(1) La Orden de las Sombras 3: Corrupción

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Summary

Acusado de crímenes que no cometió, Khrôjhi Aiyhin es condenado a pagar el peor de los castigos: ser exiliado a un planeta primitivo. Luego de llegar al planeta Tierra, Khrôjhi es forzado a participar en una guerra que afecta a todo el universo conocido, el enfrentamiento entre el Supremo Concejo de los Sabios del Universo y la Organización de Partidos Rebeldes. El campo de batalla y la crueldad de la guerra lo enfrentarán no solo contra sus adversarios, sino también contra sus propios instintos, y la duda constante de quiénes son realmente sus enemigos.

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46
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n/a
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18+

Amanecer

La galaxia K del Sector 42 estaba muy alejada de su lugar de origen, de su hogar. Tras un largo y fatigoso viaje, la pareja llegó al planeta K-107 con éxito.

Si bien la nave era un modelo antiguo y obsoleto, contaba con todo lo necesario y mucho más para satisfacer cualquier necesidad e inconveniente que pudiese ocurrir, incluso el aburrimiento. Además de alimentos, ropa y sus respectivas pertenencias personales, tenía una sala especialmente dedicada a la lectura, donde estanterías llenas de libros de todos los tamaños y colores ocupaban cada pared.

Luego de aterrizar por fin en la superficie del planeta, un hombre con parte de la cabeza vendada, robusto y de cabello corto y blanco sacó de uno de tantos compartimentos de la nave un gris maletín reforzado y posterior lo dejó en el frío suelo pálido.

Akîhre estaba vestido con una túnica kamuï, una prenda tradicional blanca de largas mangas que caía sobre sus rodillas, un pantalón ancho a juego y unas ligeras sandalias. Con la emoción del viaje, ni siquiera se había preocupado de cambiarse el uniforme por ropas más cómodas.

Mientras preparaba las herramientas para descender de la nave, una delgada mujer al menos una cabeza más pequeña que él, de cabello negro largo hasta sus caderas, examinaba los datos que la pantalla principal mostraba. A su izquierda, una grabación en tiempo real de sus alrededores, y a su derecha, en una pantalla mucho más pequeña que la anterior, una serie de números y gráficos con información sobre su entorno. Los datos atmosféricos estaban en primer plano.

A diferencia de su esposo, ella sí había reemplazado su uniforme por algo más cómodo: una blusa celeste pálido con copos de nieve bordados en ella. Llevaba también pantalones negros ligeramente ajustados a las piernas y unas delgadas botas que combinaban con el resto de su ropa.

La consola indicaba que el planeta era, hasta cierto punto, similar al que ellos estaban acostumbrados, aunque, de manera preventiva, recomendaba que se inyectasen una sustancia que contenía encimas que acelerarían los procesos naturales de adaptación de sus cuerpos. De esa manera, sus primeros minutos en la superficie terrestre serían más tranquilos y agradables.

La naturaleza a su alrededor era totalmente distinta a la que estaban acostumbrados: nada de árboles negros, nada de cielos rojizos, y por supuesto, nada de animales gigantescos capaces de devorarlos de un solo bocado. En la opinión del hombre, el cielo se veía bastante pobre con un sólo sol dando luz y calor al mundo entre las nubes.

Todo era demasiado pequeño y distinto para ellos. En comparación con los humanos, los keiyhes eran gigantes, pues incluso el adulto más pequeño de ellos pasaba los dos metros de alto.

Listos ya para dar sus primeros pasos en esa nueva y desconocida tierra, encendieron los sistemas de seguridad y, a los pocos segundos, la nave se confundió perfectamente con el ambiente, siendo imposible de reconocer a menos que fueran apagados.

El objetivo de la misión asignada a la pareja les requería vivir en el planeta por el espacio de cinco 5 años locales. Según los cálculos arrojados por la computadora de la nave, la diferencia entre un año terrestre y los del planeta de donde provenían era de casi 4 años, mientras que la duración de un día de 48 horas de ellos equivalía a dos de 24 horas cada uno en la Tierra.

De todas las responsabilidades que tenía la pareja, la más importante para la exploración del cosmos era llevar un registro de todos los planetas, sistemas y razas que descubrían a lo largo y ancho de todo el universo al que su tecnología les permitía llegar. Gracias a las capacidades de sus cuerpos para adaptarse a casi cualquier ambiente y condición, se les permitía pasar largos periodos de tiempo para investigar de primera fuente las características del lugar y de los seres que la habitaban.

Esa era una de las principales tareas de aquella organización que regía gran parte de todo lo que se conocía del universo, quienes establecían las leyes y gobernaban con justicia y equidad. El Supremo Concejo de los Sabios del Universo estaba compuesto por dos representantes de cada planeta, los cuales debían cumplir con dos requisitos: estar legalmente casados —o algún equivalente según la cultura local— y ser elegidos por votación popular.

Cualquier planeta, raza u organización que quisiera unirse al Concejo debía pasar por un periodo de prueba de cuatro años locales y luego jurar ante la Unión un juramento inquebrantable de paz, incluso ante un conflicto bélico. Para asegurar el cumplimiento de esto, un grupo de ocho miembros elegidos especialmente para la ocasión destruían cualquier tipo de arma o herramienta que se usara para dañar a otros.

Los delegados de cada planeta perteneciente al Concejo recibían el título de Sabios. Su principal deber era representar a sus planetas y llevar sus exigencias o necesidades ante el Concejo. Además debían cumplir con cualquier otra tarea administrativa o de recolección de información que se les requiriera.

Uno de los beneficios más apreciados que adquirían los Sabios era el acceso en todo momento a una biblioteca especial que almacenaba una copia de prácticamente todos los libros existentes en todo el universo. El Concejo le entregaba un aparato especial a cada pareja, el cual tenía la capacidad de convertir cualquier puerta en la entrada a un mundo infinito de lectura de todos los géneros existentes.



Eve sabía que volvería a ver algún día aquel nostálgico paisaje que la vio nacer. El color carbón de los árboles themüisa de Thmphô le había quitado en su mayoría los recuerdos de la naturaleza verde de la Tierra. Los animales gigantescos a los que tanto tardó en perder el miedo convertían en un mal chiste a cualquier insecto, arácnido, bestia o reptil sobre el planeta.

Todo lo que sus ojos celestes veían le provocaba un golpe de nostalgia que tarde o temprano la harían llorar intensamente. Desde el día que cambió su vida para siempre solo habían pasado 50 años, cuando por accidente descubrió uno de los secretos que el Concejo ocultaba, uno tal que, hasta entonces, nadie fuera de esa organización universal conocía.

La astucia y la incomparable inteligencia de la pequeña Eve de 10 años la llevó a memorizar muchos libros y documentos de todo tipo esa noche en que consiguió entrar en la biblioteca de unos despistados Sabios que se hallaban de visita en la Tierra.

Le había resultado muy fácil leer todo cuanto despertaba un mínimo interés en ella, después de todo, la biblioteca contaba con una tecnología que traducía los textos al idioma del lector y, por supuesto, Eve dominaba muy bien el suyo, a pesar del poco tiempo que le llevó aprenderlo.

De todo lo que allí encontró, el que más llamó su atención fue un gran libro que contaba la historia del Concejo: una cruenta revolución que derrocó y ejecutó a los últimos reyes de un planeta lejano llamado Thmphô, trayendo con ello el fin de la monarquía absoluta con la que la Casa Aiyhin gobernó desde la fundación de su primera ciudad.

No logró entender todo, tanto por la forma en la que estaba escrito como por la infinidad de cosas nuevas y extrañas que en el libro había: nombres cuyas respectivas pronunciaciones no podía ni imaginar, lugares en llamas, majestuosos palacios en ruinas y una especie muy distinta a los humanos, los keiyhes.

Incluso si no conseguía comprender las cosas que en la biblioteca había, la niña ya sabía mucho y, para cuando se dieron cuenta los Sabios que estaban en la Tierra, no hallaron nada mejor que convocar una sesión de emergencia ante el mismo Concejo para determinar qué hacer con ella.

El juicio entendió que, debido a la corta edad de la niña, no había cometido ningún crimen, sin embargo, tampoco era una buena idea dejarla ir. La sentencia entregó la custodia de Eve en manos de los Sabios que la encontraron, con la orden de que debían cuidar de ella hasta una edad madura, enseñándole en secreto, incluso de sus padres, todo lo necesario para que pudiese servir en el futuro como miembro del Concejo.

Al cumplir la mayoría de edad establecida por el Concejo para todas las razas que no eran keiyhes, se le dio a elegir a Eve la opción de quedarse en casa para siempre y borrar sus recuerdos del espacio exterior y todo lo relacionado desde la biblioteca hasta ahí, o eliminar las memorias de todas las personas que sabían sobre ella y embarcarse en una nave hacia Thmphô y así trabajar para ellos.

Ella lo meditó mucho, pero el peso de un universo más allá de lo que podía ver al alzar la vista por las noches la convenció finalmente. De esa forma, Eve se despidió de sus padres, sin que ellos supieran que sería la última vez, y pasó a ser responsabilidad de la pareja de Sabios que descuidaron la entrada de su biblioteca. Así llegaron a ser sus padres adoptivos, y, gracias a diversos tratamientos quirúrgicos y muchos trasplantes, pasó a ser una keiyhe más.

Su vida en Thmphô estuvo llena de muchas emociones. Cada cosa nueva que aprendía sobre el universo la hacía feliz, curiosa y deseosa por estudiar sin descanso y saber mucho más. Sin embargo, desde que encontró la biblioteca de los Sabios, el acontecimiento que cambió el rumbo de su vida fue haber conocido por casualidad al Sabio Superior del Concejo, un hombre de cabello blanco llamado Akîhre Aiyhin.

El misterio detrás de los vendajes en su cabeza y los vastos conocimientos del keiyhe en toda clase de materias, ciencias y filosofía, fueron las cosas que más llamaron la atención de Eve cuando conoció a Akîhre, pero lo que realmente la enamoró fue su nobleza, su carisma, y la increíble amabilidad con que trataba a todo el mundo, incluso a aquellos que no le agradaban.

Luego de un noviazgo de dos años y medio, Eve y Akîhre se juraron lealtad y amor eterno en los jardines interiores del Templo del Sol Primma, en la ciudad de Arthemus, durante una hermosa ceremonia tradicional y religiosa.



Después de que Akîhre explorase unos minutos el entorno, regresó con su esposa y notó que estaba distraída, con la mirada perdida en la naturaleza. Supuso que estaría sumergida en la nostalgia de su antiguo hogar. La llamó por su nombre para atraer su atención, con el fin de comenzar con la misión de recolección de información.

—Eve, debemos continuar—dijo tomando sus manos luego de sacarla de sus profundos y lejanos pensamientos—. Ya tendremos la oportunidad de regresar en otro momento, quizá puedas mostrarme todos esos lugares de los que siempre hablas con tanta pasión.

—¿Me lo prometes?—preguntó esperanzada.

Akîhre la miró fijamente a los ojos, esforzándose por transmitirle todo su amor a través de su mirada y de su voz.

—Lo prometo.

Besó tiernamente sus labios y, tomando suavemente su mano, caminaron de regreso a la nave para recoger unas cuantas máquinas más que les ayudarían a cumplir con su misión.



Un año antes del fin de la misión, Eve dio a luz a un pequeño bebé de cabellos blancos como los de su padre y, aunque quizás no lo tendría en el futuro, un cuerpo tan frágil como el cristal, de ojos muy pequeños y tez pálida, casi como la nieve de la Tierra. A pesar de la sangre que cubría gran parte de su delicada figura, seguía siendo una ternura a los ojos de sus amorosos padres.

—Es un niño—dijo él, tomando en brazos a su hijo con mucho cuidado, como si temiera que sus grandes manos pudieran romper al pequeño.

Akîhre instruyó a su esposa en la lengua de los antiguos keiyhes, por lo que llamó a su hijo con una palabra considerada muy especial en aquel idioma.

—Su nombre será Khrôjhi—le sonrió y ella le devolvió la sonrisa, entendiendo completamente el porqué de su elección—. Estuve pensando en su nombre durante todo el embarazo y creo que es el más adecuado.

Además de significar literalmente “hijo del sol”, el nombre proviene de los tiempos de la fundación de Thmphô, y si los mitos, las leyendas, las historias de los ancianos y de los libros son ciertas, fue el nombre del primer hijo que tuvo Aiyhin con su esposa Ashia, dos de los seis fundadores. Para Akîhre tenía un significado mucho más profundo y especial. Khrôjhi fue un héroe de la Casa Noble de Ather que no solo se sacrificó para terminar con uno de los conflictos más devastadores en la historia del universo, sino que también le salvó la vida.

Luego de que Eve hubiese descansado lo suficiente, lo notó en el cese de sus jadeos, Akîhre cortó la unión física entre la madre y su hijo, luego ella sanó sus propias heridas de la forma en que su esposo le enseñó muchos años atrás. El padre lo cargaba y miraba con ternura; sólo amor podía desprender de sí mismo. Limpió su cuerpo ensangrentado y se lo dio a la mujer.

—¿Qué opinas de él?—preguntó el padre antes de cedérselo a ella cuidadosamente.

—Es igual a ti, claro, mucho más delgado y chiquitito—contestó ella con cariño al mismo tiempo en que posaba sus ojos en él y lo rodeaba con sus brazos protectores.

—Tiene los ojos claros, como tú—respondió Akîhre ignorando la broma de su esposa.

Durante un breve silencio, el hombre no se dedicó a más que observarlo con la mirada, queriendo memorizar cada detalle de su cuerpo, de su rostro, de su hijo.

—¿Crees que él...?—preguntó ella.

—Espero que sí—la interrumpió de inmediato, comprendiendo perfectamente de lo que hablaba, pues había leído sus pensamientos—. Todos lo ven como una desgracia, “maldición” la llaman. Lo que ninguno de ellos sabe es que se puede vivir plenamente compartiendo el mismo cuerpo. Si algo he aprendido después de todo este tiempo es que está consciente, quizá mucho mejor que los mismos keiyhes; la falla no es culpa de ninguno de los afectados.

—¿Estás hablando de...?

—Por supuesto que estoy hablando de él, amor mío—el pequeño rio y se pegó al pecho desnudo de su madre, dispuesto a alimentarse—. Si nuestro bebé llega a comprender esto y aprende a fraternizar con él... vaya que logrará grandes cosas. Khrôjhi—el pequeño dejó escapar un bostezo antes de continuar bebiendo leche—, estás destinado a la nobleza, a ser grande entre grandes y, si así te lo propones, traer luz a los tiempos oscuros que vendrán sobre ti y sobre todos nosotros. Jamás permitas que pasen sobre ti. Oh, hijo mío, no temas abrir tu boca, porque me encargaré de que aprendas a protegerte con ella y a quienes ames.

Eve le hizo una seña para que bajase el tono de su voz, ya que el niño se había dormido y muy profundamente. Bromeó en susurros acerca de lo mucho que se parecían mientras dormían, él tuvo que contener la risa y algo de vergüenza demostrada a través de sus coloradas mejillas. Lo alejó de su pecho para arreglar su ropa y lo regresó a la cálida y cómoda posición privilegiada en la que estaba.

—Te amamos mucho, nunca lo olvides.

Luego de las palabras de su madre, como si hubiese estado esperando a que ambos terminasen de hablar, el bolsillo de Akîhre vibró enérgicamente. Con un beso en la frente de sus dos amores se despidió y se alejó de ambos. Al cabo de dos minutos se volteó horrorizado.

—Malas noticias—susurró—, tendremos que alargar la misión por tres años más.



El pequeño Khrôjhi creció, aunque lejos del hogar de sus padres, al igual que cualquier otro keiyhe, educado en su lengua y criado según sus leyes. Su cuerpo se desarrolló de forma saludable con las respectivas características que lo identificaban como uno de ellos.

Después de aprender a caminar y a hablar, sus padres le enseñaron lo más pronto que pudieron a leer y a escribir. Khrôjhi aprendió tres idiomas en muy poco tiempo: kiyhae, la lengua de los keiyhes, una segunda lengua que sus padres decían que eraespecialy la que hablaban los humanos en ese lugar. Jamás lograron entender por qué tenían ese afán por separarse con distintas lenguas y culturas que simplemente dificultaban la unidad entre ellos.

Todo eso ocurrió durante los primeros años de la larga vida que le esperaba a Khrôjhi mucho más allá del horizonte.