Monochrome II | Matices de Gris

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Summary

Después de aceptar un trabajo en el Hospital Saint John, el lugar más odiado para Charis en toda la monocromática ciudad de Sansnom, el futuro no se ve tan incierto. Nuevos amigos, la posibilidad de estar más cerca que nunca de Daniel, y, de manera inesperada, incluso una nueva oportunidad en el amor. No obstante, pasar sus días en el lúgubre hospital Saint John implica también toparse a diario con Jesse Torrance. Las dudas respecto a la vida y al pasado del muchacho no hacen sino acrecentarse con cada nuevo incidente, y a medida que Charis intenta abrirse paso en su coraza para averiguar qué esconde el "Chico de los muertos", su opinión respecto a él podría sufrir un gran vuelco.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Matices de gris

Las tareas que desempeñaría en el hospital no eran muy diferentes a lo que estaba acostumbrada. Administración y papeleo. Sin embargo, a la hora de enseñarle, la secretaria rubia, Diane, lo hizo de forma tan atropellada y malhumorada, que Charis apenas pudo seguirle el ritmo, y no tuvo espacio de hacer preguntas.

Y a mitad de la jornada, antes de que tuviera que recurrir a ella otra vez, a riesgo de despertar suspicacias respecto a sus capacidades, recibió una mano de donde menos se hubiese esperado recibirla.

Tuvo algunas dificultades para mantener los ojos fijos en la pantalla mientras que junto a uno de sus hombros, el delgadísimo brazo del auxiliar de morgue movía el ratón del computador. No hace mucho no hubiese habido forma en que pudiera sentirse cómoda en la misma habitación con Jesse Torrance. Nunca se hubiese imaginado que un día soportaría tenerle tan cerca.

—Cuando alguien recibe atención en el hospital, queda su registro; de manera que se tenga acceso a información importante de cada paciente en el futuro. Grupo sanguíneo, patologías crónicas; alergias; antecedentes hereditarios; historial de cirugías o procedimientos... Todo con el fin de ahorrar tiempo y malentendidos. Si un paciente deja de venir por un periodo mayor a seis meses, su registro se archiva en otra carpeta.

Charis asintió. Torrance era la persona más socialmente incapacitada que había conocido nunca, pero era muy diferente en su trabajo. Se conducía con experticia; no titubeaba.

—Basta con buscar cada expediente con su número de folio aquí —puso el cursor del ratón sobre una de las pestañas del software del hospital— y tienes los datos a la mano. Solo tienes que corroborar número telefónico, dirección y cambios de póliza de seguros, o cuentas bancarias, y actualizarlo si hace falta.

—¿Y los pacientes nuevos? ¿Qué hay de enfermedades, procedimientos hechos en otro hospital, o...?

—Esos datos se reúnen durante la categorización; tú no tienes que preocuparte por ello.

—Entiendo.

—¿Hay... algo que no te haya quedado claro? S-si hay algo... —Volvía a titubear; volvía a ser el Jesse de siempre.

Charis movió la cabeza, divertida. Parecía que hubiera estado hablando con dos personas distintas todo ese tiempo.

—Es todo, gracias. Ojalá Diane me lo hubiera explicado así y no hubiera tenido que molestarte.

—N-no... para nada. Si tienes más dudas puedes preguntarme. O a Lydia. Ella también... conoce el sistema y... es más agradable que Diane. Mucho más —añadió más bajo, y con cierto ápice culpable.

Las alertas de Charis se dispararon de inmediato al oír ese nombre. Lydia era la enfermera que había esparcido el chisme sobre la invitación de Victor.

—Así que Lydia... —No pudo disimular la inquina refleja de su tono.

Jesse se apartó del mesón.

—Tengo cosas que hacer ahora. ¿Estarás... bien por tu cuenta?

—Lo estaré —le dijo Charis.

Para el momento en que quiso darle las gracias, este ya había desaparecido otra vez sin dejar huella.

Una semana. Era el plazo que tenía para aprender, y el que determinaría si continuaría en el puesto.

Se adaptó rápido al software del hospital y no cometió ningún error a lo largo de toda esa semana, por lo que pensó que podía terminarla sin mayores problemas. Sin embargo, casi al final de la misma, cometió su primera equivocación. Una bastante grave.




Ella y Victor se reunieron el fin de semana en el mismo café en que había recibido su mensaje, estando con Beth. Pensó que era territorio neutro, por lo cual se sintió segura citándolo allí. Sin embargo, no era una cita lo que tenía en mente; había algo más que necesitaba decirle y pensó que sería mejor y más personal hacerlo cara a cara.

—Y ese es el motivo —dijo a Victor, tras terminar de hablar. Él había estado escuchándola sin interrumpirla, dando cabeceadas paulatinas—. Espero puedas entenderlo.

—Ya veo...

Charis evitó mirarlo, aunque sabía que él la miraba. Le escuchó suspirar.

—Así que... secretaria en el Saint John. Supongo que de cualquier modo nos veremos con frecuencia de ahora en adelante.

Ella levantó la vista:

—Es temporario... Pero sí.

—Eso me gustaría —reconoció él.

La sonrisa blanca que asomó a sus labios hizo a Charis morderse los suyos.

Pero entonces, lo examinó confusa. ¿Acaso no había estado escuchándola? ¿No comprendía que acababa de rechazarlo?

—Lo siento, por tener que decirte que no. —Procuró hablar claro esta vez—. Solo creo que es mejor si nosotros-...

—No; lo entiendo a la perfección —la interrumpió él—. Es una pena, en verdad... pero lo entiendo.

Charis experimentó las dudas que no tuvo antes. ¿Por qué tenía que comportarse tan encantador y comprensivo justo ahora?

—Sin embargo... —Él continuó, dedicándole una mirada incitadora por entre las pestañas—. Será temporario, ¿no? significa... que tarde o temprano ya no trabajarás en el Saint John.

—Podría decirse.

—Y cuando ese momento llegue ya no seremos colegas.

—Eso supongo... —Empezaba a entender a dónde quería llegar.

—Lo cual significa... que ya no habrá problema.

Charis se quedó en silencio, mientras meditaba en ello. Parecía una opción muy razonable. No obstante, su remplazo duraría al menos seis meses.

—No querría hacerte perder el tiempo.

—Y no lo harás. —Victor se inclinó para hablarle como si una vez más le confiara un secreto. Ese gesto nunca fallaba en hacerle sentir mariposas en el estómago—. Quiero conocerte, Charis; aún si solo somos amigos por ahora. Deming también trabaja en el Saint John y eso no es problema, ¿o sí?

Puesto así, Victor tenía razón. Charis se encogió de hombros.

—No, no lo es.

Aquel le devolvió una sonrisa triunfadora.

—Me basta con eso. Y... para cuando el momento llegue en que decidas dejar el Saint John, o cambies de opinión... Me gustaría saber que tengo una oportunidad. Puedo esperar. —Su mano se deslizó entonces sobre la mesa, y sus dedos fueron a juguetear con los de Charis, junto a su taza de café—. Pienso que eres una mujer por quien vale la pena esperar.




A partir de ese día, cada vez que Victor Connell se presentaba en el área de emergencias, se dedicaban gestos sutiles y miradas cómplices.

Se había dicho a sí misma que mantendría la distancia; sin embargo, no podía evitar que sus ojos se desviaran buscándolo cada vez que oía su voz.

Llegó un paciente nuevo al hospital, para lo cual hubo de crear un nuevo registro. Recordaba cómo hacerlo, así que se sintió orgullosa de poder abrir una planilla vacía sin problemas y llenarla con éxito sin equivocarse ni una sola vez. Sin embargo, antes de que pudiera guardar, Victor pasó cerca del mesón justo en el momento en que el paciente se alejaba para esperar su turno.

—Cenemos hoy. Como amigos —le susurró aquel, tan bajo que nadie más hubiese podido oírlo salvo ella, y se esfumó tan pronto que no le dio tiempo a formular una respuesta, y se marchó guiñándole un ojo.

Aquello la distrajo lo suficiente como para que al momento de cerrar la planilla, Charis presionase la opción de cerrar sin guardar, y el documento desapareciera ante sus ojos.

Su boca cayó abierta, y estuvo por algunos segundos con la vista puesta en el fondo de escritorio del computador, sin dar crédito a lo que había hecho.

—No... No... Oh, no. No, no, no...

Abrió un nuevo registro con la esperanza de que hubiese quedado guardado el último, pero el sistema parecía antiguo y todo lo que apareció ante sus ojos en la pantalla fue una planilla en blanco.

El paciente ya se había marchado. Aguardaba ahora en la sala de espera a ser llamado. Pero no figuraba en el sistema, por lo cual aquello nunca ocurriría.

—Idiota, Charis... Idiota. Idiota... —silabeó para sí misma en el momento en que otro paciente se acercó al mesón, antes de poner su mejor sonrisa para saludarlo, y empezar a rellenar la planilla vacía con los nuevos datos. Y así, uno tras otro, sin que parecieran terminarse nunca.

No podía dejar su sitio. No solo cortaría el flujo de personas y dejaría a otros esperando, sino que era imposible que nadie se diera cuenta. Apenas cumplía una semana allí y ya había metido la pata de forma catastrófica.

Resolvió que informarlo y pedir ayuda tampoco serviría de nada si los datos ya se habían borrado de la existencia. Solo quedaría como una incompetente.

El tiempo siguió transcurriendo, y el flujo de gente no se detuvo. El paciente sin ficha seguía aguardando en la sala de espera, cada vez más inquieto conforme miraba su reloj; Charis podía verlo a través de la ventanilla.

Así transcurrieron alrededor de treinta minutos. Cuando miraba la esquina de la pantalla para ver la hora, captó por el rabillo del ojo una visión que le hizo levantar la cabeza, esperanzada.

Estaba empinado sobre el mesón con un archivador en las manos, dentro del cual metió algunos papeles que una enfermera más vieja arrojó allí para él sin siquiera mirarlo.

—¡Jesse! —llamó, en un grito mudo.

Este levantó al acto la cabeza en su dirección y Charis le indicó acercarse con un gesto nervioso que él obedeció, dejando el archivador en un estante detrás del mesón de atención.

—Dime.

Charis se armó de valor con un suspiro. Ya le había supuesto una molestia antes, no quería volver a molestarlo. Pero no tenía otra opción.

—Ayúdame —suplicó—. Acabo de hacer algo... muy estúpido.

Tras explicarle lo ocurrido —omitiendo, por supuesto, lo que le había llevado a cometer el error—, Charis se esperaba una reprimenda, un suspiro hastiado, un meneo de cabeza...; cualquier cosa. Al menos un ceño fruncido. Pero Jesse no hizo sino bajar la cabeza un momento, con los labios en una línea, después de lo cual solicitó a Charis el primer nombre del paciente, del cual ella de milagro se acordaba, y luego le indicó que tuviera lista una planilla para rellenar apenas él regresara.

Cinco minutos después, Jesse volvió con una hoja cualquiera, en donde había anotado todos los datos del paciente.

—Ingrésalos en ese orden. ¿Recuerdas la parte de la que te dije que no te preocuparas? Tendrás que llenarla ahora, con lo que te puse en el pie de la hoja, en un círculo. Después deshazte de ella. —Dijo todo al volumen de susurros. Por si Charis no creyera que pudiera hacer que su voz sonara más baja, lo hizo—. Que nadie te vea hacerlo.

Charis recibió la hoja y la estrujó en sus manos como si fuera el mayor regalo que le hubieran hecho nunca.

—¡¿Cómo...?! —Paró de golpe de hablar, temiendo que su volumen de voz llamara atención indeseada, y a continuación habló en murmullos— ¿Cómo obtuviste sus datos?

Jesse echó un vistazo por los alrededores. Parecía cauteloso, y Charis comprendió con ello que con toda certeza había hecho algo que se salía del protocolo.

—Por ahora... solo ingrésalos y clasifícalo como nivel tres en ESI. No lo olvides, es importante que lo hagas.

—¿Tres? —Charis se mordió los labios.

Saberlo el significado de aquello no constituía parte de su trabajo, pero su curiosidad le había llevado a preguntárselo a Daniel el primer día.

Existían cuatro niveles de ESI, y se aplicaban al paciente según la emergencia para priorizar los casos más urgentes; siendo el nivel cuatro el menos grave, y el uno el que más, con potencial de poner en peligro la vida de la persona. Y aunque el nivel tres fuera una urgencia que podía esperar, se sintió culpable de solo pensar que podría haberse tratado de un nivel dos o uno.

—En realidad es nivel cuatro —le confesó Jesse—. Pero ya ha esperado suficiente. Si viene a quejarse podría despertar sospechas.

—¿Pero... no está mal mentir en la categorización?

—No hay niveles uno ni dos en este momento; no pasará nada por esta ocasión —le aseguró Jesse—. Pero esto... no se debe hacer nunca. Por favor... ten cuidado la próxima vez.

Ella dio una cabeceada, mordiéndose los labios.

—De acuerdo...

Aún si no pretendía quedarse en ese trabajo, hubo de reconocer que estaba siendo irresponsable y que por muy temporario que fuera, su nuevo lugar de trabajo merecía respeto, al igual que los pacientes que acudían allí en busca de atención. Y a partir de ese error se propuso poner toda su alma y su mente en llevar a cabo un buen trabajo. Daniel le había hecho un gran favor en conseguirle la entrevista. No quería perder el empleo, y menos defraudarlo.

No obstante, a partir de ese momento estuvo tensa por mucho tiempo, imaginando que en cualquier momento alguien vendría al mesón a reclamarle. No pudo descansar sino hasta que el paciente al que había dejado sin registro fue llamado para ser atendido, y, aunque lucía algo hastiado e impaciente, no antepuso quejas ni dijo nada a Charis.

Jesse lo condujo hasta una de las habitaciones, y allí le indicó esperar.

Victor se presentó en la habitación, y Charis procuró que sus miradas no se hallasen cuando pasó cerca de ella. Sin embargo, la sala estaba justo frente a su mesón, y cuando salió de allí, pudo escucharle decir a Lydia palabras que le sonaron desconocidas, como «expectoración», «estridor» y «taquipnea».

Poco tiempo después, el paciente fue trasladado a la sala de rayos, en donde fue recibido por Rodrick, el joven doctor radiólogo, amigo de Victor.

Aquel parecía molesto cuando Lydia se alejó.

—¡Torrance! —rugió— ¡Ven aquí!

Vio a Jesse aparecer poco después. Aquel no hizo preguntas, solo siguió a Victor a la antesala de la sección de rayos en silencio.

Por mucho que se tratara de Victor, y por mucho que fuera Jesse, a Charis no le agradó su tono a la hora de llamarlo. Pero no era nada nuevo. Le había bastado solo una semana allí para percatarse de que todo el personal lo trataba con hosquedad o bien indiferencia, y como si fuera el chico de los recados.

Iba todo el día de un lado al otro llevando papeles y documentos, cosas de la farmacia, mensajes, o acarreando bandejas y camillas, y parecía que hacía mil cosas en el día sin perder pista de ninguna.

Charis empezó a preguntarse en qué momento hacía su propio trabajo, o si todo aquello formaba parte de sus labores, las cuales le parecían excesivas para una sola persona. Al final determinó que, con seguridad, aquel debía confinarse a la fría morgue del hospital durante las largas horas en que desaparecía sin dejar rastro, y aquello hizo que empezara a preguntarse si tenía algo parecido al descanso al menos durante el día.

Aún a través de la ventanilla de la sala de rayos, Charis podía oír los gritos furiosos de Victor, mientras que Jesse permanecía mudo, aceptando cualquiera que fuera el motivo del reproche sin objetar nada. Y cuando Victor al fin se calló, Charis vio al menudo auxiliar de morgue llevarse una palma a la cabeza y darse un ligero tope contra la frente en un gesto trágico que, acompañado de su rostro inexpresivo, resultó más bien cómico, lo cual pareció enardecer aún más a Victor. Hizo un movimiento exasperado con la cabeza y le abrió la puerta, gracias a lo cual Charis pudo escucharlo con claridad.

—... como si fuera una maldita broma para ti, ¡a ver cómo te va! A estas alturas ya deberías saberlo, maldición.

Para ese entonces, Jesse ya le había dado la espalda para marcharse, y desapareció tan pronto como Victor lo despidió en la puerta.

Todo regresó entonces al barullo acostumbrado del área de emergencias.

Victor la advirtió entonces, del otro lado del mesón, y su rostro lleno de furia le disparó una sensación helada por todo el cuerpo. Nunca se hubiese imaginado que un rostro tan encantador como el suyo pudiera torcerse así. Sin embargo, la expresión de aquel cambió por completo al advertirla, y se tornó en una sonrisa avergonzada que ella respondió con otra más bien incómoda.

¿Qué podría haber pasado entre los dos como para detonar ese ataque de ira en el encantador Victor Connell?




El día acabó y Charis finalizó su jornada sin más incidentes. Cuando preparaba sus cosas para irse, Victor se presentó otra vez frente a ella.

—Entonces... ¿qué dices? —inquirió con una sonrisa cautivadora.

Charis lo observó con las cejas enarcadas, buscando señas en su rostro de la expresión furibunda que tenía esa tarde, sin hallar ninguna.

Resolvió que debía tratarse de algo pasajero, y no pensó más en ello.

—Como amigos, ¿no?

Resultaba extraño hacer ese hincapié a la persona con quien se había acostado hacía no mucho, pero ahora eran otras sus prioridades.

—Según lo que acordamos —asintió él.

Charis se sintió algo más aliviada; aunque sabía que se mentía a sí misma al intentar convencerse de ello.

—De acuerdo...

—Grandioso —le dijo él—. Tengo que relevar mi turno, pero no tardaré más de veinte minutos. ¿Crees que puedas esperarme y nos vamos juntos?

Ella asintió con una sonrisa y él se marchó.

En lo que terminaba de alistar sus cosas, le pareció ver la fina silueta de Jesse Torrance pasar una última vez por la sala de emergencias.

Se extrañó de verlo con una chaqueta puesta encima del uniforme. Aquel se aproximó a la puerta que daba al estacionamiento de la ambulancia. Cuando abrió, se coló dentro una ligera ventisca que le sacudió el desordenado cabello negro. Después, se deslizó por allí sin hacer ruido y desapareció por uno de los costados de la puerta.

Charis se echó el bolso al hombro y escribió un mensaje a Victor indicándole avisarle por el mismo medio cuando estuviera listo. Y luego, después de ponerse el abrigo salió detrás de Torrance.

La oscuridad reinante afuera la desalentó; pero no tardó en hallarlo. Estaba del otro lado del estacionamiento, sentado en una banca bajo un árbol sin hojas, mirando al cielo por entre las ramas.

Charis se acercó intentando no mirar por los alrededores. No había un alma por los alrededores, y el camino en la oscuridad de la noche se le hizo largo.

—¿Ya has terminado por hoy? —preguntó al llegar junto a él.

Jesse levantó la cabeza, alertado por su presencia.

—Charis... —dijo en un susurro. Después negó—. Haré doble turno. Solo espero a Daniel.

—Qué sitio tan extraño de reunión.

—Le gusta fumar aquí afuera.

Charis torció un gesto al sentarse junto a él:

—¿Fumas, Torrance? —Él negó de nuevo con la cabeza. Charis advirtió una mueca en sus labios, como la de un niño disgustado por algo que no quiere comer—. ¿Vas a contarme cómo fue que arreglaste lo del paciente?

Jesse hizo una pausa antes de responder. No la miraba a ella, sino al cielo estrellado.

—Cuando creas una planilla y la ingresas a la lista de pacientes en espera, se puede acceder a ella desde el computador de la sala de categorización. Todo lo que corresponde al examen físico es rellenado por la persona que asigna al paciente al nivel correspondiente de ESI; pero no se pueden crear planillas desde un computador sin permisos de administrador. Lo que hice fue hacer pasar al paciente al área de categorización, y preguntar por todos sus datos. Como era un paciente nuevo, pensaría que es protocolo. Los hospitales tienen diferentes sistemas. Después, todo lo que hicimos fue crear una planilla desde cero en tu computador, que sí tiene permisos, con los datos.

Charis sacudió la cabeza, mareada, sin estar segura de entenderlo.

—Qué lío... Pero si no se pueden crear planillas desde otros computadores, ¿cómo sabías qué datos necesitabas?

—Los sé de memoria.

—Guau —dijo, admirada.

—No es... la gran cosa; veo esas planillas todos los días.

Charis no insistió. Había aprendido que los cumplidos incomodaban a Torrance más que halagarlo.

—Pensé que solo eras asistente de la morgue.

—No hay fallecidos todo el día; todos los días. Cuando no los hay, de todos modos tengo que encontrar en qué ocuparme.

Ella asintió y se acomodó nerviosa en su sitio, mirando en otra dirección.

—Por cierto... no te di las gracias hoy. Por salvarme el trasero otra vez. —Suspiró—. Perdí la cuenta de todas las veces en que me has ayudado. —Charis torció una sonrisa sincera, aunque él no pudiera verla—. Parece que siempre estás ahí cuando te necesito. ¿Qué, eres mi ángel guardián o algo así? —bromeó, en el afán de suavizar el ambiente.

Pero él no se rio. En lugar de eso se arredró incómodo, sin responder.

—¿Por qué te regañaron hoy? —Charis intentó desviar el tema.

—Cometí un error.

—Incluso tú, ¿eh? —se rió ella— Aunque llevas mucho tiempo aquí.

—Cometo errores todo el tiempo. Todos aquí lo hacen, de vez en cuando; la mayoría solo... elige no acordarse.

Charis se estremeció de solo recordar la forma en que Victor le gritaba hacía unos instantes, y la actitud de Diane en general.

—No sabía que en un hospital el ambiente podía llegar a ser así de brutal.

—Te acostumbrarás a ello.

—No tengo que hacerlo. Solo haré un remplazo.

Jesse hizo una pausa y luego bajó los hombros.

—No has... cambiado de opinión, ¿verdad?

Charis enarcó una ceja, extrañada de su comentario.

—Lo dices como si te hubieses estado esperando otra cosa.

A Charis le pareció que inclinaba el cuerpo hacia el extremo opuesto al suyo, como si quisiera huir. Le retiró el rostro, escondiéndolo tras su mata de pelo caótico.

—Puedes hacer lo que quieras. Es solo-...

Ella se inclinó en el intento de mirarlo a la cara.

—¿Es solo...?

—Daniel... está feliz de que estés aquí.

Charis se mordió los labios.

Ella ya lo sabía; recordaba la expresión de su mejor amigo en cuanto le había dado la noticia, y los feliz que estuvo toda la semana, visitándola en el mesón, llevándole café y ofreciendo su ayuda.

Jesse estaba distraído otra vez en el cielo nocturno.

—¿Qué es lo que miras tanto?

Y entonces, al llevar la vista al cielo, encontró un lienzo negro repleto de estrellas más cercanas y resplandecientes que las que las hubiera visto nunca en su vida.

—¡Woah! —exclamó, emocionada— ¡Ya veo por qué te gusta este lugar! Nunca las había visto así...

—¿De verdad? —por un momento le pareció que Torrance había sonreído—. Como no hay luces cerca, nada las opaca. En la ciudad... es difícil verlas de este modo.

Charis se encontró a sí misma sonriendo embelesada por el paisaje.

—Incluso este lugar tiene cosas hermosas... —reconoció.

Por mucho tiempo se había afanado en ver Sansnom como un sitio horrible y soso. Pero poco a poco, conforme transcurría su vida allí, empezaba a parecérselo cada vez menos.

—En fin, lo que intentaba decir es... No es que sea mi decisión. Me contrataron para hacer un remplazo. Cuando la antigua secretaria vuelva... «Adiós, Charis, fue un gusto tenerte aquí metiendo la pata».

—Pero... ¿tú querrías... trabajar aquí?

Ella lo examinó con atención. Aquella no parecía una pregunta en afán de conversar; Jesse nunca tenía la intención de hacerlo. Debía tener otro motivo para preguntárselo. Charis ladeó el rostro al mirarlo.

—Digamos, por un momento, que así fuera. ¿Qué pasaría?

—Quizá... yo podría hablar con el director, el doctor Garner. Siempre... hacen falta manos en el Saint John.

A Charis se le escapó un bufido lleno de sorna.

—¿Tú? —repitió, todavía riendo— Sin ofender, pero... no creo que seas la persona más influyente de por aquí. Además... ¿qué podrías decirle que...?

—Charis. ¿Quieres que lo haga o no?

—¡Está bien, no te enfades! —Su mal humor solo tuvo un mayor efecto en hacerla reír. Una persona tan menuda no podía resultarle amenazante—. Tienes muy tu genio, ¿no? No me lo hubiese esperado.

Él pareció avergonzado. Volvía a ser el chico nervioso de siempre.

—No, no estoy-... No es-... Lo siento. No quise que sonara-...

—Descuida, solo estoy tomándote el pelo —exhaló, exhausta—. Y no, no quiero trabajar en este hospitalucho tétrico por siempre.

Jesse suspiró.

—Supongo que entonces no.

Pero Charis lo reconsideró. ¿Y si aún para ese entonces no era capaz de encontrar nada? Aunque no quisiera pensar en ello, debía barajar todas sus opciones.

—Veamos. ¿Y si te dijera... que lo pensaré?

Torrance no la miró. Dudaba que siquiera la hubiera escuchado. Pero, antes de que pudiera reprocharle por estar ignorándola de nuevo, este volvió a hablar.

—En ese caso... házmelo saber.

Charis lo contempló por el rabillo de los ojos por largo rato. Él no dijo otra palabra; mantuvo la vista en el cielo, ajeno a ella.

—Jess... ¿por qué haces esto?

Por primera vez, él giró del todo el rostro para mirarla.

Charis se dio cuenta de que la falta de luces brillantes en el patio no solo hacía que las estrellas se vieran más nítidas, sino que el tinte opaco de los cristales de sus lentes se había esclarecido y podía ver a la perfección del otro lado de ellos su rostro delgado y pálido, y sus grandes ojos marrón melado.

—... ¿Huh?

—Quiero decir... todo esto. No he sido la persona más agradable contigo desde que nos conocimos.

—Nadie por aquí lo es.

Pese a lo triste que resultó aquel hincapié, él no cambió su expresión indiferente al hacerlo. Charis lo sintió como un golpe.

—Auch —susurró— ¿Se supone... que eso me haga sentir mejor?

—Quiero decir que... Es diferente contigo. Tú... eres amiga de Daniel.

—¿Es por eso que lo haces? ¿Por Daniel?

Aquel parecía incómodo y ansioso, pero ella no lo dejaría ir tan con tanta facilidad. Detestaba que se le negaran las respuestas a las que sentía que tenía derecho.

—Charis... ¿por qué es importante?

—Me cuesta creer que seas tan amable sin ningún motivo ulterior.

—No estoy siendo amable, es solo-... Y no tienes que-... —Exhaló un pesado respiro—. Basta con-... No, ni siquiera tienes que agradecerlo, solo-...

Viendo las dificultades que él estaba teniendo para hilar una sola frase, Charis se apresuró a terminar por él lo que parecía que intentaba decir.

—¿Tomo el favor y me callo?

—Sí —zanjó él—. Sí, exacto...

Decidió no insistir más; no obtendría ninguna respuesta aunque lo hiciera. No conseguiría otra cosa sino ponerlo más tenso.

—Ah, Jesse Torrance... Eres tan raro. —Aspiró el aire fresco de la noche, y eso ayudó a despejar su cabeza. Victor se estaba demorando, y Daniel tampoco aparecía—. Así que Jesse Torrance, ¿cuál es tu segundo nombre?

—No tengo... un segundo nombre.

—¿En serio? ¿No te dieron uno?

—Al menos... no pone ninguno en mi identificación.

—Ya veo —suspiró ella. Tal y como la primera vez—. El mío es...

—Irene.

—¿Cómo lo sabes?

—Me lo dijiste cuando nos quedamos atrapados en el elevador.

—¿Eso hice? —Ella lo pensó un momento—. No lo recuerdo.

Y tampoco hizo esfuerzos por rememorarlo. Prefería olvidarlo del todo.

—¿Te había pasado antes? —preguntó él.

—¿Qué cosa?

—Lo que... te ocurrió esa noche. En... el elevador.

—¿Querrías ser más específico?

—Sufriste... una crisis ansiosa.

¿Eso había sido? Tenía recuerdos lejanos de haber vivido algo similar una vez, hacía mucho tiempo. Quizá, en circunstancias similares.

—Es posible. Pero sería como mucho la segunda.

Él asintió. No hizo más preguntas al respecto.

—Charis Irene —disgregó—. Es... bonito.

Ella torció la cabeza para mirarlo, sorprendida.

—¿Oh? —sonrió, sin poder contenerse— ¿Eso fue un cumplido?

—¿Lo... lo fue? Lo... lo siento.

—¿Por qué, por un cumplido? —Charis se rio más animada—. Lo dije antes, y lo digo de nuevo. Eres muy raro, Jesse «no-tengo-un-segundo-nombre» Torrance. Pero... no estás tan mal, llegados a conocerte. Eso... también fue un cumplido.

—... ¿Gracias?

—Gracias a ti; otra vez. Por todo... —Charis frotó sus brazos por encima de la delgada tela de su abrigo—. Hace frío... Creo que iré adentro. ¿Te quedarás aquí?

Para ese momento, él ya no la miraba.

—Hm...

Volvía a tener la vista puesta en el cielo. A Charis le pareció que en medio de la penumbra lucía todavía más pálido, y que le envolvía un aura melancólica; aunque eso era lo usual. No sabía si aquella era su esencia natural o si había siempre en sus pensamientos una razón para estar nostálgico.

Ella tampoco hizo más preguntas, y se levantó. Sin embargo, al empezar a caminar, se encontró de frente con Daniel.

—¡Estabas aquí! —le dijo él— Pensaba que ya te habías ido.

—Solo vine a darle las gracias a Torrance.

—¿Las gracias? —Daniel enarcó una ceja y torció una sonrisa.

—Por ayudarme en algo hoy. Ya me voy, que tengan una buena noche.

—¿Te acompaño a tu auto? —sugirió el primero.

Charis se detuvo de modo abrupto, sintiéndose atrapada.

—En realidad... esperaba a Victor. Iremos a cenar.

—Ya veo. —Parte de la expresión de Daniel decayó, lo suficiente como para que Charis lo notase, pero él procuró disimularlo y Charis agradeció que no se lo hiciera más incómodo—. Adiós, que se diviertan —le deseó, con sinceridad, aunque atenuada por la tristeza.

—Gracias, Dan. Adiós...




El lugar que Victor eligió para cenar fue un restaurante de hamburguesas. A Charis le agradó el ambiente informal dentro. No parecía una cita en lo absoluto; solo una salida entre amigos, como una que pudiera tener con Daniel.

—Las hamburguesas de aquí son para morir —le dijo él, mientras esperaban su orden. La mesera vino primero con sus bebidas y destapó ambas botellas en la mesa. Victor las sirvió en los vasos—. ¿Qué tal tu primera semana?

—Agitada. Pero me acostumbraré.

—Me dijiste que trabajabas en un banco. ¿Por qué lo dejaste?

Ella se mordió los labios. Aún era pronto para hacer parte a Victor de los aspectos más personales de su vida; en especial los más oscuros, de manera que Charis se escaqueó con una mentira piadosa.

—Recorte de personal. Como era la nueva, fui la primera cabeza que rodó.

Victor le dio un sorbo a su vaso de Sprite.

—Ya veo. Me alegra y me disgusta a partes iguales que hayas elegido el Saint John para trabajar.

—¿Te disgusta? —inquirió ella.

—Desde luego. Es la razón por la que fui rechazado; nunca me había pasado.

Charis torció una mueca suspicaz:

—Supongo que entonces debes ser popular con las mujeres.

Victor cambió su expresión arrogante por una sonrisa más dócil.

—Es interesante cuando uno es joven, pero a mi edad ya no lo es tanto.

—Oh, vamos, no pareces viejo. A menos que me equivoque y estés muy bien conservado.

—Tengo treinta y cuatro. Aun así... después de un par de citas, uno termina por descubrir que muchas mujeres creen que todos los doctores ganan bien.

—¿Y no lo hacen?

—No en el Saint John.

Charis se quedó callada. Se preguntó si él albergaba la misma opinión de ella que tenía de otras mujeres. Imaginó que haberlo rechazado la primera vez tendría que valer de algo.

—Eso apesta —musitó.

—Suficiente sobre mí —le dijo Victor—. Cuéntame de ti, Charis Cooper. ¿Qué hacías en L.A? ¿Qué tienes planeado hacer aquí?

En ese momento, sus hamburguesas llegaron a la mesa. Eran enormes, y lucían jugosas, con el queso deslizándose por los bordes. Charis re replanteó el haber accedido a comer algo tan caótico la primera vez, pues dudaba de sus capacidades de terminar esa hamburguesa sin embarrarse por completo. Estaba lista para tomar los cubiertos, pero Victor se llevó la suya a la boca con las manos, dándole una gran mordida.

—Para morirse —corroboró con la boca llena al probarla.

Charis lo imitó. Su primera mordida le derramó jugo de carne por la comisura, y se apresuró a limpiarse, avergonzada.

Pero cuando le miró, él la contemplaba enternecido.

—No me mires comer, no soy atractiva cuando como —se apenó.

Victor alcanzó la servilleta de la mesa y le limpió el mentón:

—No puedo imaginar una sola cosa que no te vieras encantadora haciendo.

Ella movió la cabeza, halagada:

—Te aseguro que puedo pensar en unas cuantas. —Le dio un sorbo a su bebida, algo más relajada—. En L.A trabajaba en un restaurante. Beth era mesera allí, y yo atendía la caja registradora, pero a veces también atendía mesas cuando faltaba personal. —Deseó haber podido contar una historia más interesante, pero era todo lo que tenía para ofrecer—. Aquí colecciono cactus, me gustan las películas, y trabajo actualmente en un hospital.

—¿Qué hospital? ¿No será el Saint John, ese hospitalucho de tercera?

Charis se rio. Empezaba a fascinarle ese pequeño juego que jugaban desde el primer día.

—En realidad hay buena gente trabajando ahí.

—¿En serio? yo he oído que son un puñado de mequetrefes. En especial un tal Connell, un idiota simplón al que le gusta comer hamburguesas.

—No hables mal de él —le advirtió ella—. Resulta que lo conozco. De hecho, es amigo mío.

—¿Sólo un amigo?

—En realidad... me gustaría conocerlo mejor —se sinceró ella—. Es solo que ahora no es posible.

—¿Así que es un amor prohibido? —la forma en que lo dijo, y el modo en que su voz se agravó, seductora, hizo a Charis sonrojarse—. Es un tonto por no poner más esfuerzos en conquistarte.

—Me invitó a comer unas hamburguesas deliciosas. Diría que no lo ha hecho mal.

El juego terminó entre risas. ¿Por qué Daniel tenía una opinión tan mala de Victor? ¿Era por Jesse?

Le vino a la mente la situación de esa tarde, y, como era costumbre, su curiosidad pudo más.

—Hablando del Saint John —dejó su hamburguesa en el plato y se limpió con una servilleta—. ¿Por qué regañabas hoy a Torrance?

Victor levantó la cabeza. Charis notó que llevaba sus ojos castaños de un lado a otro con nerviosismo. Hizo un carraspeo y se rascó la nariz:

—Así que lo oíste... Lamento que lo hayas hecho.

—No me incumbe, pero...

—No, está bien. Es solo que cometió un error que no puede pasar en un hospital. No es que sea alguien muy listo para empezar, pero con tantos años trabajando allí, es algo que ya no debería pasarle.

Charis omitió sus palabras duras y forzó una sonrisa divertida.

—¿Qué clase de error?

Victor rodó los ojos con expresión agraviada y meneó la cabeza.

—Categorizó de forma errónea a un paciente.

Charis estuvo a punto de atorarse con su refresco. Sintió frío.

—... ¿Eso hizo?

—Por suerte no había otros casos más graves, pero no deja de ser una falta que podría traer problemas muy serios.

En ese punto, apenas lo escuchaba.

«Di la verdad, Charis... Dile lo que pasó».

—Podría significarle el despido si ocasiona que se desacredite una verdadera emergencia por ello.

De pronto su estómago estaba comprimido en un nudo tan apretado que no creyó que fuera a ser capaz de seguir masticando.

«No se lo merece. Jesse no se lo merece...».

—Pero como no había niveles uno o dos en ESI hoy, se lo dejé pasar. El chico necesita el trabajo; tiene que comer... En especial él; ya has visto lo flacucho que está. No tuve corazón de reportarlo.

Optó por callar. Después de todo, Jesse no tendría más problemas. Deseó que eso hubiese sido suficiente para sentirse menos asqueada consigo misma.

Aunque no se habló más del asunto, este permaneció dando vueltas por su cabeza sin permitirle estar en paz ni por un minuto el resto de la velada. No pudo disfrutar su comida; y tampoco prestó demasiada atención a Victor.

Después de comer, y cuando él la escoltó hasta su auto, Charis todavía tenía la cabeza puesta en lo ocurrido y caminaba sin ver el camino.

—Ha sido agradable —le dijo su acompañante cuando se detuvieron junto a su auto.

Charis dio una cabeceada.

—Sí... Gracias por la hamburguesa. Estaba deliciosa.

Esperó que se despidieran rápido, sin fuerzas de mantener su teatro por mucho más tiempo; no obstante, notó que él titubeaba.

—¿Hay algo... que te esté molestando? —pidió saber Victor— Parece que dije algo que te incomodó antes. De pronto te quedaste muy callada.

Ella sacudió la cabeza, forzando su sonrisa más convincente:

—Solo estoy cansada. Ha sido una larga semana.

—¿Estás segura de que eso es todo?

—Sí. Lo siento, tendré más energías la próxima vez.

Sus palabras parecieron bastar para disipar la tensión de Victor.

—¿De manera... que habrá una próxima vez?

—Yo invito —aventuró ella—. En compensación por no estar del todo presente hoy.

—Estupendo. Esperaré con ansias esa invitación.

Victor se inclinó para besarla en la mejilla y ella se empinó para aceptarlo.

No obstante, él se frenó a medio camino de apartarse del todo, y sin percibir ninguna seña de rechazo de su parte, volvió a inclinarse. Y una vez más, a sabiendas de lo que habría de suceder a continuación, Charis avanzó el último trecho del camino para ir a instalarse entre sus labios.

Sin embargo, a diferencia del primero de todos, junto al portal de su edificio; ese beso lleno de excitación y poder; de ansias y de chispas... aquel con el que cerraron esa noche le resultó amargo.

Quizá fuera el agotamiento del día, o quizá el haber violado su propia promesa de no llevar el asunto más lejos con Victor Connell, ahora que eran compañeros de trabajo.

O quizá, en el fondo, se tratara de la culpa que la roía desde dentro como una rata atrapada.




Los días siguientes, Charis no vio a Jesse ni una sola vez.

En cambio, fue Daniel quién se presentó en el área de emergencias para ver que todo estuviese marchando bien. Ya no parecía albergar ninguna clase de resquemor hacia ella por rechazarlo la otra noche para ir con Victor. Incluso le preguntó cómo había ido la salida, y cuando Charis le habló de la comida —para no tener que inferir en los detalles más privados de su charla—, le dijo que tendría que llevarlo alguna vez, a ver si Victor decía la verdad en cuanto a esas hamburguesas.

—En fin, me alegra ver que te estés adaptando —le dijo Daniel.

—Y a mí —consintió ella—. Hace mucho que no salimos tú y yo. ¿Por qué no vemos una película esta noche?

Daniel distendió una sonrisa apenada, juntando las cejas en el centro de su frente.

—Hasta el viernes no puedo, lo siento; me toca jornada nocturna, pero, ¿qué te parece el sábado?

—El sábado entonces.

—¡Estupendo! Tengo que volver al trabajo, te veré en-...

—Dan, espera. Antes de que te vayas... —Charis se mordió los labios antes de hablar—. ¿Qué pasa con Torrance? ¿Está enfermo?

—¿Por qué lo dices? —Él pareció confuso.

—No lo he visto hace días. Me parece extraño porque se pasa el día corriendo a todas partes.

Daniel se tornó ceñudo. Charis vio que disimulaba una sonrisa.

—Está de descanso; regresará mañana. Tendría que haber descansado el fin de semana, pero hizo otras extras. Le gusta explotarse a sí mismo.

Charis lo reflexionó. ¿Acaso nunca iba a casa? Victor tampoco había mentido en eso. Daniel dudó antes de marcharse.

—¿Por qué? ¿Hay algo que necesites que te enseñe? También conozco el sistema; si tienes dudas te puedo explicar.

—No, yo solo... —Quería darle las gracias. Por cubrirla y culparse por su error. Pero no se atrevió a confesar.

—O —le dijo Daniel— puedes preguntarle a Lydia. ¡Cadete Lane!

Charis no reaccionó hasta que la aludida estuvo frente al mesón con un saludo militar:

—¡Mande, capitán!

Daniel la condujo frente a Charis:

—¿Serías tan amable de cuidar a la nueva recluta por mí?

—Si el capitán lo ordena, una simple cadete no tiene más que acatar, ¿o sí? —fingió estar fastidiada.

Pero aunque pretendiera ser simpática, Charis no pudo sentir hacia ella sino resquemor. No había olvidado el asunto del rumor sobre ella y Daniel.

Este le sentó a Lydia una mano afectuosa sobre el hombro.

—Gracias. Eres una dulzura. Nos vemos, Charis, quedas en buenas manos.

En cuanto Daniel se fue, dejándolas solas, Lydia le sonrió amistosa, tal y como el día en que la había visto la primera vez:

—¿Y bien? ¿Para qué soy buena?

«Para llevar chismes», pensó Charis, pero en cambio solo negó.

—No te preocupes, por ahora lo tengo bajo control —le dijo, procurando ser amable—. Si necesito ayuda...

—¡Aquí estaré! —la muchacha se señaló a sí misma, y luego le hizo un gesto de despedida.

—¡De hecho...! —Charis la retuvo antes de que se marchase— Hay algo que quisiera preguntarte.

Lydia retrocedió y la escuchó atenta.

—Según entiendo... hace unas semanas, escuchaste cuando Vic-... cuando el doctor Connell me hizo una invitación. Y luego... se lo dijiste a Daniel. Por algún motivo pensabas que él y yo teníamos algo.

La expresión alegre se borró del rostro de la enfermera. Esta pareció nerviosa, como una niña sorprendida mintiendo.

Charis entendió que había sido algo abrupta, e intentó suavizar el sentido de sus palabras para hacerlas sonar menos acusadoras.

—Dudo que hayas tenido malas intenciones, pero... te agradeceré que, en el futuro, te abstengas de hablar con otra persona sobre cualquier cosa que respecte a mí. No me siento cómoda con ello.

La expresión en el rostro de Lydia se suavizó, y aquella sonrió culpable, rascándose la zona detrás de la oreja.

—Vaya... Lo siento mucho por eso; no quise ponerte en una situación inconveniente.

—Descuida —le dijo Charis—. Sé que eres una buena amiga de Daniel y quizá pensaste que era lo correcto.

—Tú también eres amiga de Daniel. Su mejor amiga, según me ha contado. Así que tampoco querría volver a incomodarte —su rostro recobró su alegría en cuanto se recompuso—. No te preocupes, estás oficialmente fuera de futuras ediciones del periódico Saint John.

—Te lo agradezco.

—¿Amigas? —Lydia le extendió una mano.

—Sí... ¿Por qué no? —aceptó, recordando las palabras de Beth. En definitiva, necesita amigas. Las necesitaría ahora más que nunca—. Sería agradable tener algo de compañía femenina en ese lugar. No es que la otra secretaria sea muy-...

—¡Oh! ¿Te refieres a Diane? —Lydia se inclinó hacia ella como si estuviese a punto de contar un secreto—. Es una perra, ¿a que sí? No seas tímida, ya te dije que no tienes de qué preocuparte.

Charis apretó los labios. Aunque ya había establecido cuales eran sus límites, no estaba segura de que fuera conveniente decir cualquier cosa frente a alguien tan adepta a oír rumores; y peor, expandirlos como piojos. Pero, por otro lado, quizás aquella era la oportunidad perfecta para descubrir qué tenía la secretaria rubia en contra de ella, desde el primer día.

Eligió con cuidado sus palabras, de manera que sonaran inocentes.

—Parece que no le agrado demasiado. Me gustaría saber por qué —añadió, tentativa—. Odio estar en esta situación con un colega. Si hubiera algo que yo pudiera hacer...

—¡Uh, no le caes nada bien! No es que me lo haya dicho; pero se ve. —Tal y como lo había sospechado, aquello fue suficiente para darle cuerda y hacer que empezara a hablar—. Pero no te aflijas por eso; no creo que puedas hacer nada. No le agrada ningún otro ser humano. En tu caso... al principio pensaba que era por Daniel, pero imagino que está el doble de molesta porque cree que entraste aquí con ayuda.

Charis hizo una pausa, pestañeando lento. Tenía demasiado que procesar en muy corto tiempo.

—¿Por... Daniel? ¿Qué tiene que ver Daniel en esto?

Los ojos de Lydia se abrieron, y luego se rio nerviosa, desviando la mirada.

—Es solo que ellos... tampoco se llevan muy bien.

Charis se reservó sus dudas. Hubiese querido seguir indagando, pero no se detuvo demasiado en ello, pues había algo más importante.

—¡¿Y por qué cree que entré aquí con ayuda?! No fue así; tuve una entrevista como cualquier otra persona.

—No me malentiendas, no dudo que hayas impresionado al doctor Garner. Me refiero al hecho de que haya accedido a entrevistarte cuando para empezar no planeaba contratar a nadie para el remplazo.

Charis volvió a pestañear, confusa, entendiendo cada vez menos.

—Pero... ¿no está la otra secretaria con baja de maternidad?

—Así es, pero en principio iba a ser Diane quien la remplazara. La recepción de emergencias se iba a mover de forma temporaria al mesón frontal, y ella tomaría a todos los pacientes. Desde luego, iba a ser mucho trabajo, pero iba a recibir un generoso bono por ello, y estaba dispuesta. Pero eso fue hasta que alguien convenció al director Garner de contratar a un remplazo. —Lydia guiñó un ojo—. Tienes un amigo que se preocupa mucho por ti.

Charis llevó por reflejo su mirada a Daniel. A lo lejos, este le dedicó un saludo. A ella no le cabía duda de eso... Aunque hubiese deseado que no fuera tan lejos. Ahora se sentía en deuda también con él.

—Lo sé —suspiró—. Daniel es asombroso.

La expresión de Lydia se torció confusa, y ladeó la cabeza.

—Ah... Claro, él también, pero... yo hablaba de Torrance.

Charis viró en redondo a verla:

—... ¿Torrance? ¿De qué estás hablando?

Lydia adoptó un gesto inquisitivo y blandió su lápiz en dirección de Charis.

—Él te consiguió la entrevista, ¿no es así?

—No —Charis sacudió la cabeza—. Fue Daniel. Él fue quien me convenció de aplicar al puesto.

La muchacha frente a ella frunció los labios y los llevó hacia una comisura.

—¿De verdad? Daniel me dijo que fue Jesse quien le dio la idea. Y, según sé, fue él quien convenció al señor Garner de buscar un remplazo, y además quién te recomendó para el cargo. Por eso Diane no lo ha dejado en paz.

—Pero... ¿cómo sabes todo eso? Incluso lo del señor Garner...

—Soy los ojos y oídos de este lugar —se vanaglorió Lydia. Charis resistió el impulso de poner los ojos en blanco—. Almuerzo todos los días con Sarah, de recursos humanos. Ella me dijo que Torrance le suplicó al doctor Garner que te diera una oportunidad. Prometió enseñarte, y dijo que se haría personalmente responsable por ti.

Charis pestañeó mareada, con dificultades a la hora de asimilarlo.

—No es posible...

—Claro, Daniel también habló con él, cuando Torrance se lo sugirió. Y supongo que bastó para convencerlo. —Los ojos de Lydia se ciñeron inquisitivos—. ¿Daniel... no te lo dijo?

—No —admitió Charis, dolida—. E-es decir... no con tantos detalles.

—Ya te lo dije, ¡soy los ojos y oídos de este sitio! Así que si alguna vez necesitas información...

Charis le mostró la palma de su mano, sin ánimos de oír otra palabra.

—Me basta con que me dejes fuera de la primera plana.

—¡Ah, vamos! Eres amiga de Daniel, así que tienes mi juramento de lealtad desde ahora. En fin, eres una linda persona, Charis. Espero que te sientas cómoda, y... lamento el malentendido —añadió, culpable. Había sinceridad en su tono, y Charis le creyó—. Así que... ¿sin rencores?

—Claro...

—¡Genial! Si estoy libre cuando salgas a almorzar, vamos a comer juntas. Y de paso te presento al resto de las enfermeras, y a Sarah. ¡Son buena gente! Bueno... la mayoría de ellas. Yo que tú me cuidaría de la enfermera Parker, sin mencionar a Diane. Te contaré todo al almuerzo.

—Seguro. Eso... me gustaría —tuvo que mentir.




Ni ese día, ni los consecutivos, Charis dejó de pensar en su conversación con Lydia. Sobre todo, luego de que Sarah, la secretaria de recursos humanos, corroborase la información ese día, cuando almorzaron juntas.

Pero, ¿por qué Daniel mentiría? ¿Por qué omitiría decir que Jesse había sido el principal artífice de todo? Había muchas cosas en su cabeza que no tenían sentido. Cosas que entendió que no averiguaría a menos que ella misma buscase cómo aclararlo.

De momento, su deuda con Jesse Torrance se seguía acumulando.

El martes Charis aguardó todo el día por el momento en que Jesse entrase por la puerta de la sala de emergencia. Pero eso no ocurrió.

Supo gracias a Lydia que había entrado a trabajar esa mañana y que estaba en algún lugar del hospital, pero no apareció por allí durante toda la primera mitad de la jornada.

A la hora del almuerzo, Lydia fue a buscarla como se había hecho costumbre:

—¡¿Estás lista?! ¡Me muero de hambre! Qué día más largo.

En lo que Charis guardaba sus cosas, tuvo que negarse con una cabeceada y una sonrisa amable.

—Tengo algo que hacer ahora mismo. Pero quizá las alcance luego en la cafetería.

—¡De acuerdo, amiga! En la mesa de siempre.

—Una cosa más —la retuvo Charis—. ¿Sabes... en dónde pueda estar Torrance?

—Bueno... el primer día después de su descanso por lo general se queda en el subsuelo, ordenando. El auxiliar que trabaja en su contra-turno es un desastre. No sé cómo no lo han despedido. Parece que es el sobrino de la esposa del director Garner, y por eso-...

—Gracias. Nos vemos al rato.

Lydia selló los labios de golpe y Charis se despidió aprisa de ella para marcharse. No hubiese querido ser descortés, pero la hora del almuerzo se acabaría pronto, y no le tocaba trabajar el sábado; de manera que aquella podría ser su última oportunidad de hablar con Jesse.

No le entusiasmaba la idea de ir al subsuelo a buscarlo, pero no había remedio. Así que dejó sus cosas en los casilleros del personal y se llevó consigo solo su teléfono móvil.

Por el camino preguntó a varias personas sobre el joven auxiliar de morgue, y mientras que algunos ni siquiera recordaban haberle visto durante ese día, otros le dijeron lo mismo que Lydia, que de seguro lo encontraría en el subsuelo del hospital. Todo parecía indicar que allí desembocaría su búsqueda.

A pesar de que había estado evitando a toda costa ir a cualquier otro sitio del hospital que no fuera estrictamente el área a la que había sido asignada como secretaria suplente, el miedo siempre palpitaba en algún lugar recóndito de su cabeza, pinzando sus nervios cuando recordaba en dónde estaba.

Dudó en la cima de las escaleras hacia el subsuelo. Y luego, inhalando una bocanada, bajó paso tras otro las escaleras hasta el subsuelo, procurando no mirar otra cosa que a sus propios pies.

Muchos recuerdos vinieron a su cabeza. El rechinido de las ruedas de una vieja camilla, todo oscuro, la sensación adormecida de su cuerpo, su incapacidad de gritar, y el frío; ese frío estremecedor. Oscuridad, miedo, y frío. Sus gritos amortiguados, los golpes contra el metal...

Desconocía el camino, aunque ya lo había recorrido antes. La primera vez, no hubiese podido ver nada; iba bajo los efectos de la anestesia. No lo recordaba ni quería hacerlo. La segunda, había sido la tarde en que conoció a Jesse Torrance. Pero producto de su traumático encuentro estaba demasiado abrumada para ver cualquier cosa mientras escapaba corriendo.

Las salas no estaban señalizadas, y no se animó a abrir ninguna por miedo a lo que pudiera hallar dentro. Sabía al menos cual de todas evitar, pero aunque no tenía pensado entrar allí ni de chiste, sus piernas se iban debilitando a medida que se acercaba. No dejó de mirar sus pies. Sabía que de levantar la cabeza su vista volaría de inmediato a aquella puerta doble, hendida en las paredes avejentadas del subsuelo, y ella perdería toda fuerza de voluntad reunida hasta ese momento. Saldría corriendo, en el mejor de los casos. En el peor, probablemente otra crisis, como el día del accidente en el elevador.

De súbito, el sonido de algo cayendo con un estruendo la hizo saltar y emitir un grito ahogado. Charis levantó la cabeza en la dirección del ruido, comenzando a sentir cada músculo de su cuerpo debilitarse. Fue allí que distinguió la fina figura de Jesse del otro lado del cristal de una puerta con ventanilla, y esa imagen familiar le devolvió las fuerzas.

Aliviada de hallarle, abrió aprisa la puerta de la sala y se arrojó dentro.

Ya estaba del otro lado del umbral cuando pensó que aquella podía no haber sido la mejor de las ideas, considerando la última cosa con que se había encontrado la primera vez que entró así en una habitación de ese hospital, pero lo que había del otro lado parecía no ser otra cosa que una bodega repleta de camillas, tablas de transporte y carros viejos.

Jesse viró el rostro en su dirección apenas oír la puerta, y la contempló como si no fuera capaz de reconocerla sino hasta mucho después. Incluso a ella le costaba verle bien el rostro. La sala estaba oscura; una sola bombilla del techo funcionaba, y proyectaba una luz débil y temblorosa.

—No... deberías estar aquí.

—Hospitalario como siempre, Torrance —ironizó ella.

—¿Ocurrió algo?

Charis se detuvo dubitativa frente a él, sin saber cómo empezar.

—Jesse, yo... —Inhaló un largo aliento—. Sé lo que hiciste.

Este tuvo entonces el más desconcertante de los gestos. Se petrificó por un momento, y después dio un paso errático atrás. Charis percibió que palidecía.

—... ¿De qué... hablas? —dijo en un jadeo.

Ella frunció el entrecejo, perpleja. Examinó su rostro sin comprender qué podría haber suscitado esa reacción en él.

—Woah, tranquilo. No estoy aquí para arrestarte.

No hizo ningún ruido al exhalar, pero Charis percibió que lo hacía por el movimiento de su pecho. Todavía extrañada por el gesto, pero sin querer permanecer en ese lugar un minuto más, se apresuró a lo que tenía para decir.

—Me refiero —se apresuró ella—... a lo que hiciste por mí.

Hubo una pausa, al final de la cual, Jesse dio una lenta cabeceada. Había vuelto a respirar con normalidad.

Charis se mordió los labios. Al final, sin importar cuánto hubiese querido convencerse de que aún detestaba al muchacho, la verdad era que, sin percatarse de cuándo había dejado de hacerlo. Y aun cuando en un inicio hubiera creído que eran demasiado distintos para ver cualquier cosa que no fuera el blanco o el negro en él, de manera inesperada parecía haber muchos matices de gris en torno a Jesse Torrance.

Comprendió que no había palabras que pudieran expresar lo agradecida que estaba con él. Sin embargo restaba una forma más simple y efectiva. Una con la que Beth que nunca parecía equivocarse.

Sacudiendo la cabeza para librarse de las dudas por lo que estaba a punto de hacer, Charis cruzó el espacio que los separaba y rodeó su cuerpo estrechándolo en un abrazo del único tipo que su fría familia le había enseñado. Tenso, algo incómodo... pero al fin y al cabo, sincero.

Por su parte, Jesse Torrance se paralizó como si se hubiese convertido en piedra; con la espalda inhiesta y los brazos colgando rígidos por sobre los de Charis, sin devolverle el gesto.

A ella le pareció que incluso había dejado de respirar.

Pero en lugar de sentirse ofendida por su evidente reticencia, se preguntó si había hallado otro aspecto inesperado en el que eran similares, o si su caso era todavía peor y aquella era de hecho la primera vez que alguien tenía ese gesto con él. Alguien de su familia, o de entre todas las personas en ese lugar que lo trataban con la punta del zapato. A pesar de todo lo que hacía por los demás...

Comprobó una vez más lo estremecedoramente delgado que era. Charis pudo percibir con claridad los ángulos de sus costillas contra su piel, y el filo de sus clavículas bajo el mentón de ella. Solo que esta vez no le causó ninguna clase de rechazo o disgusto. Solo una profunda lástima...

¿Cómo se podía vivir llevando las cargas que él echaba sobre sí mismo todo el tiempo con un cuerpo tan frágil?

—Lydia me lo dijo todo —masculló entonces—. Lo que hiciste para que me dieran el puesto.

No obtuvo de él más que un movimiento suave de su cabeza contra su sien en lo que parecía ser un asentimiento. Tras un momento, se separó de él sintiéndose abochornada y bajó la vista, acomodándose el pelo tras la oreja.

—Lo siento. ¿Fue demasiado? —se rio, incómoda—. Tampoco es algo... que yo haga muy a menudo. Solo creí, en vista de todo, que era algo que-...

Jesse se hallaba todavía petrificado en su lugar; pero su voz, aunque tensa, fue amable y arrulladora cuando contestó en un susurro:

—De-... descuida...

—Bien, eso era todo. Ya... me voy; lamento quitarte el tiempo.

—N-no importa...

—Y... ya puedes relajarte.

—... L-lo siento...

Charis meneó la cabeza con un suspiro y dio la media vuelta para alejarse de allí, sintiendo que se había librado con ello de una gran carga. Aún si no había sido tan conmovedor como en su imaginación, creía haber hecho lo correcto, y pensó que era algo que debería hacer más a menudo.

Se encaminó hacia la puerta.

No obstante, antes de que pudiera alargar los dedos para tomar la manija y abrir, alcanzó a ver en el reflejo de la ventanilla de la puerta el instante en que Jesse se llevó una mano a la cabeza y se afianzó con la otra en una de las camillas, la cual se estremeció con un rechinido. Pareció como si hubiese estado a punto de caerse.

Ella se detuvo sobre sus pasos, alarmada, y viró del todo, intentando determinar si había sido su imaginación. Pero solo vio el momento en que él retiró la mano de su frente.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Charis.

Él levanto la vista hacia ella, pero luego volvió a bajar la cabeza, como si le pesara. Inhaló una profunda bocanada:

—No es... nada. Solo... un poco de mareo.

Pero su expresión se hallaba descompuesta como si todos los músculos de su rostro hubiesen perdido la fuerza.

Charis volvió sobre sus pasos, presa de un presentimiento.

—¿Mareo? ¿Por qué? ¿Estás cansado? ¿No has comido?

Él volvió a tambalearse, esta vez con los dedos crispados al borde de la camilla.

—Charis —fue casi un jadeo extenuado—. Será... mejor que subas.

—¡¿Por qué?! ¡Jess, ¿qué diablos...?!

Fue entonces, cuando ella dio un paso precipitado al frente, que al intentar retroceder Jesse dio un brusco tumbo y sus piernas se doblaron bajo su cuerpo.

—¡Cuidado...!

Ella reaccionó deslizando sus brazos bajo los suyos, pero no pudo sostener su peso cuando él se desplomó, provocando que ambos se fueran al suelo y golpeasen las baldosas con las rodillas al mismo tiempo.

Todo cuanto pudo hacer Charis en el instante en que cayeron fue rodear su torso con un brazo y sostener la parte de atrás de su cabeza con la otra mano para que no se golpeara contra el piso. Pero para el momento en que le depositó allí, él había dejado de responder por completo.

El tiempo que le tomó asimilar la situación, Charis permaneció inmóvil en el suelo, estrechando por segunda vez en el día el delgadísimo cuerpo de Jesse entre sus brazos. Solo que esta vez, un cuerpo lánguido, por completo inerte.