Capítulo 1
Nací como un fenómeno. Así es como me describen todo el tiempo. Más pequeña, más delgada, con orejas extrañas, puntiagudas y alargadas que, por algún motivo, a la gente le parece chistoso. Soy escurridiza también, ágil y fuerte, aunque no lo parezca. Me gusta alardear de ser un talento innato, gozando de la única virtud que la vida me ha podido dar. Bueno, esa virtud y una que no puedo mostrarle al público o que más bien no quiero hacerlo: entiendo a los animales. No los escucho hablar, pero sé cuándo sufren, cuándo están tranquilos y a veces puedo adivinar sus risas o silenciosos enojos y su necesidad de comida. Y ellos me entienden a mí, sintiéndose acompañados en nuestro hogar.
—¡Fántabuloso público! Creo que hablo en nombre de todo este magicoso circo cuando les digo que es honoroso presentarse en esta hermosa noche con gente tan magnificosa. Ustedes son, sin duda, el mejoroso público que hemos tenido hasta ahora. —Dice el presentador.
Yo lo llamo padre, él se presenta al público como Groso Vidente, pero su verdadero nombre es Rafael D’agostino. Es el presentador de mi hogar, Madame Mambroze Circus, un circo ambulante que recorre la región a hacer fantabulosos shows de magia, acrobacia y teatro. Mi padre habla con una jerga algo extraña, pero simpática a los ojos del espectador por su gran carisma y simpatía que él mismo presenta para agradarle a aquel que visita nuestra casita llena de ilusiones para adultos y niños. Visitarnos resulta ser hasta fantasioso, no por el costo de la entrada a nuestros shows —que en realidad es bastante accesible para todo aquel que quiera vernos —, sino por las cosas extrañosas que presentamos.
Veo desde detrás del escenario a todas las personas viendo al centro del circo, donde toda la magia surge. Soy la próxima en salir, junto con el oso pardo adolescente que tengo detrás de mí: Lazu. Mi gran amigo Lazu, ridiculizado con un sombrero, una corbata y una bicicleta pequeña para montarse en ella. Sé que no le gusta, se siente incómodo porque va en contra de su verdadera naturaleza y yo misma puedo entender sus quejas, su ansiedad, su temor. Acaricio su pelaje, preparándome para oír las risas burlonas hacia el pobre y preso animal.
Detrás de mí está la tigresa albina Alma, con una montura mientras el fenómeno sin piernas de Jaime, espera en su silla de ruedas a que sea su turno de salir con su mascota. Fenómenos y animales juntos haciendo payasadas, disfrazados de cosas ridículas para el entretenimiento de la gente. Era un total espectáculo, un éxito.
—¡Ay! —Groso Vidente entra en su papel de falso vidente, cubriéndose su supuesto tercer ojo que le permite adivinar los deseos de la gente. Es una mentira, puro teatro. Él no es vidente en realidad, pero por alguna razón, a la gente le gusta ser engañada — Puedo percibir un fuertoso deseo por parte de mi queridoso público. Creo que es... a ver, creo que consigo adivinarlo... es... ¡Están esperando a la fenomenalosa Lily con su amigoso Lazu! ¿Verdad que sí?
—¡Sí! —Exclama excitado el público.
Mi disfraz de hada, colorido y extravagante ya es parte de mi identidad. Yo misma me considero un personaje dentro de mi hogar, un bicho raro y desafortunado que acabó en manos del dueño de un circo cuando era tan sólo una bebé recién nacida. Siempre recibiendo un trato diferente: en Madame Mambroze soy única, aquel fenómeno que forma parte de la sección más popular de nuestro circo. Pero: ¿qué tengo de diferente en mi apariencia física más allá de mis llamativas orejas? Nada. Soy una niña normal, fuera de mis extrañas habilidades y mi estatura un poco baja. Pero, de todas formas, mi padre se esfuerza para que cada defecto de nosotros se destaque con el fin de agradarle a los espectadores.
Este es mi mundo, mi casa. Soy espectadora de mi propio mundo, viendo las reacciones de la gente ante mi propia existencia. Soy parte de una puesta en escena y fuera del escenario, cuando las luces se apagan y la gente se va, no sé quién soy. Sé que sigo siendo una niña extraña, que se refugia con los animales en lugar de beber con los demás.
—¡Fantasticoso! ¡Su señor Groso Vidente nunca les falla! Así que... damas, caballeros y niños, con ustedes... ¡Las bestias!
Así nos definen: bestias. Animales y fenómenos como una cosa en común, dentro de una misma categoría.
Suspiro para quitar la tensión y sonrío, mostrándome frente al público sobre mis patines mientras Lazu anda en su triciclo. Nos mostramos frente al bullicio, los aplausos y silbidos que nos reciben con entusiasmo porque somos la razón por las que estamos aquí y el último show de la noche. Saludo a la gente mientras Lazu, quien se bajó de su triciclo y por puro entrenamiento, también saluda con sus dos patas delanteras a la gente, hostigado por el ruido. La gente es muy ruidosa y al pobre oso no le gusta el ruido. A ninguno de los animales. Y hoy es un show especial, tan especial que sólo a mí me tiene inquieta. Porque a mi padre no le interesa nada que no deje dinero y la gente solo quiere pasarlo bien.
Una presentación especial, a cielo abierto por algo que se ha puesto de moda este último año y Groso Vidente quería mostrar también.
Oculto mi preocupación y volteo hacia Lazu. Tomo sus patas, acariciándolas con sutileza para indicarle que todo está bien y los músicos del circo comienzan a tocar un vals. Con algo de dificultad, Lazu y yo bailamos, arrebatándole gritos y risas cargadas de ternura por parte del público al ver a una niña extraña y un oso bailar juntos. La canción cambia, yendo más hacia el ballet y con torpeza —porque ni siquiera yo soy bailarina— hacemos un par de pasos básicos de este estilo de baile. Ante un tonto giro que se me ocurrió dar y que Lazu sabe que tiene que seguir, él pierde el equilibrio y se cae. La gente ríe, yo procedo a imitarlo con una exagerada mímica para generar más risas a pesar de que no me gusta para nada hacerlo. Pero es mi deber, es mi trabajo.
Todo el escenario está preparado para nosotros, los payasos que ya tuvieron su presentación se encargaron de dejar lo que necesitábamos y quitar aquello que no hacía falta. Rampas pequeñas, aros que luego serán incendiados y demás.
Damos el cierre de nuestro baile para dar inicio a unos pocos trucos. Le acerco, otra vez, el triciclo con el que entró Lazu. Él me mira, me busca con sus ojos desesperados, apagados. No le gusta, pero se sube porque es lo que le han enseñado. Tomo una fusta de los objetos que hay. ¡No para pegarle a Lazu, jamás lo haría! Es para guiar su camino. Con la fusta señalo una rampa y él se dirige hacia a mí. No consigue llegar hasta la cima, y eso que no es una rampa alta, me debe llegar hasta las rodillas, pero Lazu, de todas maneras, se cae. Es muy grande para tan diminutos trucos. La gente se ríe, yo me preocupo por su suave gruñido mientras intenta pararse en dos patas. No me acerco. Tengo prohibido ayudarlo.
¡Pero no pasa nada! Me doy la vuelta para ver a la gente, sonriendo y sin decir una palabra para indicar que todo estaba bien y le hago burla a la caída del oso con tal de ridiculizarlo aún más. A ellos les gusta, a mí no, pero debo hacerlo de todas maneras. Por dios, cómo odio a los humanos.
Tomo una pelota gigante y se la aviento al oso. Él, una vez más con dificultad, consigue subirse y ya estoy preparando pelotitas para tirarle con el propósito de que haga malabares sobre la pelota. Sí, son cosas imposibles para un animal, lo sé. Pero ese es el motivo de este show: hacer cosas extrañas, que los animales sean incapaces de cumplir con nuestras propias exigencias para que sea divertido. Porque se caen, fallan y nosotros nos podemos burlar de ellos, si, de todas maneras, los humanos no entendemos los sentimientos de los animales.
Bah, yo sí puedo hacerlo. Sólo que ellos no lo saben. Y no lo sabrán jamás, a menos que quiera quedar como una histérica.
Mientras Lazu intenta ponerse de pie sobre la bola, veo detrás de él a mi padre cruzado de brazos y consigo entender que aquello puede ser cualquier cosa menos una buena señal. Algo está por hacer, está por intervenir en el show y eso nunca trajo cosas buenas. Me hace un ademán con la cabeza para que lo ignore y continúe con mi trabajo y, entonces, le tiro a Lazu las pelotitas para que haga malabares. Y, así, él vuelve a caerse. Vuelve a gruñir en señal de queja y la gente se vuelve a reír. Yo vuelvo a hacerle burla.
De reojo, noto a mi padre haciéndome señas para captar su atención. Hizo una P con sus dedos de manera discreta, una señal que significa incluir a alguien del público y de pronto, el malestar en mí se intensificó. Pero cumplo sin rechistar. Hago la mímica de que se me ocurre una idea y señalo al público, extendiendo mi brazo. Giro en mi lugar, como si seleccionara al azar a alguien para participar en la presentación y termino escogiendo una niña de mi edad. Ella está emocionada, ilusionada de ser el centro de atención y ver de cerca al tan esperado oso. Esto lo improviso, no acostumbramos a hacer partícipe de los trucos a las personas que nos visitan. Yo no quiero sumarle más presión a Lazu, pero también quiero contentar a mi padre. Así que, me agacho en el piso y camino en cuatro patas para indicarle al oso que puede estar en su posición natural. A la niña la guío hacia Lazu y le señalo que se monte sobre el oso como si fuera una jinete.
Hay que mostrar lo dóciles y bien entrenados que están nuestros animales. La niña invitada irradia felicidad, entusiasmo, y la ayudo a subirse al lomo de Lazu. Me paro en frente de ellos, caminando alrededor y guiándolos en un pequeño recorrido. Aplaudo dos veces, que significan correr para Lazu, y él se independiza de mi camino marcado para hacer de las suyas. Salta obstáculos, la niña se abraza con fuerza sobre él a pesar de que no representa ningún peligro. Lazu no corre mucho y los obstáculos son bajos, tan bajos que con sólo levantar un poco sus patas, los pasa con facilidad.
Tomo velocidad, corriendo hacia ellos y los detengo cuando noto que Lazu se está poniendo algo nervioso por el ruido de la gente. Ellos están tan maravillados porque la niña no tuvo temor en subirse al oso y que el oso es tan gentil de no hacerle daño a una extraña, que es inevitable generar aplausos.
Ayudo a la invitada a bajar y le doy aplausos por su valentía, ya esperando en despedirla antes de que una tragedia ocurra. Lazu está muy nervioso.
—¡Otra, otra, otra! —exclamaba la gente.
Miro a Groso Vidente y él me da la autorización de escoger a alguien más. La niña quiere seguir siendo voluntaria, yo no puedo negarme. Pero tampoco sé qué hacer. Lo único que se me ocurre es improvisar un baile entre los tres. Pasos sencillos, que yo guío mientras el oso y la invitada me imitan. Estoy empeñada en que esto dure lo menos posible para darle oportunidad a mis compañeros que también están esperando en tener su momento de atención. Veo, por las señas que me hace Groso Vidente, que ya es momento de terminar.
Para nuestro gran final, le acerco la pelota a Lazu y de esta manera él entiende que debe montarse sobre ella, el triciclo se lo doy a la invitada y yo sigo sobre mis patines. Damos algunas vueltas, bailando y jugueteando, aunque intento no molestar mucho a Lazu. Nos paseamos sobre ruedas por todo el escenario y, así, me voy despidiendo de la gente. Tiro besos, saludo como si fuera una reina con una gran sonrisa provocando que la gente aumente su euforia. Nos avientan cosas: flores, palomitas de maíz y algunas monedas. Incluso papeles mientras gritan y aplauden excitados. Lazu gruñe, nervioso. En este momento, necesito que termine todo el show y sólo espero que Groso Vidente no busque seguir alargando nuestra presentación. Lazu no está bien, me está pidiendo ayuda urgente.
Y entonces ocurre lo peor: fuegos artificiales, nuestro imperdible estreno de esta noche. Yo no estaba al tanto del uso tan pronto de este espectáculo. Es horrible, incluso hasta para mí, de nacimiento tengo los sentidos más agudos de lo normal.
El oso, aterrado, se cae de su pelota sobre la niña. Lastimándola. Y ante el susto del impacto, Lazu le muerde la cabeza provocándole una muerte instantánea. Todo se detiene para mí, pero en el exterior ocurren gritos horrorizados por la tragedia. Me quedo petrificada, viendo la horrible escena del oso con la niña en su boca, todo ensangrentado. Los demás a mi alrededor, los gritos de la gente, se oye lejano. Ajeno a mí, a mi mundo. Entonces, los entrenadores de los animales aparecen en mi campo para quitarme de mi transe. Acorralan a Lazu, pateándolo y golpeándolo mientras yo rompo en silencio y grito para que lo dejen en paz.
Sólo yo sé que no es culpa de mi amigoso. Él no es culpable, es un simple animal que buscan a propósito adecuarlo a los caprichos de Groso Vidente para tener dinero. Lo golpean siempre, cada entrenamiento, para ser educado, entrenado y cumpla con las exigencias y brinde con el más hermoso de los shows. Por dinero, por no otra cosa. Sólo por dinero. Lazu no piensa de la misma manera que hacemos los humanos, actúa en base a sus instintos. ¿Por qué lo obligan a estas payasadas y luego no soportan que las cosas vayan mal? No lo entiendo.
Lloro, angustiada, pidiendo por favor que no lo lastimen, pero mi padre me impide intervenir tomándome desde atrás. Sabe que soy capaz de entrometerme y poner el cuerpo para yo ser quien reciba latigazos, pero mi padre no está dispuesto a hacer semejante escena. Me arrastra con tanta facilidad fuera del escenario que no puedo resistirme debido a que es en vano. Y mientras me alejo de todo ese caos, mientras la gente se va horrorizada, yo veo cómo a Lazu lo encadenan, listo para llevarlo a una muerte injusta.