Bad temperament

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Summary

[Trilogía 'Seda y cuero'. Libro 1] En un mundo donde la moda es más que un negocio, Malek Sekir, heredero de la corporación MODE, y Auron Novak, un joven con sueños modestos, se encuentran en extremos opuestos. Malek, dotado de riqueza y poder, esconde oscuros secretos bajo su fachada de arrogancia. Mientras tanto, Auron, con aspiraciones simples pero poderosas, anhela alcanzar las alturas de la industria de la moda. Un giro del destino los une cuando Auron recibe una carta que lo lleva a creer que su destino está entrelazado con el imperio de Malek. Sin embargo, pronto descubre que el precio del éxito es mucho más alto de lo que esperaba. En su viaje hacia la cima, Auron se enfrenta a los horrores ocultos detrás de la fachada de lujo y glamour de la élite. Mientras tanto, Malek, obsesionado con retener a Auron a su lado, se ve obligado a enfrentar sus propios demonios internos. Cuando Auron decide escapar de este mundo de decadencia y corrupción, deja atrás a Malek y todo lo que una vez conocía. Pero el destino tiene otros planes, y ambos se ven arrastrados hacia un inevitable enfrentamiento que cambiará sus vidas para siempre. Entre secretos, traiciones y deudas pendientes, descubrirán que el verdadero precio del poder es más alto de lo que jamás imaginaron.

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Complete
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98
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18+

Todo por un sello especial

En el momento que mi madre entró en el salón, chillando como una loca, supe que eso eran buenas noticias... para ella. Estuvo un mes entero mirando el buzón, día tras día, esperando a obtener la carta con uno de los dos colores específicos en el que debería de llegar a modo de respuesta: Blanco o dorado. Por su estado de euforia, podría jugarme todas mis agujas de costura y mis diseños que era el segundo. Nadie se ponía a gritar de ese modo si no era por algo extraordinariamente inusual. Y esto lo era.

Al parecer ya había decidido mi futuro a mis espaldas, pensando que este movimiento arriesgado solucionaría gran parte de nuestra vida, que los problemas no serían más que un recuerdo en cuanto las cosas se encarrilaran un poco. Pero su plan maestro tenía un problema, el más importante, ese en el que todos parecían saberlo menos ella: Yo.

En lo personal, diría que yo no era un hijo precisamente desobediente y egoísta. Yo era de esa clase de chico normal y corriente con una metas claras: Deseaba vivir en un sitio tranquilo, lejos del bullicio de las ciudades, y tener una pequeña tienda de ropa de diseño. Nada estrafalario, cosas sencillas pero con su toque distinguido para que la gente supiera que eso era mío, no una de esas cosas que inventaban las grandes y titánicas empresas que maltrataban a sus trabajadores hasta la extenuación.

Me escondí en mi habitación cuando observé a mi madre zarandear a mi padre, el cual recién se había levantado de dar una cabezadita tras diez horas de trabajo. No quería escuchar su parloteo, que me dijera tonterías como que se preocupaba mucho por mi futuro y, por ello, envió una petición laboral a la empresa Emmerson. Con un empresario horrible de dueño, pero que por alguna razón sus faldas y corpiños eran muy comprados por el público femenino. Nunca escuché nada bueno de él. ¿Quién querría trabajar para ese gordo que sólo aceptaba jovencitos menores de treinta? «La sangre joven es el futuro de las empresas», solía escuchar que decía por la vieja televisión, seguido de un «Por eso, Emmerson Rock siempre está a favor de darles la oportunidad a las jóvenes generaciones en nuestra empresa familiar. Serán parte de la familia ».

Cerdo, eso es lo que era. Un cerdo metido en un traje caro mientras se fumaba un puro junto a una practicada sonrisa.


En cuanto llegó la hora de cenar tuve que lanzar un pesado suspiro. No se me había ocurrido gran cosa para decir que no, no iba a trabajar para ese hombre horrible. Yo sólo quería ahorrar un poco de dinero para viajar el sur, en la zona campestre que estaba siempre verde y llena de animales apestosos que tarde o temprano me acostumbraría a oler y escuchar. Pero no. Hallé la mirada afilada de mi madre cuando intercambiamos miradas en el arco de la cocina.

—¡Auron, cariño, tengo...!

—Ahora no, mamá —la interrumpí, provocando que su ceño se frunciera y yo maldijera a mis adentros. Ya estaba empezando a cagarla.

Como era el mayor que vivía actualmente en casa de mis padres, no me quedaba otro remedio que ser el primero en ayudar en las tareas que requerían más movimiento. Iniciamos una danza silenciosa entre ella y yo, pasando cosas de la cocina a la mesa del comedor mientras mi padre nos observaba callado. Ella estaba preparando una guarnición generosa de comida para los cinco que vivíamos en casa, o al menos eso alcancé a ver cuando podía. Mi madre se encargaba de racionar la pasta, cortar el pollo y yo lo hacía con las ensaladas y pelaba la fruta. Si levantaba la vista de lo que estaba haciendo, podía encontrar en su expresión ese debate interno entre sentirse enfadada o contenta.

Mi madre tenía esa costumbre de mirarte mal para presionarte, haciéndote creer que ella nunca se equivocaba cuando tomaba una decisión. Siempre se excusaba diciendo que veía por la familia. ¿Quién podía culparla, cuando llevaba trabajando desde niña? Siempre lo hizo en el fondo del pozo, donde a veces tenía la suerte de encontrarse con una persona de un estatus mayor al que tenían en su familia. Y ahora, muchos años después, podríamos decir que se había quedado anclada en la parte intermedia de la pirámide social y de ahí no la ibas a sacar... De momento.

A veces sus miradas funcionaban, otras no. Pero en esta ocasión estaba seguro al cien por cien que no quería trabajar para ese puerco de Emmerson.

Mamá odiaba eso de mí, algo que había heredado de mi padre: La tozudez. No sabía de qué se sorprendía, si ella misma lo vivió con mi padre cuando eran adolescentes para poder empezar a tener su historia de amor. Bueno, más o menos. Sin embargo, comprendía parte de su éxtasis. Pronto terminaríamos de pasar el caluroso verano, donde las ganancias que llegaban a casa eran bastante generosas, y después le llegarían esos meses de temporal horrible; con ello los problemas económicos.


Ella dejó la jarra de té frío en la mesa, generando un poco de ruido para que llamara mi atención. Lo consiguió. Mis ojos grises pasaron de la deliciosa y fresca jarra hasta los ojos marrones de mi madre, aquellos que me miraban con rabia.

Me atrapó, y ya no podía escapar.

—Auron, ¿tanto te cuesta escuchar lo qué te tiene que decir tu madre? —dijo por fin, suavizando su cara al saber que el contacto visual fue el que esperaba—. Ha llegado.

—El qué.

Prefiero hacerme el loco.

—La carta —respondió automáticamente—, aquella que te ayudará a tener una buena vida por haber elegido ese camino. Piénsalo. ¿No querrías que todos saliéramos ganando?

Sí, la carta desde el infierno. Ya me imagino a ese viejo asqueroso, inclinándose un poco para tener unas buenas vistas de mi culo apretado por el pantalón. Conozco bien la ropa que usan en su plantilla.

En mi casa, desde que era joven, decirle que quería dedicarme a la ropa fue algo que llamó mucho la atención. El mundo de la moda era peligroso, muy competitivo, y cualquier persona de a pie conocía las tres empresas que más creaban, diseñaban, e importaban diseños exclusivos a nivel mundial: MODE —antiguamente llamado MONDE—, Anglus y Garia. Prácticamente imposible meterse en la élite de la costura, porque pertenecían a las tres casas reales y, por lo tanto, la gente se tiraba de los pelos para que algún raro cuestionario de la plebe alcanzará como mínimo el trabajo de limpieza.

Fue gracias a Gerard Sekir por el que deseé practicar mucho y estudiar mi carrera —como muchos otros, suponía—. El vestido de noche que llevó una cantante en una gala me dejó pegado al televisor. Precioso, regio, deslumbrante. La chica ya era preciosa de por sí, pero el vestido la dejó tan perfecta que apareció en varias portadas. Quería aspirar a ello. Hasta que la realidad me pegó una bofetada al saber que jamás podría, ni siquiera, rozar los últimos escalones de esas empresas. Por ello bajé de mi nube, agachando la cabeza, y comprendiendo que lo mejor era centrarme en algo pequeño sin que llamara la atención.

—Piensa en tu padre, Auron —dijo tras notar mi silencio demasiado largo—, últimamente lo está pasando muy mal. Está cansado, y sabes muy bien que no es fácil su trabajo.

Papá... Sí, lo sabía. Mi padre era un hombre bueno aunque no fuera de muchas palabras, siempre observando a su alrededor. Todavía recordaba la cara de desconcierto cuando le dije que quería meterme en el mundo de la moda —mundo que, para él, siempre lo vio para mujeres—, y también la mortificación que mostró cuando les confesé que no me gustaban las chicas sino los chicos. No era que me guardara asco o me odiara, pero se tiró unas cuantas semanas un poco frío y evasivo para intentar procesar la información. Hasta que, una mañana, me pidió que me sentara con él a solas y habláramos para llegar a una conclusión: Me quería, sabía que era un buen hijo y muy trabajador, pero necesitaba tiempo hasta que lo normalizara como lo hizo con el tema de la moda.

Demoró mucho, y aunque yo intentaba no sacar ese tema en concreto, sabía que en el fondo me estaba agradecido. Quería que siempre fuera yo, estuviera donde estuviera, sin que cambiara mi personalidad.

El problema era el dinero. La situación estaba empeorando con las subidas y bajadas de los precios de todas las cosas, incluido los pagos por sus trabajos. Por cosas como estas a veces me preguntaba si tenía que sacrificarme por ellos, meterme en la boca del lobo, para que tarde o temprano volvieran a respirar tranquilos en una normalidad deseada.

No es que nuestra situación fuera muy precaria, no éramos indigentes, pero con tanto desbalance las cosas a veces podían ser un tanto incómodas. Éramos una familia grande que tenía que hacer malabarismos con los números, en lo que hoy podías comprar un pollo entero y la semana que viene sólo tenías que contentarte con unas latas de alubias con guisantes. Dependíamos de las temporadas altas.

Papá trabajaba como guarda suplementario de algunos establecimientos, lo que a veces podía pasarse madrugadas fuera de casa sin importar el temporal. Mi madre trabajaba a media jornada como limpiadora —limpiaba lo que sea, ya fuera un hotel o un garaje— y mi hermana pequeña, Maya, la ayudaba siempre que podía aunque tuviera deberes que terminar. El problema que teníamos era el pequeño Albert, que al parecer era el más quisquilloso de todos y el peor cabezota de la familia. No sabía lo que quería y tampoco entendía bien la situación de casa pese a tener ocho años. Maya lo tenía claro con cuatro: Quería ser cantante. Claro que para ser famosa tenías que tragar mucha mierda.

—Auron, por favor... —suplicó ella en un tono suave—. Eres joven, tienes veinticuatro, y si no empiezas a arriesgar más allá de remendar ropa de segunda y tercera mano...

—No voy a ser como ellos —espeté.

—Entonces arriésgate si tanto quieres dedicarte a la moda, cariño —suspiró levemente, aún ceñuda—. ¿Qué podrías perder por intentarlo?

Mi dignidad por ser manoseado por ese cuarentón pervertido, mi autoestima si me amenazan con echarme el primer día, vuestro futuro si tanto dependéis de mi decisión... Casi nada.

—A saber... —murmuré, observando a mi madre.

Mi madre era una mujer grande y eso era extraño, porque realmente comía bastante normal. Quizás el hecho de haber tenido seis hijos hubiera provocado algún desequilibrio en su cuerpo para que quedara de ese modo; pero, pese a que a veces pensara que era una manipuladora emocional, quería creer que en el fondo era tan buena como mi padre. Claro que, en cuanto a físico, había heredado mucho de ella: El cabello pelirrojo —pese a que ella comenzaba a tener mechones blancos—, las pecas en la cara —que ella estaba llena, mientras que yo tenía pocas en esa zona—, la piel clara con un alto porcentaje de quemarnos con el sol, y esa curiosa marca de nacimiento en forma de estrella. Ella en el seno izquierdo, yo en la parte derecha de la cadera. Una extraña coincidencia que nadie más compartía en la familia —al menos viva—.

En cuanto a personalidad... digamos que teníamos altas probabilidades de chocar cuando a los dos se nos recalentaba el cerebro. Yo era más paciente —como mi padre—, pero tenía la lengua afilada de mi madre así que era obvio a quién no me importaba confrontar. Al menos hasta que veía la señal de alarma en su cara y tocaba irse corriendo hasta la habitación para atrincherarme. Daba gracias de que su puntería a la hora de lanzar cosas fuera horrible.

¿Sería muy egoísta exigirle qué ya era suficiente? Trabajé muy duro desde los catorce, todo mi dinero iba directo a casa y no tenía caprichos. Las prendas que yo mismo me encargaba de confeccionar o crear eran trapos que mis clientas no querían; y la mayoría eran terribles, estaban manchadas o apestaban a pozo. ¿Sería muy desagradecido si le dijera qué no iría a trabajar con ese cerdo de Emmerson, y que preferiría irme al sur para vivir en paz hasta crear mi pequeña tienda? ¿Me odiarían todos por ello, pese a todo lo qué he hecho en estos años?

Hanna se casó en su mayoría de edad con un empresario que vendía coches de gama media, siendo una ama de casa que ya no traería nada a la casa. Emily se largó al oeste para meterse en una colonia hippy algo así junto a su novio —cuyo nombre nunca supe decir ni escribir—; y Claude trabajaba con el esposo de Hanna al ser mecánico, casándose con una tal Marissa. La vi una vez y no me gustó en absoluto.

Al irse, mis padres ganaban la oportunidad de ahorrarse tres bocas que alimentar mientras no vivieran en casa, pero eso también significaba que también se marchaban tres jornales que podrían ayudar en muchas facturas. Ahora, en esta situación, nuestro dinero se utilizaba principalmente a no deberle nada a nadie; el resto para lo que tocara, guardando un poco por si acaso. Y si llegaba.

Quizás no importaba en absoluto mi opinión, como solía pasar muy de seguido en esta casa cuando algunos de mis padres querían recibir toda la atención. Hoy era esa estúpida carta dorada. Como si te quisieran decir algo como «¡Enhorabuena, bienvenido a la explotación laboral, así que pon tu mejor sonrisa! »

¿En qué momento mi madre envió la petición de esa empresa? ¿Cómo pudo haber estado todo el mes irritada, pero no por las razones que muchos de nosotros creíamos?

—Es un sobre especial —pronunció muy contenta—, viene de...

—Mamá... No necesito trabajar en una empresa tan...

—Sobre. Especial. Auron —dijo palabra por palabra, sacándolo del bolsillo de su enorme delantal—. ¿Recuerdas los colores de las cartas, verdad, cariño?

Me quedé como un auténtico gilipollas, con la boca entreabierta y los ojos fijos en el sobre.

Todas las notificaciones tenían un color para darte una noticia, las cuales eran selladas al vacío junto sello de la empresa: Las cartas blancas con el sello de una cruz significaban un rechazo a alguna petición de trabajo, ya estaba familiarizado con ellas; las de sobre negro significaban que algún familiar o amigo de la familia había fallecido; las verdes significaban dinero que te había sido enviado al no cobrarlo en el momento; las rojas eran para las deudas; las azul oscuro para mensajes impersonales; y las doradas significaban que lo que contenía era importante. Podía ser cualquier cosa.

Supuse que sería la aceptación de mi puesto en esa empresa, aquella en la que no quería ni voltear a verla cuando caminaba por la calle. De verdad lo creía. Pero el sello fue todo lo que necesitaba para saber que no era eso, sino algo impensable. Una corona.

¡UNA JODIDA CORONA! grité en mi fuero interno, conforme la cara de mi madre se asemejaba mucho a un gato burlón.

—Querida familia Novak... —comenzó a decir mi madre, mientras todos jadeaban de sorpresa al ver el sello.

—¡Mamá, por favor!

—¡No seas aburrido, queremos oírlo! —gritó mi hermana, muy ilusionada.

Le lancé una mala mirada, viéndola embobándose con la carta que sostenía mi madre con esa sonrisa triunfal. Mi hermana no es que fuera una de esas niñas locas de la moda, pero cuando me veía diseñar algo se tiraba todo el proceso de creación para ver mis reacciones; también me pedía consejo para la ropa, ya que estaba en esa época en la que quería verse llamativa frente a sus amigas. Nunca faltaba mi broma de que si seguía pidiéndome consejo ningún chico le gustaría por ser tan dependiente, así me la quitaba de encima aunque se enfadara un rato.

Me fui ruborizando por el alboroto de Maya. Mi padre observaba con un gesto neutro y Albert, pobrecito, ignoraba parte de lo que pasaba para llevarse todo a la boca para poder así huir del ojo del huracán. Mi madre se aclaró la garganta tras beber un poco de agua, alzó el mentón y pronunció en tono solemne:

—«Deseamos informarles que su petición de incluir a Auron Novak en el sorteo, ha sido aceptada entre los otros cincuenta mil, aceptando que pueda participar en la selección de personal dentro de una de las familias reales: Sekir, de la empresa MODE; Engels, de la empresa Anglus; y Darsen, de la empresa Garia»

Mi hermana soltó un gritito agudo, aferrándose a mi hombro para sacudirme.

—¡Auron, ese eres tú! ¡Qué ilusión!

—Claro que soy yo, boba, por eso vino la carta a casa —resoplé—. Y deja de tirarme de la camisa o me la volverás a abrir. Ya la cosí tres veces este mes.

—¡La realeza! ¡Le coserás los gayumbos a algunos de los príncipes!

Ni siquiera me escuchó, sino que siguió apretando con ilusión para insistirle a mi madre que siguiera leyendo.

—«Celebrando el primer centenario del tratado de paz mercantil en toda América, las tres casas reales han evaluado la posibilidades de que ingresen los jóvenes de clase media, aquellos que oscilan entre los veinte y los veinticinco años. Esta carta ofrece el formulario que deberá completarse (y enviarse) a la oficina de su provincia para que reduzcamos los números de cincuenta mil a tres mil. Tras ello, mil de cada grupo podrá asistir a las instalaciones de una de las tres familias. Serán seleccionados al azar ».

—¡Tú puedes estar en uno de ellos, Auron! —chilló mi hermana, por fin soltándose para llevarse las manos a su cabello castaño rojizo, el mismo que mi padre—. ¡Seguro que hasta cobrarás una pasta! ¿Y si te ligas a un noble?

Deja de leer libros de fantasía, mocosa ridícula...

Rodé los ojos, porque estaban siendo demasiado optimistas. ¿Por qué alguien como yo iba a ser seleccionado entre esos tres mil? El número era enorme, las posibilidades bajas, y dudaba mucho que se fueran a fijar en las fotografías de cada posible trabajador; querrían experiencia, la clase de diseño y esas cosas que se solían pedir. Yo no hacía únicamente ropa, pero era mi punto fuerte; claro que tampoco es que pudiera tener maquinaria ultra-modernista para crear joyas y zapatos.

¿O quizás el físico podría importarles siquiera? Al fin de cuentas, eran gente importante...

—«En cuanto se elijan los tres grupos de mil, se les informará de la última ronda antes de las finales. Sin embargo, adelantamos que los familiares de los seleccionados serán “generosamente recompensados”, con otros beneficios a futuro» —pronunció mi madre aquello último, dejándome confundido. No estaba entendiendo bien lo que quería decir con eso.

Miré en dirección al techo, conforme mi madre seguía parloteando sobre otras cosas de la carta e intercalando pensamientos. Realmente la idea de trabajar en ese mundo, siendo liderado por familias reales, era algo que siempre generaba dos tipos de pensamientos: Los buenos, los que creían que ayudaban al país tragando mierda y actualizándose con el tiempo; y los malos, aquellos que decían que la monarquía era sólo una muralla para esconder secretos y fetiches repugnantes, utilizando el trabajo como un lavado de cara.

No tenía opinión al respecto. No era tan crédulo para pensar que yo iba a entrar entre ellos, sobre todo porque habrían chicos más monos y estúpidos que yo; siendo capaces de lamer botas, dejarse patear el culo y soportar escupitajos en la cara. Yo era muy paciente, pero mi carácter era fuerte y rara vez toleraba las gilipolleces. Pensé incluso en la posibilidad de que dejaran de lado la experiencia y se llevaran a los chicos de cara bonita, aquellos que podrían ser utilizados para algo más que diseñar o trabajar en una sala llena de gente y material. No sería la primera vez que había visto a un famoso utilizar a uno de sus trabajadores y transformarlo en algo así como un secretario, un chófer o un limpiador.

A veces la gente se dejaba pisotear por cuatro mierdas, sólo porque era alguien muy popular y conocido. ¿Podía haber algo más humillante? Utilizarte de todo menos para a lo que fuiste a trabajar. Asqueroso. Repugnante e insultante. Supuse que sí que sería cierto eso de que la gente, aunque lo negara, tenía un precio.

Yo tenía los pies en la tierra pero, al parecer, en esta casa ya se imaginaban a mí viviendo en un castillo. Un cuento de hadas ridículo, con una historia de amor gay fantasiosa y romántica.

Qué ganas de vomitar me da pensar en ello...

—Estoy segura de que, Auron, estará entre esos tres mil —soltó orgullosa mi madre—. Es un chico precioso, con carácter y tiene paciencia para su trabajo. ¡Se hará famoso!

—Joder, mamá, sé más normal —supliqué en un lamento—. ¿Por qué no puedes ser como las demás madres? Esas que presionan a sus hijos para que se casen y abran la puerta a futuros mocosos. Yo soy súper normal.

—No te infravalores, hijo. —Mi padre se pronunció, siendo algo poco usual en él—. Siempre te ofreces a ayudar a los demás, aunque sea un trabajo que te lleve unos pocos minutos y cobres poco. Gente como tú puede ayudar a que otros aprendan que la amabilidad es importante.

—Papá... —Aquello me hizo sentir un poco mal. Hasta él parecía creer en mí aunque las cosas fueran ridículas e imposibles, como si en el fondo se hubiera aferrado a la idea de no destacar entre los pensamientos y emociones que expulsaban tanto mi madre como mi hermana.

Maya golpeó mi hombro e hinchó el pecho, levantando el mentón para decir:

—Y no eres normal —sonrió enormemente—. En esta casa todos somos guapísimos, incluso mamá lo es.

—¿Qué quieres decir con eso, señorita? —inquirió saber mi madre con mala cara y Maya se escondió un poco para reírse con pillería.

Bueno, yo también me reí porque no estaba muy errada. El más normal era mi padre, pero era una obviedad que sus hijos hubieran nacido con una gran carga genética por parte de madre. No importaba que ella estuviera un poco gorda, tenía la piel mucho mejor que algunas vecinas con muchos menos kilos; y no necesitaba siquiera hacerse un recogido en el pelo ostentoso para ser guapa. Supuse que el físico no siempre lo era todo; al menos no cuando en tu mundo el trabajo era la cúspide de los deseos de muchos antes que el aspecto.

—Entonces... si Maya tiene razón, y todos somos guapos... —miré a mi hermano, manchándose los labios con la salsa de crema de la pasta—. Quizás tengamos que buscarle una novia guapa a él para que los genes no se pierdan.

—¡No! Las chicas dan asco y los chicos son imbéciles —espetó él, arrancándome a mí y a mi padre una ruidosa risotada que resonó por el comedor.

—¡Albert, por Dios, esa boca! —suspiró exasperadamente mi madre, negando con la cabeza varias veces. No estaba enfadada. El menor tenía la facilidad de copiar ciertas actitudes, pero desde luego que eso no vino de mí—. Auron... Eres encantador, trabajador, inteligente... Estoy segura que, si te conocieran en persona, enamorarías a las empresas para tener a alguien como tú en su plantilla. Me duele verte trabajar durante horas, haciendo pequeños trabajos y perdiendo años de tu vida.

—Si soy todo eso, ¿por qué aún no tengo un novio? —pregunté con una ceja alzada, dejando a mi madre confusa—. Bueno... Digo yo... Si a una empresa puedo resultarte tan tentador, ¿por qué los chicos que me invitan a salir no vuelven nunca más?

Ella se rio, frotándose la nuca con un deje avergonzado que no me hizo ninguna gracia. Se sentó en la mesa, guardando el papel de carta dentro del sobre, y sorbió el té mientras yo la mataba con la mirada.

—Me proclamo culpable —confesó, ahora más calmada—. Pero todo lo hago por tu bien, Auron. El mundo de la moda es muy competitivo, y a las mujeres nos gusta la moda en toda su extensión. ¿Prefieres tener un novio qué te haga perder tiempo, quedándote en una posición poco acomodada? —Negó, haciendo que cerrara la boca porque me estaba cabreando—. Hijo, gracias a todo esto has conseguido la oportunidad de tu vida —señaló la carta—. ¿Y si la cosa sale bien? ¿Y si consigues gustarle a un noble?

—Yo sólo quiero tener un buen trabajo, estar tranquilo, y tener un novio con el que compartir aficiones...

—Y también para quitarte lo virgen —pronunció Albert, ganándose un capón por mi parte—. ¡Au, qué agresivo! ¡Así no tendrás novio!

—Tú te callas —gruñí, sacudiendo la cabeza para no enfurecerme—, y no te metas en las conversaciones de los adultos. Aún eres un mocoso.

Él gruñó también, dándose prisa para terminarse el plato. No tardó nada, e ignoró la fruta para irse a la cocina y luego desaparecer hasta su habitación. Después le siguió Maya, dándome ánimos para que lo aceptara, y tras ello la mesa se quedó en silencio.

Mi madre, en un momento dado, decidió arrastrar la silla hacia atrás para ponerse de pie. Apoyó sus manos sobre la mesa y volvió a mirarme de esa forma que siempre aplicaba, intentando hacerme sentir mal. No iba a funcionar. Estaba confundido, pensativo y un poco enfadado por saber que pasé años intentando conseguir a alguien que me hiciera feliz en este mundo de mierda, para que luego ella los asustara o a saber qué cosas más.

Aceptaba la idea de que el trabajo, en esta sociedad, era importante cuando ascendías varios escalones pero... joder, había cosas más allá. Yo adoraba esto, la moda, algo muy mal comprendido en el mundo porque se creían que sólo era hacer ropa y ya. No era así. La moda abarcaba un amplio género de productos y yo quería tocarlos todos: perfumería, diseño, alfombras, cortinas, accesorios como la joyería... Claro que tenía que ser muy estúpido si creías que todo eso lo conseguirías en poco tiempo. Yo esperaría, mejoraría, y estudiaría mientras trabajaba en un sector para expandir mi dominio... en el caso de que me aceptaran en alguna de esas empresas.

Nunca pisé una gran empresa, sólo locales pequeños o iba a las casas a trabajar directamente. Tampoco visité un ciudad en toda mi vida. ¿Debería de aceptar la posibilidad de que podría llegar a ver una? ¿Trabajar para algo muy grande? ¿Tendría que permitirme volar un poco, en lugar de mantener mis pies en el suelo?

—Auron, sé razonable por esta vez —me dijo mi madre—. Comprendo que el número de participantes es alto, pero confío en que cuando vean tu experiencia y habilidades les gustarás. ¿Por qué lo pones tan difícil? ¿No querías ir a MODE cuando eras joven?

Miré a mi padre, quien parecía un poco triste por las razones que yo ya sabía: No quería que me fuera, apoyaba mi idea de ser feliz en un lugar tranquilo y que tuviera a una pareja de buen corazón. Pero también comprendía que la familia se resentiría un poco al faltar parte de lo que yo ofrecía en cada trabajo; aunque fuera en pocos montones. Sufrí una punzada por ello.

—Será difícil, mamá... —murmuré, dándole un sorbo a la limonada—. Habrá mucha competencia, y seguramente elegirán a los que son de clase media pero más tirando a la alta. Los hombres rara vez tenemos oportunidades en ese mundo, de normal son mujeres las seleccionadas.

—Consúltalo con la almohada, cariño. Piensa en nosotros y en lo que nos ayudarás.

El resto de la cena fue en silencio, ninguno de los tres habló. Cuando mi madre terminó de quitar su parte fue a por mi hermano, ordenándole que se bañara o lo haría ella misma hasta que brillara más que el Sol en verano; ni siquiera me reí. Sólo me limité a quitar los restos de la mesa y pensar en si realmente tendría alguna posibilidad de hacerme un hueco. Cincuenta mil personas. Eso era mucha gente y yo sólo era una miga de pan en un mar de arroz.

Decidí no pensar demasiado en ello mientras estaba en la cocina, terminé de fregar todo y en la habitación me quedé mirando al techo lleno de diseños que hice cuando era un adolescente. Ropa para todo el mundo, collares extraños, perfumes exóticos que no tenía ni idea de cómo se sacaban... pero sobre todo ahí, en el centro, estaba la foto de ese vestido de noche que hizo la empresa MODE. Un precioso vestido de seda color púrpura, bordeado de un negro tan potente que la chica casi parecía ficticia. No era apretado, tampoco holgado. Era perfecto, marcando bien los detalles de su cuerpo que seguramente se habría operado o haberse muerto de hambre mientras se destrozaba en el gimnasio.

Pensé en ello, ahora sí. Pensé que, a lo mejor, no estaría mal imaginar que yo crearía algo hermoso y sería portada de una revista. Me daba igual lo que fuera: Un traje para un hombre, un vestido para una mujer, unos tacones de doce centímetros rojo putón o un corpiño tan ajustado que las mujeres de la edad media se volverían locas de la envidia.

Así estuve hasta que me quedé dormido en mi incómoda cama de bultos.


Todo empezó con un sello y una corona, azar... O eso pensé.