1 «BIENVENIDA»
1: «BIENVENIDA»
Cuando el cielo se abrió en dos, el mundo pareció detenerse por un momento para contemplar la gigantesca sombra que cegó al sol. Siempre había pensado que con tantas películas de invasiones y alienígenas, la humanidad respondería antes de que los extraños tocaran nuestra tierra; sin embargo, tuve que admitir que ante la ruptura de lo cotidiano, ya fuera por admiración o pavor, era imposible no convertirse en una estatua más.
No se me habría hecho extraño si alguien me hubiera dicho que en todo el mundo sucedió a la vez. Y aunque se sintió como una eternidad, tan solo cinco segundos después, el silencio fue reemplazado con el ruido del pánico.
Eran las diez de la mañana. Ese día me costaba mantenerme despierto.
La voz del maestro me recordó que hasta hacía un momento estaba en clase de cálculo.
—¡Quédense en sus puestos! ¡Cálmense, jóvenes!
Tenía las manos heladas y los pies pegados al piso. El reflejo en mi celular me devolvía a un hombre de ojos a punto de salírsele de las cuencas y la mandíbula desencajada. La visión de mí mismo me sacó del trance inicial y me atreví de nuevo, más despierto, a observar por la ventana.
Como si llovieran meteoritos, una oleada de naves aterrizaba a varios kilómetros de distancia.
—¡No salgan, esperen la orden del director! —chilló el maestro.
La angustia en sus palabras era palpable y parecía ser el primero en querer salir corriendo. ¿Y quién no? A pesar de que todo se movía en cámara lenta, estaba seguro de que sucedían demasiadas cosas como para poder procesarlas.
—¡Alan! —Gina me sacudió del brazo en el instante en que el cielo ardió con la llegada de otra nave cinco veces más grande que las anteriores—. ¡Vámonos!
Pestañeé para quitarme las últimas imágenes de lo que acababa de presenciar. «Se están acercando». Aquel pensamiento me estremeció. ¿Qué había sido eso?, ¿tenía sentido el creciente pánico que rasgaba mis entrañas?
La expresión de Gina era la misma del viejo aunque ella trataba de disimularlo mejor; sin embargo, los dientes le castañeaban y desde mi asiento podía escuchar su agitada respiración.
—Vámonos —repitió mientras tiraba de la manga de mi camiseta y suspiró aliviada cuando me levanté del asiento.
—¿A dónde?
Gina apretó los labios y volteó a ambos lados.
—Mierda, Alan, no lo sé —dijo antes de comenzar a llorar—. No entiendo qué está pasando, pero todos están asustados, ¿ya viste los vídeos que están subiendo?
Negué en silencio. Gina se secó las lágrimas con ambas manos y me tendió su celular.
Había un montón de publicaciones al respecto, fragmentos de lo que ocurría y transmisiones en vivo. El primero de ellos era del noticiero local. La pulcra presentadora clavaba la mirada en la pantalla y las palabras se le tropezaban al hablar.
«Informes de numerosos avistamientos alarman a la población. Una horda de presuntas naves espaciales ha ingresado a la atmósfera y aterrizado en la nación. Se cree que este suceso ocurre en simultáneo en todas partes del mundo. Hasta el momento no se ha establecido quién o qué es el responsable de esto, ni las intenciones que traen. La fuerza militar solicita a la población que busquen resguardo de manera inmediata hasta que se controle la situación…»
El vídeo se cortó y Gina me quitó el móvil para actualizar la página. Tuve la impresión de que quiso decir algo, pero el cielo rugió una vez más antes de que pudiera voltearme y cuando recuperé el conocimiento, estaba tirado en el suelo debajo de los escombros de la pared que había caído. El polvo me hizo toser y tuve que sacudir el aire grisáceo para entender que sí, aquel seguía siendo mi salón de clases, y que lo que acababa de tocar para intentar zafarme de un trozo de concreto era el brazo de alguno de mis compañeros.
—Mierda.
Tenía un brazo atorado y no podía salir. Afuera seguían bajando naves y la gente gritaba todavía. Ya debía de ser al menos una centena y eso que solo se trataba de esta ciudad.
«No», me corregí. «Apenas unas cuantas calles».
El sudor me bajó frío por la espalda. ¿Cuánto faltaba de esta pesadilla?
—¿Alan? —Escuché a Gina llamarme por el nombre. Era tangible el dolor en sus palabras, pero desde mi posición logré ver que unos tubos de metal rodaban a medida que ella se arrastraba hasta donde me encontraba—. ¿Estás vivo?
Volví a toser. El polvo se me metía en los pulmones y el moverme hacía que algo se me clavara en la carne.
—Por poco.
—¿Estás bien?
Estaba libre de la cintura hacia arriba, pero temía que tuviera las piernas destrozadas. Tragué saliva al ver que en el concreto se formaban y crecían parches oscuros.
—Creo.
Por fin, Gina apareció en mi visión. Una fea herida le cruzaba desde el hombro hasta casi el codo y la tela de su camisa se le había pegado a la piel. Se sujetaba con la otra mano y cuando la tendió para ayudarme a salir, el brazo herido se le balanceó fuera de su control.
La tomé de la muñeca y tiró de mí hasta que no pude guardar el grito para mí. Ella se puso de rodillas a mi lado y sentí que me ardía el rostro cuando me miró como si exigiera una explicación.
—Tengo algo clavado en la pierna, Gina. No sé qué tanto.
—¿En qué parte? Puedes… —Apretó los labios. Sabía que una de mis manos había quedado enterrada también—. ¿Puedes buscar dónde está…?
—Gina, no. —Si no palpaba mi cuerpo desgarrado, podía pensar que no era verdad—. No lo haré. Busca ayuda. Alguien.
Asintió antes de marcharse. De vez en cuando alguien pasaba frente al salón, pero no me quedaban fuerzas suficientes para gritar y terminaban yéndose. Cada tanto una nueva nave pasaba cerca del edificio y descubrí que aguantaba la respiración para que no me escucharan. No quería arriesgarme ni un poco. No tenía idea de qué había llegado a la tierra. Solo estaba seguro de que no quería morirme.
Dormí y desperté tres veces hasta que Gina regresó con un viejo amigo en común que no veía hacía meses y dos varillas de un metro.
—Disculpa la demora —resolló—. Están evacuando por facultades. Arriba no queda nada. El impacto tiró las escaleras.
—Pero conseguiste ayuda. —Alterné la mirada entre Gina y Jason. A pesar de que la tensión podría cortarse con solo pensarlo, le pidió a Gina una de las varas de metal y clava la primera bajo la piedra a mi lado—. Jason…
—Ahora no, Alan.
No me atreví a decir nada más.
—Gina, pon esa al otro lado y empuja cuando te diga. —Espera a que Gina esté lista y grita—. ¡Ya!
Al segundo intento noté que el concreto se deslizaba y lograban levantarlo lo suficiente para que pudiera deslizarme. Entre ambos terminaron de acomodarme hasta estar fuera de peligro y Gina rompió el resto del pantalón.
—Tengo que verlo.
Dejé que introdujera sus dedos en mi carne y abriera la herida para comprobar qué tan grave era. Volteé, con el desayuno a mitad de camino y la visión borrosa. Jasonapretó mi hombro para alentarme. Hablaba de las cosas que habían pasado mientras estuve esperándolos, pero todo se escuchaba igual que la estática. En los momentos de silencio percibía el baboso chasquido de la sangre que formaba una pequeña laguna en mi interior.
A pesar de que habían caído alrededor de doscientas naves según las noticias, todavía no teníamos señal alguna de los seres en su interior, solo que las cápsulas que se desprendían de las máquinas eran tan grandes como para guardar en ella a tres hombres adultos de buen tamaño.
—Ya casi acabo, discúlpame. ¿Duele mucho?
Me mordí el labio en cuanto ella volvió su atención a lo que estaba haciendo.
—No. Todo bien.
—Escúchame, Alan. —Jason me llamó. Su expresión era la misma de meses atrás, la última vez que hablamos. Y como ese entonces, fui incapaz de mantenerle la mirada por más que unos pocos segundos—. Eres un maldito friki. De seguro estás disfrutando todo esto, pero escúchame bien, ¿entendido? Esto no es como tus películas. Lo que esté ahí dentro… no suena para nada bueno. Nada que haya llegado así de repente y te haya jodido la pierna y matado a la mitad del salón es algo bueno.
—Jason, ya basta —intervino Gina mientras me señalaba. Había improvisado un vendaje con un buso que encontró por ahí—. Creo que le quedó bastante claro. Alan, ¿puedes mover la pierna?
Era la hora de la verdad. Tras horas de quietud, una descarga me recorrió hasta el pie como si fuera electricidad y el aire se me escapó cuando traté de apoyar el talón en el suelo. Esta vez no pude soportar las lágrimas y dejé que la oscuridad de los escombros las ocultaran de Gina y Jason.
Jason puso mi brazo alrededor de sus hombros y me ayudó a poner de pie. Cojeaba, pero lograba moverme un poco. La atención de Gina parecía ser un éxito y había tenido demasiada suerte: a pesar del sangrado, no era un problema de vida o muerte por el momento.
—Bajemos —dijo Gina—. Ya deben de estar por terminar con la evacuación.
Me recargué en ellos en lo que cruzábamos las dos plantas que nos separaban de la salida; sin embargo, el panorama en el exterior no resultaba menos desolador.
Cuando llegamos al primer piso del edificio, no estaban los paramédicos, ni los maestros, ni el demás estudiantado.
Nos habían abandonado.
—¡Malditos! —Jason pateó la reja metálica. Aparté la mirada mientras se anudaba en mí la culpa de haberle hecho perder al grupo—. ¡Hijos de puta!
Gina me sentó en una banca que había sobrevivido al impacto y corrió hasta Jason. Se le colgó de la ropa, pero tenía el aspecto de una bestia acorralada y no reaccionó hasta que Gina le diera una cachetada.
—¡¿Eres idiota?! Cállate. No sabemos si hay algo por ahí.
—No hay nada, Gina —soltó con voz de piedra mientras volteaba hacia mí.
Busqué en el cielo rastro alguno, pero la lluvia de naves se había detenido. El efecto de la adrenalina comenzaba a disiparse y la molestia se convertía en un dolor punzante que era difícil de ignorar.
Palpé el bolsillo de mi pantalón y saqué los restos del celular; partido en dos, no era más que basura. Tiré el aparato a los arbustos y me esforcé en ordenar mis pensamientos.
Mi hermana menor debía estar en clases ahora. Su escuela quedaba hacia el este, al otro lado de donde se había grabado el vídeo que Gina me había mostrado. Si tenía suerte, aquel sector estaría limpio de momento, pero no podría comprobar nada sin antes contactarme con ella.
Maldije no saberme de memoria su número telefónico.
¿Dónde estarían mis padres? Papá todavía no habría salido de casa y mamá pronto acabaría su turno en el hospital. Me imaginé la lúgubre sala de urgencias repleta de heridos: varias ambulancias aullaron su recorrido mientras estuve atrapado.
«Espero que estén bien».
El murmullo de algo metálico llamó mi atención. Provenía del piso de arriba, donde habíamos estado apenas unos minutos antes. Era apenas audible, pero ahí estaba: rítmico, pesado. El vello de los brazos se me puso de punta y me agazapé contra la pared para que no pudiera encontrarme si decidía asomarse por el balcón. Uno. Dos. Cuando caminaba, notaba estremecerse el techo encima de mí.
Esperé que aquello hablara. «¡¿Hay alguien aquí?!, ¡vinimos a rescatarlos!», que en realidad fuera el pesado uniforme de la fuerza armada, que venía a controlar el alboroto.
Nada.
Hice una seña a Gina para que guardara silencio. Los pasos se acercaban y ellos estaban expuestos.
No sabía cómo, pero pasados unos minutos tuve la clara certeza de que eso estaba ahí. El extraño, el invasor. Tan solo a poco más de dos metros de distancia.
Me oriné en los pantalones.
Y en medio del silencio, escuché que olfateaba el aire.