Capitulo 1: El encuentro.
Tres meses antes
La noche estaba perfecta. Demasiado perfecta, en retrospectiva.
Drazen Velasco había estado de pie junto a la barra del roof garden, un vodka con pomelo en la mano que apenas había tocado, cuando escuchó la primera agresión. Un tipo —rubio, camisa celeste arremangada, sonrisa de tarjeta platinum— le estaba diciendo algo a una chica que claramente no quería estar ahí: ” “Si no te gusta, volvé a la villa de donde saliste, amor”. Las palabras que se perdieron en el bajo de la música electrónica, pero el tono era inconfundible. Ese tono.
Drazen se metió.
—¿Que onda? ¿Todo bien? —Preguntó al ver que el tipo le agarro del brazo a la muchacha.
No debió.
Lo que siguió fue confuso: un empujón, otro empujón, una copa rota, el tipo gritando algo sobre “¿sabés quién soy?“, y Drazen respondiéndole con un puñetazo que resonó más fuerte que la música. Alguien sacó el celular. Alguien siempre saca el celular.
Resultado:
Para el lunes, el video tenía 400 mil reproducciones.
Para el miércoles, su padre —senador por la provincia de Buenos Aires, dos períodos consecutivos— estaba dando una conferencia de prensa pidiendo disculpas en TN en su nombre. Su madre, directora de una consultora internacional, dejó de responderle los mensajes.
Y el bendito viernes, viernes, la universidad privada más cara de Palermo le había mandado una carta formal.
Expulsión definitiva.
Y así, sin más, Drazen Velasco —apellido pesado, historial impoluto hasta hace tres días, futuro asegurado— se convirtió en tendencia, meme y advertencia parental.
De futuro prometedor a meme político en 72 horas.
Ahora
El aula magna de la Facultad de Derecho de la UBA olía a humedad, tiza vieja y desesperación colectiva. Drazen entró despacio, con la capucha de la campera negra levantada aunque adentro no hacía frío. Había aprendido que pasar desapercibido era cuestión de postura: hombros caídos, mirada al piso, auriculares puestos aunque no sonara nada.
Nadie lo conocía acá.
Nadie debía conocerlo.
En la universidad privada, su apellido abría puertas. Acá, en la UBA, las puertas estaban rotas y nadie te las abría: te las ganabas o te las saltabas. Y él no tenía ganas de ninguna de las dos.
Se sentó en una de las últimas filas. El aula estaba medio vacía —o medio llena, según cómo se mirara—. La clase de Introducción al Derecho empezaba en diez minutos, pero el profesor tenía fama de llegar tarde. Alrededor suyo, un grupo de chicos discutía sobre si el parcial iba a ser múltiple choice o a desarrollar. Una chica comía un sándwich de milanesa que olía demasiado bien. Otro tipo dormía con la cabeza apoyada en la mochila.
Esto no era lo suyo.
Pero ya no tenía “lo suyo”.
—¿Alguien tiene un lapicera que ande?
Drazen levantó la vista. Un chico de unos veintipocos, flaco, pelo rizado revuelto como si hubiera venido corriendo, lo miraba con una sonrisa torcida. Piel morena, ojos oscuros y brillantes, remera de “¿quien es este facho que me habla?”, una remera con una clara frase de Myriam Bregman, y jean roto en la rodilla.
—Sí —dijo Drazen, sacándose un auricular. Le extendió una lapicera Bic azul.
El chico la agarró y la miró como si fuera un objeto extraño.
—Wow. Escribe y es azul. Qué tecnología. —Dijo tras probarla.
Drazen no supo si reírse o no. Optó por asentir.
—Gracias, grandote.—dijo el chico, guiñándole un ojo antes de volver a su asiento tres filas más adelante.
¿Grandote?
Drazen parpadeó.
Pero la clase nunca empezó.
A los quince minutos de retraso del profesor, alguien entró gritando desde el pasillo:
—¡ASAMBLEA AUTOCONVOCADA EN EL PATIO! ¡POR EL PRESUPUESTO UNIVERSITARIO! ¡TODOS AL PATIO, CARAJO!
El aula se vació en treinta segundos.
Drazen se quedó sentado. No tenía idea de qué significaba “asamblea autoconvocada” ni por qué todos salían corriendo como si fuera un simulacro de incendio. Pero cuando miró hacia adelante, el chico del pelo rizado ya se había ido, y por alguna razón eso lo molestó.
Se levantó.
Salió.
El patio central estaba colapsado.
Cientos de estudiantes —algunos con banderas, otros con carteles hechos a mano, la mayoría simplemente parados ahí con mate en mano— se apiñaban en un círculo irregular alrededor de un micrófono conectado a un parlante portátil que sonaba como si estuviera a punto de morir.
Drazen se quedó en el borde. No quería entrar. No quería ser visto. Pero había algo fascinante en el caos: todos gritaban al mismo tiempo, nadie escuchaba, y sin embargo parecía haber una lógica interna que él no terminaba de entender.
—¡Compañeros! ¡Compañeras! —Una chica con chaleco del partido obrero tomó el micrófono—. ¡Esta asamblea es para discutir las medidas de lucha frente al ajuste brutal al presupuesto universitario!
Aplausos. Algunos silbidos.
—¡Proponemos un paro de 48 horas con movilización al Congreso! ¡Y exigimos que se vote acá, democráticamente!
Más aplausos. Un tipo con remera de La Cámpora se acercó al micrófono.
—Perdón, compañera, pero yo creo que antes de un paro tenemos que articular con los gremios. No podemos ir solos en esto. Propongo una reunión con ATE y...
—¡Ya empezaron con los gremios! —gritó alguien desde atrás—. ¡Siempre lo mismo!
—¡Que hable la campora!
—¡La campora no representa a nadie!
—¡TU VIEJA NO REPRESENTA A NADIE!
Risas. Caos. El micrófono cambió de manos tres veces en dos minutos. Drazen observaba, medio perdido, medio entretenido. Nunca había visto algo así. En su anterior universidad, las asambleas eran emails con PDFs adjuntos.
Y entonces lo vio.
El chico del pelo rizado.
Había discusiones de quien iba a hablar, quien podía hablar, era un river vs boca partidista. Enfocado en quien representaba más a los estudiantes y para sorpresa de nadie, nadie representaba a los estudiantes.
Con una calma de un campeón, camino decidido hacia el centro del patio, esquivando cuerpos, carteles, mates. No esperó su turno. Simplemente se plantó frente al micrófono, se lo sacó de las manos al delegado de la Franja Tarada (que protestó con un “que haces?“) y lo encendió.
El feedback fue ensordecedor.
—¡Silencio! —gritó.
Y, sorprendentemente, pararon.
El patio entero se quedó en silencio.
El chico respiró hondo. Tenía una sonrisa nerviosa, casi irónica, como si no pudiera creer que todos lo estuvieran mirando.
—Me llamo Ariel Guerrero. Primer año. No estoy en ningún partido político, antes de que pregunten. —Pausa—. Y creo que todos acá sabemos que esto no es una asamblea.
Murmullos.
—Esto es una feria de propuestas electorales disfrazada de solidaridad estudiantil. La Franja quiere votos. La Cámpora quiere votos. El peronismo quiere votos.—señaló a los delegados, uno por uno— quieren que votemos su medida de lucha para después decir que tienen representatividad.
Una tipa de la franja intentó interrumpirlo.
—¡Dejame hablar!
—¿Para que te voy a dejar terminar a vos? En 2023, cuando Milei venía a destruir todo lo que construimos durante décadas ganadas, la UCR, sí, ustedes, compañeros radicales, llamaron a votar a la vieja borracha de Bullrich, la que defendió el gatillo fácil, la que quiere meternos presos por protestar y cuando ella no alcanzó, salieron corriendo a fiscalizar al gatito mimoso. Al tipo que prometía cerrar universidades, eliminar el Ministerio de Educación, dolarizar la economía y mandarnos a todos a freír churros.
Hubo un silencio absoluto, casi denso. ¿Como se atrevía a ir en contra de paja morada? Sí ellos tenían la federación universitaria Argentina de su lado. Sin embargo a Ariel le chupo un huevo.
—Y ustedes, los peronistas, tampoco se salvan. Porque cuando hubo que frenar la derecha en el Congreso, cuando había que votar senadores y diputados que defendieran los derechos de los estudiantes, ¿Qué hicieron? Llamaron a no votar a la izquierda. Prefirieron que ganara la libertad avanza. Porque el problema no es Milei, no es la derecha, no. El problema es que alguien les dispute el territorio, que alguien los corra por izquierda y les muestre que no son la única alternativa.
Hubo una pausa, Ariel había ganado la atención de todos los estudiantes que habían estado descontento con la política.
— Basta de querer rascar votos, si vamos a hacer una asamblea, que sea de verdad. Si partidos de por medio porque yo no voy a estar acá escuchando el mismo speech que escuché el año pasado en otra facultad. Yo vine porque me importa el presupuesto. Y si a ustedes también les importa, dejen de venderse y empiecen a organizarse con nosotros, no sobre nosotros.
Silencio absoluto.
Y después: un aplauso. Tímido al principio. Después más fuerte. Después ensordecedor.
Entonces los partidos comenzaron a trabajar juntos porque habían sido desvaratados por un twink moreno de 1,65 con 50kg.
Todos empezaron a moverse a salir a la calle, porque no era normal que el gobierno desajuste el presupuesto universitario.
Drazen, todavía parado en la última fila, no podía dejar de mirarlo.
“Gigante”, había dicho.
Qué ironía. Porque en ese momento, Ariel Guerrero brillaba como si estuviera hecho de luz.
Cinco minutos después
Ariel estaba apoyado contra una columna, fumando un cigarrillo que alguien le había dado. Temblaba. No de frío. De adrenalina.
—¿Siempre hacés eso?
Giró la cabeza.
Era el tipo de la lapicera. El de los ojos grises y la campera negra. El que parecía una escultura griega perdida en un patio de facultad pública.
—¿Hacer qué? —preguntó Ariel, exhalando humo.
—Desarmar asambleas enteras con un discurso de dos minutos.
Ariel se rio. Una risa nerviosa, genuina.
—Primera vez, te juro. No sé ni cómo llegué al micrófono. Creo que me enojé.
Drazen asintió. Se quedó parado ahí, incómodo, como si no supiera qué hacer con las manos.
—Estuviste bien.
—¿Sí? —Ariel lo miró con curiosidad—. ¿Vos estás en algún partido?
—No.
—¿Primer año?
—Sí. Más o menos.
Ariel entrecerró los ojos.
—“Más o menos”. Sos un misterio, escultura.
Drazen se sonrojó. Se sonrojó. Y odió cada célula de su cuerpo por eso.
—No soy una escultura.
—Bueno, medís como dos metros, tenés cara de modelo de Calvin Klein y te parás como si estuvieras posando para una foto. ¿Qué querés que te diga?
Drazen no tenía respuesta para eso.
Ariel le extendió el cigarrillo.
—¿Fumás?
—No mucho.
—Perfecto. Porque es el último que tengo y no pienso comprarte uno.
Drazen lo agarró. Sus dedos rozaron los de Ariel por medio segundo.
Y en ese medio segundo, algo se incendió.
No lo supo entonces. Ninguno de los dos lo supo.
Pero el invierno ya había empezado.