conocí por casualidad, dentro de poco lo olvidaré por casualidad.

Mientras en esta historia nuestros nombres estén juntos, yo podré dejarlo ir. El once de octubre de mil novecientos cincuenta y ocho, descubrí el verdadero sabor de la vida. Y la vida no es más que otra palabra para el destino, pero el destino no es lo mismo que la casualidad, y la casualidad nos hizo coincidir. Este sentimiento repetitivo, estúpido, rutinario, mondo, independiente y carente de total sentido, fue la serendipia a la que llamé destino.

"Yo soy tú, tú eres yo"

Y así como las estaciones nombran los años, el destino, para mí, llevó el nombre de Park Jimin.