Haty, la primera de las nobles damas

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Summary

Relato corto sobre la vida de la faraón Hatshepsut (Tebas, Egipto. Alrededor de 1508 a.C - 1458 a.C). Fue una reina-faraón que gobernó durante más de veinte años, primero junto a su esposo y después de manera independiente hasta que su sobrino Tutmosis III accedió al trono. Su reinado está marcado por ser un periodo pacífico y de desarrollo para el país, a pesar de que tuvo un comienzo complicado y un desenlace marcado por la tragedia. * La portada ha sido creada a partir de la herramienta de IA de la plataforma Canva.

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Haty, la primera de las nobles damas

· Hut-Hor[1], palacio de Tebas, Egipto ·

«¿Cuántas lágrimas eran necesarias para olvidar lo que una ha vivido?» —se preguntaba constantemente la reina mientras intentaba contener la respiración para evitar que la tos la ahogase por completo. Hacía varios días que sentía cómo la vida se le escapaba a través de la boca, en ese carraspeo que dejaba un rastro de sangre bajo su pañuelo de lino.

El frío y su edad avanzada la aquejaban desde el principio del verano. Los médicos se habían negado a visitarla y las pocas personas que aún le eran leales no querían verla por miedo a las represalias. Sentía débiles las articulaciones y sus huesos parecían que iban a deshacerse poco a poco, los escalofríos apenas le permitían conciliar el sueño. Sabía perfectamente que su hora estaba cerca, pero se negaba a perecer después de todo lo que había conseguido y lo que había perdido para seguir ahí.


Hatshepsut no era una mujer cualquiera y a lo largo de su vida había logrado que la recordasen. Su padre le había dejado muy claro su postura otorgándole ser la próxima faraona, pero en un mundo en el que los hombres poseían el poder era complicado hacerse un hueco y mucho menos ser venerada y aceptada. Aún recordaba las palabras de su madre cuando puso sus manos sobre sus mejillas y la besó en la frente: «nadie nos otorga poder porque temen que lo empleemos sin ambiciones crueles como la guerra y porque nos creen débiles, pero somos más fuertes de lo que imaginas. Tenlo siempre presente, Haty, y nunca olvides que eres una princesa, elegida por los dioses para cumplir con su propósito, servir a tu pueblo y procurar su bienestar. No temas pelear lo que te pertenece».

Y desde luego así lo hizo. Cuando Haty descubrió que los planes para ella se desvanecían con la llegada de su hermanastro Tutmosis al mundo, se hizo a sí misma una promesa. Conseguiría a toda costa llegar al trono y a lo que los dioses habían designado que debía ser su futuro. Comenzó entonces a formarse en secreto para gobernar, a estudiar las estrellas, los nuevos hallazgos de los cultivos, la geografía del Nilo y las cartas de navegación de los eruditos de su tiempo.

Cada noche rezó sin descanso a la diosa Isis para que le concediese su mayor deseo, que era suceder a su padre en el trono de Egipto. No importaba lo que los sacerdotes dijesen, pues estaban convencidos de que Tutmosis era el candidato idóneo. Contra más le negaban la posibilidad de cumplir con su deber, más empeño ponía Haty para que la viesen como sucesora.

La revelación llegó cuando una noche, en la que el viento mecía los árboles y la fina arena del desierto, Isis se apareció en un sueño de Hatshepsut. Su luz era cegadora y su rostro era apenas perceptible tras tal destello. Sin embargo, aunque se trataba de una diosa no tuvo reparo en dirigirse a la joven princesa.

—Hatshepsut, he escuchado tus plegarias y, aunque es difícil lo que me pides, voy a otorgarte tu deseo. Amón está de acuerdo en que has de ser la reina de Egipto, mas no será fácil pues existen varias condiciones —añadió Isis tras anunciar que Haty conseguiría el trono.

—Acepto tales condiciones, mi señora celestial, si así son los anhelos que Amón me encomienda —respondió Haty sin saber que estaba dormida.

— ¿Serías capaz de acceder sin conocer a lo que te enfrentas? Pecas de obstinada o tienes el valor suficiente para la tarea que va a serte encomendada. Las condiciones son sencillas y, a pesar de aceptarlas, te serán nombradas. La primera de ellas es que jamás conocerás el amor aunque te lo propongas, pues un líder no cree en la debilidad y así lo entienden también el resto de los dioses —anunció Isis con severidad—. Por otro lado, la única forma posible para que consigas el poder será que te unas a Tutmosis en matrimonio. Él es un hombre sabio y sabrá apreciar tus consejos, pero no vivirá eternamente. Aprovecharás su debilidad, pero quién sabe hasta dónde llegarás cuando obtengas lo que más deseas.

—Así lo haré, mi señora. Cumpliré con tales circunstancias y seré fiel a mi palabra —sentenció Haty reverenciando a la diosa por concederle lo que tanto había pedido.

—El camino hacia el poder es incierto y más cuando aún no se está preparada, y por tu devoción quiero entregarte un presente —le dijo Isis mientras se acercaba a ella con las manos juntas. Al separarlas apareció entre ellas un anillo con una piedra de color esmeralda—. Este amuleto será tu salvación si en algún momento necesitas huir, pues cuando lo lleves encima tus enemigos y aquellas personas que quieran dañarte serán incapaces de localizarte.

Con estas últimas palabras Haty despertó del sueño confusa. Al hallarse en su lecho pensó que todo había sido una pesadilla, pero al descubrir en su dedo índice el anillo de Isis comprendió que la diosa le había otorgado no solo un regalo, sino su mayor anhelo, gobernar Egipto.

Las palabras de Isis se cumplieron y Haty se casó con su hermanastro Tutmosis años más tarde. Ninguno de los dos se sentía aprecio y ambos se unieron por causas de común interés. Ella quería ser reina y él quería legitimar su ascenso al trono por ser hijo de una segunda esposa. Pero los planes de Hatshepsut cambiaron por completo cuando nació su hija Neferura. La pequeña princesa provocó que el curso del destino se volviese en contra de Haty.

Ella había prometido a los dioses no conocer el amor, mas le fue imposible después del nacimiento de su hija. Neferura era la encarnación del amor verdadero y Haty no había superado la prueba divina a la que había sido sometida. Lo comprendió cuando Tutmosis se unió a una concubina y ellos tuvieron otro bebé. Un varón. Un niño que cambiaría la suerte de Haty y de su pequeña, que la devolvía al punto de partida.

Sin embargo, la enfermedad arrastró a Tutmosis al inframundo en plena juventud y Haty vio en ello una nueva oportunidad. Ahora no era la esposa del rey, sino la regente de un niño al que podría manipular a su antojo y gobernar a través de él. Y así lo hizo, tomó el poder a la fuerza y se autoproclamó reina-faraón. Sin embargo, necesitó algo más que su ingenio para tomar las riendas de Egipto y ello se debía a numerosos compromisos con altos cargos del reino.

Hatshepsut dedicó su reinado a procurar la paz y el bienestar de su pueblo, sin entrar en campañas bélicas con los territorios vecinos que pudiesen mermar su ejército. Para potenciar una imagen positiva de sí misma en su pueblo decidió recomendada por sus consejeros adoptar una apariencia más masculina, portando perillas postizas tal y como si fuese un hombre.

No obstante, Haty sabía que era cuestión de tiempo que los nobles y sacerdotes se volviesen en su contra. Esos hombres eran ambiciosos y no desaprovecharían ninguna oportunidad de poder aumentar sus riquezas o expandir el territorio de Egipto. Ella era conocedora de la prueba del faraón, una estrategia para comprobar hasta qué punto el dios Amón deseaba que el trono fuese ocupado por ese monarca, y que consistía en iniciar una batalla al norte del país.

Para Haty fue fácil organizar a su ejército y vencer en la frontera con Siria, ya que contaba con los conocimientos necesarios para hacer frente al conflicto como le había explicado su padre en su infancia.

Pero todo cambió a medida que su hijastro Thutmose fue creciendo. A pesar de que a Hatshepsut se la consideraba la reina-faraón, en realidad sólo cumplía con las funciones de una regente, preparando el ascenso para el joven muchacho.

Haty sabía que no podría permanecer en el poder eternamente y pidió a sus consejeros que le dijesen cómo debía actuar en ese momento, pues veía peligrar su vida y su posición. Todos le respondieron que la única alternativa que tenía era entregar a Thutmose a la princesa Neferura y que con su matrimonio cesasen las disputas sobre el futuro de Egipto. Hatshepsut sabía que eso no iba a ser del agrado de su hija y no se equivocaba.

—No puedes pedirme que haga eso, madre —le dijo la princesa—, Thutmose es solo un niño y a ojos de los dioses y de los míos es como si fuera mi hermano. ¿Por qué quieres verme infeliz?

— ¿Crees acaso que yo tuve elección, Neferura? ¿Crees por un instante que yo fui feliz? —Haty se hallaba consternada—. Es la única forma de que podamos seguir con nuestro modo de vida. Los dioses quieren que tú seas la reina y si para ello tiene que ser con este enlace entonces así será.

— ¡Pero madre, yo…! —Neferura calló antes de confesar aquello que albergaba en lo más profundo de su ser. Sabía que su madre no sería capaz de comprenderla, pero ella ya había entregado su corazón a otra persona, un escriba—. No puedo cumplir con tus designios. ¡No lo haré! —replicó la princesa con un talante firme.

Hatshepsut era una mujer orgullosa y a pesar de que su hija era la criatura que más amaba en el mundo no fue capaz de perdonarle el hecho de que tirase por tierra todo lo que ella había peleado.

—Lo siento hija mía, pero lo que te he comunicado se hará realidad te guste o no —sentenció Haty con firmeza.

Neferura abandonó la habitación sabiendo que no solo dejaba atrás a su madre, sino que se reuniría con su amado aunque intentasen impedírselo. Con maestría se coló en los aposentos de su madre y hurtó el anillo de Isis, aquel que la propia Hatshepsut le había confesado que utilizaba cuando quería evadirse del mundo. Armada con ese único objeto se marchó del palacio de Tebas y fue al encuentro de su amante.

Los dos habían planeado huir a Nubia en cuanto les fuese posible y ahora era la oportunidad perfecta. Neferura y el joven se reunieron a las orillas del Nilo y embarcaron para escapar de una vida que les sumía en la tristeza, donde no podían estar juntos. Nadie sabe si fueron los dioses o el destino, pero la fuerte corriente hizo que la balsa se hundiese y que los dos amantes pereciesen en las profundidades del río.

Días más tarde de la desaparición de Neferura, Haty descubrió que su querida hija había sido vista huyendo con el escriba, pero nadie les había vuelto a ver. Hatshepsut sabía que la muchacha se había llevado el anillo y que sería imposible hallar su paradero, mas lo que no conocía es que al llevar el anillo consigo no serían capaces de localizar su cuerpo.

Por más que intentaron buscarla no lograron hallar ninguna pista y eso sumió a Haty en una profunda tristeza. Se encerró en su palacio y abandonó por completo sus deberes reales, por lo que su hijastro Thutmose asumió finalmente el mando. Poco a poco la corte fue abandonándola y la popularidad con la que había gozado en sus últimos años de reinado se desvaneció como una gota de agua en la arena del desierto.

Hatshepsut pensó que los dioses la habían castigado por incumplir su promesa y, al igual que le habían concedido su deseo, igualmente le habían arrebatado a su hija.


«¿Por qué su amada Neferura no había vuelto aún?» —pensó la reina a medida que sentía cómo perdía el aliento y la vida se le escapaba entre suspiros casi imperceptibles. La diosa Hathor no tardaría en aparecer para acompañarla en su camino hacia el más allá, donde finalmente sabría si era digna de conseguir la vida eterna. A pesar de ello tenía miedo, pues en su soledad, sin amigos ni apoyos, nadie querría enterrarla para con sus pequeñas riquezas poder hacer frente al largo viaje que tenía por delante. Poco a poco Haty sintió cómo su débil corazón se saltaba varios latidos y con varias lágrimas deslizándose por sus mejillas terminó por apagarse al llegar la madrugada.

Como si se tratara de un sueño, Hatshepsut se halló en el inframundo. No era para nada como se lo habían descrito durante su vida, sino que lucía mucho peor. Se trataba de un desierto oscuro, con el suelo de piedra y más frío que cualquier invierno que Haty hubiera conocido. La diosa Hathor la saludó y le encomendó que se uniese a los demás mortales que comenzaban su peregrinaje para ver si eran dignos de obtener la vida eterna.

Hatshepsut caminó sin descanso durante un mes entero, sin saber si su corazón sería lo suficientemente puro como para superar la prueba de la balanza. Si la pluma de Maat era más ligera que su propio corazón el devorador de almas le impediría alcanzar el paraíso. No obstante, a Haty eso no le importaba, porque había muerto sin poder despedirse de su querida hija.

—No debéis ser tan altiva, mujer —le sugirió la diosa Hathor que había observado a Haty durante todo su viaje al último juicio—. Sólo alcanzaréis el más allá si no albergáis pecado alguno en vuestra alma.

—Es posible que a lo largo de mi vida haya pecado, mi señora, pero hay hechos que no logro perdonarme a mí misma, y eso es mucho más pesado que mis faltas. Es la culpa la que me impide considerar que el más allá en caso de alcanzarlo vaya a satisfacerme —respondió Hatshepsut con total sinceridad.

¿De qué servía ser poderosa si no tenía a su lado a su pequeña Neferura? ¿De qué le había servido llegar a ser faraona si no podía volver a abrazar a su hija? Antes de poder llegar al juicio final debía perdonarse a sí misma y estando a las puertas de la balanza no podía hacerlo.

Llegado su turno el dios Anubis presentó el corazón de Hatshepsut y lo colocó sobre la balanza. La pluma de Maat apenas se movió, lo cual significaba que Haty podría ir al más allá. Sin embargo, hubo de enfrentarse a los jueces para ver si la suerte seguía de su parte.

—A lo largo de mi vida he pecado como cualquier mortal —confesó Hatshepsut— y no cuestiono que el designio de los dioses fuese que me convirtiera en reina. Así lo cumplí cuando Isis me lo solicitó según los deseos de Amón, pero no quiero faltar al respeto de sus divinidades si les digo que lo único que me haría feliz sería reencontrarme con mi querida hija. He comprendido que la vida no se basa únicamente en nuestros propios anhelos, ni tampoco en el poder. Lo reconozco, quizá a sus ojos he sido débil, pero a veces el amor nos hace sentir indefensos. Sin embargo, no hay nada más puro que ese sentimiento. Pueden juzgarme y no cumplir de nuevo mis deseos, pero no aspiro ir al más allá y a ese paraíso si no puedo ver de nuevo a mi hija —concluyó Haty como si sus declaraciones fuesen la única verdad que conocía en ese instante.

Las palabras de la reina fueron bien vistas por los jueces y Osiris dictó sentencia: «no siempre seremos capaces de conceder lo que pedís los mortales, pero tu corazón es puro Hatshepsut, puedes continuar tu viaje».

Al momento, como si se tratase de una tormenta todo se desvaneció en una estela blanca y Haty desapareció. En sus oídos resonó el canto de los pájaros como solía escucharlo en el jardín de su palacio. Abrió los ojos y parecía que había vuelto a Tebas, a su adorado oasis de sosiego, donde había crecido y había sido feliz un tiempo. Y allí estaba su madre, recogiendo unos nenúfares de la superficie del estanque.

Si su madre se hallaba allí eso quería decir que había superado el juicio. Hatshepsut se acercó a ella y ambas se abrazaron. Pero lo que Haty no suponía es que alguien más la esperaba en el más allá. Sus facciones le eran conocidas y no cabía ninguna duda de que era lo único que más deseaba ver en ese momento.

Neferura se aproximó hacia su madre y la tomó por las manos con la cabeza agachada. La vergüenza y el remordimiento brotaba de sus ojos en forma de lágrimas. No sabía cómo disculparse con ella.

—Madre, te he esperado tanto tiempo que no sabía si volvería a verte. La abuela ha cuidado muy bien de mí. Perdóname, por favor. Perdóname por haberme escapado y haberte abandonado, pero sobre todo por querer que murieses para que nos reencontrásemos —expresó Neferura con los labios temblorosos por la aflicción.

—Una hija no debe pedir perdón a una madre por los errores que cometió esta última. Nunca he dudado de los dioses ni de su benevolencia, y ahora sé que lo verdaderamente importante es tenerte a mi lado. Perdóname tú, mi amada hija, por no haber comprendido tus anhelos —respondió Haty mientras la abrazaba, sin querer despertar de ese sueño en el caso de que lo fuese.

Y así, las tres mujeres de tres generaciones de reinas-faraón descubrieron que hay algo que nunca debe perderse. El amor y el respeto por las ancestras, aquellas que tejen redes de apoyo y que allanan el camino, para llegar al más allá, aunque ese sea sólo el perdón y construir historias comunes.


[1] Referencia a la época de otoño en el calendario egipcio, equivalente a finales de octubre en el tiempo actual.