Ghost Writer - Una declaración tardía

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Summary

Un hombre atormentado por un gran secreto está a punto de revelarlo al mundo, pues incluso este mismo le hace preferir la muerte para encontrar la paz.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

U

¡Me lleva la chingada! ¡¿Por qué, Dios?! ¿Es mi castigo? Le di tantos ánimos a ella para que cruzara la pinche calle y se llevara sus manuscritos a esa editorial tan prestigiosa, ¡era muy fácil, carajo!

No, no lo era... no lo es. Se trata de llevar tus tesoros, tus creaciones, tu alma plasmada en papel, delicado y blanco papel. La lluvia puede borrar, romper, desbaratar completamente una obra maestra en poco tiempo. El viento puede llegar a ser tan fuerte que se llevaría todo a través del cielo y la dejaría caer en las manos equivocadas... o patas... o lodo... o mierda. Del fuego ni se diga.Ya lo había enviado todo por correo electrónico muchas veces, pero decía que quizás, si hablaba personalmente con el editor, lo convencería de publicarla. Desconfiaba por completo de la tecnología y de ella misma.


Ella caminó mil veces y se quedó parada ante el semáforo en rojo, verde para el peatón. Sonrió, suspiró, lloró, se decepcionó de su falta de valentía y cayó en mis brazos para agarrar fuerzas.


La acaricié, la besé, le hice ver su propio talento, le hice cosquillas y la hice reír hasta que recuperaba el brillo de sus ojos.


Admiré su entusiasmo y pasión al escribir tantas cosas bellas, pero no fui tan inteligente, debía acompañarla para que tomara mi mano, recuperara la confianza y hablara con el editor de la empresa, mínimo con su secretaria. 


No tenía idea de lo quebrado que estaba su corazón. Era un fantasma en vida.


No entendí sus indirectas cuando me hablaba de algo conocido como "Ghost writer" o "escritor fantasma", según la wiki sabelotodo, se refiere a una persona que es contratada para escribir libros, manuscritos, libretos, discursos, artículos, entre otros, que son acreditados a otra persona. Siempre me lo repetía, sonreía pícara y me abrazaba.

Pero aquel día ella explotó.


—¡Quiero que los publiques a tu nombre! ¡Llévalos tú!


Gritó.


También me rompí.


Me enojé porque todo lo que yo hacía para hacerla sentirse mejor era en vano. Ella solo pensaba en poner mi nombre en la ficha de autor.


—¡Yo jamás he escrito como tú! ¡Soy un simple lector de tus obras!... ¡Quiero que dejes de ser una cobarde, vayas, cruces la maldita calle y entregues tus escritos a la editorial!


Le grité como nunca lo había hecho.

Azoté la puerta, me salí de la casa y bebí en una cantina cualquiera... fui un idiota, me desesperé y no actué bien, debía regresar a pedir perdón. Una hora después llegué a la casa y estaba vacía, no sabía qué esperar, ¿ella estaba enojada conmigo y no quería verme?, entonces me quedé dormido por efecto del alcohol; en un par de horas recibí una llamada.


Querían que identificara el cuerpo de una mujer atropellada.


Te rogué, Dios, porque no fuera ella pero fue inútil, ya era demasiado tarde. Mi esposa había fallecido en el momento del impacto.


Recibí sus cosas: su ropa, su bolso, unas hojas.


Malditas hojas.


Eran piezas de una obra maestra que esperaba que publicara.


Creí que sin ella no merecía vivir y volví a casa arrastrando los pies, con las lágrimas corriendo por mi rostro y la rabia y el dolor atravesados en la garganta.


Después de unos días de interminables botellas de tequila y no abrirle la puerta a nadie tomé una soga y la amarré al travesaño de la casa; no quería saber nada más del mundo. Era medianoche y el infierno no se hizo esperar.


Un espectro tomó forma en la ventana abierta y se acercó a mí antes de que quitara el banco de mis pies, sopló el viento y agitó las cortinas suavemente; se erizó mi piel y respiré con fuerza como si el oxígeno en la habitación se estuviera acabando.


El espectro soltó una cabellera abundante y alborotada, voló hacia a mí y quedamos cara a cara; pude ver sus ojos profundamente negros; olía tan mal que sentí náuseas, murmuró algo y acercó sus putrefactos labios a mi oído.


Era ella.


Susurró y obedecí con la culpa en el corazón. Susurró y nunca me acostumbré a ello, susurró esa noche hasta las tres de la mañana, susurró lentamente, fría y gutural todas las historias que impulsaron mi fama.


Escalé rápidamente entre escritores famosos y prestigiosas damas y caballeros de letras, escalé y toqué el cielo sin ningún mérito real. Mi nueva vida se construyó en una farsa.


Obviamente, su familia sospechó pero ella misma se encargó de cerrarles la boca, hasta ahora no sé qué es lo que sucedió con ellos.


Después de un tiempo comprendí lo perturbada que estaba la mente de mi fiel esposa ahora muerta; lo lejos que ha llegado por ocultar su nombre y poner el mío en su lugar.


He estado leyendo muchos más libros de los que antes leía tan solo para perfeccionar la mentira, ella me lo ha ordenado. He escrito sus poesías, guiones y novelas, se aparece todas las noches con nuevas ideas y si no escribo me posee, un helado viento se introduce en mi cuerpo y duele, me asquea.


Hoy, que muchas miradas se posan en mí, me siento capaz de contar la verdad, tal vez no pueda decirlo pero sí escribirlo: he mentido.


Quiero que todos los periódicos se enteren por lo antimoral del caso y porque me siento preso de sus huesos, de su voz sobrenatural, de sus largos cabellos, de su penetrante mirada.

Pido auxilio.


No he visto a mis amigos desde aquella noche. He estado días enteros ebrio, tratando de minimizar el repudio que tengo hacia ella, pero cada vez es como si se desvaneciera cualquier efecto que el alcohol y las drogas me provocan, ya no puedo más, necesito gritarlo, ni siquiera puedo morir tranquilo porque ella siempre está allí para frustrar mis planes, me acecha, me toca, me vuelve a susurrar, me hiere con sus torcidas uñas, me despierta cuando duermo, pues se aparece en mi sueño, estoy enloqueciendo.


Ya la siento detrás de mí en la claridad de los días. Es más fuerte cada vez, se lleva mi vida y la juguetea dejándome anhelante de muerte.


Mandaré esto por correo electrónico o tal vez deba caminar como ella lo hizo y tenga la fortuna de ser aplastado en el pavimento.


Mierda.


Ya va a ser la hora de su regreso, debo terminar, por favor, alguien ayúdeme, no quiero escucharla de nuevo, alguien... ¡Dios! por favor, ¡mátame!