Capitulo 1: Paz

En la guerra de los cien días, un hombre desconocido sembraba el terror entre los ejércitos. Alto, encapuchado y con una máscara que ocultaba su rostro, era temido y conocido por muchos nombres: el Sanguinario, el Carnicero, el Asesino. Su brutalidad y astucia lo convertían en un enemigo formidable, capaz de matar sigilosamente o en combate directo.
Los soldados lo buscaban sin descanso, pues su capacidad para infligir daño era incomparable. Algunos creían que era una entidad sobrenatural, pero los pocos que lograban sobrevivir sus ataques revelaban detalles que lo humanizan: su respiración agitada, palabras que dejaba escapar en la batalla, e incluso la visión de su piel bajo la capucha.
Armado con dos espadas cortas, también se valía de otras armas como arcos y lanzas en diferentes ocasiones. Su habilidad para planificar emboscadas y atacar en momentos inesperados lo convertían en un enemigo impredecible y letal.
A pesar del miedo que inspiraba, los ejércitos estaban decididos a acabar con él, pues su sed de sangre parecía insaciable y su amenaza persistente. La caza del misterioso asesino se convirtió en una obsesión para aquellos que buscaban poner fin a la carnicería que dejaba a su paso.
La batalla se había trasladado a un pueblo fuera de la Gran Ciudad, esa batalla fue la más complicada para ambos bandos, el Asesino ya estaba bastante herido y el ejército había sufrido bastantes bajas. En un esfuerzo más allá de lo humano el Asesino empezó a matar sin distinciones, fue cuando en una casa llena de vegetación, y sin mucho lujo quiso usarlo de descanso.
El Asesino entró sigilosamente a la casa, no había nadie, esto no era raro ya que la mayor parte del pueblo había sido evacuado en anticipación de este hombre. Agarró una manzana que había en la mesa y se recostó, luego de poder descansar iba a seguir su camino de asesinatos, hasta que al levantarse sale una figura del baño de forma repentina. Era una mujer y llevaba un cuchillo, el asesino rápidamente la golpea y la deja tirada en el suelo, cuando sacó una de sus dos espadas cortas dispuesto a matar se escucha un ruido extraño del baño.
-¡No, Anton! -exclamó desesperadamente la mujer.
Esto hizo que el Asesino, curioso y sorprendido de la situación, se dirigiese hacia el baño lentamente, entonces la mujer rápidamente agarra el cuchillo y se lo clava al asesino. Esto lo dejó bien dolido y enojado mata a la mujer de un espadazo. Chorreando sangre se saca el cuchillo y se venda, dejando por alto el ruido del baño hasta que nuevamente lo escucha, con la espada en la mano y sin muchas ganas de sufrir otro descuido entra al baño.
El ruido provenía de la bañera pero ya no se escuchaba más, el Asesino decidió agarrar su espada y hace un movimiento para cortar sobre la bañera en la silueta que había, la espada queda a medio camino cuando empieza a escuchar un llanto.
El asesino entró en risa.
El Asesino se quedó mirando al bebé en la bañera, su risa se desvaneció lentamente. Por un momento, su expresión bajo la máscara cambió, mostrando un atisbo de humanidad en sus ojos. Se agachó junto a la bañera y levantó al bebé con cuidado.
El bebé era un niño, con grandes ojos curiosos que miraban al Asesino con inocencia. Él lo observó por un momento, sintiendo algo que no había sentido en mucho tiempo. Recordó un pasado que creía olvidado, un tiempo en el que él también fue un niño inocente antes de que la guerra lo consumiera.
Sin decir una palabra, el Asesino envolvió al niño en una manta y salió de la casa en silencio. Afuera, el ejército enemigo seguía buscándolo, pero él se alejó de todo eso. Caminó por el campo de batalla, esquivando cuerpos y escombros, hasta que encontró un lugar seguro lejos del conflicto.
Los rumores sobre el destino del Asesino eran variados y sombríos. Algunos decían que había perecido, otros que había sido capturado, y unos pocos temían que estuviera planeando un ataque aún más devastador. Pero ninguno sugería que simplemente se había retirado, y con el tiempo, la figura del Asesino se desvaneció en la memoria, relegada al pasado como una página oscura en la historia de la guerra de los cien días.
--Qué historia estúpida.-- murmuró Anton, con un deje de incredulidad en su voz.
--¡Oye!--- replicó Thomas, algo sorprendido por la reacción de su joven compañero.
--Cada vez le encuentro menos sentido,” continuó Anton, ignorando la protesta de Thomas.
--¿De qué estás hablando?” inquirió Thomas, tratando de entender la repentina desconfianza de Anton.
--Bueno, para empezar, si eras tan fuerte, ¿Cómo es posible que mi mamá, que según me contaste ni siquiera tenía el porte de una luchadora, te haya hecho ese daño cuando mataste a tantos hombres entrenados?---- cuestionó Anton, con un tono de voz que denotaba una mezcla de incredulidad y curiosidad.
Thomas vaciló por un momento, buscando una respuesta que pudiera satisfacer a Anton. -Bueno, tiene sentido...- comenzó a decir, pero fue interrumpido por el joven.
--Incluso una vez en un entrenamiento te gané.
--Claramente me dejé ganar. Bueno, no me importa, es tu responsabilidad creer o no la historia de cómo y por qué estás aquí,--- respondió Thomas, tratando de desviar la conversación hacia otro rumbo.
--Lo creo a medias, aunque siento que siempre me ocultaste algún detalle importante.--- afirmó Anton, con cierto dejo de frustración en su voz.
--Bueno, ahora que lo dices...--comenzó Thomas, intentando recordar algún detalle que pudiera haber omitido en sus relatos -Te había dicho que el cuchillo era uno de cocina?
-¡Eso ya me lo habías dicho y tampoco es un detalle importante!--- Exclamo Anton.
Pero antes de poder seguir la conversación, la puerta de la casa sonaba, indicando que alguien estaba llamando. Anton se levantó y abrió para atender a la puerta.
--Thomas, te llaman. --gritó Anton.
Thomas, el presunto asesino de la historia que solía contarle a Anton, era un hombre alto y bien parecido, en sus cuarenta años. Con el cabello corto y negro, y unos ojos de color azul, mas una gran barba. Mientras Thomas atendía la puerta, se encontró con tres duendes comerciantes que vendían pociones. Esta vez, ofrecían pociones de veneno, vómito natural, sueño profundo y, el más innovador de sus productos, una poción de iluminación del cuerpo que hacía que una parte aleatoria del cuerpo se iluminará. Aunque no era peligroso, era perfecto para hacer bromas.
----Dame un segundo--- les dijo Thomas a los duendes. ---Anton, te dije que dejaras de jugar con las hormigas gigantes. A veces se les ocurre morder.----
----No pasa nada, Thomas. A esta ya la conozco hace un tiempo----, respondió Anton mientras acariciaba a una hormiga del tamaño de un perro grande. ¡Auch! Hijo de. ---La hormiga lo mordió y salió corriendo hacia los bosques.
Anton era un chico que le gustaba rodearse de los seres vivos que rodeaban su casa. Era un joven de unos dieciséis o diecisiete años, no sabía exactamente ya que cuando Thomas lo encontró no tuvo muchos detalles, normalmente él decía que tenía dieciséis. Tenía el pelo negro como Thomas, e incluso uno puede pensar que era el hijo, pero a diferencia suya sus ojos eran de un lindo color miel. Él creía la historia de Thomas aunque algunos detalles no le parecían tan ciertos, y el hecho de que haya asesinado a su madre no le molestaba, porque desde chico Thomas le contó su historia. Durante su vida, tuvo algunas veces el deseo de conocer a su verdadera familia, pero no estaba disgustado con su vida y tampoco había generado algún odio o resentimiento hacia Thomas por esto, excepto en algún berrinche que hacía de niño.
Anton tenía la teoría de que los hombres se habían extinguido y que con Thomas eran los últimos de su especie. Pero este siempre le contaba que había más de ellos, así que Anton tiene el deseo de conocer personas y hacer amigos.
-Vamos Thomas, te aseguro que no encontrarás pociones de esta calidad ni en la ciudad-- Decía el duende del centro
-Ya les había dicho que no, estamos cortos de presupuestos y unas pociones para terceros no nos hace falta
-Mira el color de la poción de veneno, alguna vez viste un color tan limpio?---Decía el duende de la derecha
-No, pero no me hace fal...-Era interrumpido Thomas
-Mira la poción de iluminación aleatoria, te daré un ejemplo.-- Decía el duende de la izquierda mientras empezaba a beber la amarillenta poción. El duende se empezó a sentir mal y se agacho en el piso del dolor pero luego de un instante el dedo meñique empezó a brillar.
--Guau, impresionante. --Decían los duendes y empezaron a aplaudir, junto con Anton que se quedó asombrado viendo el brillo del meñique.
--Si, si es genial, yo conozco a un hada pasando las montañas que estaría muy interesada así que vayan y pregunten, hasta luego.--- Les decía rápidamente Thomas, llevando a Anton adentro para cerrar la puerta en la cara de los duendes.
Los duendes quedaron sorprendidos de lo sucedido pero se fueron agarrando la canasta de productos.
Así pasaron los días El Asesino y el Huérfano, viviendo cómodamente en las montañas rodeados de árboles y el paso de especies distintas con las que interactúan constantemente. Su casa no era muy ostentosa ni muy grande pero les funcionaba para estar cómodos, tenían una plantación afuera y árboles que daban ciertos frutos, también cazaban cuando se adentraban en los bosques. Thomas conseguía dinero a base de su plantación y cuando necesitaba comprar siempre aparecen distintos comerciantes por la montaña. Era una vida tranquila y con pocas preocupaciones, al menos por ahora.