El que nada entiende
[𝙳á𝚖𝚊𝚜𝚘 — 𝟷𝟸 𝚊ñ𝚘𝚜]
Para cuando me muevo un poco entre los arbustos, veo como Jackson parece desesperado al no poder encontrarme mientras jugamos al Escondite. Es gracioso ver como un lobo de su edad y tamaño es observado por las mujeres que tienen a sus niños en sus regazos. Lo miran mal, aunque nunca de frente. Hay que admitir que la cara de él da un poco de miedo, mas yo estoy curado de espanto porque es como un tío para mí por haberme cuidado mientras mis padres pasan sus Celos juntos.
Yo no sé que es eso. Según mi padre, Rowen, es mejor que lo viva por mí mismo y luego ya procederá a darme la información que necesito para saber que es muy importante. Papá Dante dice que puede dar un poco de miedo al principio al no entender nada, pero aprenderé a sobrellevarlo con el momento adecuado.
No lo entiendo.
Desde que cumplí los doce años, Rowen ha estado un poco más estricto que de costumbre con algunas normas de la guarida. Dice que ya he dejado de ser un niño y es momento de que aprenda a desenvolverme solo por entrar en la adolescencia; una dura etapa que durará entre los 12 hasta los 24 años.
Doce años de adolescencia... parece mucho.
Tomo una pequeña bocanada de aire gélido al ser principios de enero. El vaho es lanzado de mi boca, transformándose en un globo deforme de color blanco entre el follaje para que no me pille. Para cuando me doy cuenta, Jackson ha encontrado su hijo Aaron, el cual tiene ocho años.
Observo lo feliz que es junto al gigante de su padre, levantándolo del suelo y girando sobre su cabeza como si fuera un avión. Lo envidio un poco, porque eso ya no lo hacen conmigo, pero sobre todo soy consciente de que el trato de Jackson entre nosotros dos es distinto: Con su cachorro es protector y el terror que expresa en una mirada dura paraliza tus músculos, conmigo es un poco más permisivo aunque recibo mucha menos atención.
—¡Dason, hay que volver a casa! —exclama, haciéndome poner los ojos en blanco ya que es mentira. Sé que nosotros no volvemos hasta que el cielo se tiñe con el crepúsculo, porque nos quieren bien cansados y así durmamos del tirón. A duras penas acaba de aparecer el naranja—. ¡Dason!
Salvo si me pillan, que entonces no podré escapar a tiempo.
También dice mal mi nombre. Se lo he repetido un millón de veces, mis padres también, pero según Liam es un problema que tuvo desde que era un lobato. Sus padres le golpeaban mucho en la cabeza, así que todos han llegado a la conclusión que es esa la razón por la que habla tan raro y algunos nombres los pronuncie con otro similar. No me enfado. No es su culpa que haya tenido unos malos padres.
—Papá, tienes que olerlo —le recuerda Aaron mientras lo abraza por el cuello antes de que el enorme brazo de su padre lo sujete bien.
—Mi hijo es tan listo como su papá —dice, a lo que yo pongo los ojos en blanco.
No me encontrará. He sido muy pesado los últimos dos años con Rowen para que me enseñe a ocultar el olor, ya que muchos niños me han dicho que huelo muy raro pese a que mis padres sean lobos. Dicen que soy distinto, y no se equivocan: Cuando era un niño mi cabello era muy oscuro hasta parecer negro, aunque con el paso de los años se fue transformando en un castaño que, con el sol, parecía rubio; los ojos azules no se asemejaban a nada al deje cristalino de Rowen, no eran espejos, sino que habían adoptado un tono zafiro con manchas verduzcas para asemejarse a un estanque en plena noche.
Un hijo diferente a sus padres, uno que huele distinto y por ello no tengo amigos cerca.
Vivimos en una casa muy bonita rodeados de un bosque extenso donde me gusta perseguir ardillas o asustar pájaros durante la primavera, y la ciudad más cercana está a casi treinta minutos en coche. No siempre podemos ir, salvo si me pongo un poco insoportable para que me dejen investigar cómo cambia el mundo; el único problema es que en la ciudad Rowen automáticamente se pone a la defensiva y asusta a todo el mundo con una mirada fiera y preventiva. Dante por su parte me consiente un poco cuando tengo hambre o quiero entrar a un sitio nuevo.
—Dason, eres bueno escondiéndote. —La voz de Jackson tras mi espalda me asusta, no me he dado cuenta que he dejado de prestar atención, y todo el vello de mi nuca se eriza a modo de defensa. Me giro, intentando parecer calmado—. Jade estaría muy orgulloso de ti, porque él era muy bueno pareciendo una sombra.
—¿Eso quiere decir que ya tenemos que irnos? —cuestiono, viéndole asentir. Mi respuesta es gemir de decepción al sólo haber aguantado tres horas en este parque—. Está bien... ¡Pero la próxima vez no me encontrarás hasta qué sea de noche!
Jackson sonríe por mi respuesta pero no añade nada. Sólo tira de mi brazo para que no me escabulla y le haga la vuelta al coche más complicada. Aunque parezca un poco tonto, lo cierto es que sólo aprende un poco lento; mas fuerza bruta le sobra, ya que la presión del brazo es mínima y puedo percibir que sus dedos parecen un cepo del que no podré escaparme aunque le muerda o tironee durante un rato.
Me dejo llevar por el pelinegro, escuchando a las madres murmurar cosas muy desagradables sobre Jackson y eso sí me enfada pero me lo trago. Dante siempre dice que lo mejor es evitar crear problemas mientras pueda, porque en la adolescencia cometeré muchos y la gente se enfadará conmigo por todo. Los lobatos, tras su primer celo a los 15, se vuelven muy brutos y deslenguados; rebeldes.
Creo que exagera, porque soy un encanto.
En el momento que Jackson me deja en casa, Aaron me da una galleta por ir a jugar con él y su padre. La acepto, porque tengo hambre después de correr tanto pero no me llenará en absoluto.
—Pronto tendrás quince años, Dason, y serás un lobato —me dice nada más quitarme el cinturón, mirándole fijamente. Sé que Jackson no habla mucho, le cuesta, pero a veces me mima un poco dándome un poco de información antes de que lo viva por mí mismo—. Lobatos tienen que estar en casa de verano o guarida principal, es lo correcto. Muy destructores y cochinos.
—Pero yo sólo tengo doce años, Jackson, falta mucho para eso.
—Tres años es muy poco. Pasará rápido cuando te des cuenta —suspira, viendo por el espejo a Aaron jugar con un muñeco de dinosaurio. Quizás a todos los padres les da miedo que sus hijos se transformen en lobatos, pero yo no entiendo bien el por qué tanto drama—. Pronto los padres tendremos charla importante para cuando tengas primer Celo, así que quizás Rowen se enfade mucho y grite muy fuerte.
Me encojo de hombros, desentendiéndome del tema porque no lo entiendo. Salgo del coche, despidiéndome de los dos en un gesto vago y rápido, para encontrarme a Dante esperándome en la puerta de casa.
Dante siempre ha sido un lobo muy cariñoso que me ha llenado de caprichos, abrazos y besos para demostrar el afecto que me tiene. Soy su cachorrito mimado, su tesoro, su bebé... bueno, esas cosas que dicen las madres a sus niños antes de ponerse muy pesadas. A veces le dejo que lo haga —eso de que me abrace por lo menos— porque sino se pone muy triste y Rowen me da un severo sermón de que es importante crear buenos lazos con los padres, ya que los adolescentes humanos no lo tienen normalmente con suyos al volverse groseros y rebeldes en los primeros años.
Camino, metiéndome las manos dentro del vaquero, y Dante se levanta con una gran sonrisa. Sus ojos grises brillan tanto cuando me ven que, por un momento, me siento un poco presionado al no poder responderle con la misma ilusión que él me ofrece.
—¿Y mi padre? —le pregunto nada más llegar al primer escalón.
—En el sótano.
—¿Está de mal humor hoy también?
Él se esfuerza por sonreír a modo de disculpa, a lo que yo suspiro profusamente. No sólo se ha vuelto estricto, sino que sus nervios para cuando sea un lobato tras mi primer Celo lo han vuelto un tanto picajoso. Huelo su miedo cuando esa idea sobrevuela por su mente, mientras me mira fijamente con sus ojos azules en la mesa o cuando estamos viendo una película en el sofá.
—Dale tiempo —responde cuando estamos a lamismaaltura. De todos modos yo soy bastante bajito comparado con ellos, así que debo de levantar la cabeza—. Hax y Liam vinieron hace un rato para recordarle el evento de los padres primerizos con cachorros apunto de ser lobatos. No le hace mucha ilusión porque... Bueno, ya sabes la razón, Dámaso.
La sabía muy bien. Mi padre siempre se muestra incómodo con el nuevo Alfa de Tennessee, ya que Dalton tras tener a su tercer hijo decidió que era momento de ofrecerle a Mery —su esposa y compañera— un vida tranquila; le cedió su puesto a un lobo llamado Bones. Su nombre da un poco de miedo, pero a mí me han dicho que es un Alfa justo y muy inteligente. El problema lo tiene Rowen por ser tan desconfiado.
Desde que lo supo, se puso como loco a crear un sótano debajo de la casa con la excusa para evitar tornados o utilizarlo para guardar trastos. Le creí un tiempo, hasta que Dante me dijo la verdadera razón: Tenía miedo de que algún día lo fueran a presionar conmigo, ya que lo mejor era rejuntar a los lobatos en un lugar específico para que se desarrollaran bien con otros lobos.
Pero nosotros éramos solitarios, no teníamos ninguna manada aunque Dante trabajara en un hospital humano como enfermero, y Rowen hiciera pequeños trabajos para manadas hermanadas y seguir conservando su buen nombre aunque sin aunarse a nadie. Nunca me contaron su historia, nadie lo hizo, así que poco podría opinar al respecto.
Entro en casa, alejando el frío que intenta devorar mi calor corporal —el cual es fuerte por ser un lobo— y directamente me marcho a mi habitación sin escuchar lo que me acaba de decir Dante tras de mí. Quizás que le ayude con alguna tarea o recordándome la hora de la cena, ya que saltármela pone de muy mal humor a ambos padres porque siempre tenemos que estar bien alimentados los hijos o seremos unos debiluchos en el futuro.
Resoplo tras cerrar la puerta y cuelgo el abrigo ligero en la percha de mi derecha para descubrir una habitación propia. Mía. Mi espacio. No es demasiado grande, pero es un hecho que tener un lugar para mis cosas me hace sentir importante y muy mayor. Tengo una cama que me hizo Rowen, donde el cabecero parece un bosque de árboles altos; un escritorio con su silla de madera clara con una montaña de libros que tomo de la biblioteca de Dante; macetas, porque a los lobos nos gustan las plantas (alhelí amarillo cerca de la ventana, alyssum en la balda sobre el escritorio y flores de aster cerca de la cama), y mi obligación es estudiarlas y saber cuándo tengo que regarlas; una mullida alfombra de pelo al lado de la cama —que está pegada a la pared—; un espejo y un armario empotrado. Las paredes de un suave gris perla hacen contraste con el suelo de madera oscura.
Todo huele a mí, incluso las cortinas, lo que provoca que al ingresar me ponga muy contento. Mis padres no entran nunca, ya que me han hablado de la impregnación y el derecho a la intimidad.
—Ah... lo olvidé —murmuro al fijarme en los guantes de boxeo que me compró Rowen. Me los ha lanzado a una esquina, ya que me los habré dejado fuera. No me interesa mucho el boxeo, prefiero más correr y escalar, pero fue una condición que acepté si quería tener una habitación para mí solo—. Quizás por esto también estará un poco cabreado.
Ignoro los guantes y me miro al espejo para observar mejor mi imperceptible vello en la cara. Mis padres me han explicado que los adolescentes nos comienza a crecer pelo en algunas partes del cuerpo, pero no cuánto. Si tomo como referencia a mis dos padres entonces tendré poco pelo en el cuerpo, aunque ya he visto a niños de catorce que tiene un bigote que punza cuando te dejan tocarlo mientras se muestran orgullosos.
No entiendo el por qué lo muestran como algo especial, sólo es pelo.
Me como la galleta de Aaron que guardé en el bolsillo del pantalón, y cuanto más me miro más diferente me siento. Mi cara no se parece en exceso a mis padres, tampoco mi cabello o mis ojos aunque podría pasar por un familiar que ha adoptado muchas característica de Rowen. Quizás me sobreprotege por eso tanto.
Poso los dedos en el lateral de la mandíbula, percibiendo unos cuantos pelitos rubios y me pregunto si yo también tendré la misma barba que Rowen. Lo pienso, lo vuelvo a pensar conforme muevo la cabeza en distintos ángulos, pero no estoy seguro. No entiendo cómo funciona esto y quiero saberlo todo para parecer menos tonto frente a los demás niños humanos que parecen saber muchas cosas.
Sacudo la cabeza, tomo un libro de la pila que hay y me lanzo a la cama para no darle más vueltas a eso. Tarde o temprano acabaré entendiéndolo todo.
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En el momento que me despierto al día siguiente con los primeros rayos del sol, salgo de la habitación, ignorando los gemidos de Dante y los gruñidos dominantes de Rowen. Estoy seguro que ya están haciendo cochinadas en el piso de arriba, pensando que más pronto que tarde me volvería vago y me levantaré al atardecer. No pasará, tiendo a ser madrugador con los primeros sonidos de los pájaros.
Camino con los pies descalzos hasta la cocina, cojo un vaso y saco de la nevera el brick de naranja exprimida para tener un poco de energía.
—Rowen... —dice Dante en un murmullo, mientras me siento en el sofá con gesto aburrido—. Creo que se ha despertado ya.
—Joder... —resopla—. Vamos al baño entonces, porque no pienso quedarme a medias. Ya es lo bastante mayor para entender estas cosas.
Pongo la televisión, acordándome que he olvidado las galletas y vuelvo a por ellas, siguiendo sus voces bajas hasta que la puerta de su baño se cierra. No me importa lo que hagan. Rowen ya me habló sobre el sexo pero no profundizó demasiado, ya que era demasiado pronto. Tendría que esperar a mi Celo.
Siempre la misma excusa.
Casi una hora después, en el momento que habrán terminado lo suyo y ducharse, a mí me pillan en el sofá toqueteando la guitarra de Rowen. Me gusta la música, me relaja, y recuerdo muy bien que él siempre me cantaba mientras tocaba a la hora de la siesta o cuando tenía pesadillas absurdas de niño. No se me da bien, pese a que mis dedos son pequeños y finos, aunque no dejo de intentar sacar acordes hasta crear alguna canción sin letra.
—No suena mal, pero no debes de anclarte únicamente en la música, Dámaso. —El rubio aparece tras de mí, obteniendo una mirada un poco apática de mi parte, la cual ignora y repara en mi desayuno—. Has comido poco. ¿Te sientas mal?
Ahí está esa sobreprotección. Ellos comen muchísimo y yo, por el contrario, llevo tiempo alimentándome poco porque tengo unas cuantas preocupaciones que me hacen dudar de si debería de contárselas o no. Quizás para ellos sean tonterías, incluso.
Mantenemos una mirada silenciosa por un minuto, antes de que el beso en la mejilla de Dante me haga gruñir por la prueba de afecto a traición.
—¿Quieres qué te haga unas tortitas, Dami? —acota Dante, llamándome por ese apodo desde que tengo memoria. No me gusta, pero no se lo reprocho salvo si es muy pesado.
Simplemente asiento en silencio. Me gusta cuando Dante cocina.
—¿Qué pasa, cachorro? —Rowen se sienta a mi lado, tomando la guitarra de su padre para que no le ignore como he hecho varias veces—. ¿Otro tonto humano te ha hecho sentir dolido? Si es así, conque le gruñas muy fuerte se irá con los pantalones mojados —carcajea por la idea fugaz, aunque es breve al no obtener una reacción de mi parte—. Si no nos cuentas que te pasa, Dámaso, no podremos ayudarte a que entiendas las cosas.
—¿Por qué no puedo ir a la manada de Bones para jugar con otros lobos de mi edad? —pregunto tras otro minuto de silencio—. Aquí sólo hay humanos, y no quieren jugar conmigo porque dicen que soy demasiado fuerte y hago daño.
Se pone serio de repente, ya que desde el momento que Dalton pasó el cargo hace seis años, no hemos vuelto a pisar ese lugar gigantesco. Se le hincha el enorme pecho al descubierto, musculado y poderoso, cuando toma una profunda respiración y sus ojos hacen que me encoja un poco del miedo. Su mirada se vuelve fría y pesada como una gran piedra sobre mi cuerpo; no puedo evitarlo.
—Yo... quiero hacer amigos —murmuro al no obtener respuesta verbal.
—Rowen, respira. —Dante vuelve hacia nosotros con un platito decorado con flores y una montañita de tortitas junto al sirope que me gusta, aunque mirando severamente a mi padre—. Es normal que busque cachorros de su misma edad, los humanos son muy frágiles y no soportan la fuerza desmedida de un lobato. Además, nos ha salido un niño muy bueno, ¿por qué no...?
—No —sentencia con frialdad—. Mi cachorro no pisará territorio desconocido, aunque mis compañeros y amigos estén ahí. Y no quiero hablar del tema. —Se levanta del sofá, mascullando gruñidos, y toma la guitarra para largarse a tocar al balcón del primer piso.
No lo entiendo. No puedo entender el por qué se niega si los adultos pueden decirle si estoy bien o no, aunque fuera por unas horas.
Me siento enfadado, frustrado y confundido. Dante lo sabe en el momento que ocupa el lugar del otro y me agarra para abrazarme fuerte y pueda esconder la cara en su hombro. No dice nada, sólo me acaricia la espalda y deja que su olor me calme un poco porque Dante siempre se esfuerza por comprenderme y darme lo que quiero; aunque en esto no podrá. Parte de mi educación y entrenamiento está ligada a las decisiones de Rowen, mientras que Dante se enfoca en ofrecerme opciones para mi tiempo libre y alimentarme hasta que tenga edad para tomar decisiones importantes en mi vida.
Es lo que tiene trabajar en un hospital, ya que no siempre puedo tenerle cerca.
El resto de la mañana me la paso correteando por el territorio de casa asustando pájaros de los árboles, mientras Dante va a tener una charla con mi padre. No le gusta verme triste, y sabe que tarde o temprano estas cosas llegarían.
En cuanto a la tarde, con tal de no quedarme encerrado en el cuarto o soportar la mala cara de mi padre tras la bronca, prefiero largarme afuera para seguir investigando el bosque. Más o menos me lo voy conociendo bien, pero es difícil memorizar todos los cambios cuando la nieve oculta los senderos y muchos animales se han ido, seguramente para protegerse del frío.
Yo sólo corro de un lado a otro, guardándome algunas piedras para asustar a los pájaros aunque sin intenciones de hacerles daño. No son para comer, y a mí me gusta ver sus plumas cuando brillan en el momento que el sol de la mañana o de la media tarde las ilumina. Aun así, entre ir de un lado a otro, llega un momento en el que mis piernas se detienen y me escondo rápidamente entre los árboles: Lobos jóvenes.
No tengo miedo, sólo soy cauto. Mis padres me han dicho muchas veces que ningún lobo suele acercarse al territorio, pero al parecer se han equivocado.
Observo con cuidado que son tres de ellos, quizás llegando a los quince años porque parecen más grandes y fuertes que yo. Castaños y piel bronceada, como si vivieran cerca de una playa —pese a que estamos en el interior y es invierno—. En sus cabezas hay gorras de dos colores y sus parcas les hacen ver bastante despreocupados mientras se ríen y comparten una botella de un oscuro color ocre.
Me han pillado.
—Tú, sal —me ordena el de la gorra roja, aunque sólo saco la cabeza con el vello erizado para mostrarme valiente—. Ah, sólo es un mocoso.
—Pero huele raro —acota el de la gorra verde mal puesta—. Huele a machos de alto nivel, no hay pizca de hembra.
¿Cómo pueden olerme desde tan lejos?
Los tres murmuran algo entre ellos, y el que tiene la roja —quien parece ser el mandamás— me hace un gesto para que me acerque. No lo hago. Nunca debes de acercarte a un desconocido, y si te ponen la mano encima tienes que morderlos muy fuerte para que te suelten; aunque mi rechazo parece que le molesta.
—¿Vives cerca de aquí, chico?
—Vivo con mis padres a una hora de aquí. —Miento sobradamente. Siempre hay que mentir si juegas con ventaja, y aunque yo tenga doce años no significa que sea tonto—. ¿Por qué?
—¿Tus padres pertenecen a una manada? —inquiere saber, ignorando mi pregunta.
—No, somos solitarios —le digo, sin moverme de mi posición—. Mi papá lo fue hace mucho tiempo, y mi padre tuvo que hacerlo por amor. Pero es amigo de Dalton.
Los tres lobatos se miran entre sí. Quizás no sean de Tennessee sino de alguna que se ha instalado hace poco, ya que no los he visto nunca por las zonas más alejadas cuando doy paseos con Dante. Dialogan, haciendo un triángulo con sus cuerpos y yo sólo me mantengo observante mientras les escucho gruñir con desaprobación.
Charlan entre ellos, comparten gruñidos, y cuando el de la gorra roja asiente los demás se colocan a los flancos de él, como guardas protegiendo los puntos ciegos.
—Espero que seas rápido y llegues a casa, porque los lobos no toleran a cosas asquerosas como tú.
Antes de que pueda replicarle, sale corriendo hacia mí y mi primer impulso es coger un puñado de piedras que le pegan en la cara para aprovechar la huida. He escuchado un insulto a lo lejos entre gruñidos de dolor y enfado, pero yo sólo me limito correr todo lo rápido que mis piernas me lo permiten. Sé que soy rápido, sé que no estoy lejos de casa, pero lo que no sé es por qué me han dicho eso sin siquiera conocerme a mí y mi familia. Tampoco la razón de por qué me persigue como si fuera una presa.
Huyo, siendo azotado por el viento frío en la cara que deslizan mis lágrimas tibias hasta que siento la cara arderme. Seguro que me golpearán. Papá siempre dijo que los lobatos hacían daño a otros que eran distintos o más débiles que ellos; todo por algo así llamado jerarquía de poder.
No lo entiendo. Sólo huyo. Pienso poco.
Puedo escuchar el movimiento de los tres chicos en tres partes distintas conforme salto troncos en el suelo y evito pisar charcos congelados para no caerme de bruces. Y sin en embargo, eso no es suficiente para que la desventura me alcance.
Siento que me agarran del pelo con fuerza, resbalándonos por la velocidad ejercida, y por instinto muerdo todo lo fuerte que puedo sobre el tobillo del lobezno para que me suelte. No sé quien es de los tres, pero me ha soltado y yo me he puesto de pie para echar a correr de nuevo manchado de barro por toda la parte de atrás; incluso noto que el aliento se me acaba.
Me detengo unos escasos minutos de huida después.
El lobo de la gorra roja y verde me tapan los últimos metros para llegar a casa y no sé qué puedo hacer contra dos chicos mayores. Por mucho que luche, no soy lo bastante fuerte para plantarles cara salvo si me dan la oportunidad de morderles, pero sé que no lo harán. ¿O serán lo bastante estúpidos?
—A por él —le ordena el cabecilla al otro, quien frunce el ceño por ello, aunque asiente entre gruñidos de molestia.
Meto la mano en el bolsillo, para comprobar si me quedan piedras, aunque sólo noto polvillo y pedazos de barro dentro del bolsillo. Me trago una maldición conforme retrocedo lentamente, viéndole sonreír con malicia y las manos alzadas.
Bisbiseo, no hallando nada.
La única solución que encuentro es aullar como llamada de emergencia, pese a ser una técnica que ya no se hace hoy en día entre lobos porque llama demasiado la atención entre los humanos, y siempre tenemos que estar ocultos. Lo malo es que al lanzarlo, los chicos se desternillan de mí, llamándome ridículo y un puñado de palabras que no he escuchado nunca y no puedo entenderlo.
—Sólo te golpearemos un poco para que recuerdes que las cosas como tú están mejor muertas, es personal —me comenta el chico, invadiéndome de terror al no saber que no saldré airoso de esta.
Sin embargo, un globo le es reventado en la cara. El hedor que me llega me dan ganas de vomitar y el otro lo termina haciendo; sea lo que sea, le han lanzado algo parecido a agua sucia con pegotes negros que se adhieren tanto a su cara como a la ropa. Después caen más desde lo alto, impactándole incluso al de rojo que termina por salir huyendo y gritando una retirada automática.
—Eres un lobo muy tonto —dice alguien sobre mi cabeza, carcajeándose.
No lo veo. Lo último que soy capaz de pillar es una bufanda negra con relámpagos entre el follaje blanquecino y unos escasos mechones negros que se alejan conforme esa persona —sea quien sea— salta entre los árboles como los monos.
Yo sólo me quedo ahí, aguantando la respiración y viendo que alguien ha respondido a mi llamada y no se ha presentado siquiera.