Capítulo 1
Se sentía la persona más insignificante del mundo, para ella, su vida era de lo más común y aburrido que pudiera existir. Era huérfana. La habían abandonado a las puertas de un orfanato a los pocos días de nacida, quedando al cuidado de la hermana Beatrice, una monja vieja y malhumorada, que a pesar de su ocupación religiosa, no tenía un pelo de santa.
No tenía ni la más remota idea de quiénes habían sido sus padres. De no ser por la misteriosa joya plateada, que llevaba siempre consigo desde que tenía uso de razón, habría pensado que tan solo había brotado de la tierra, al igual que la hierba silvestre. Pero alguien debió de haberla envuelto en sábanas de seda, colocado cuidadosamente en aquella cesta de mimbre donde la encontraron y poner en su poder aquel brazalete, grabado con una estrella de ocho puntas y dos palabras, gracias a las cuales, tenía un nombre y un apellido a los cuales responder: Stella Mordano.
Aunque Stella no sabía gran cosa sobre joyería, nada más le bastaba con darle una fugaz mirada para darse cuenta de que había sido fabricado por las extraordinarias manos de un habilidoso orfebre; y a pesar de que lo tenía desde hacía casi veintiún años, aún conservaba su brillo puro e intacto, como si hubiera sido pulido recientemente.
Lo más curioso de todo es que, pasara lo que pasara e hiciera lo que hiciera con aquel objeto, jamás podía perderlo. Recordaba que cuando tenía cinco años, otra niña de su edad llamada Oriana, la empujó al suelo, se lo arrebató de las manos y se fue corriendo con una sonrisa triunfante.
«Nunca más podré recuperarlo», pensó Stella, con profunda tristeza. Oriana era mucho más alta y robusta que ella, cualquier intento para enfrentarla y obligarla a devolverle su brazalete sería un rotundo fracaso.
No obstante, al deshacer su cama para irse a dormir, encontró su valiosa posesión debajo de la almohada. Su pequeña cabeza comprendió que Oriana no podía habérsela devuelto por propia voluntad, y cuando ella se le fue encima en ese mismo instante y la agarró a puñetazos, confirmó sus sospechas. Stella cedió, solo para que dejara de golpearla.
Minutos después, la hermana Beatrice entró hecha una furia al dormitorio, atraída por el gran escándalo que las dos niñas habían armado con su pelea.
—¡¿Qué es lo que está pasando aquí?!
Ni tiempo le dio a ninguna de pronunciarse, porque en cuanto la religiosa reparó en que Oriana traía el brazalete puesto, se lo quitó con tanta brusquedad que le hizo daño, y se lo lanzó de vuelta a su legítima propietaria.
—¡Mocosa tonta! —le gritó a la ladrona, con un duro tono de voz que nunca había empleado antes—. ¡Esa cosa, eso… es! —Trató de explicar, con las palabras entrecortadas por el miedo. Pero en cuanto se tranquilizó y pudo hablar sin titubear, volvió a reñirla—. ¡Eso no es algo que debas tener contigo, será mejor que nunca más te atrevas a volver a tocarlo!
La actitud de la hermana Beatrice dejó totalmente perpleja a Stella. Oriana era una de sus consentidas y ella una de las huérfanas que menos le agradaba, así que no le habría sorprendido que la vieja astuta se hiciera de la vista gorda con el asunto del robo.
Diez años después, Ilaria, la cocinera que llevaba casi medio siglo trabajando en el orfanato, le platicó que la religiosa iracunda fue la primera en darse cuenta de que su brazalete no era una joya común y mucho menos corriente. En cuanto sacó a Stella de la cesta donde la encontró, lo descubrió ahí, escondido en medio de las mantas donde la habían envuelto; y ni tarda ni perezosa, se apoderó de él y lo llevó al taller de un conocido platero.
Después de haberlo examinado cuidadosamente, el joyero le comunicó que era una pieza inigualable y extraordinaria. Nunca en toda su vida había visto algo semejante. Sin ninguna duda, aquel brazalete era de pura plata de ley. Entonces, la hermana Beatrice no dudó en vendérselo por una exorbitante cantidad de dinero, que el platero estuvo más que dispuesto a pagar sin regatear. Y en cuanto volvió al orfanato, menuda sorpresa se llevó al encontrar la fina joya dentro de la cesta donde la pequeña Stella dormía plácidamente.
Por un lado, aquello era una ventaja para Stella. La monja no se atrevía a ser tan cruel con ella, a causa del temor que le infundía todo ese asunto del brazalete encantado.
A veces, la desdichada joven se preguntaba: «¿Qué hace una muchacha tan simple como yo en posesión de algo tan extraordinario? Si fueron mis padres quienes me lo dieron, debieron ser magos o algo parecido. ¡Pero qué tontería! La magia no existe. Debe de haber alguna explicación razonable para tanto misterio».
En una ocasión, en que encontró una buena oportunidad imposible de desperdiciar, se escapó un momento para revisar los registros de los habitantes de Siena; buscando a alguien más que se apellidara Mordano, a quien pudiera contactar para que le diera al menos una pista sobre sus progenitores. Mas su búsqueda fue en vano.
Como nunca fue adoptada y se le daban muy bien las tareas de limpieza y el cuidado de los niños, la monja neurótica le permitió quedarse ahí en el orfanato cuando cumplió la mayoría de edad, únicamente con la condición de que le echara una mano con las labores domésticas; o mejor dicho, dejarle todo el trabajo pesado a ella, como lavar los retretes y controlar a los chiquillos más traviesos y berrinchudos.
Stella aceptó resignada, porque siendo sincera consigo misma, no creía que allá afuera pudiera conseguir una vida mejor que esa. Uno de sus tantos sueños imposibles era estudiar en la universidad, pero con tanto quehacer, apenas y tenía tiempo para respirar; además, de que no contaba con los recursos económicos suficientes para poder costear sus estudios.
Lo único que la ayudaba a sobrellevar sus rutinarios e infelices días, era traer siempre consigo aquella extraña conexión con sus orígenes. La estrella grabada en su inseparable brazalete le hacía pensar en el Lucero de la Mañana, ese hermoso astro brillante que siempre le deseaba un buen día al despertar temprano en cada madrugada. Cada vez que lo observaba, la invadía la cálida y reconfortante sensación de que no estaba sola en el mundo. En el fondo de su corazón, Stella creía que algún día su destino cambiaría, y eso, le daba ánimos para sonreír y tener fe para enfrentar cualquier adversidad que se le presentara.
Aunque, cuando la hermana Beatrice la enviaba al mercado a surtir la despensa, la gente la miraba con desconfianza. Una fina pieza de joyería, no encajaba para nada con los vestidos viejos y remendados que siempre llevaba puestos.
Después de tanto tiempo, acabó por acostumbrarse a su vida simple y aburrida. A pesar de que no tenía lujos ni comodidades, al menos podía decir que todo transcurría siempre normal y sin agitaciones. O bueno, casi.
Un día cualquiera, a finales de agosto, mientras extendía las sábanas recién lavadas en el patio trasero, creyó ver a dos personas vigilándola desde el tejado de una de las casas circundantes. No alcanzó a observarlos bien, pero le pareció que se trataba de un anciano muy extraño, que le recordó al mago Merlín y otros personajes de la literatura fantástica, porque tenía una larga barba blanca y vestía con una túnica verde esmeralda que le llegaba hasta los tobillos, un sombrero puntiagudo del mismo tono e iba envuelto en una capa color azul cobalto salpicada con estrellas plateadas de ocho puntas, iguales a la de su brazalete; y en su mano izquierda, sujetaba un enorme báculo, que era tan alto como él, y tenía la punta superior en forma de una espiral.
Al lado del viejo, se encontraba una joven morena y atractiva de cabello rizado, que vestía una blusa púrpura de seda en cuello V con largas mangas vaporosas, unos pantalones bombachos del mismo color, unas botas negras que le llegaban hasta las rodillas con cordones blancos entrelazados y en su mano derecha sostenía una mandolina.
En cuanto los misteriosos personajes se percataron de que Stella los había descubierto en pleno espionaje, desaparecieron de su vista. Ella pensó que lo más lógico era que todo aquello tan sólo había sido producto de su imaginación.
Pero otro día, mientras barría la hojarasca que caía de los árboles del jardín que rodeaba el orfanato, volvió a ver al mismo anciano barbado vestido con su túnica verde y la capa azul; sólo que esta vez no iba acompañado de la joven, sino de un arlequín que llevaba la cara pintada de blanco, con un antifaz negro que cubría gran parte de sus facciones, el clásico sombrero en blanco y negro con cascabeles en las puntas y un traje decorado con líneas y lunares de los mismos colores opuestos.
Ambos estaban apostados en una esquina, recargados en uno de los edificios de piedra, sin quitarle la vista de encima. Fue tanta la incomodidad y desconfianza que le inspiraron, que ni siquiera terminó con su labor, botó la escoba y corrió a esconderse dentro de la casa.
Y eso no fue nada, en comparación con el susto que se llevaría poco después.
La vieja Beatrice la había mandado a comprar pescado al mercado. Mientras Stella estaba en la pescadería, escogiendo los mejores filetes, notó que había tres sujetos con la pinta más aterradora que jamás había visto en su vida. Eran altísimos y corpulentos, blandían espadas e iban protegidos por unas pesadas armaduras más oscuras que el azabache, como los famosos caballeros medievales; sobre sus cabezas, llevaban puestos unos yelmos tan herméticamente cerrados que apenas dejaban asomar unos ojos brillantes de color ambarino por una fina rendija, tan terroríficos que no parecían siquiera humanos.
Stella trató de ignorarlos, pagó el pescado; y en cuanto le tendieron el vuelto, salió pitando de ahí. Miró hacia atrás por un instante, y vio que el más alto y robusto de los tres soldados, apuntó a ella con el dedo índice. Eso fue una señal más que suficiente para huir lo más rápido que le dieran las piernas.
Corrió a través de los numerosos puestos, chocando contra todos aquellos que se cruzaban en su camino, e iba dejando montones de frutas y verduras desperdigadas por el suelo. Por la manera en que la gente la miraba, le dio la impresión de que nadie reparaba en sus perseguidores; probablemente estaban pensando que no era más que una vulgar ladronzuela que huía porque le habían pillado en pleno hurto, pero a Stella nada de eso le importaba, lo único que quería era alejarse lo más que pudiera de aquellos tipos, que claramente no tenían buenas intenciones.
Cometió la imprudencia de disminuir la velocidad de la carrera para volverse atrás, y se dio cuenta que ya estaba prácticamente a la merced de uno de los hombres armados, el cual levantó su espada, tratando de golpearla. Pero los reflejos de Stella fueron más rápidos y le lanzó una enorme sandía —de las tantas que habían terminado rodando por el suelo, a causa de aquella persecución desenfrenada— y logró enterrarla en la punta del arma. De ese modo, pudo ganar tiempo para retomar la veloz huida.
Se estaba quedando sin aliento y las piernas le quemaban por el esfuerzo realizado; aún así, no se detuvo hasta que terminó alejándose por completo de la ciudad y llegó a un prado llano y despoblado, donde lo único que había, era un montón de cipreses que crecían muy juntos y solitarios justo en mitad del campo.
Al parecer, había logrado burlar a los extraños hombres de la mirada diabólica y se recargó en un árbol a descansar un rato. No obstante, el alivio le duró muy poco. Alzó su vista hacia el horizonte y divisó tres figuras negras que se dirigían veloces como el rayo hacia ella; mas no eran los individuos que la venían persiguiendo desde el mercado, sino unos podencos de pelaje completamente negro que tenían los mismos crueles ojos color ámbar que ellos.
No importaba lo mucho que pudiera correr, aquellos feroces y veloces canes la alcanzarían en cuestión de segundos. Comenzaba a prepararse para lo peor, cuando un trueno ensordecedor hizo retroceder varios metros a los podencos, dejándolos paralizados.
Por arte de magia, literalmente hablando, aparecieron junto a ella los otros tres misteriosos personajes que había visto días atrás: el viejo de la larga barba blanca, la muchacha de la mandolina y el arlequín.
El anciano se acomodó el sombrero, y con la misma, tomó a Stella con brusquedad por el brazo.
—¡Alteza! Os ruego nos disculpéis, pero si queréis salir ilesa de ésta, tenéis que hacer todo lo que yo os diga.
A pesar del enorme miedo que sentía, la joven miró fijamente al viejo y a sus acompañantes, con los ojos muy abiertos por el desconcierto que le produjo aquella peligrosa y extraña situación en que se había metido.
—¿Cómo me ha llamado? ¿Quién es usted? ¿Qué es lo que está pasando aquí?
—¡No hay tiempo para explicároslo ahora! ¡El hechizo que retiene a esos animales sólo durará un rato! —respondió la chica de la mandolina, colgándose su instrumento sobre los hombros. Y volviéndose hacia el arlequín, le ordenó—. ¡Ferruccio! ¡Las rocas!
El aludido palpó su vestimenta desde los hombros hasta los pies, buscando lo que le habían pedido.
—¡Rápido, las bestias están volviendo a la normalidad y nos darán alcance!
—¡No las encuentro en ninguno de mis bolsillos, Giusy!
—¡Mandrakus, ayúdelo por piedad! —gritó la muchacha, que a esas alturas, estaba terriblemente desesperada.
Entonces, el anciano le quitó el sombrero al arlequín y sacó de su interior un par de piedras que parecían enormes canicas brillantes, de un diseño multicolor que les daba un asombroso parecido con la superficie del planeta Júpiter.
La joven nerviosa se las arrebató al viejo y le dio una orden a Stella.
—¡Sujetaos muy fuerte a mi brazo y no os vayáis a soltar por nada del mundo!
La aludida asintió, aterrorizada. Y al volver la vista atrás, vio que los podencos habían recuperado ventaja y estaban ya a escasos metros de distancia.
El arlequín tomó por la muñeca a la chica que sostenía las rocas en alto, el anciano a su vez lo tomó a él y a Stella y cerraron un círculo, como si fueran a hacer una ronda infantil.
—¡Bien, allá vamos! —anunció la muchacha de la mandolina, haciendo chocar una piedra contra la otra—. ¡Llévennos de vuelta al Reino de Terraluce!
Y lo último que vio Stella, antes de abandonar para siempre aquel mundo donde había vivido toda su vida, fue un montón de remolinos de humo pintados de diversos colores.