Alex y Kate

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Summary

Alex es un ladrón de poca monta que es atormentado por el fantasma de una adolescente llamada Kate. Ella quiere que Alex asesine a su padre y hará todo lo posible para convencerlo.

Status
Complete
Chapters
22
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1


Alex estaba vestido de pies a cabeza y aun así tenía frio. Usaba un traje marrón que gritaba: soy un contador o un empresario bancario; unos guantes negros y una mascara de payaso de látex. De sonrisa azul y nariz roja. El viento sopló con fuerza, atravesó la fina tela de su saco y le caló los huesos. Alex tembló, pero siguió caminando. Sus zapatos sucios pisaban hojas secas constantemente. En una mano llevaba una pala y en la otra, un pesado maletín. La ropa que llevaba no era la más adecuada para cavar, pero no le quedaba de otra.

Alex se encontraba en medio de un bosque espeso, a las afueras de un pueblo pesquero llamado “Estrella nocturna”. Lo primero que hizo cuando llegó fue preguntar porque se llamaba así. Un pescador le respondió que cada cierto tiempo se podía ver una estrella que brillaba por encima de las demás.

—Es como si Dios hubiera encendido un faro en la luna — le dijo.

Alex concluyó que esa frase no tenía sentido. Cuando eso ocurría, los pescadores se metían al agua. Conseguían más peces que en un día promedio. El recién llegado sintió que perdió su tiempo al hablar con ese hombre. Todo le pareció una estupidez. Alex no creía en supersticiones ni en fantasmas.

Dos semanas después de la llegada de Alex, el pequeño pueblo de “Estrella nocturna” fue testigo de un brutal crimen. Hace menos de una hora dos personas enmascaradas asaltaron el banco local. Murieron dos personas. Un guardia y uno de los asaltantes.

Dos ramas golpearon a Alex. Una en la cara y la otra en una zona más sensible. Las hizo pedazos con sus propias manos y siguió su camino. El ladrón no se dio cuenta que unos ojos lo estaban observando. Los ojos se movieron a la derecha, siguiéndolo con la mirada. Cinco minutos después, Alex encontró una tumba y una cruz a medio enterrar. Dejó el maletín a un lado, tomó la pala con ambas manos y se puso a cavar.

La tierra era dura así que tuvo que ponerle un esfuerzo extra. Alex cavaba con ahínco, pensando que la tierra dura era la cabeza de Jonathan y cada golpe que le daba le destrozaba más y más el cráneo hasta dejar su cerebro expuesto. Alex odiaba a Jonathan, ese borracho conflictivo. Por su culpa se vio obligado a cavar en medio del bosque como si fuera un depravado buscando cadáveres.

Alex no pudo evitar pensar que parte de esto es culpa suya. Tuvo que hacer enojar al ebrio más rencoroso del planeta. Literalmente su boleto para salir del país se encontraba a dos metros bajo tierra. Alex se detenía cada dos minutos para mirar el maletín, que se encontraba a pocos centímetros fuera de la tumba. Dentro de ese trozo de cuero había un tesoro. Cien mil soles.

Su mente divagaba mientras su cuerpo trabajaba. La culpa entró como un bandido armado a una taberna del viejo oeste y se apoderó de sus pensamientos. ¿Por qué? ¿Por qué no había registrado al guardia?, se preguntó.

¿Cómo diablos iba a saber que tenia una pistola tan pequeña? Le había quitado su arma reglamentaria.

El plan era sencillo. Dos sujetos vestidos con trajes baratos y mascaras de payaso entraban al banco; tomaban a los trabajadores y clientes como rehenes y doblegaban al guardia; los obligaban a llenar un maletín con dinero. En dos minutos saldrían del banco y correrían hasta la esquina, donde los estaría esperando Jonathan, quien los llevaría fuera del pueblo; les entregaría pasaportes y documentos falsos para poder escapar del país.

Los problemas iniciaron antes de entrar al banco. La noche anterior, Jonathan se había peleado con el falsificador. Le había dejado el ojo morado y la nariz como una bola de papel arrugada. En venganza, el falsificador escondió los documentos en medio del bosque, a las afueras del pueblo. Si querían sus preciados documentos tenían que ensuciarse las manos.

Alex sacó su arma, pero el falsificador fue mucho más rápido.

Alex tenía el arma entre los dedos; el falsificador tenía el cañón a pocos centímetros de su mejilla.

—Veamos si eres tan valiente, vaquero.

Alex guardó su arma resignado.

—Maldito Jonathan — dijo Alex a la nada. La mascara de payaso le estaba haciendo sudar.

Se supone que iba a ser un trabajo sencillo. Sin víctimas. Alex había trabajado en el banco por dos semanas bajo el nombre de Thomas López. Conocía el lugar y a sus trabajadores. Su culpa estaba más que justificada. El guardia le había dicho un viernes que tenía un arma extra mientras almorzaban.

—Tengo una medida adicional para acabar con cualquier infeliz que venga a robar a mi banco.

Alex retiró una pesada piedra.

—¿Cómo pude olvidarlo? ¿Cómo pude ser tan estúpido?

Alex notó un objeto negro en el fondo del agujero. Removió la tierra con ansiedad. Era una bolsa de tela. La abrió con la precisión de un desactivador de bombas. Ahí estaban los documentos que tanto necesitaba. No le importaba que la bolsa estuviera cubierta de tierra, Alex la besó varias veces.

Al ser un ex empleado del banco, Alex se encargó de mantener a los rehenes pegados contra el suelo. Su compañero Martin recogía el dinero. Este veía muy ansioso como el maletín se llenaba de billetes. Se dio el lujo de soñar despierto, se imaginó en una hermosa playa rodeado de cocteles de todos los colores. Se veía a si mismo descansando de la vida criminal.

Por el contrario, Alex se veía como alguien sin dinero. En unos meses tendría que volver a las andadas. Otra identidad. Otro crimen que le permitiría vivir con lujos por un breve periodo de tiempo.

La cajera, sudorosa y aterrada, terminó de llenar el maletín. Martin levantaba el maletín con dificultad. Parecía un niño tratando de cargar la bolsa de los víveres. El maletín era demasiado pesado y Martin, demasiado flaco. Si los ladrones no les hubieran destruido los celulares, los clientes hubieran grabado a ese anoréxico tratando de cargar ese maletín tan pesado.

Alex se distrajo.

El guardia aprovechó esa oportunidad, metió la mano dentro de su calcetín derecho y sacó un arma tan pequeña que parecía un juguete o un encendedor temático. Disparó tres veces. Las tres balas impactaron en la espalda de Martin, partiendo su espina en varias partes. Murió al instante. Alex le devolvió las tres balas al guardia. Dos en el pecho y una en la cabeza.

Alex se quedó paralizado por un segundo y medio. Eran horas para el tiempo de un robo de bancos. Cogió el maletín, disparó una vez al guardia para mantener a los rehenes en el suelo, y corrió hasta la esquina donde le estaba esperando el auto. No se podía decir lo mismo de Jonathan. En la puerta había una nota que decía: “Fui a mear. Voy a tardar un poco, tengo cálculos renales. Espérenme por favor”.

—Maldito Jonathan.

Alex entró al auto, las llaves estaban ahí. Se fue mandando al diablo a Jonathan y a sus cálculos. Se quitó la camisa, que tenía restos de la sangre de Martin. Se cubrió el pecho desnudo con el saco. Unas espesas nubes cubrieron el sol y un fuerte viento comenzó a soplar. Salió del pueblo y se internó en el bosque. Abrió el maletero del auto, deseaba con fervor ropa nueva. Dentro había dos vestidos rojos con escote pronunciado y de talla ajustada.

—Le haría un favor a mis muslos — dijo Alex en voz baja.

Junto a los vestidos encontró otra nota de Jonathan: “Lo siento, chicos. Esto fue lo único que pude encontrar a altas horas de la noche”. Alex deseó que los cálculos renales tuvieran picos. Tomó la pala y el maletín, cerró el maletero y se internó en el bosque. Tenía que encontrar una tumba con una “X”.

Con los documentos en la mano, Alex se sentía mejor. La culpa se esfumó de su cuerpo, al igual que cualquier recuerdo de Martin. ¿Tenía bigote o barba? No sentía nada por ese inútil, incluso lo culpaba por su prematura muerte.

—Se lo merece por no fijarse que lo estaban apuntando — Alex se rio con malicia —. Lo mejor de todo es esta belleza — le dio una cariñosa patada al maletín —. Solo se divide en una parte.

Alex se sentía tan seguro de si mismo, un ganador, que decidió quitarse la máscara. Total. Se encontraba en medio del bosque. Su cabello corto, recortado por obligación del trabajo, estaba tan pegado a su cabeza que parecía pintado. Quitarse la mascara fue mucho más difícil de lo pensado, el sudor hizo que se le pegara a la cara como si fuera una segunda piel.

Apenas se la quitó sintió un piquetito en la cabeza. No era un mosquito o algún insecto desconocido del bosque. Una figura salió detrás de un árbol. La figura usaba un sombrero que cubría buena parte de su cara y tenía un arma.

Eso bastó para que Alex sacara su pistola y apuntara a la figura. La presencia del arma no fue suficiente para que borrara la sonrisa de su rostro. La figura levantó ambas manos, el arma colgaba entre los dedos de su mano derecha. Era una pistola de cañón largo. Daba la impresión que la inventaron hace un siglo.

La figura era una cabeza más baja que Alex. Vestía unos pantalones negros de lana y una chompa morada. El ladrón se sintió celoso y avergonzado. Él estaba congelándose el trasero, mientras que la figura vestía unas prendas abrigadoras.

El sombrero que cubría su cabeza era de un vaquero del viejo oeste.

—Estás arrestado.

Era solo una niña.

Alex guardó su arma. Pero la chica no hizo lo mismo con la suya. Era una pistola de juguete. No era una amenaza para Alex.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Soy el sheriff del bosque, ¿Qué no ves mi estrella? — la chica señaló una estrella dorada en su pecho. El dorado resaltaba entre tanto morado —. Esta estrella me da la autoridad de arrestar a los criminales y veo que has cometido un crimen.

Alex se puso nervioso al escuchar la palabra “crimen”. La mocosa sabía algo.

—¿Cuánto tiempo me estuviste viendo? — preguntó Alex con la boca seca. Tenía hambre y sed. Estuvo tentado a sacar su arma para poner el interrogatorio a su favor.

La chica se quitó el sombrero revelando una larga cabellera castaña con un mecho azul que se ponía entre sus ojos, igual de castaños. Guardó el arma en el bolsillo de su chompa, se quitó la estrella de su pecho y la arrojó lejos. Chocó contra un árbol, apenas hizo ruido. Se perdió para siempre en el bosque.

Se arremangó la manga derecha mostrándole a Alex y Rolex de oro.

—Veamos. Siempre vengo aquí a las 2:30 a jugar. A las 3:00 un auto llegó al bosque. A las 3:15 un hombre salió vistiendo un traje, sin camisa, y una mascara del payaso. ¿No te han dicho que luces como uno de los matones del Guasón de El caballero de la noche? — Alex no respondió. No podría importarle menos —. El hombre cargaba un pesado maletín, ¿Qué habrá dentro? A las 3:30 se puso a cavar y no terminó hasta las 5 de la tarde. Sacó una pequeña bolsa de tela llena de documentos. A las 5:07, un sheriff rudo que no acepta tonterías de los criminales (aunque si sus sobornos). No me mires así, ¿Tienes idea de cuanto gana un sheriff del bosque? Como sea, el sheriff piensa arrestar al malhechor — la chica mira su reloj —. A las 5:10 ambos hacen un trato. Soy Kate, por cierto.

Kate le ofreció la mano a Alex. Este rechazó el saludo, su máxima prioridad era encontrar una solución. La chica sabía demasiado. No le quedaba más remedio. Del bolsillo de su saco sacó un fajo de billetes.

Kate silbó de admiración.

—Mira nada más cuanto dinero. Estoy segura que lo ganaste honestamente. Con mucho esfuerzo y sacrificio — dijo la chica con sarcasmo.

Bueno, me duelen los brazos de tanto cavar; las piernas de tanto correr y los dedos de tanto disparar, pensó Alex. Del fajo de billetes, Alex separó tres billetes de 100 soles y se los entregó a Kate. La adolescente sacó un monóculo de su bolsillo y revisó la autenticidad de esos billetes.

—No pasa — concluyó Kate.

—¿Por qué? — preguntó Alex como si la cajera de un supermercado le hubiera dicho que sus billetes son falsos.

Kate le señaló las manchas de sangre. Estas eran muy notorias.

—Estos billetes no me los aceptan ni el traficante que le vende drogas a mi primo — Kate guardó el dinero de todos modos.

—No sé a qué vino ese comentario, pero de acuerdo.

Parte del dinero se manchó con la sangre de Martin. Alex suspiró. Ahora tendría menos dinero para derrochar. Separó cinco billetes de 100 soles, esta vez se aseguró de que fuera dinero limpio. La palma de Kate interrumpió el camino entre los billetes y la mano de la chica.

—Guárdalos — dijo ella con firmeza.

—Tú me dijiste que aceptabas sobornos — replicó Alex sosteniendo el dinero con nerviosismo. Esto está tardando demasiado tiempo.

—Si, el sheriff del bosque es tan corrupto como, no lo sé, el presidente; sin embargo — Kate esbozó una sonrisa malvada — el sheriff del bosque también sabe aprovechar las oportunidades. ¿Esa arma que tienes es real?

Alex se negó a sacar la pistola, aunque ayudaría mucho a acelerar las cosas. ¿Por qué? ¿Por qué no aceptó el dinero? ¿Por qué es tan difícil comprar su silencio? Cada una de esas preguntas frustraba más y más a Alex.

—Te propongo un trato: tú matas a alguien por mí y yo — cerró su boca con un cierre invisible — no diré nada. Jamás te vi. No te conozco. ¿Tu nombre es Alex, cierto?

Antes de que Kate pudiera añadir algo más, recibió un balazo en la cara matandola al instante. Alex no se convenció y le disparó en el estómago. El cuerpo de Kate cayó de espaldas por el impacto de las balas. Su rostro expresaba una permanente sorpresa.

La adolescente de 13 años no se esperaba eso. Morir por chantajear a un ladrón armado.

Alex guardó su arma. A diferencia de Kate, su rostro no mostraba emoción alguna, mucho menos remordimiento. Alex mostró los dientes. Estaba furioso. La mocosa se lo buscó. Lo estaba chantajeando y Alex detestaba que lo chantajearan. Estaba dispuesto a matar a cualquiera que, siquiera, pensara en hacerlo.

—¿Por qué? — le dio una patada al cadáver —. ¿Por qué demonios no aceptaste el dinero? — otra patada —. Niña estúpida.

Del enojo pasó a la frustración, una emoción muy común para Alex. Todo el día estuvo lleno de eventos que salieron mal. Y ahora tenía más trabajo. Tenía que convertir ese agujero en una tumba. Cavó una tumba mediana, metió el cuerpo de la chica de una patada, la enterró y le puso la cruz de madera de antes. En lugar de rezar escupió en la tumba. Todavía estaba irritado.

Retiró la cruz. Demasiado obvio. Se subió a su auto y se fue de la escena del crimen. Ahora con más razón tenía que salir del país.

“Un interno de la prestigiosa clínica de rehabilitación “CRASE” escapó acabando con la vida de dos guardias. Su nombre era Víctor Cercas, quien había sido arrestado por posesión de drogas y robos hace un par de meses. Gracias a las influencias de sus tíos (y tutores legales), Víctor se salvó de ir a la cárcel, pero se vio obligado a someterse a un tratamiento de rehabilitación y servicio comunitario.”

“Sus tíos Agustín y Rosa Cárdenas están muy preocupados por el escape y desaparición de Víctor. Le piden que regrese y enfrente las consecuencias de sus actos. La policía trabaja incansablemente para encontrarlo.”

Eso ocurrió hace un mes.