Behind the net | Kookv

Summary

ÉL ES EL PORTERO SEXY Y GRUÑÓN DEL QUE ME ENAMORÉ EN LA SECUNDARIA... Y AHORA SOY SU AYUDANTE. Después de que mi ex destrozara mis sueños en la industria de la música, me he cansado de que me rompan el corazón. Se suponía que trabajar como ayudante de un jugador de la NHL iba a ser pan comido, pero Jeon Jungkook no tiene nada de fácil. Es un imbécil intimidantemente sexy y gruñón que no me soporta. El tipo tiene un ego enorme. Mantener la profesionalidad no será un problema, incluso cuando me exija que me mude con él. SIN EMBARGO, BAJO SU HOSQUEDAD, JUNGKOOK ES SORPRENDENTEMENTE DULCE Y PROTECTOR. Cuando Jungkook se entera de lo malo que era mi ex en la cama, su naturaleza competitiva se dispara, y me anima y mima en todos los sentidos. ¿La chispa creativa que solía sentir al escribir canciones? Ha vuelto, y estoy escribiendo música de nuevo. Entre llevar su camiseta en los partidos, las fiestas ruidosas con el equipo y volver a ser valiente en el escenario, me estoy enamorando de él. PODRÍA ROMPERME EL CORAZÓN, PERO PUEDE QUE MEREZCA LA PENA.

Genre
Romance/Erotica
Author
Arii
Status
Complete
Chapters
72
Rating
4.9 37 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1

Jungkook

El lateral izquierdo patina hacia la red y me lanza el disco. Hay un thwap del mismo en mi guante y mi sangre arde con competencia y satisfacción.

Jeon Shut Out1 —grita mi nuevo compañero de equipo mientras pasa rápidamente y lanzo el disco al hielo con un asentimiento rápido. Los fanáticos en Nueva York solían cantar eso durante los juegos. Cuando gané el Trofeo Vezina el año pasado, otorgado al mejor portero de la NHL, lo mencionaron en el discurso sobre mi desempeño.

Cerca de la banca, los entrenadores observan, toman notas y discuten el rendimiento del equipo. Un disco logra pasarme y mi estomago se tensa. La mirada del entrenador en jefe se dirige hacia mí, con una expresión imperceptible.

Hace dos semanas, firmé como agente libre por debajo de mi valor para poder jugar en el equipo de Vancouver Storm. Después del ataque de pánico que provocó su accidente automovilístico, mi mamá insistió en que estaba bien, pero sé que, si me ha ocultado los ataques, debe estar empeorando. Ahora que el equipo me ha fichado por un precio más bajo, soy un activo. Podrían cambiarme por más dinero y yo no tendría nada que decir al respecto. Soy como una casa que acaban de obtener y si deciden comprar algo mejor, me venderán.

La preocupación fluye a través de mí. Mi madre ha lidiado con la depresión y la ansiedad durante años, desde que mi padre falleció en un incidente de conducción en estado de ebriedad autoinfligido cuando yo era un bebé, pero mientras no estuve mirando, se convirtió en algo mucho peor.

Dejar Vancouver no es una opción y no voy a renunciar al deporte que amo, por lo que esta temporada debe ir bien. Necesito jugar lo mejor que pueda y mantener mi estatus de ser el mejor para que no me intercambien. Este año, necesito concentrarme.

Los jugadores realizan ejercicios a medida que continúa la práctica y hago referencia a lo que sé sobre ellos en juegos anteriores. He jugado contra Vancouver Storm en el pasado y reconozco sus rostros, pero no conozco a estos muchachos como conozco a mi antiguo equipo. Jugué para Nueva York durante siete años, desde que tenía diecinueve. No conozco a estos entrenadores y esta ciudad no se ha sentido como casa desde que me fui a las categorías inferiores, pero Vancouver es donde necesito estar ahora.

Algo se tensa en mi pecho. Es solo el primer día del campamento de entrenamiento, pero nunca sentí tanta presión para jugar lo mejor posible.

Suena el silbato y patino hacia la banca con los otros jugadores.

—Se ven bien, muchachos —dice el entrenador mientras nos reunimos alrededor del banquillo.

Al final de la temporada pasada, una de las peores en la historia de los Storm, Kim Namjoon llegó a los titulares después de que fuera anunciado como el nuevo entrenador en jefe. El tipo tiene treinta y tantos años, no mucho mayor que algunos de los jugadores de Vancouver y tuvo una carrera prometedora como delantero en la liga hasta que una lesión en la rodilla la terminó. Fue entrenador de hockey universitario hasta el año pasado y por lo que he leído en las noticias de hockey, los aficionados se muestran escépticos. Los entrenadores en jefe suelen ser mayores, con más experiencia como entrenadores a nivel profesional.

Namjoon me mira y bajo mi máscara de portero, mi mandíbula se aprieta.

—Tenemos mucho trabajo por hacer durante las próximas temporadas —dice, examinando al grupo de jugadores—. Terminamos el año pasado casi al final de la tabla de posiciones de la liga.

El aire se siente pesado cuando los jugadores se mueven sobre sus patines, preparándose. Esta es la parte en la que muchos entrenadores señalarían los defectos y debilidades de los jugadores. Lo que el equipo jodió el año pasado. Aquí es donde nos dirá que perder no es una opción.

Y yo no conozco lo que es perder.

—No hay otro lugar al que ir sino hacia arriba —dice Namjoon en su lugar, sonriéndonos—. Vayan a las duchas y descansen. Nos vemos mañana.

Los jugadores salen del hielo y me quito la máscara con el ceño fruncido. Estoy seguro de que esta fachada agradable y de apoyo de Namjoon terminará tan pronto como comience la temporada en unas pocas semanas y la presión se vuelva real.

—Jeon —llama Namjoon mientras me dirijo por el pasillo hacia el vestidor. Se dirige hacia mí y espera mientras los jugadores restantes se arrastran por el pasillo, dándoles un asentimiento de reconocimiento—.¿Como te estás adaptando?

Asiento.

—Bien. —Mi apartamento está lleno de cajas que no tengo tiempo de desempacar—. Gracias, eh, por arreglar lo del apartamento. Y lo de la mudanza.

La tensión se acumula en los músculos de mis hombros y paso una mano por mi cabello. Odio aceptar la ayuda de los demás.

Namjoon me hace señas de que no lo tome en cuenta.

—Nuestro trabajo es ayudar a los jugadores a adaptarse. De hecho, muchos jugadores piden un asistente. Pueden ayudarte a desempacar, preparar las comidas, hacer el mantenimiento de tu vehículo, pasear a tu perro, lo que sea.

—No tengo perro.

Se ríe.

—Sabes lo que quiero decir. Estamos aquí para proporcionarte lo que necesites para que puedas concentrarte en el hielo. Cualquier cosa que requieras, sólo dilo.

No necesito ayuda para concentrarme en el hielo. He pulido mi vida a las dos cosas que importan: el hockey y mi mamá.

—Puedes apostarlo —digo, sabiendo muy bien que no voy a pedir nada. Siempre he sido el tipo que se cuida a sí mismo. Eso no va a cambiar. Namjoon baja la voz.

—Si tu mamá necesita ayuda, también podemos proporcionarla.

Cuando solicité un cambio a Vancouver, él fue quien me llamó para preguntarme por qué. Le dije todo. Es el único que sabe acerca de mi mamá.

La ansiedad aumenta y es por eso que no debería haber abierto mi puta boca. Ahora la gente quiere involucrarse. Cada instinto en mi cuerpo se rebela y mis hombros se contraen.

Mi calendario este año será agotador. Ochenta y dos partidos, la mitad en Vancouver y la mitad fuera, con prácticas de equipo, preparación con el entrenador de porteros y mis propios entrenamientos. Además, tendré sesiones con mi fisio, masajista, psicóloga deportiva y entrenador personal.

Algo se enciende en mi pecho, una mezcla de competencia y anticipación. He estado compitiendo en hockey desde que tenía cinco años y disfruto de un desafío. La presión me alimenta. Años de entrenamiento me han convertido en una persona a la que le encanta superar sus límites y ganar.

¿Este año? ¿Entre lo terca que es mi mamá y lo intenso que será mi horario? Va a ser un maldito reto.

Sin embargo, nada que no pueda manejar, siempre y cuando me concentre.

—Estamos bien. —Mis palabras salen entrecortadas—. Gracias.

Siempre hemos sido mi madre y yo. Lo tengo controlado. Siempre lo he tenido.

Después de ducharme y cambiarme, salgo de la arena para almorzar y me dirijo a casa para dormir una siesta antes de ir al gimnasio. Estoy caminando por un callejón desde el estadio hasta la calle cuando un ruido en los contenedores de basura me detiene.

El trasero de un perro marrón sobresale de una caja. Cuando paso, saca la cabeza de la caja y me mira. Tiene macarrones con queso por todo el hocico.

Mueve la cola hacia mí y yo le devuelvo la mirada. Sus ojos son de color marrón oscuro, brillantes de emoción. Es un dóberman con las orejas sin cortar.

El perro da un paso adelante y yo doy un paso atrás..

—De ninguna manera —le digo.

Se tira al suelo, se da la vuelta para exponer su barriga y espera, moviendo la cola de un lado a otro sobre el pavimento mientras pide que le froten la barriga.

—¿Dónde está su dueño? —Miro de un lado a otro en el callejón, pero estamos solos. Mi nariz se arruga mientras lo estudio. Sin collar y entre los macarrones, su hocico está sucio y grasiento. Su pelaje está demasiado descuidado y puedo ver lo delgado que es.

Hay una sensación tortuosa en mi pecho que no me gusta.

—No comas eso —le digo, frunciendo el ceño mientras señalo con la cabeza hacia la basura—. Te enfermarás.

Su lengua rosada cae por un lado de su boca.

—Vete a casa.

Mis palabras salen severas, pero él todavía está esperando que le frote la barriga.

Mi corazón se tensa, pero empujo los sentimientos lejos. No. Este no es mi problema. No hago distracciones. Ni siquiera tengo citas, por el amor de Dios, porque sé por experiencia que la gente quiere más de lo que puedo darles.

Sin embargo, no puedo dejarlo aquí. Podría ser atropellado por un auto o herido por un coyote. Podía comer algo que lo enfermara.

La SPCA se lo llevará. Saco mi teléfono y después de buscar en Google, llamo al lugar más cercano.

—Hay un perro detrás del estadio en el centro —le digo a la mujer cuando responde. Solo hay un estadio en el centro de Vancouver, así que sabrá a cuál me refiero. Hay perros ladrando en el fondo de su lado—.¿Alguien puede venir a recogerlo?

La mujer se ríe.

—Cariño, tenemos muy poco personal. Tendrás que dejarlo en una de nuestras ubicaciones.

Enumera los lugares que aceptan perros antes de colgar. Los que están cerca están todos llenos, así que tendré que conducir un par de horas fuera de la ciudad para dejarlo. Miro el teléfono, con el ceño fruncido, antes de mirar al perro.

Se pone de pie de un salto, sin dejar de mirarme, moviendo la cola. Es como si pensara que le voy a dar una golosina o algo así. Hay un tirón molesto en mi pecho.

—¿Qué? —le pregunto al perro, y mueve la cola con más fuerza. Algo en mi pecho arde y trago con la garganta apretada.

No puedo dejarlo aquí.

En el fondo de mi cerebro, mi parte rigurosa y disciplinada se burla.

¿Qué pasa con mi loco horario? No puedo con un maldito perro. Ni siquiera puedo manejar tener una pareja sin joderlo todo. Estoy absolutamente seguro de que no puedo cuidar de un perro. Estoy viajando la mitad de la temporada.

Pero no puedo dejarlo aquí.

Su cola se mueve de nuevo y me mira con esos ojos marrones. Lo llevaré a un refugio, pero no me lo voy a quedar.

Esa noche, estoy sentado en mi auto fuera del refugio, inspeccionando el edificio pequeño, pero bien mantenido. Puedo escuchar ladridos desde adentro. Hay un campo cercado al lado del edificio con juguetes para perros y algunos equipos de plástico, como en un parque infantil.

En el asiento del pasajero, el perro mira por la ventana, curioso. Bajo la ventanilla y lo dejo olisquear.

Después de revisar los anuncios de perros perdidos en línea, encontré una granja altamente calificada que acepta perros callejeros y los coloca con nuevos dueños. Examinan a sus dueños minuciosamente y los perros están bien cuidados.

Este es el mejor refugio que pude encontrar. Conduje tres horas para llegar aquí.

Mi mirada recorre el lugar y trago con un nudo en mi garganta. Me imagino dejándolo aquí y se me forma un peso en el estómago.

El perro me mira y jadea, con la lengua fuera.

—No puedo mantenerte —le digo.

Se pone de pie y trata de subirse a mi regazo y suspiro. Siguió intentando hacer eso mientras yo conducía. Se sube a mi regazo y apoya la cabeza en el reposabrazos.

Mierda. Si hubiera sabido lo difícil que sería esto, no lo habría tomado para empezar.

Eso es una mentira. De ninguna manera lo dejaría en un callejón sucio.

Repaso las razones por las que no puedo mantenerlo. Ni siquiera he tenido un perro. No tengo idea de cómo cuidar de uno. Mi mamá está lidiando con serios problemas de salud mental y me necesita, ya sea que pueda admitirlo o no. Necesito concentrarme en el hockey. Después de que mi ex, Ji-Eun, y yo rompiéramos cuando teníamos diecinueve años, no hago compromisos. Este perro es un gran compromiso, y necesitaría trabajar en mi exigente horario con él.

Y, sin embargo, la duda surge en mí. Estudio el edificio, buscando fallas. Hay algunas malas hierbas en el jardín. La moldura exterior necesita pintura nueva. En el campo, hay un par de agujeros que probablemente hayan cavado los perros. No puedo con un perro, pero no puedo dejarlo aquí.

Este lugar no es lo suficientemente bueno para él.

Froto el puente de mi nariz, sabiendo que mi mente ya está decidida.

Mierda.

—Hey.

Levanta la cabeza y me mira con sus ojos brillantes. Mi corazón da un vuelco.

—¿Quieres vivir conmigo? —Le pregunto y sigue dándome esa linda mirada—. Oh. Quieres un premio.

Se mueve y salta de mi regazo al asiento del pasajero, esperando. Me acerco al asiento trasero y abro la bolsa de golosinas que le compré, le doy unas cuantas y observo cómo las mastica.

Ya estoy decidido e ignoro la voz en mi cabeza que me dice que no es una buena idea. Observo cómo el perro se acurruca como una bola en el asiento del pasajero y se duerme. Tengo el dinero para contratar un asistente este año y el perro estará bien cuidado.

En mi teléfono, me desplazo por mis contactos hasta que encuentro a quién estoy buscando.

—Jeon—Responde Namjoon.

—Hola. —Me froto la mandíbula mientras ese mal presentimiento serpentea por mis entrañas de nuevo—. Cambié de opinión. Voy a necesitar un asistente.