Cuando me enamoré de un imbécil
El mundo ha cambiado mucho desde que el concepto de «manada» ahora tiene un contexto diferente al que todos conocíamos del pasado. Ya no trata de grupos de hombres y mujeres, licántropos en términos generales, en busca de Omegas para luego largarte a tener una vida independiente de ella o abogando por una «vida en comunidad». Eso ya no se hace, o al menos en el sentido más primitivo de la palabra.
Ahora las «manadas» son una agrupación de «familias» que cohabitan en un territorio ajeno a las demás pero compartiendo el mismo apellido gracias al ramaje familiar. En su mayoría son círculos cerrados en el ámbito personal, mas no en el social. Muchas de estas «manadas» deciden interactuar con otras en base al poder que pueden ofrecer o quitarle a otras. Los límites se obtienen por altas vallas que delimitan el terreno y amplios bosques que conducen hacia el centro de la región en la que se vive, una ciudad dedicada al ocio o al trabajo.
Asimismo, dado que el valor del apellido es tan importante, muchas familias obtienen roles muy estipulados que a veces amenazan la armonía de los estándares preestablecidos entre categorías: Unos trabajan, otros se quedan en casa y luego están aquellos que se enfocan en ayudar a “su grupo”.
Pero no te confundas, el clasismo entre nuestros rangos sigue aferrado a nuestro aroma desde hace decenas de generaciones aunque todo parezca moderno y diferente.
Como es bien sabido, los Alfas son la cúspide de la jerarquía, los que mandan sobre todos los de menor rango. Sabrás que son ellos en cuanto aparezca cercan de ti y su aroma te lo anuncie de manera inmediata. Grandes como árboles centenarios, robustos aunque alguno tenga tripita cervecera o esté esculpido por el gimnasio de manera absurda. Ser Alfa sólo se considera como tal si haces ciertas cosas frente a la sociedad: Lo primero es que debes haber alcanzado los cuarenta y cinco, crear una familia, y has elegido un territorio al que defenderás frente a cualquiera que intente arrebatártelo. El modo no importa: A la fuerza, aprovechar vacíos legales, utilizar la ley a tu favor, comprando la propiedad, arruinar económicamente a otra familia... En términos generales parece fácil, mas en realidad es complicado de obtener y ser “coronado” como tal.
Una vez obtenido todos los requisitos, el gobierno se encarga de ofrecerle a la sociedad el cambio: El sub-Alfa (que es lo que eres hasta completar todo lo mencionado) ingresa un día y, al siguiente, cambia físicamente, junto al título de Alfa.
Entonces, ¿el Alfa nace o se hace? Depende de como lo quieras ver.
Los Alfas engendran dos tipos de crías: Omega (humano) o sub-Alfas. Éstos tienen muchas semejanzas a sus padres, casi pareciendo idénticos ─como si fuera el reflejo de su juventud─, y su físico es bastante notorio pese a no tener una fuerza hercúlea aunque superior a los demás.
Los Betas ―lo que soy yo, vamos―, nacemos por dos vías (una “legal” y otra “ilegal”): La primera, es cuando naces de un Omega, y la otra es cuando naces de otro Beta. No es que seamos unos debiluchos, y tampoco tan bajitos como ellos (los Omega), pero nuestra estatura es bastante generosa y nuestro físico se considera bastante agradable a la vista. A diferencia de los Alfas y sub-Alfas, nuestro olor no es exageradamente intenso sino más bien bastante leve. Podríamos decir que los primeros olerían como un whisky caro y nosotros como una cerveza tostada.
¿Tiene sentido esto? Bueno, lo que sea.
Y finalmente están los Omega.
Muchos dicen que son el escalón más bajo de la sociedad, pero en mi opinión son los que más poder tienen tras bambalinas. Su población es un tanto reducida, debido a los numerosos y consecutivos nacimientos de licántropos, lo que los hace codiciados. Pequeños en comparación a los licántropos, no destacan en ningún área donde se requiere demasiado esfuerzo físico, pero su inteligencia es abrumadora. La inmensa mayoría de ellos prefieren dar una falsa imagen de inocencia, fragilidad y mostrarse asustadizos por cualquier cosa. Su aroma, como es obvio, es lo bastante dulce y delicado que parece que te han metido un ramo de flores frescas dentro de la nariz.
Son peligrosos, pese a que esto sea una opinión impopular.
Existen tres fechas muy concretas a lo largo del año, donde los licántropos entran en un tipo de cortejo al que deben de seguir de una forma bastante generacional: El primer paso es fichar a un Omega que te guste, y esforzarte para que él ─y no tú, el lobo─ acepte tal cosa para ser un “posible novio”. Durante un año estarás puesto a prueba mediante la fidelidad, la dedicación y tu intención de ser el único en su vida para siempre. Una vez pasa ese tiempo, puedes arriesgarte en proponerle matrimonio, aunque en mi opinión a mí me parece un tanto apresurado.
Ahora bien... ¿Por qué digo que son peligrosos? Déjame iluminarte con la evolución del género para que comprendas mi opinión mucho mejor: Por norma general, cualquier lobo puede intimar con el Omega que más prefiera, con la opción de que éste ─el Omega─ pueda tener la total libertad de rechazarlo si no lo considera adecuado o ha demostrado algo que no le gusta.
¿Pero qué pasaría si el lobo NO quiere aceptar el rechazo e intenta obligarlo o hacer algo repugnante? Entonces, déjame decirte que el lobo está verdaderamente jodido. En cuanto tengas una actitud inadecuada (violarlo) con uno de ellos, prácticamente tu vida está condenada por completo... si te pillan. Serás expuesto frente a la sociedad en la que has vivido como un escrache público, perderás tu trabajo, y tus posibilidades de tener otro son posibles si estás dispuesto a ser el saco de boxeo de tus compañeros hasta que se aburran de ti. Te volverás una burla, e incluso tu familia podría rechazarte.
Tú no decides por el Omega, sino todo lo contrario. Ellos deben de aceptarte a ti, y no puedes forzarlo a ello o su aroma delatará quién ha sido el lobo que no ha hecho bien su “rol”. Eso, aunque suene increíble, puede ser la desgracia para toda la familia del lobo al manchar el apellido que se ha creado durante generaciones.
Lo que es raro es ver a un lobo soltero por demasiado tiempo. Cuanto más te acerques a los cuarenta y cinco, estando soltero, más presión recibirás por parte de los demás. Seguramente la gente se preguntará si hiciste algo malo, si hiciste daño a un Omega en el pasado o hay algo raro en ti que no estás dispuesto a ser importante ─tener una familia como mínimo─.
Afortunadamente no es mi caso. No me gustan los Omega, y jamás ocurrirá. ¿Qué puedo decir? A veces me gusta ir a contracorriente con cierta cautela.
Ahora, teniendo estos puntos importantes a tener en cuenta, déjame que te cuente mi historia desde el principio. Esa que te puede parecer injusto por todo lo que viví, pero yo tampoco tomé buenas decisiones.
De cualquier modo... creo que, si pudiera volver hacia atrás, no lo haría.
Pero no nos adelantemos... Iniciemos por cómo empezó mi mundo a cambiar de golpe.
―¡Bebe, Chase! ―me animó uno de los chicos que vinieron conmigo al bar junto a un puñado de Betas que conocía bien.
Tomé el chupito con líquido amarillo como si nada, dando un golpe firme contra la mesa una vez lo dejé vacío. Me salió una mueca desagradable por el sabor amargo al instante, con lengua incluida, por lo que algunas risas por mi expresión aparecieron desorganizadas.
―¡Ese es nuestro ex-delegado perfeccionista! ―acompañó otro, alzando una cerveza que no tardó en ser tintineada contra otras más cuando se le acercaron―. ¡Y espero que su futuro Omega sepa apreciar el pedazo de lobo que tendrá en su hogar! ―exclamó muy animado, y yo me sonrojé de inmediato―. ¿Qué? Es cierto. Tu hobby por la cocina es estúpidamente delicioso, sabes hacer tareas del hogar, eres hospitalario con todo el mundo, y tu cuerpo es la envidia de muchos de nosotros que estamos menos desarrollados.
―Gracias, Vetlen, eres muy amable.
El lobo recibió de inmediato un golpe en la nuca por una de las lobas que estaban con nosotros en el grupo, y seguidamente le tomó de la oreja.
―Deja de burlarte de Chase, Vet, o le diré a tu madre que todavía te tocas la polla como un lobato en la residencia del hospital mientras gimes el nombre de tu amor platónico.
―¡Ay! ―se quejó, llevando la mano contra la de la mujer―. ¡Suelta! ¡Suéltame, maldita sea, pedazo de bruta!
Todos se rieron de inmediato al ver la escena y la chica, Yana, lo terminó soltando para así tomar su jarra de cerveza tostada y rellenar su vaso. Los ojos marrones de ella, siempre con un brillo divertido y poco pillo, me observaron ponerme un poco incómodo aunque sólo hubiera sido durante unos segundos.
―Chase ―dijo mi nombre, a lo que levanté la mirada―. Eres un partidazo, y el Omega que esté contigo adorará que podáis compartir las tareas del hogar para que tengáis tiempo libre en pareja.
―Me esforzaré mucho para que así sea...
Por fortuna ─o desgracia, dependiendo de como lo vieras─ no era mi caso, ya que eso no iba a ocurrir nunca. No me gustaban los Omegas más allá de tener una relación cordial con ellos, ya que no era un lobo al que le gustara cargar con el rol territorial y obsesivo de mantenerlo protegido en todo momento como si me lo fueran a robar en cualquier momento.
Es cansado, aburrido y cliché.
Ahora te voy a dar unas curiosidades de nuestra sociedad, así que presta atención porque no voy a repetírtelo.
Los Betas estamos encasillados en tres categorías de manera no oficial (AAC): El grupo más apoyado son los «Activos», lobos que aunque sean muy trabajadores y dedicados en su campo, ejercen un rol dominante y fiero para atacar hasta que la pelea termina y se quedan con su “presa”. En el segundo grupo tenemos a los «Apáticos», aquellos que deciden dedicarse a sus puestos pero que no les interesa demasiado dedicar gran parte de su vida al romance ―aunque sí al sexo― porque les chupa demasiado tiempo. Finalmente en el tercer puesto, que es donde estoy yo, están los «Caseros», Betas que no les importa ejercer un rol pasivo en la relación y tienden a ser burlados porque “hacen cosas de Omega”. No les importa ser amos de casa.
Los Omegas tienen ese rol de normal, aunque puedan trabajar en un oficio bien o no tan bien pagado dependiendo de la familia en la que se le incluya; pero sus “normas” en la casa recaen sobre ellos de forma sistemática una vez se casan: limpieza, cocina, orden, compra, cuidado de cachorros, satisfacer al lobo... Es un rol que también ejercen las mujeres, aunque se aprecie un tanto misógino. Aunque es un hecho que los lobos no hacen esas cosas, o al menos los Alfas y los sub-Alfas; a ellos debes de servirlos por ser los escalones más altos.
El único "pero" en el que los Omegas puedes zafarse de eso es tener el suficiente dinero para pagar a otros y dirigirlos.
Otro factor al que tener en consideración para no estar con un Omega, o al menos no más allá de la cordialidad, es que me gusta demasiado ligar con logos. Muchísimo. Esto, aquí, está muy mal visto; sin embargo hay peros: Si te ven o intentar ligar con un Alfa o un sub-Alfa, literalmente la gente puede exponerte a la presa para que las leyes caigan sobre ti; debido a su rango. Por otro lado, puedes ligar con otro Beta sin ningún problema, debido a que acostarte con ellos es aceptado como "medida de control de la natalidad y la sexualidad"; pero, en contra de esto, es completamente ilegal que te cases con ellos, y debes de tener cuidado de que no sepan que estás enamorado de ellos.
Sinceramente, no entiendo por qué lo es, pero lo considero una auténtica estupidez sin sentido.
Las mujeres Betas sufren algo parecido: Muchas de ellas son un tanto obsesiva porque necesitan tener un bebé para que el gobierno les ofrezca beneficios. Sin embargo... como ella se preñe de un Beta, y la gente lo sepa, su vida no será tan buena porque la considerarán una desesperada sin moral. Otra cosa estúpida. Los Betas siempre nos tragamos la mierda entre los dos muchos.
Bueno, en parte este no es mi problema porque yo soy gay. Así que las posibilidades de que yo ligue, o me acueste, con una mujer son cero.
En mi época universitaria, concluía desde no hacía demasiado tiempo con una destacada calificación, solía ser motivo de risa entre mis compañeros que un Beta de mi aspecto se dedicara a colaborar con los Omega en tareas de limpieza, cargar cajas pesadas o colarme en la cocina en busca de nuevas recetas porque en casa de mis padres no siempre tenía la oportunidad de aprender. No es que yo fuera precisamente bajito, al menos en lo que respecta a mi estatura. Con exactamente un metro ochenta y siete centímetros de altura con el Beta promedio, ya que fácilmente se me podía confundir con un sub-Alfa si no fuera por mi distintivo aroma. Además, con un peso cercano a los noventa kilos y extremidades robustas y musculosas, mi presencia física no pasa desapercibida en ningún ambiente.
¿Un lobo como yo tomando una escoba, una mopa o llevando un delantal para no mancharme con el polvo o productos de limpieza? Ridículo, pensarían muchos, pero es verídico.
Tengo un afán por la pulcritud que raya un poquito la obsesión por mis malas experiencias mientras convivía con otros; me encanta que mis espacios desprendan siempre un aroma fresco y limpio, incluso cuando el caos y la basura reinan en los dominios de mis compañeros. Para mí, cocinar no es solo una tarea cotidiana, sino que es relajante y me brinda un sentido de autosuficiencia y bienestar. Además, es una forma de mantener mi cuerpo en buenas condiciones, procurando siempre una alimentación saludable y equilibrada. No me considero una persona de modales refinados ni tampoco alguien que se inmuta ante las tareas más mundanas; no tengo reparos en tomar una cesta de esparto y dirigirme al mercado en busca de los ingredientes que necesito, sea cual sea el producto en cuestión.
Bueno, me estoy desviando del tema... Sigamos.
Esa noche me enamoré de un imbécil, aunque eso sonara ridículo. ¿Quién se enamoraría a primera vista de otra persona, y ésta siendo otro lobo, dado el tipo de sociedad en la que vivíamos?
Yo no sabía quien era él al principio, pero verle sentado en la barra bebiendo una copa de whisky muy caro e inhalando su aroma supe que era un sub-Alfa. Su nombre era Kent, y me resultó el hombre más interesante y sexy de todo el bar mientras lo miraba de reojo sin llamar la atención de nadie de mi mesa. Se le veía aburrido, conforme la mujer de su lado ―una Omega― parloteaba sobre algo que no me interesaba prestar atención.
Kent tenía el cabello oscuro ─castaño en luz, negro en la sombra─, con un corte moderno que le daba cierto aire de rebeldía. Ojos negros, profundos e intimidantes que en ese instante parecían tristes por alguna razón que desconocía; pestañas largas, labios finos, nariz recta y cuello ancho. Definitivamente era alguien hermoso. El traje negro que llevaba con una corbata azul cobalto se ceñía muy bien al cuerpo formado por una ancha espalda, hombros poderosos y pecho pronunciado; un botón abierto invitaba a que observaras más de cerca y viera que tenía vello obscuro debajo de la camisa blanca.
Compartimos un par de miradas en ese bar, aunque sin acercarnos en ningún momento. Eso significaba que yo le interesaba, sino me hubiera rechazado e ignorado para así centrarse en la acompañante.
Cuando me separé de mi grupo, la mayoría estando tan borrachos que se pusieron a cantar en medio de la calle mientras eran arrastrados por otros menos beodos, yo perseguí a Kent pese a todavía no conocer su nombre. No fue por mucho rato, pues lo terminé perdiendo de vista y me sentí un tanto decepcionado porque a lo mejor no lo volvería a ver.
Estuve equivocado, pues a la semana siguiente volvimos a coincidir mientras celebrábamos el primer trabajo de uno de mis compañeros recién graduado. Al parecer no me había olvidado, y yo tampoco lo hice, pero aun así esa vez tampoco se acercó. Todavía se veía triste, como si algo en su vida le afligiera algún tipo de malestar que le empujara a no apreciarse feliz por quien era o lo que tendría. Seguramente tendría un trabajo ejemplar, bien remunerado, y mucha gente lo adoraría por el hecho de ser hijo de un posible Alfa ya retirado.
Así estuve durante meses: Cada noche me plantaba en ese bar con la esperanza de encontrarme con Kent. A veces nos cruzábamos, nos lanzábamos miradas intensas, pero sin acercarnos ni un milímetro. Y cuando él se iba, yo lo seguía, manteniendo una distancia prudente para no parecer un acosador.
O sea... bueno, quizás si lo parecía, pero tú ya me entiendes. Creo.
Pero un día, la cosa cambió. Kent estaba rodeado de gente, todos dándole palmaditas en la espalda y felicitándolo por cosas que ni entendía. Yo traté de llamar su atención entre el barullo, hasta que al final decidí levantar la voz, por si acaso sonaba como un milagro entre tanto ruido... ¡y vaya si sonó! El tipo se giró, con esa mirada triste pero intensa que siempre tenía, y me vio.
Y entonces pasó algo que nunca olvidaré: me regaló una sonrisa, una de esas sonrisas que te dejan sin aliento. Y créeme, fue como si mi corazón se pusiera a mil por hora y mis mejillas ardieran como si estuvieran en llamas. Supongo que para él fui solo un rarito gracioso, o quizás un completo idiota que solo quería llamar la atención de un chico que probablemente ni sabía que existía.
―¿De verdad te gusto? ―le solté a Kent en una de esas noches oscuras, cuando nos encontrábamos escondidos en un callejón. Ya llevábamos un buen tiempo saliendo a escondidas de todos. Sentí cómo su cuerpo me aprisionaba contra la pared llena de graffitis, con sus labios a punto de rozar los míos. En ese momento, me sentí especial como nunca antes lo había hecho.
―¿Mis besos no te lo dicen todo, Chase? ―me respondió, robándome un beso fugaz que me hizo temblar de pies a cabeza―. Si tenemos cuidado, podemos hacer que esto funcione. ¿No es más emocionante vivir la vida tomando ciertos riesgos?
En nuestra sociedad, un simple apellido puede marcar una gran diferencia, y Kent tenía un apellido de los que pesan.
Kent Hommes, el hijo de Khan Hommes, un Alfa que inspiraba tanto terror con su temperamento volátil, su inflexibilidad y sus arrebatos de ira, como admiración por su lealtad y dedicación a su empresa de juguetes para niños de todas las edades. Todos en la ciudad sabían quién era este tipo, el que siempre lideraba en ventas de productos infantiles, ya fueran de madera o electrónicos, desde la cuna hasta la adolescencia. Era difícil encontrar a alguien en todo el país que no hubiera oído hablar de él, capaz de aplastar a otros con su poderosa influencia, fuerza hercúlea que quebraba huesos o con su billetera.
―Me siento tan afortunado de tenerte, Kent... ―le confesé, con la mirada clavada en él como si fuera el ser más increíble que hubiera cruzado mi camino.
Era un lobo de alta alcurnia, con un padre poderoso, en contraste con mi humilde condición de “Casero”. Pero para Kent, eso no significaba nada; él me encontraba encantador y fascinante, sin importar mi estatus. Aunque al principio pensó que también era un sub-Alfa como él, bastó con olerme para que cambiara su percepción y nos conociéramos mejor.
―Eres tan tierno, Chase... ―ronroneó contra mis labios antes de besarme con una intensidad que dejaba claro lo territorial que era conmigo, mientras que sus manos se me aferraban a mis tirantes como si fuera su presa. Era como si nos devoráramos mutuamente, atrapados en una vorágine de pasión que nos absorbía por completo―. Ahora vámonos de aquí, antes de que nos pillen con las manos en la masa ―dijo al separarse de mí, en un susurro junto a una sonrisita traviesa―. Tengo ganas de saborearte de principio a fin, sin que nadie nos interrumpa.
―¿Hay algo en la nevera para la cena o tenemos que pasar por el supermercado?
Kent sonrió con malicia, mostrando ese lado travieso que apenas dejaba ver, prefiriendo mantener una imagen elegante y educada ante los demás.
―La nevera está llena... Y espero que tú seas el postre, porque estoy ansioso por probarte antes de la cena, soy un goloso incorregible...
Me dio un azote en el trasero mientras me arrastraba fuera del lugar, cuidando de que nuestra relación pareciera una simple amistad entre dos hombres, en lugar del romance apasionado que estábamos construyendo en secreto.
¿Un Beta y un sub-Alfa siendo amigos? Puede sonar extraño, pero nadie que no fuera otro sub-Alfa se atrevería a cuestionarlo.
Ese medio mes se transformó en un año lleno de aventuras ─escalada, senderismo, nadar en lagos, eventos deportivos...─ y encuentros clandestinos. Kent conoció a mis padres, aunque tuviera que presentarlo como “un amigo”, aunque mamá me miró de una forma que decía muchas cosas. Ella era una Omega muy inteligente, pero también muy cuidadosa con sus palabras, lo que hizo que papá pasara mucho tiempo con la duda de si realmente nos gustábamos o sólo había tenido suerte al acercarme a alguien de una categoría importante. Un amigo.
El problema que había entre los sub-Alfas, era que la mayoría de ellos no eran completamente honestos con los demás. Puede que se vieran frívolos, rudos o maleducados por su estatus, pero en cuanto a romanticismo se refría... estaba bajo llave. Kent me demostró en todo ese año que era un hombre serio por su tipo de crianza, pues su madre estuvo ausente cuando él era un niño a causa de un accidente aéreo que terminó con su vida, y su padre era demasiado joven para permitirse cuidar a un cachorro. En su lugar, pagó a decenas de mujeres Omegas para que cuidaran de él y se encargaran de darle los cuidados más exclusivos que un niño deseara, y él se encargaría del factor intelectual ―colegio, instituto, universidad, trabajo...― ya que esperaba que su legado laboral fuera hacia su hijo como dictaban las tradiciones.
Kent y su padre no tenían una buena relación, o más bien parecían estar siempre en una guerra llena de bombas, comentarios punzantes o gritos por teléfono.
En todo un año jamás me quiso presentar a su padre. Me daba excusas de todas las clases, me proponía otros planes más atractivos para jamás pisar el territorio del Alfa de esa zona, evitaba bastante nombrarlo en nuestras conversaciones... Había algo raro ahí, pero yo me mantuve lo más alejado posible para no entorpecer lo que estábamos creando. Era bonito y me gustaba.
Yo estaba contento de ir con Kent a muchos sitios, limpiarle la casa cuando se marchaba a trabajar, le cocinaba platos variados al día, y follábamos en su cama hasta que él se quedaba dormido y yo veía la primera cosa que echaran en la televisión de pantalla plana. Eran buenos momentos que parecían ideales, aunque el mundo se opusiera a ese tipo de relación que estábamos manteniendo fuera del radar.
Fuera parecíamos hermanos por la camaradería.
Dentro éramos unos amantes que se prendían en llamas.
Quizás lo más difícil de la relación era ocultar las marcas que Kent me dejaba esparcidas por el tronco, sobre todo cuando se salía de control y evitaba que interactuáramos durante sus Celos. O también cuando me tenía que lavar diariamente con un jabón bastante fuerte para que su aroma jamás fuera captado por otros cuando volvía a casa.
Venga os regalo un dato que seguro os gusta:
Los Celos de un Alfa son uno cada seis meses, al igual que los sub-Alfas, aunque la única diferencia es que el primero dura por cuatro días, y el segundo dos. Las horas son aleatorias. Por el contrario, los Celos de un Beta son dos cada seis meses, durando dos días con pequeñas interrupciones. Y, en cuanto a los Omegas ,no tienen un Celo en sí, pero cada mes deben de chequearse las hormonas para conocer sus días de fertilidad y los “los días seguros” (donde es prácticamente infértil; siendo una obligación a los que están emparejados).
Otro detalle a tener en cuenta es“ El nudo”. Los Alfas tienen un nudo del tamaño de una ciruela, junto al escroto, donde termina ascendiendo y agrandándose lo suficiente para que parezca que tengas un melón metido en el culo. No puedes sacarlo hasta que se deshinche por sí solo, y si intentas tirar de él seguramente te joderás el recto hasta sangrar. Sus hijos, a diferencia de sus padres, tiene un nudo que parece una canica de lo pequeña que es y, al agrandarse, parecerá que te quieren hacer limonada dentro del trasero.
Los Betas no tenemos eso. Sólo un pene grande y mucho aguante en varios sentidos.
Al principio, cuando me lo contaban, yo no confiaba demasiado en esa información porque me resultaba un tanto inverosímil. ¿Cómo algo tan pequeño terminaría tomando el tamaño de un melón? Tenían que exagerarlo. Sin embargo... terminaría descubriendo que en parte tenía razón. El nudo de un Alfa es grande, pero no tanto como afirman.
Pero ese tema todavía no toca en esta historia. Todavía falta mucho para que eso ocurra, así que debéis ser pacientes.
―¿Nervioso? ―me preguntó Kent mientras conducía su lujoso Audi.
―Mucho.
―No te preocupes ―me dijo, dándome un par de golpecitos en la pierna―. Sé que mi padre es bastante... imbécil y no controla su carácter desde que mi madre abandonó este mundo, pero creo que es el momento de que abramos un poco más nuestros horizontes.
Kent llevaba tiempo frustrado de que sólo pudiéramos follar en un departamento que alquilaba eventualmente, más que nada porque no quería vivir bajo la vigilancia de la «manada» que lideraba su padre. Le dije que podíamos hacerlo en casa de mis padres, ya que todavía no tenía un trabajo para tener ahorros y así abogar por la independencia. A ellos no les importaba que “trajera a mi amigo”, pero Kent se negaba a estar los dos en una cama en la que estábamos muy apretados y con mis padres en la planta de abajo.
Tuvimos varias conversaciones al respecto un poco tensas, sin llegar a ningún punto en concreto para que esta relación no tuviera sus primeras grietas importantes.
Por desgracia, el dinero de Kent se terminaba limitando por nuestras salidas reiteradas y pagar el departamento, hasta que me dijo directamente que tomaría la responsabilidad como macho importante, aunque eso significara enfrentarse a su padre. Eso significaba que, pese a mi temor de pronunciarlo en voz alta, Kent me presentaría a su padre como su compañero sentimental.
¿Y por qué sólo a él y no a la comunidad en la que estaba la manada Hommes? Porque entonces sería un escándalo que saldría hasta en los periódicos.
Me aseguró que la casa de su padre era tan grande que rara vez coincidiríamos salvo si comíamos en el mismo salón o entrábamos en la cocina. Ni si quiera escucharía lo que pasaría detrás de las puertas de su habitación.
No estuve seguro. Investigando durante todo un año, y todavía con el periódico en la mano en ese momento, era un hecho que Khan Hommes era un hombre violento, de mentalidad clásica y con valores muy ligados a la familia. Inflexible. Volcánico. Las probabilidades de que se liaran a puñetazos eran excesivamente altas, y seguramente Kent terminaría herido.
Pero... ¿y si la prensa exageraba? ¿Y si en realidad sólo se trataba de un Alfa con el corazón herido por perder a su esposa? ¿Podría permitirme ser prejuicioso por un hombre al que no conocía?
Por cuestiones como esas me hacía sentir mal conmigo mismo. Mis padres siempre me inculcaron que los Alfas podían ser groseros y maleducados, ya que se lo podían permitir, y quizás si le mostrara con paciencia que podríamos llevarnos bien pese a...
―Chase. ―Kent interrumpió mis pensamientos, señalando la casa con su dedo al otro lado de la ventanilla―. Hemos llegado.
Apreté el periódico entre mis manos de manera inconsciente.
―Hablaré con él a puerta cerrada, para que no te veas envuelto en el caso de que tengamos problemas, ¿de acuerdo?
―Pero... ―murmuré, incómodo por esta situación―. ¿Podrías conseguir que tu padre fuera un poco más tolerante? Los periódicos e internet dicen muchas cosas, y yo evito que toda esa información me afecte.
Kent llevó su mano a mi mandíbula y acercó mi cara a la suya para darme un beso profundo. Gruñó en el beso, pese a no haber lengua de por medio.
―Mi padre es Alfa, Chase. Los Alfas no son precisamente hombres que escondan sus opiniones o carácter explosivo; incluso los más ancianos pueden golpearte si los haces enfadar.
―Entonces ten cuidado, ¿de acuerdo? ―me encogí un poco tras decirle aquello, ya que no estaba seguro si mis suposiciones sobre ese señor estaban erradas o acertaría de pleno―. Sé amable con él, no lo punces como sueles hacer con otros, y recuerda que la familia siempre es importante aunque cueste llegar a entenderse.
―Ogh... Eres demasiado bueno, ¿lo sabías?
Kent me besó una segunda vez de la misma manera, segundos antes de ser el primero en salir del coche e ignorar a la gente que nos estaban observando desde las casas cercanas a la enorme mansión de los Hommes. Yo lo averigüé justo cuando salí y volteé a la derecha, viendo como una señora corrió la cortina.
Después, tomando una ligera bocanada de aire, miré directamente a la casa. Era gigante y clásica, con altos pilares de mármol y tejado oscuro a cuatro aguas. Un estilo muy típico del territorio occidental, cuando en la zona oriental del país las dos aguas era lo más popular.
Kent Hommes parecía el novio perfecto: sub-Alfa, sexy, grande, aventurero, adinerado y con un apellido poderoso que resaltaría en la historia del país.
Supuestamente me quería mucho.
Pero también iba a ser uno de los mayores hijos de puta que haría de mi vida fuera un completo desastre y, en su lugar, otro hombre me trataría diferente en el futuro... incluyendo algo más que palabras.
Un hombre distinto.
Un hombre equivocado...
¿Pero de quién o quiénes estoy hablando con estas palabras? Créeme si te digo que, no todo en esta historia es un camino de rosas, con el sol brillando en el cielo y gente amable abrazándome.