Omega

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Summary

Tau es una Omega dispuesta a todo con tal de lograr su objetivo de ingresar a los Servicios de Seguridad del Estado (SSE). Se deberá enfrentar a diversos obstáculos y tratará de ignorar tanto su naturaleza, como al Alfa que aparece en su vida, para lograr su sueño. ------------------------------------------------------------------------------------- Información de registro Identificador 2104137503729 Fecha de registro 13-abr-2021 12:28 UTC Licencia Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 <a href="https://www.safecreative.org/work/2104137503729-omega" target="_blank"> OMEGA - CC by-nc-nd 4.0 - Laura Biurriarena </a>

Status
Ongoing
Chapters
42
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1

Ella sabía que apenas atravesara esas puertas todas las miradas caerían sobre su persona. No la intimidaba esa situación, jamás lo hizo. Nunca se sintió menos que el resto aún cuando su naturaleza de Omega la debería someter a un carácter más tranquilo. Al ingresar al internado militar, a expreso pedido de ella, la vida fue algo más que dura. Los instructores no dudaban en tratar de humillar y doblegar su espíritu, algo imposible bajo el carácter que poseía. No era solo con ella, a cada Omega que se alistaba en el internado se lo sometía a un entrenamiento duro e inflexible, debían demostrar que su naturaleza no los doblegaba bajo nada. Tanto ella, como todos sus compañeros, sufrieron interminables días de ejercicios físicos que buscaban quebrar la voluntad del más fuerte. Jamás se rindió, nunca lo haría, y gracias a eso pudo culminar sus estudios uniéndose a las filas del ejército del país.


Ahora estaba dispuesta a dar el siguiente paso. Una vez que cumplió cinco años de servicio militar pidió unirse a las filas de uno de los Servicios de Seguridad más importantes del estado. Era un paso casi impensado para una simple Omega, ya que al SSE solo se unían Alfas. Las exigencias y el duro entrenamiento estaban pensando para aquellos cuerpos que, naturalmente, eran más fuertes y ágiles que ninguno. Ella accedió gracias a una carta escrita y firmada por el mismísimo Coronel del Ejército, exigiendo la incorporación de la Omega y tachando de inútil a aquel que dude de las capacidades de la mujer. A Borvachov, Comandante del SSE, no le quedaron más opciones que aceptarla. Conocía al Coronel en persona y sabía que jamás se dejaría guiar por sentimentalismos ni preferencias. Solo fundamentos firmes lo llevaban a actuar, sino desestimaba el asunto.


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Karan era un país que hace años vivía pasando de un régimen dictatorial a otro. Nadie le prestaba demasiada atención a ese pequeño país muy al sur del planeta. A nadie le importaba la desigualdad social ni la miseria en la que vivían sus pobladores. Jamás ningún político se había detenido más de diez minutos y dedicado ni un mísero pensamiento hacia aquellas personas que soportaban, desde hacía décadas, a los despreciables seres que los gobernaban. No eran importantes. No, no lo eran hasta que se descubrió una de las cuencas más grandes de agua dulce disponible debajo de esa empobrecida nación. El agua escaseaba en el planeta, y contar con reservas de tan importante líquido se había convertido en uno de los objetivos principales de aquellos países más importantes. Tener control sobre las reservas de agua aseguraban dinero para las arcas estatales y sumisión por parte de otros estados que debían recurrir a ellos para obtener un poco de la misma.

Lo irónico del descubrimiento de tal tamaño era que el dictador de turno, Maliv Acar, no tenía idea de lo que había debajo de sus pies. Por lo tanto fue un completo ingenuo cuando varios diplomáticos de distintos países importantes se acercaron a él con la excusa de brindar apoyo a su régimen para ayudarlo a mantener al pueblo contento.


El orgulloso hombre imaginaba que su poder era uno de los mayores del planeta, por ello jamás sospechó que aquellos diplomáticos estaban al tanto de los depósitos del dulce líquido y solo querían tantear la situación del país, la cual era más que precaria.


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Sabía que apenas ingresara su olor la delataría. Todos esos Alfas eran capaces de reconocer al instante a un Omega sin demasiado problema, como ella era completamente capaz de reconocer a un Alfa a más de cien metros de distancia. Por ello el fuerte olor proveniente de aquel salón donde les darían la bienvenida y primeras indicaciones, le recordaron que debía comenzar a acostumbrarse al ambiente.


Inhaló profundamente y abrió las puertas, ingresando a paso firme, sin bajar la mirada.


No solo el grupo era exclusivo para Alfas, sino que las mujeres que se unían al servicio eran escasas, casi nulas. Ella sabía que el programa estaba pensando para hombres fuertes y de carácter orgulloso y que, como mujer y Omega, no recibiría ningún trato especial, algo que agradeció porque no esperaba menos del ejército nacional.


Su pequeño y curvilíneo cuerpo fue observado por los treinta pares de ojos presentes en el lugar. Su lado animal era un puma, una pequeña felina de andar delicado y finas extremidades que no parecían ser material para un exigente servicio que cuidaba la seguridad nacional, pero ella demostraría lo contrario. Detrás de su aspecto suave, su inquebrantable espíritu y el marcado ego que poseía no la dejarían quebrarse. Los Alfas eran orgullosos, sí, pero ella lo era mucho más y se lo demostraría a cada uno de los que la miraban con incredulidad o como si su presencia se tratara de una broma.


Sin detener sus pies caminó hasta el espacio que había sido designado para ella. Ahora se encontraba de pie, completamente recta y con las manos atrás de su espalda, al lado de una mujer que le sacaba, por lo menos, una cabeza y media de altura y era el doble de su cuerpo. A su izquierda una mujer unos centímetros más alta que ella, de pelo corto y gris, la miraba sin ninguna expresión especial en su rostro. Ella le devolvió una rápida mirada antes de que un olor particular llamara su atención, de que ese olor la atontara por una fracción de segundo.


En el aire podía sentir el delicioso tabaco mezclándose con chocolate, ese aroma que flotaba bien suavecito y a ella parecía envolverla con una calidez que no pudo ni comenzar a describir. No supo cómo evitar inhalar un poco más, dejando que ese perfume le llenara las fosas nasales y algo más, algo muy profundo dentro de ella, bien anclado en su pecho. Trató de no distraerse demasiado, conteniendo la naturaleza curiosa de su felina interior que se removía exigiendo encontrar la fuente de aquel delicioso olor, obligándose a mantener la mirada clavada en la espalda del infeliz gigante que tenía parado delante suyo, ese que olía a bosque de pinos y limón.


La voz de Borvachov la quitó de ese ensueño en el que se encontraba. El corpulento hombre, un Alfa de oso, se encontraba parado en el centro de una tarima elevada. Ayudado de un micrófono dió la bienvenida a los nuevos reclutas, recordando el espíritu del servicio y exigiendo excelencia en los nuevos reclutas. Detrás del hombre habían tres sujetos igual de intimidantes que el Comandante. Todos los hombres se encontraban de pie con la mirada fija en el frente, no observaban a los reclutas, ya lo harían cuando fueran presentados uno a uno, ya les dejarían saber a los novatos que ellos no estaban allí para jugar a ser suaves instructores, les transmitirían en sus frías miradas que no tendrían piedad con nadie, con absolutamente ninguno de ellos.


De a poco los reclutas fueron llamados por su apellido a la plataforma de madera para ser presentado ante sus superiores y el resto de sus compañeros. Con un corto apretón de manos por parte del Comandante a modo de saludo, los nuevos integrantes recibían un bolso con ropa que estaban obligados a utilizar y un papel con la sección a la que debían presentarse luego del almuerzo.


—García Tau — se escuchó una voz llamándola por los parlantes y ella dejó su lugar para caminar firme hacia la tarima.


Pudo observar las sonrisas burlescas de sus nuevos compañeros, aunque algunos la observaban con desprecio, otros lo hacían con algo de curiosidad porque esa minina tan pequeña y frágil sería seguramente la primera en desertar, entonces no entendían por qué perdería el tiempo así, por qué se quería avergonzar de aquella manera. Eso no la distrajo, ya estaba acostumbrada a ser menospreciada debido a su tamaño y cuerpo pequeño, por eso puso ignorar a cada imbécil con una elegancia feliz a exquisita, pudo abstraerse de todo, de absolutamente todo hasta que el olor a tabaco y chocolate casi la hace detenerse en el primer escalón que la guiaría a lo alto de la plataforma donde Borvachov la esperaba. Rápidamente se concentró en seguir caminando, sabiendo que sobre esa tarima se encontraba el hombre dueño de aquel perfume que estaba alterando a su animal interior a niveles que nunca antes había sucedido.


—Bienvenida — dijo el Comandante.


—Gracias señor — respondió ella devolviendo el apretón de manos, y al girarse para saludar al hombre al lado del Comandante su corazón latió con tanta fuerza que parecía querer salir de su pecho, el tiempo se detuvo un instante, el mundo dejó de girar y le regaló un segundo extra para que pudiera perderse en aquellos oscuros ojos.


Allí estaba el dueño del exquisito olor, mirándola fijo, absorto en ella tanto como ella lo estaba en él. Él que parecía igual de perturbado que ella, aunque se esforzaba en que no se notara, él que inhaló profundo y suave, que se llenó los pulmones de aire y de ella, de su esencia, de todo lo que la componía, él que se acomodó un poco mejor, estiró aún más su cuerpo para dejarle apreciar toda su altura, demostrando que era alto y fuerte, capaz de protegerla de todo mal.


Tau se obligó a dejar de ser estúpida y se acercó a paso firme al hombre aunque su estómago poseía un fuerte nudo y su respiración parecía no querer calmarse. Extendió su mano hacia el sujeto que tardó unos segundos en reaccionar. Y cuando las pieles de ambos se tocaron, cuando sus epidermis entraron en contacto… Dios, el cielo mismo había llegado para envolverlos. Es que la electricidad que recorrió sus cuerpos fue inexplicable. Rápidamente Tau quitó su mano y continuó saludando al resto. Él no pudo evitar gruñir cada vez que alguien volvía a sujetar la pequeña mano de la mujer que olía a jazmines.


<<¿Qué demonios?>> pensó ella mientras dejaba atrás la tarima con el hombre que olía tan bien.