Polvos Urbanos

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Una clásica historia limeña de drogas, sexo y cosas así.

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Polvos Urbanos


POLVOS URBANOS

© 2024 Horacio Wallace

Todos los derechos reservados

Lima, Perú





“¿Eres feliz?

Lo soy, mi amigo,

Contento y totalmente consciente.

Dinero, estatus, nada son para mí,

Porque tu vida es simple y vacía.

Nunca podrás comprender la mente de un consumidor,

Pero inténtalo, con tus libros y diplomas.

Si te dejas ir, y abres tu mente,

Apuesto a que harás como yo,

Y no está tan mal.

¿Cuál es mi droga de elección?

Pues, ¿qué es lo que tienes?

Te digo que tengo dinero,

Y lo hago un montón.”

-Layne Staley




El problema con las drogas desde el punto de vista del consumidor no radica en su uso excesivo; más bien, es todo lo contrario, ya que, para los usuarios de alta dependencia, el principal problema se debe a la carencia -temporal- de la dosis que requiere de la droga que prefiere. La ineludible necesidad de consumir lo que al principio probó y usó por diversión, pero que con el tiempo se volvió en una angustiante adicción a satisfacer a toda costa, en el menor tiempo posible, y cada vez en mayor cantidad y frecuencia.

Entonces, para el usuario, la dificultad se trata principalmente de un asunto de escasez; momentánea y de fácil solución. Algo de dinero, una llamada, y un punto de encuentro. Saludo, charla rápida, intercambio, y hasta la próxima. Unas cuantas roquitas blancas en miniaturas ziplock en el bolsillo, y problema arreglado. Por lo menos por el día, o parte de él. A partir de aquí, una vez abastecido -aunque aún no se haya metido el primer par-, vemos a un drogo feliz y motivado, confiado y seguro, porque sabe que está a punto de satisfacer la imparable necesidad de continuar consumiendo los químicos que lo energizan y desaparecen nervios y angustias al instante. Así, la vida puede continuar, sin importar lo que pase, y todo lo que haga será más divertido y placentero, por el simple hecho de cargar uno o más pacos en el bolsillo. Drogo stockeado, problema resuelto.

Aclarando, claro está, que este tipo de situaciones se resuelven de manera sencilla siempre y cuando se trate de un drogo responsable y civilizado. Un coquero con experiencia, de peso, que jala tranquilo y contento, y no tiene la menor intención de causar problemas. Ni mucho menos perder su trabajo, novia o familia. Si puede consumir con mesura y sabe ocultar su nivel de adicción, pues todo bien. Todo lo contrario al comportamiento del pichanguero inmaduro que ha perdido el control y toda fuerza de voluntad, convirtiéndose en un auténtico dolor de cabeza para todos.

El consumo regular reduce en gran medida la fuerte influencia del dengue en el individuo; es decir, el breve período de abstinencia que ocurre entre la ausencia y el reabastecimiento, cuyos síntomas se manifiestan claramente: ansiedad, angustia, nerviosismo, impaciencia, mal humor, irritabilidad, agresividad, y una desagradable sensación de vacío en el pecho.

En consecuencia, el comportamiento del drogadicto promedio no es homogéneo, ya que puede variar de un extremo a otro en cuestión de horas. Un drogo satisfecho causa menos problemas que uno pasando por un período de carencia. El consumidor consumiendo está alegre, excitado, inspirado, creativo, rebosante de energía, con muchas ideas y sueños por realizar. Es una persona de buenas vibras, amable, atenta, sociable, extrovertida, divertida, conversadora. Siempre y cuando la droga que prefiere esté a su disposición cuando la requiere. Pero en cuestión de horas se acabará, y ahí comienza el problema.

Ya que, por ejemplo -una clásica-, te volaste a las siete de la mañana el último tuerto del muerto de cincuenta que compraste la tarde anterior, y sabes que tu dealer, una de las personas más importantes en tu vida, abre el quiosco recién después de almuerzo. Y si se te ocurre por necio impaciente la pésima idea de llamarlo cuando está desayunando con sus hijos, pues va a putearte con justa razón por angurriento irrespetuoso, y nadie quiere llevarse mal con su dealer de confianza para que no te incluya en la lista de clientes pesados y te retire la línea de crédito. Porque, si tiene su carácter rencoroso, puede que le entren las ganas de amonestarte con una suspensión, y te cierra el caño por un par de semanas, para que entiendas bien que nunca más debes llamarlo a esas horas.

Aunque, por otro lado, es posible, que a pesar de que tu tempranero pedido de delivery le signifique mayores ventas -aprovechando el amplio conocimiento que tiene sobre tu preocupante grado de dependencia-, lo de no atenderte por las mañanas puede que se trate de una buena acción, de corazón, por el cariño que te tiene después de tantos años de amistad y comercio. Una fraternal manera de cuidarte, similar al amor duro, que madres, padres y hermanos practican desde el principio de los tiempos, aplicando severos castigos precedidos de buenas carajeadas -que, entre líneas, demuestran puro amor-, con el natural objetivo de motivar al chibolo lacroso a que trate de usar mejor el cerebro para que no repita o se le ocurran ingeniosas estupideces por estrenar que le traigan más problemas o lo pongan en peligro.

Regresando al tema sobre la estrecha relación que tienes con tu dealer, pues si alguna vez toca que te caiga la puteada por desatinado impaciente que llama a deshoras, pues te la comes nomás. Tranquilo, con respeto, doblada, intentando asumirlo desde una perspectiva práctica, como un noble gesto de amistad, ya que obviamente es lógico que no quiere perder a uno de sus hiper fidelizados clientes si terminas con el tabique perforado o te mueres de sobredosis.

Pero, como se conocen años de años, fue inevitable que con el pasar del tiempo se hicieran amigos. Le tienes confianza, sabes que es un buen tipo, que no te va a cagar si por mala suerte lo agarran los rayas, unos que sean la excepción a la regla y no busquen como todos sacarle plata rápido para soltarlo exprés y finalmente se lo lleven enmarrocado. Porque, para piña, la dupla policial encargada de chapar la cuota establecida de paqueteros a procesar esa semana -de los tantos que operan en cada distrito- en situaciones normales lo usual sería recitarle un par de artículos del código penal para micro comercializadores, divirtiéndose con la cara de palteado que tu proveedor va poniendo en aumento cuando su acelerada y nerviosa mente empieza a comprender lo jodido que estaría si es tan salado de convertirse en uno de los pocos casos en que delitos de ese tipo sean castigados efectivamente, sin la posibilidad de aceitar a quienes normalmente se aceita para salir del embrollo, y que finalmente resulte en la aplicación severa de las leyes que correspondan en su perjuicio y se vaya en serio a la cana.

La pesada y torpe bota del estado decidiendo su complicado destino. El poder que les otorga la facultad de que luego de revisar desganados el triste caso de tu dealer amigo, determinen, amparados por la legislación, de que lo más conveniente buscando el bienestar de la sociedad es mantenerlo alejado de ésta, de las personas de bien. Para que así aprenda a obedecer, que no olvide que debe cumplir con las leyes y normas establecidas, lo que la burocracia dice que puede y no puede hacer. Y ésta le dice que no le está permitido venderle cocaína a coqueros, por más dinámico y rentable que sea el mercado. Será sancionado con coima y encierro, dependiendo de cómo tipifiquen la cagada en la que lo ampayaron en flagrancia.

Volviendo al tema anterior, sobre tu drogadicción, el elevado consumo de cocaína puede volverte confiado y descuidado, siendo posible que en algún momento te caiga la mancada y por algún motivo no puedas zafar con plata del asunto. Que quedes detenido, procesado y finalmente caneado. Si te pasa -por piña y por huevón-, el hecho de privarte de todo lo que tenías y gozabas el par de años que pasarás encerrado, no te salva del riesgo de acabar muerto antes de cumplir tu condena, y sabes que no te saldrá nada barato pagarle puntual al líder del pabellón que te toque para desde el arranque contratarlo como seguridad, con el fin de reducir -pero no eliminar-, la muy probable posibilidad de que te degüellen con una navaja artesanal sin filo en pocas semanas y te desangres lentamente gimiendo de dolor en el sucio piso de la mugrienta y hacinada cárcel a la que te enviaron.

El sentido común dicta que muy rápido debes alejar de tus pensamientos la arrepentida pena que te atormenta, para así analizar las cosas con claridad, en modo supervivencia, haciendo lo que sea que tengas que hacer para no perder la vida ni tu dignidad anal para siempre. Deberás actuar con inteligencia, adquirir el plan más caro, el paquete premium que ofrece el más bravo de bravos del lugar, que incluye en letras pequeñas algunas cláusulas usuales, como por ejemplo el incremento anual de las tarifas a causa de la inflación, o la que indica claramente en negritas que el plan contratado no incluye garantías absolutas y libera al prestatario del servicio de toda responsabilidad si es que te mueres o te terminan violando.

Pero tendrás que pagar, y te saldrá caro, y ya no tienes empleo, y serás una costosa carga para tu familia. Pagarás por protección no sólo para intentar salir con vida, sino también para reducir el nivel de riesgo -pero no descartar del todo- la real probabilidad de que te den por el culo en gang bang una que otra noche. O, puede que un sanborja con las medidas de Motumbo te agarre cariño y decida que seas su perra, porque es de los que opinan que poco importa si el culo a atorar es de hombre o mujer, siempre y cuando sea blanco.

Volviendo al tema sobre la complicada situación con la autoridad que tanto tú como coquero, o tu dealer como paquetero, pasarían si es que son detenidos por la policía y luego juzgados y sentenciados, si queremos resaltar algo positivo de este país, podemos mencionar el hecho de que la tradición manda que en algún momento los tombos que te agarraron estacionen para hablar de números. Negociar la costosa tarifa que piden, versus la propuesta que tú como pichangoso, o tu pata como pequeño emprendedor micro comercializador por delivery de distritos pitucos les presenten, lógicamente regateando un descuento significativo. Pues, sucede que en la mayoría de casos se da que, así de sencillo, si la comunicación es buena, puede que en pocos minutos se defina un monto aceptable para ambas partes, y a partir de aquí, como una forma de expresar satisfacción por el acuerdo alcanzado con una persona inteligente que entiende de negocios como tú o tu dealer, de pronto los tombos se pondrán amigables, conversadores y te acompañarán al cajero para que retires lo que ya te está doliendo un huevo pagar. También ocurre que hay veces que si están de buen humor puede que hasta te jalen de vuelta a tu casa, e inclusive cierren la intervención con el amistoso gesto de devolverte el paco que te incautaron unas horas antes, para que jales feliz después del susto y el asunto quede atrás y no haya rencores.

Pero, puede pasar que al vengativo -pero siempre justo- hijo de puta del karma, se le haya ocurrido pasar a cobrar parte de la deuda que tienes con el universo para reducir un poco tu balance negativo por la cantidad de cagadas que hiciste a lo largo de tu vida -y aún continúas haciendo-, principalmente contra tu reducido círculo cercano, los que te quieren de verdad. O, puede ser que simplemente no era tu día, porque los tombos que te tocaron están estrenando nuevo jefe, un arribista que anda en busca de reconocimiento y causar buena impresión desde el arranque, con palmaditas en la espalda y todo eso, por cumplir con la cuota de paqueteros a procesar fijada para el mes.

Si se da esa triste situación, en la que tu dealer de toda la vida te eche para salvar el pellejo o reducir parte de su pena, y caíste durante un operativo oficial con fiscales, cámaras y todo eso, pues te será casi imposible arreglar con la autoridad, y estarás en una situación bien jodida que no podrás solucionar con plata, como estás acostumbrado. Y tu mente operando a mil no parará de pensar con angustia y tristeza que es un hecho que perdiste el importante puesto de ejecutivo que tenías en una reconocida transnacional, de nueve a seis, incluyendo oficina esquinada con buena vista de la zona corporativa, donde los viernes es día casual y podías ir en jean, en vez de vestir como siempre el clásico medio formal uniforme de pantalones de drill combinados con zapatos marrones y camisas de cuadros, rayas o color entero, siempre con las mangas remangadas, para aparentar que trabajas mucho. Además que los viernes de verano sólo ibas medio día, porque la plana mayor, los puestos de confianza, requerían la tarde libre para ir al supermercado a comprar chorizos, alitas, bifes, carbón, tragos y llenar la carretilla con todo lo que tu familia, invitados y vecinos playeros necesitarán consumir para pasar el fin de semana como se debe.

La buena vida en sayonaras y bermudas con chela en mano, que disfrutabas en la terraza semi techada con jacuzzi y parrilla de tu blanca, cuadrada y vidriosa casa de playa de dos pisos, que te quedaste con las ganas de construir como soñabas porque la inmobiliaria del condominio no te dejó más opción que elegir entre uno de los tres modelos estándar de vivienda diseñados, buscando cierta uniformidad, y de paso eliminar la posibilidad de que a algún nuevo billetón con pésimo gusto levante su casa como se le ocurra, dejando los costados a ladrillo y cemento sin tarrajear, que pinte solamente la fachada con colores llamativos que desentonen con el minimalista entorno predominante, y que deje saliendo por las columnas hacia el cielo fierros trinchudos, que luego servirán para que el hijo que se case primero construya un cuarto piso para su nueva familia.

Además que te envían por mail no pocas páginas listando las numerosas restrictivas reglas del condominio, establecidas con el objeto de facilitar una relación de buena convivencia entre las privilegiadas familias playeras que se mudan con empleada y todos los meses de verano, para disfrutar de la buena vida en el mar, dentro de los límites monitoreados por guachimanes de marrón, para su seguridad. Y, por supuesto, conservando el necesario apartheid con el vecino centro poblado, que pertenece a un mundo diferente, que evitas ver desde tu camioneta, que está ahí nomás cerquita, cruzando la carretera. Unos pocos kilómetros que marcan la diferencia entre vivir precariamente en el desierto, o muy cómodo y contento frente al mar.

Pero aceptaste todas esas absurdas normas al poner tu firma en el contrato de compraventa, junto a la de tu emocionada esposa, renegando en silencio, porque te están negando la libertad absoluta que te gustaría tener cumpliendo tu sueño de vivir como propietario la vida de playa y vacilón construyendo tu casa como te dé la puta gana. Por eso te llega al pincho que estos huevones del condominio justifiquen sus salarios inventando reglamentos cagones. Pero igual la compraste, sabiendo que no puedes llevar al perro, ni poner el volumen muy alto con lo mejor de tu música, y hasta cierta hora, ni tampoco podrás meterte a la piscina de noche, porque el reglamento dice que no se puede, porque son cosas que sólo hacen los niños lacrosos, los borrachos, o las parejitas calentonas que se quieren meter un romántico, aunque algo incómodo pero muy excitante polvo submarino.

Volviendo a lo de la relación que tienes con tu dealer, insisto en que debes tomar como un noble gesto de amistad lo de no atenderte en las mañanas, quizás porque supone que lo más probable es que estés de boleto, sin haber comido nada por horas, y que sería bueno que le des un poco de respiro a tu intoxicado cuerpo. Además, esto viene con una enseñanza, la de ayudarte a que intentes a mantener un mínimo grado de autocontrol y cordura, por tu bien. Y, sabe por la experiencia adquirida -al conocer a la perfección el perfil de cada integrante de su narcodependiente público objetivo-, que se te va a ir bajando la negrura al pasar las horas. Te va a entrar el sueño y quedarás privado, inconsciente, lo que es algo bueno, porque descansarás. Y, al despertar medio zumbado horas después, con la ñanga taponeada de mocos, almorzaras a media tarde como un animal -muy pasada la hora de almuerzo-, para luego de meterte un buen cague antes de meterte a la ducha, después de tres días sin hacer ni uno ni lo otro, salgas sintiéndote renovado, y ahora sí llames con confianza a tu causa salvador, para que en poco tiempo se reúnan a unas cuadras, recibas tus bolsitas, continúes drogándote y seas feliz. Aunque deberás resignarte a que una que otra vez te quedarás con las ganas de seguir jalando de corrido, y tendrás que esperar algunas horas rebotando a pesar de la pava y el clona que te tomaste cuando ya se hacía de día.

A lo que iba, es que como ocurre con toda dependencia, pues al adicto responsable le sirven y ayudan sus adicciones preferidas. Y, al que le sirve, le sirve. Antes de continuar desarrollando mi punto de vista, deseo hacer antes la necesaria aclaración, de que las drogas y demás vicios tienen sus beneficios siempre y cuando no seas del tipo de pastrulo irresponsable que terminen botando sin asco de la chamba, para que al poco tiempo tu mujer te desaloje del hogar familiar por mal padre desconsiderado, ya que decidiste sin pensarlo tanto gastar la poca plata que te quedaba para el mercado de la semana en pacos en vez de verduras, pollo, leche y pañales.

Además, se añade en tu contra, que por pichanguero calentón, a tu mujer ahora le paltea invitar a la casa a sus amigas y primas, y ya no quiere hacer tonos por su cumple, ni esas divertidas reuniones de karaoke que tanto disfrutaba, aprovechando su derecho de acaparar el micrófono por ser la dueña de casa, para cantar sin talento las malasas baladas en español que más le gustan. Pero, por tu culpa, ya no se anima a organizar reuniones de ese tipo, porque todos sabemos que la cocaína excita, produciendo un importante cambio fisiológico, al trasladarse el raciocinio de una cabeza a la otra, lo que origina que las decisiones estén bajo control de la pichula, a la vez sujeta a la voluntad de los deseos, dominados por la poderosa influencia del instinto natural, aquel que busca satisfacer una importante necesidad básica de todo individuo. En conclusión, tu arrechura natural, repotenciada exponencialmente por los efectos de la coca.

Y no puedes evitar ponerte gilerito con cada hembra aceptable que va de visita. Y la cosa se puede complicar feo si andan empiladas porque se secaron varios gines antes de que llegaras -el trago de moda de las milfs y cougars que se la quieren dar de cosmopolitas sofisticadas, servidos en enormes, gruesas, pesadas copas repletas de hielo, con todas sus especias y decoraciones-. Y la clásica es que, en algún momento, una de ellas, la que te tiene y le tienes hambre hace rato, le entre y te siga el juego, y se ponga coqueta descarada regalona porque está bien mamada, y, si no la haces caleta, corres el riesgo de que se arme un chongaso si tu flaca te ampaya de pendejo faltoso, tratando de levantarte en su propia casa a la que antes pensaba era una de sus mejores amigas y parte importante de su influyente y manipulador grupo de apoyo femimatriarcal.

O, puede que, de quemado pervertido por lo drogado que estás, comiences a alucinar, fantaseando imposibilidades, como que cuando estén más zampadas, ya de madrugada, las últimas que se queden -generalmente las solteras más borrachas-, como eres el macho que sirve para cargar cosas, puede que te pidan sacar la mesita de centro porque les entraron las ganas locas de bailar, y se pongan calurosas, hagan trencito, empiecen a agarrar, se suban a los sillones y se quiten la ropa. Todo para tu alucinado deleite.

Y es que yo no llego a entender qué tanta huevada hay con este asunto de las mujeres y el baile, ya que es obvio que a la mayoría les resulta imposible resistir el hipnotizante llamado del ritmo, que hace que sus cuerpos entren en un estado de sensualidad desatada que las libera de inhibiciones, para menear con soltura caderas, piernas, brazos, culos y tetas al son de lo que suene.

Aunque, por desgracia, lo que suena en la actualidad, en todas partes todo el tiempo, es el puto reggaetón, que lo odio mal, sólo un poco más que a la cumbia. Por otro lado, si a estas músicas de mierda se les quiere ver su lado positivo, la verdad es que no puedo negar que los urbanos, tropicales y modernos géneros han liberado el baile, y ya no sólo la coges de la cintura, le das vueltas, la aprietas un poco, como antes, porque desde que el perreo llegó para quedarse por culpa de los puertorriqueños, significa que los tiempos han cambiado, y ahora lo normal es ponerse a puntear hasta el piso.

El asunto es que yo no bailo un carajo. Lo sé con certeza porque reconozco mis limitaciones para este tipo de actividades. Además que una ex novia lacrosa en un momento en que quería joder con sinceridad me dejó súper claro que no bailo una mierda, que soy un tronco sin son ni cadencia, y desde ese día decidí colgar los chimpunes de manera oficial. Pero lo que me salvaba, es que por lo menos alcanzaba a seguir el ritmo; siempre con actitud cool, llevando una pierna al lado de la otra, dentro de un espacio limitado y seguro, tratando de no desentonar con su beat, y mucho menos pisarla. Por ello evitaba moverme no más de lo necesario, lo suficiente para no parecer estatua aburrida. Pero lo cierto es que, aunque des pena bailando, lo importante es que la flaca que tienes al frente con seguridad se va a vacilar, como siempre, feliz girando como trompo. Y eso te conviene.

Si tu misión es tirar esa misma noche, o por último llevarte un rico agarre de consuelo, y el baile no es lo tuyo, pues no te quedará otra que sacarla, para que goce y se ponga sensual y sexual, lo que te facilita las cosas. E igualmente sirve para situaciones casuales espontáneas si el plan es de choque y fuga, porque todo el mundo sabe que para ambos casos la combinación de los gines, rones, piscos, música, luces de colores girando y el inevitable contacto continuo de los cuerpos sudando alcohol, feromonas y testosterona, liberan y desinhiben la sexualidad innata que tienen muchas -pero no todas- las mujeres.

Esta alineación de elementos aumenta exponencialmente tus posibilidades de cumplir con el objetivo, según sea el caso, y puede que empiece a verte como su potencial nuevo enamorado. O, si ya son novios, te quiera y respete más, por llevarla a la discoteca de moda, por supuesto gastando un culo de plata en entradas y tragos, lo que te asegura una buena y larga chupada de pinga esa noche. O, lo otro, es que, si eres un pajeraso, y como muestra de tu desesperación por no haber tirado en meses te ligue con una malcriada, que, guiada por el alcohol y la arrechura, decida que no estás tan mal para meterse un polvo contigo cuando apaguen la música y le digas para ir a otro sitio. Que puede ser tu cama, la suya, o un telo barato y cercano, de los que tienen tarifas por horas y colchón forrado en plástico.

Los casos hipotéticos mencionados anteriormente son las únicas ocasiones en que te verás obligado a entrarle al son tropical, si es que de verdad eres un macho respetable. Aunque, lamentablemente, existen hombres a los que realmente les gusta bailar; conocen los pasos, dan vueltas y mueven el culo y hombros con gracia, lo que para ser honestos se ve como que afeminado. Por eso aquí la cosa se vuelve medio confusa, ya que sólo quedan dos alternativas posibles para clasificar a los huevones que realmente gozan del baile por el puro gusto de bailar: la primera, es que el entusiasta bailarín sea de sangre americana originaria, y mucho más entendible lo es que tenga raíces africanas, ya que los negros nacen con el gen del ritmo, junto a los que se requieren para dominar con destreza muchos deportes que no involucren meterse al agua. Además de la sana envidia que causan en los que están dentro o debajo del promedio, por el injusto privilegio de haber sido favorecidos con miembros que en la gran mayoría de casos alcanzan grosores y longitudes mayores que el resto de razas del planeta. Y la diferencia resulta más notoria si se compara a un africano promedio representativo, con las disminuidas medidas que cargan con poco peso los varones orientales. Sin intención de ofender.

Continuando con mi hipótesis, la segunda opción para que alguien que nació con huevos disfrute realmente del acto de bailar, dictamina que, si no resiste moverse como loca invadida con furia por el ritmo, es porque justo eso es; una loca profunda, sintiéndose fabulosa, liberada, orgullosa, cada vez que se le presenta la oportunidad de girar girar con los brazos extendidos a la manera natural que le salga del alma y le es imposible ocultar, desplegando todo el glamour reprimido por culpa de la sociedad conservadora. Además que, sin temor a equivocarme, me atrevo a estereotipar un poco -con algún margen de error-, de que existe una alta probabilidad de que el bailarín desatado adore los musicales, y que trabaje como tripulante de cabina de pulcro uniforme y perfecto corte de pelo, sirviendo fila por fila agua y maní sin dejar de sonreír, hasta aterrizar en Miami para compartir habitación con uno todavía más chivo, que ya había tazado antes, pero era la primera vez que compartían vuelo. Y aprovecharon el día libre para broncearse en South Beach, ir de shopping a Coconut Grove, cenar en un romántico restaurante de comida cubana -pagado con los viáticos-, tomarse unos tragos en Bayside y cerrar la noche con una buena cacaneada, para al día siguiente empujar el carrito por el pasillo del avión con el culo irritado porque ninguno llevó lubricante.

Pero, si eres una persona normal, que baila sólo cuando se trata de cortejar, ya sea para enamorar o levantar, debes tener como objetivo prioritario evitar hacer roche, para no perder puntos con la chica que esa noche te esté moviendo el culo, frotándose sobre ti con ritmo y presión, de arriba abajo, a los costados, de frente y de espaldas, que es la posición que prefiero cuando aún eran los tiempos en que me veía obligado a entrarle al baile, condicionado por mis calentonas necesidades. Si te da la espalda, te pegará el culo y te la podrás puntear bien, para que sienta que andas recontra armado, lo que la prenderá más, al saber que sus pasos putones te han puesto lo arriola que se espera para la situación.

A lo que iba, es que en el fondo resulta una cosa un poco buena esto de los bailes sensuales modernos, que aceleran y facilitan el gileo, para que esa noche te sientas un ganador si es que atraca irse contigo. Antes de que esto pase, si pasa, debes tener en claro no ser tan huevón de estar bomba si calculas que cabe la posibilidad, así sea mínima, de que te ligue esa misma noche. Porque puede ocurrir el caso de que seas tan pavo de por choborra lanzarte antes de tiempo, sin estar lo suficientemente seguro que no te va a chotear cuando termine la canción, para que al rato la veas agarrando con un tipo mejor que tú en muchos aspectos; que sepa darle vueltas, llevarla de aquí para allá, y que la apriete con sabrosura. O, también puede que, de puro ebrio aturdido, comiences a hablar incoherencias, se te trabe la lengua y pierdas un poco el equilibrio, lo que te pintará como borracho monse, y seguramente te dejará parado en medio de la pista, con cara de cojudazo, sosteniendo en una mano el concho caliente de la Pilsen grande que compraste una hora antes y en la otra el arrugado vaso de plástico descartable con espuma y baba que no sueltas desde que entraste al antro.

Aunque, lo peor que puede pasar, es que seas de los caña monses que cuando han chupado más de la cuenta no se les para por nada, por más que la pobre chica que se equivocó al elegirte entre tanto gallinazo se esfuerce con compasión y paciencia, haciendo todo lo posible que esté en sus manos y boca, casi sin esperanzas de darle vida al flácido decepcionante pedazo colgante de carne blanda que exhibes con vergüenza. Eso, en vez de portarte como deberías, como un caballero. Ponerla en cuatro, para darle primero suave, después fuerte, añadiendo no pocas nalgadas bien empalmadas que suenen a cachetada, que le dejen las nalgas rojas, marcadas con la forma de tu mano. O también podría estar cabalgándote, apretando con presión y cadencia su vulva -que como todos sabemos empieza justo debajo del clítoris, el órgano fundamental de toda mujer- sobre tu vientre, para que le sea más fácil llegar al orgasmo, ya que en esa posición, aparte de tenerla dentro, puede usarte para frotarse, lo que aumenta su excitación y la prepara para venirse. Y, para que no estés de espectador, con poco margen de acción, sometido por el peso y la fuerza de sus carnes, debes determinar con sabiduría qué acciones vas a ejecutar para contribuir generosamente en su búsqueda de placer. Si quisiera graficarlo con un ejemplo simple, una buena opción sería agarrarte con fuerza de una nalga, y le aprietas con dolorosa y húmeda delicadeza el pezón que más te guste, ya que todo el mundo sabe que el par de senos que carga cada mujer son diferentes uno del otro.

Pero, si percibes que a pesar de todos los recursos a los que has recurrido, resulta que aún la notas a media caña, sin necesidad de cambiar de posición, puedes recurrir al viejo truco de darle saliva a uno o dos dedos, para introducirlos suavemente en el chico, lo que les encanta y pone en un estado medio como de trance -el aumento de placer se nota de un segundo a otro-, lo que se interpreta como una clara demostración de que lo está disfrutando, y eso te dará la seguridad de saber que estás haciendo una buena o por lo menos no una mala chamba. Que descubriste con habilidad los puntos que la activan. Que lograste el objetivo principal: que llegue rico. Que no se arrepienta de haberse ido contigo. Que quiera repetir el plato. Eso, en vez de haberse dejado levantar por el veneco que la rompía bailando, pero que lo más probable es que fuera medio chivo.

Volviendo al tema este de las músicas tropicales de mierda, no hay que ser genio para darse cuenta de que a la gran mayoría de chicas les gustan estas canciones cagonas que están de moda, y disfrutan bailarlas a buen volumen, mamadas, preferiblemente en la disco que sea el point del momento. Oscuridad a medias y luces de colores. Ropas cortas, reveladoras y putonas, moviéndose con erotismo sobre sus sudados, brillosos, salados y deliciosos cuerpos. Aquí entra otra más de mis teorías, basada en la observación y el sentido común, pero principalmente en la biología, debido a que todos sabemos que el baile guarda estrecha relación con el cortejo. Es una manera de resaltar entre las de su mismo género y especie, con el natural fin de llamar la atención y ser deseada por los carroñeros pegados al borde de la pista viendo con cara de enfermos lo maravilloso que baila. Lo que es entendible, ya que la verdad es que a uno lo pone el espectáculo de ver moverse con sexy gracia a una flaca rica de buen cuerpo. Por ello es una cosa aceptable que se pavoneen de esa manera, aprovechando la libertad que viene con el ritmo y la oscuridad, buscando excitada ser identificada como hembra alfa, para, lógicamente, atraer machos alfa.

Aquí fallan un poco el cálculo, algunas -o muchas-, ya que todo el mundo sabe que la vida nocturna de liberación alcoholizada -en la mayoría de casos, porque hay sus excepciones-, probablemente le traerá nada más que pendejines de cantina perfumados de buen floro, y que lo más probable es que sólo se la quieran tirar. Porque todos sabemos que los lugares de juerga no son de las mejores ideas para capturar pareja a largo plazo, si es que la mujer tiene dentro de sus planes conseguir el mejor esperma que sus cualidades le permitan, para así contribuir con la reproducción de la especie.

Pero, si lo que busca es sólo conquistar a un pata, cualquier huevón, que no esté muy feo ni sea un imbécil, para sacarse el clavo, porque su novio la dejó por una, dos o tres más bonitas y jóvenes que ella, pues en ese caso estos antros de alcohol y drogas sirven para este propósito casi a la perfección. No le será tan difícil ligar, por más que no sea muy guapa, ya que todo el mundo sabe que, si la mujer propone, dispone. Lo que no pasa con los hombres, ya que no nos es tan fácil conquistar para tener sexo casual. Hay que meterle esfuerzo, gasto y estrategia. Para ellas es mucho más sencillo. Si lanza anzuelos, algún pescado picará. Porque la mayoría de hombres son realmente perros, que se comen lo que les pongan. Y ellas lo saben bien. Saben sobre el poder que tienen sus vaginas, emanando energías sexuales imposibles de resistir, por el fuerte deseo de estar dentro de ellas, porque así fuimos moldeados por la evolución. Está en nuestro ADN. Por eso no es nuestra culpa querer meterla a diestra y siniestra. Es instinto natural. Y la naturaleza manda, en todo.

Pero a lo que iba antes, es que el reggaetón, la cumbia, la pachanga, todas esas músicas caribeñas bailables de mierda, me llegan realmente al pincho. Pero nunca tanto como la puta bachata, que simplemente no puedo soportarla, con sus voces afeminadas, cantándole al amor, acompañadas de esas agudas putas guitarritas, que las siento como cuando pasas por una hoja un lápiz sin punta, o raspas un tenedor sobre un plato vacío, y cosas de ese tipo, que cada uno tiene sus sonidos insoportables particulares. He investigado un poco sobre este asunto, acerca del desagradable efecto que causa en mí la bachata, horrible música del infierno compuesta por el mismo Satanás, representado en la tierra por los putos dominicanos, y, de tanto analizarlo, he llegado a la conclusión, mejor dicho a la teoría, para ser honesto, que arroja una simple respuesta técnica, que explica la intolerancia que se produce en mi cuerpo cuando soy sometido a la exposición directa del índice acústico que tiene esta música maldita, que resulta no encaja conmigo un carajo.

Volviendo al tema anterior, de lo que hablaba hace buen rato, el asunto este de pretender ser buen anfitrión cuando se tiene en casa a un pequeño grupo de ebrias de confianza, que combinado con el efecto de los tragos, tronchos y tiros en mi cerebro, puede resultar que, por consecuencia de ver tanta porno, empiece a alucinar con irracional esperanza que, después de bailar unas cuantas canciones, se suelten y liberen de inhibiciones, y comiencen a quitarse la ropa, una a la otra, y la otra a la otra, poco a poco, mientras disfruto del show cómodo y contento en algún sillón desde donde pueda apreciar con detalle los acontecimientos en curso, con un cuba en una mano y un pucho en la otra, deslumbrado viendo cómo se acarician y agarran entre dos o tres a la vez, y que se trepen a la mesa completamente desnudas para bailarme de cerca y desde arriba. Que la más rica de todas, la de mejores mangos y labios más carnosos, venga hacia mí, me desate la correa y quite el pantalón, me baje el boxer despacio, apreciando con ternura su carita de arrecha cuando vea como de parada y latiendo la tengo. Que se haga una cola rápida, para que sus rulos no estorben, bloqueándome la vista, o que se le metan a la boca cuando me la esté chupando. Que me mire con ojos de diablilla, mientras se prepara para primero lamerla, y luego tragársela entera, como me gusta. Y que al rato las demás se acerquen también, pícaras y pendejas, para mamarla todas juntas. Que se sienten lado a lado en el sillón grande, de piernas abiertas, listas para comerme sus viscosas e irresistibles conchas, una por una, mientras las que esperan ansiosas llegue su turno de recibir su buena sopeada se la vayan corriendo, solas o mutuamente.

Pero soy consciente que cosas así lo más probable es que no me pasen en mi puta vida. Ni a ti. Aunque, si te propones convertirte en un ganador, no debes olvidar aquella noche de juerga en la que tu empilada y efusiva esposa se puso a agarrar delante tuyo con una de sus borrachas amigas, la más pendeja del grupo, sin que te piques ni un poquito. Más bien, todo lo contrario, te encantó verla con otra, estar a su lado cuando daba sus primeros pasitos de bisexual curiosa. Pero, por lo poco que sabes, junto a lo que no sabes ni nunca sabrás, no te queda otra opción que suponer con ingenuidad, que, si te dijo que fue la primera vez que chapaba con una chica, es porque no sería capaz de mentirte con algo así. Por eso te la crees, todo ingenuo, que debe ser cierto lo que te dice.

Aparte que, para mantener tu paz mental, intentaras auto engañarte -con poca lógica- de que te está contando la verdad. Pero al final no eres tan pavo, porque sabes bien que sólo te cuenta algunas cosas, para aparentar transparencia, las que está segura no van a causar una gran pelea. Pero, como todo el mundo sabe, las mujeres guardan con cantol sus pendejadas, mucho mejor que nosotros, y puede que seas uno de los tantos huevones que se enamoraron de una pendeja. Aparte que, además, acostumbran callar, ocultar, tergiversar, minimizar o mentirte con descarada confianza, sin dejar de mirarte a los ojos, sobre las cosas que te pueden joder mal. Porque sabe que te pondrás primitivo y armarás una broncasa. Siempre serán sus secretos, y nunca te enterarás de la mayor parte de lo que hace o ha hecho, ni cuándo ni con quién, ni si el que te aseguraba era su buen amigo gay le dio mejor que tú, el esposo trabajador y aburrido que se la tira poco, igual que siempre, en las mismas poses, porque careces de creatividad e iniciativa, y la verdad es que ya no te provoca tanto hacerlo con ella, y debes recordar o fantasear con otras chicas para poder llegar cuando te toque darle.

Esto sencillamente sucede porque ya no te prende -para nada- como antes. Como al comienzo, los primeros años. El matrimonio, los niños, el trabajo, las cuentas, las peleas y la larga y desgastante convivencia los fueron apagando, poco a poco. Ahora son algo así como compañeros, amigos, roomates. Ya perdió la confianza de andar de feliz calata por toda la casa, en verano y primavera, con las cortinas abiertas a media caña, porque hacerla de exhibicionista para alborotar a los sapos pajeros del edificio de enfrente la ponía recontra arrecha. Eso te encantaba, no lo puedes negar. Eran los buenos tiempos, cuando aún no criaban chibolos pedilones que estropeen la pasión, el vacilón y la juerga.

Su olor y feromonas no te hacen perder la razón. Verla desvestirse ya no te causa una erección automática. No te provoca meterle esos chapes bravos a pura lengua, ni mordisquearle los labios, ni lamerle el cuello. Evitas en lo posible hacer el esfuerzo de bajar para comerle la vagina -descuidada en la mayoría de casos conyugales-, cuando antes te la devorabas de largo, con gusto, con énfasis en el clítoris. Por esto es que, en reciprocidad negativa, ella ya no repite el lindo gesto que tenía de traerte una chela y canchita y chuparte la pinga mientras veías el partido en el sillón de la sala, clara demostración de amor y respeto. Ya no se arregla para ti. Se arregla cuando sale, se arregla para que la admiren otros, no tú. Tú ya no le importas tanto. Ya no le gustas tanto. Ahora le gustan otros. Y a ti, otras, por supuesto.

Será más astuta que tú para detectar tus intentos -a veces exitosos- de pendejear. Ten la seguridad que te sacará más rápido que tú a ella, porque estará poseída por la demente determinación de stalker que le permitirá saber quiénes son tus nuevas amiguitas, o si estás recurriendo a la lista negra para rescatar viejas aventuras, o meterte un remember con alguna ex del pasado que no se haga paltas de que sigas casado viviendo bajo el mismo techo, siempre y cuando te la tires bien. Igual, recurrirás a la recurrente y patética táctica de hacerte la víctima para conseguir sexo; que tu matrimonio anda mal, que ya no te quiere, ya no quiere tirar, te vas a divorciar en unos meses, y ese tipo de floros. Y, puede pasar -porque pasa-, que tu nueva amante se pique por algo en que la ofendiste y le entren las ganas de cagarte y llame a tu aún esposa para contarle todo. Uy, uy, uy. Tremendo problema. Pollo desplumado.

Sólo te contará la punta del iceberg, y nunca te enterarás del real tamaño de la enorme masa de hielo que no vemos porque está hundida bajo el nivel de flotación. Clásicas tácticas de distracción. A lo Calais en vez de Normandía. O Grecia por Sicilia. Ella sabrá bastante de ti, pero tú no tanto de ella. Aunque, esto de que hace un tiempo se haya agarrado toda desvergonzada a la amiga que estaba algo rica, lo que pasó esa noche, en pleno chape, cuando se abrieron las blusas y comenzaron a besarse las tetas, y trataste con confianza pero sin éxito incluirte en la escena, para que dos sean tres. Y no te ligó. Una pena, porque este tipo de oportunidades no se presentan así tan fácil.

Aunque, a pesar de la rochosa choteada -con desprecio- que te dejó un poco triste pero igual de arrecho, si lo piensas con detenimiento, podría significar que a tu mujer aún le quede algo de amor por ti, simplemente porque no podría soportar verte besando y tirándote a otra. Menos a una de sus mejores amigas. Los celos la matarían. Y te lo haría pagar caro, bien caro, no lo dudes, poco a poco, por meses y hasta años, sin que seas consciente de lo que está pasando, desconcertado del porqué se puso a joder por nada de un momento a otro. Su cruel plan secreto de revancha de a micro dosis. Aunque quizás podría hacer una excepción, con una desconocida, sólo si te lo ganas, para que te lo saques del sistema y no jodas tanto queriendo tirarte a alguien y que se arme el escándalo. Otra clara demostración de amor, quizás un intento para revivir un poco la pasión, ya que el trío que te regaló por tu cumpleaños te pondrá loquito una o dos semanas, y querrás darle parejo como antes. Hacerle las cosas que le gustan, engreírla más, intentar ser más cariñoso. Contento y agradecido porque dejó que te tiraras a otra en su cara, cama y casa. Y, aunque la verdad de las cosas es que ella acaparó casi toda la acción, bien suelta de huesos experimentando sus pininos en el lesbianismo -que disfrutaste a plenitud como voyeur pajero-, sabes que el asunto no es equitativo, porque tú no sacrificaste nada en absoluto. Es todo lo contrario, ya que no es lo mismo que ella te permita tener sexo con el sexo opuesto, a que tú supuestamente accedas-con bastante cinismo- a que esté con una chica delante tuyo. Y todos sabemos que pan con pan sale budín. Por eso no te haces paltas. Porque te encanta el budín. ¿Si o no? Pendejo.




FIN