Prólogo
Milena no reconoció a su pueblo cuando lo vio de esa manera. Se habían convertido en una horda, que apestaba a barro y estiércol. Alzaban los puños mientras escupían insultos que estremecían a la niña, pues ella estaba en el medio. Solo que a nadie le importaba ella y mucho menos las lágrimas que corrían por su carita redonda. El único interés del pueblo era difamar a la mujer que tenían en la hoguera.
El fuego ya había encendido su ropaje y ella no paraba de negar a gritos. A Milena su padre le había dicho: «Si quieres ir, no te voy a detener. Pero te arrepentirás». Fue cuando vio el horror en los ojos de Margot, la mujer a la que todos llamaban bruja, que supo que él tenía razón.
Hacía tan solo dos días la había visto sentada, al lado de la mesa que usaban para tomar el té. Su sonrisa iluminaba la estancia. Después la vio en una celda, y esa misma sonrisa se había deformado por los moretones. Sin embargo, apenas ella vio a Milena se recompuso. De repente estaba alegre y calmada, como siempre.
Milena quería creer en su actuación, pero no pudo evitar preguntarle qué le iba a pasar. Margot solo dejó escapar un destello de tristeza, qué fuerte había sido. Después admitió que iba a morir, e inmediatamente desvió el tema a lo grata que había sido su vida.
Le recordó a Milena las risas que compartieron y se alegró de haber podido investigar sus paciones. Milena fue tan tonta, que no entendió que Margot le contaba todo eso para que así la recordara. Ella la bombardeó con preguntas que Margot no podía responder, lo cual solo consiguió que las separaran. Después, vio cómo sus ojos se derretían en unos contornos oscurecidos por las llamas, y supo que sería así como la recordaría para siempre. Muerta.
Ojalá hubiera escuchado a su padre.
Entonces el silencio de Milena se hizo presente. Varias miradas se fijaron en ella por encima de los hombros, expectativas. Mientras el pueblo gritaba, ella se había mantenido muda y ya lo habían notado.
Ellos sabían el cariño que le guardaba y el tiempo que habían pasado juntas. Además, sabían que cuando un niño y un adulto se reúnen, el joven siempre aprende algo.
Ojalá hubiera escuchado a su padre.
En ese momento, nada les impedía agarrarla a ella también y enseñarle qué se sentía cuando la piel hervía. Envuelta en la impotencia, lo último que vería antes de que todo se sumiera en la oscuridad serían los rostros satisfechos de sus verdugos.
Ese día, con doce años, Milena supo lo que era el miedo hacia la muerte. Así que, mientras le llovían lágrimas, gritó. La llamó bruja, aunque sabía que las plantas eran solo una afición, y la llamó perra, aunque sabía que los hombres la aburrían. Eso era lo que todo el pueblo hacía, solo que Milena sabía que ellos tenían la conciencia limpia. No estaban avergonzados; al contrario, se deleitaban.
Margot le había mostrado la verdadera cara de esa gente, esa había sido su última lección. Por eso, mientras gritaba, Milena se prometió algo. Saldría de ese pueblo a toda costa. Jamás sería un monstruo como ellos. Encontraría la manera de irse lejos, y nunca miraría hacia atrás.