Prólogo
Hace mucho tiempo, incluso antes de la era de la magia elemental, los profetas vieron que dos fuerzas opuestas crearían vida; una tal cual, estaría siempre bajo la sombra de la persecución de las fuerzas del caos encarnado.
Su objetivo: hacerse de aquel cuya luz y sombra sirviera a sus propósitos de sacrificio y producción de nuevos cerdos para el matadero con tal de fortalecer al Caos, un acto terrible que ha costado múltiples vidas a lo largo de la historia, provocando también que este catastrófico ser adoptase una forma mucho más despiadada a la que se le conoce como Okuros, cuya presencia es sinónimos de muerte y destrucción.
Su contraparte, por otro lado, se ha vuelto silente a través de los tiempos, aunque sus más adeptos han afirmado que lo hace por propios deseos, esperando que la vida brote de manera natural, interviniendo lo menos posible en el desarrollo de nuestra especie, aquella a la que ha ayudado en varias ocasiones, incluso cuando nuestros antepasados pudieron en jaque al mundo entero, mismo que estuvo por desaparecer por la violencia y una guerra que involucró a todo el mundo.
Tuvimos otra oportunidad, gracias, no solamente entre al Orden encarnado, también a su opuesto; pobre de aquel que ha de llevar en sus venas la sangre de estos dos. Su alma tal vez no llegue a conocer el descanso, más cuando en la capital del mundo se vive una era de banalidad y superficialidad. Ellos se han olvidado de los peligros que hay fuera de sus calles de concreto. Dieron por alto que su tecnología, sus rascacielos que alcanzan a tocar las nubes y sus armas les servirán para lo que no han detenido anteriormente. Prefieren ocultar información a aquellos que no nacen con algún don elemental, y tal vez sea mejor, al menos hasta la llegada de aquel que sufrirá el calvario de ser el heredero del Caos y el Orden.
Querido Jacob, ¿en verdad crees que aquello ayude a salvarle el pellejo?
