La leyenda del perro fantasma.

All Rights Reserved ©

Summary

Nieve acompañaba a Mateo todos los días, cuando salía a pastorear las ovejas. Lo protegía de los lobos, de los ladrones y de los peligros. Lo hacía reír, lo hacía jugar y lo hacía feliz. Mateo quería mucho a Nieve, y Nieve quería mucho a Mateo.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

2 hermanos


En un pueblo lejano y aislado, vivía una familia humilde y trabajadora. El padre era leñador, la madre era costurera y el hijo era pastor. Tenían una pequeña granja, donde criaban ovejas, gallinas y cerdos. Y tenían un perro, un perro blanco grande y bien peludo, parecido a un lobo gigante. El perro se llamaba Nieve, y era el mejor amigo del hijo.


Nieve acompañaba al hijo que se llamaba Mateo, todos los días, cuando salía a pastorear las ovejas. Lo protegía de los lobos, de los ladrones y de los peligros. Lo hacía reír, lo hacía jugar y lo hacía feliz. 

Pero un día, todo cambió. Una terrible enfermedad se extendió por el pueblo, y se llevó la vida de muchas personas. Entre ellas, la del padre y la de la madre. Mateo se quedó solo, sin nadie que lo cuidara, sin nadie que lo ayudara, sin nadie que lo amara. Solo le quedaba Nieve, su fiel compañero, su único consuelo, su última esperanza.


Mateo decidió abandonar el pueblo, y buscar un lugar mejor, donde pudiera empezar de nuevo, donde pudiera ser feliz. Así que cogió sus pocas pertenencias, y se marchó con Nieve, sin mirar atrás, sin decir adiós, sin saber a dónde.


Caminaron durante días y noches, por montañas y valles, por bosques y ríos. No encontraban ningún lugar donde quedarse, ningún lugar donde vivir, ningún lugar donde pertenecer. Todos los pueblos estaban vacíos, todos los caminos estaban cerrados, todos los destinos estaban lejos.


Pero un día, vieron una luz. Era una luz que brillaba en la oscuridad, una luz que señalaba un camino, una luz que prometía un hogar...


Segunda parte:

.

Mateo y Nieve caminaron durante días y noches, sin rumbo, sin esperanza. No encontraban ningún lugar donde quedarse, ningún lugar donde vivir, ningún lugar donde pertenecer. Todos los pueblos estaban vacíos, todos los caminos estaban cerrados, todos los destinos estaban lejos.


Pero un día, vieron un cartel, que indicaba el nombre de un pueblo, el nombre de una calle, el nombre de una posada. Era el cartel de Joaquín Suárez,  de la calle Libertad, y de la posada del Sol.


Mateo y Nieve se acercaron al cartel, con ilusión, con curiosidad y esperanza. Quizás allí podrían encontrar un refugio, quizás algun  trabajo, tal vez podrían encontrar un amigo.


Llegaron al pueblo, y se sorprendieron. El pueblo estaba lleno de gente, de movimiento, de vida. Había comerciantes, artesanos, campesinos, niños, ancianos, mujeres. Había música, risas, colores.


Mateo y Nieve se sintieron bienvenidos, alegres, vivos. Entraron en el pueblo, saludando a la gente, admirando el lugar, buscando la posada.


Llegaron a la calle Libertad, y la recorrieron. Era una calle amplia, limpia, bonita. Había casas de madera, tiendas de tela, flores de papel,  carteles, banderas y murales.


Mateo y Nieve se sintieron cómodos, tranquilos, seguros. Siguieron por la calle, mirando las casas, las tiendas,  las flores.


Llegaron a la posada del Sol, y la reconocieron. Era una posada grande, acogedora, luminosa. Había una puerta de roble, una ventana de vidrio, un letrero de metal. Había una chimenea, una mesa, una silla.


Mateo y Nieve entraron en la posada, tocando la puerta, llamando la atención, pidiendo un favor.


La puerta se abrió, y apareció un hombre. Era un hombre mayor, robusto, amable. Tenía el pelo cano, la barba larga, los ojos claros. Tenía un delantal, un trapo, una escoba.


Mateo y Nieve se sintieron nerviosos, se fueron respetuosos y se sintieron agradecidos. Se presentaron al hombre, contándole su historia, explicándole su situación, solicitándole su ayuda.


El hombre los escuchó, y se compadeció. Era el dueño de la posada, el señor Juan, el padre de tres hijos. Era un hombre bueno, generoso, bondadoso. Era un hombre que había sufrido, que había luchado, que había vivido.


Mateo y Nieve se sintieron aliviados, emocionados y queridos. El hombre les ofreció un lugar donde quedarse, un lugar donde trabajar, un lugar donde vivir. Les ofreció una habitación, un plat y un abrazo.


Mateo y Nieve aceptaron, y se alegraron. Habían encontrado un hogar, una familia, habían encontrado la felicidad. Habían encontrado lo que buscaban, lo que necesitaban, lo que se  merecían.


Y así empezó su nueva vida, en el pueblo de Joaquín Suárez, en la calle Libertad, en la posada del Sol. Una vida tranquila, una vida sencilla, una vida bonita.


Pero no todo era perfecto. Había un secreto, un misterio, una leyenda, una sombra, una amenaza, una maldición. Había un perro, un perro blanco, un perro fantasma...


Tercera parte:


Un día llego una mujer a la posada para contar una historia escalofriante, Mateo la escucho por qué justo se encontraba limpiando el salón, está historia lo dejo paralizado y preocupado.



Hola, me llamo María del Carmen, y soy una de las vecinas del pueblo de Joaquín Suárez. Quiero contarles algo que me pasó hace unos días, algo que no puedo olvidar, algo que me aterroriza. ( la mujer se veía muy asustada y temblorosa, pero necesitaba contar la historia que la atormentaba).


Era una noche fría y oscura, yo estaba tomando mate en frente de mi casa, al lado de un portón marrón. Estaba tranquila, disfrutando del silencio, cuando de repente, vi algo que me heló la sangre. Era un perro, un perro blanco grande y bien peludo, parecido a un lobo gigante. 


El perro se había parado en dos patas, apoyándose en el portón, y me miraba fijamente, con unos ojos rojos, brillantes, penetrantes. Parecía que me conocía, que me odiaba, que me quería. Me quedé paralizada, sin poder moverme, sin poder gritar, sin poder pensar.


El perro permaneció así, por varios minutos, observándome detenidamente, como si me estudiara, como si me juzgara, como si me sentenciara. Yo sentía su mirada, su presencia, su poder. Sentía que me dominaba, que me poseía, que me mataba.


Pero de pronto, el perro se fue. Se fue corriendo, por un corredor de la casa de al lado, como si tuviera prisa, como si tuviera miedo, como si tuviera un plan. Yo reaccioné, y lo seguí. Lo seguí, impulsada por la curiosidad, por el coraje, por la locura.


Corrí tras el perro, por el corredor, hasta llegar al otro lado. Allí, había un patio, un patio oscuro, vacío, silencioso. Busqué al perro, con la vista, con el oído, con el olfato. Pero no lo encontré, no lo vi, no lo oí. El perro había desaparecido, como si nunca hubiera estado, como si nunca hubiera sido, como si nunca hubiera existido.


Me quedé confundida, asustada, incrédula. ¿Qué había pasado? ¿Qué había visto? ¿Qué había sentido?


No lo sé, no lo entiendo, no lo creo.


Solo sé que desde esa noche, no puedo dormir, no puedo comer, no puedo vivir. Solo sé que desde esa noche, tengo pesadillas, tengo alucinaciones, tengo heridas. Solo sé que desde esa noche, el perro me persigue, me acecha, me atormenta.


Y solo sé que desde esa noche, el perro me espera...(puso cara de espanto y angustia)


Y yo le tengo miedo, mucho miedo, demasiado miedo...


Cuarta parte:



A partir de ese testimonio,  de la mujer  llamada María del Carmen, se empezaron a escuchar mil historia y especulaciones sobre ese perro fantasma.


Se decía que en el pueblo, por las noches, vagaba un perro blanco grande y bien peludo, parecido a un lobo gigante. Que era el espíritu de un perro que había muerto, que había sufrido, que se había vengado. Se decía que era el perro de un bandolero, de un asesino, de un traidor...


Se decía que el perro atacaba a las personas, a los animales, a las cosas. Se decía que el perro mordía, arañaba, destrozaba. Se decía que el perro aullaba, gruñía, gemía.


Se decía que el perro era malo,  cruel, diabólico. Se decía que  el terror, el dolor, el mal.


Pero nadie lo había visto, nadie lo había tocado, (tan solo aquella mujer), nadie lo había enfrentado. Solo se escuchaban sus pasos, sus ladridos, sus aullidos. Solo se veían sus huellas, sus pelos, sus ojos.


Nadie sabía quién era, nadie sabía de dónde venía, nadie sabía qué quería.


Nadie, excepto Nieve.


Nieve sabía que el perro blanco era su hermano, su gemelo, su otro yo. Que había nacido con él, había crecido con él, había jugado con él. Nieve sabía que el perro blanco se llamaba Hielo, y que era el mejor amigo de Mateo.


Nieve sabía que Hielo había muerto, había muerto por él, había muerto por Mateo. El sabía que Hielo había dado su vida, para salvar la suya, para salvar la de Mateo.  Sabía que Hielo había sido el héroe, el valiente, el bueno.


Hielo había sido mordido por un lobo, un lobo rabioso, un lobo maldito.  Hielo había sido infectado por una enfermedad, una enfermedad terrible, una enfermedad mortal. Hielo había sido transformado en un monstruo, un monstruo furioso, un monstruo inmortal.


Hielo había escapado, había huido, había vagado. Hielo había buscado, había seguido, había encontrado. Nieve  Hielo había llegado, al pueblo.


Hielo había entrado, había entrado en "el camino", había entrado en los tiempos. Nieve sabía que Hielo había cambiado, había cambiado de época, había cambiado de mundo. Hielo había vuelto, al presente, había vuelto al pueblo.


Nieve sabía que Hielo lo buscaba a él, lo buscaba a Mateo. Nieve sabía que Hielo lo quería, lo quería como a un hermano, lo quería como a un amigo sabía que Hielo lo necesitaba para vivir, lo necesitaba para morir.


Y Nieve sabía que tenía que hacer algo, algo por él, algo por Mateo.  sabía que tenía que enfrentarse, enfrentarse al perro, enfrentarse al espíritu. Sabía que tenía que liberarlo, liberarlo de su sufrimiento, liberarlo de su maldición. Nieve sabía que tenía que amarlo, amarlo hasta el final, amarlo hasta la muerte.


Y así lo hizo.


Una noche, cuando Mateo dormía, Nieve salió de la posada, y se dirigió al bosque. Allí, se encontró con Hielo, que lo esperaba, que lo reconocía, que lo amaba.


Se miraron, se olfatearon, se lamieron. Se recordaron, se entendieron, se perdonaron.


Y se enfrentaron.


Lucharon, con fuerza, con rabia, con amor. Se mordieron, se arañaron, se lastimaron...


Y se mataron.


Murieron, juntos, abrazados, felices. Murieron, libres, tranquilos.

Desde ese día ya no se escucharon más aullidos ni ladridos misteriosos, tampoco se escucharon más historias de las  voces anónimas y el perro fantasma...


FIN