I

Los marinos del poderoso Caleuche, un barco fantasma condenado a navegar por las aguas marcianas desde la Guerra entre Tren Tren y Cai Cai Vilu, se aglomeran a las orillas del rio Paraná para su fiesta, donde cuentan sus entierros. Al medio de la celebración, se alza en un trono, la líder del barco, una Calcu llamada Huenchur, que asiente a cada conteo acertado por sus subordinados
- ¡Te agradecemos poderoso Millalobo, porque la caza fue exitosa! - Aplauden y saltan los marinos
Huenchur voltea al rio Paraná, que ha sido el hogar para el Caleuche desde los tiempos ya mencionados. A su alrededor, el barco es resguardado por el Cahuelche, una poderosa criatura similar a un cachalote, una bestia marina que vivía en la Tierra, antes de la conquista de esta por los animales antropomórficos
-Quizás, ninguno de nosotros es un humano. Todos se debieron haber extinguido hace tiempo-
La Calcu toma junto a sus marinos, danzan al canto del Cahuelche y arrojan sangre que tenían en baldes hacia el rio. Huenchur entra al agua, mojándose hasta la rodilla y exclama al aire alzando sus brazos y dirigiendo la mirada hacia las luces que están a la otra orilla del inmenso rio, que por su caudal parece un lago
- ¡Recordamos con esta ofrenda de agua de vida, el pacto que custodia al último pueblo, que es frontera entre la humanidad y las criaturas que Cai Cai Vilu dejo esparcidas por Marte! ¡Que sea la gloria para siempre de nuestro señor Millalobo! ¡Llena nuestras arcas con tesoros y permite que jamás sean encontrados por manos impías y codiciosas! -
Los marinos se sacan sus ropas hechas con cuero de vacas marinas y quedan desnudos frente a la fogata, se azotan en sus espaldas con tentáculos llenos de garras unos a otros, hasta que la viscosidad de sus cuerpos fantasmagóricos llene el suelo como un charco. Pasan unos minutos y arrojan entre la multitud a figuras de agua con formas de fetos humanos, para que limpien los alrededores de la fogata
-Nuestro rey Millalobo ha aceptado esta renovación- Proclama Huenchur, y al instante los marinos se vuelven a vestir con el cuero y hacen una fila para regresar al Caleuche
Mientras marchan, y van dejando la playa vacía, ninguna criatura se percata o acerca a una joven humana pura, que se rompe en llanto y se abraza su vientre al mismo tiempo. Solo Huenchur al pasar, la observa, esta por extender su mano hacia su hombro, pero de inmediato la retira. Se voltea con la piel de gallina, hace tiempo que no experimentaba esa incomoda sensación de ser vigilada, no desde que renuncio a su humanidad por ser líder del Caleuche. Siguiendo su intuición, tampoco hace nada por la joven y se marcha
Las lunas Deimos y Fobos se reflejan en el rio Paraná, cuando el Caleuche se pierde entre las brisas, seguido por el Cahuelche que se sumerge al mismo tiempo
La joven sigue en llanto, aunque sabe que esa zona es terreno de las criaturas terrestres, entidades regidas por la Recta Provincia. Pero golpea sus puños contra el suelo, grita y maldice a todas las deidades que recuerda y se aprieta el rostro hasta sacarse sangre desde las mejillas
- ¡Maldito bastardo! ¡Te odio, te odio, te odio! ¡A ti y a al bastardo de tu padre! - La joven intenta golpearse en el vientre, pero cuando está por hacerlo, siente quemaduras en las palmas de sus manos
- ¡Se supone que no estaría aquí! ¡Me prometiste que seríamos una familia! ¡Hasta me enliste en los agentes de seguridad para estar más cerca tuyo! -
Entre las rocas, una sombra observa sin apremio a la joven, incluso al caminar sus espuelas lo delatan, pero ella no parece importarle
- ¿Acaso es lo que veo? Una humana, y más encina una pura, que no le teme tentar a las criaturas que la comerían viva-
La joven se voltea, se limpia el rostro de la sangre y lágrimas y se pone de pie, mostrando su vientre inflado
-Lo que tengas que hacer, hazlo pronto. Antes de que mi instinto sea más fuerte-
El hombre de las espuelas se ríe por lo bajo, sale de las sombras y se revela como un personaje alto, con sombrero de paja y vestido con atuendo de terrateniente. Se inclina ante la joven, le agarra su mano derecha y la besa
-Soy el señor de la dulce pena, el regidor de las tinieblas y el príncipe de la calma. Pero me puedes llamar Mandinga-
La joven retira su mano y olfatea que está cubierta con un aroma a azufre
- ¿Y usted distinguida dama? -
La joven retrocede, voltea, pero esta cercada por el rio, tampoco las esquinas son apropiadas, su vientre no le permite tampoco hacer movimientos bruscos
-Mi nombre es Criseida, soy cadete en las agencias de seguridad en Montevideo. Vine de vuelta, porque es día libre-
Mandinga la rodea, la toma por los hombros, le acaricia la cabeza y la olfatea por los brazos. Se aparta y se sienta en una roca, a lo que se saca el sombrero y baja la mirada
-Puedo reconocer un alma consumida por la rabia, aunque cualquier humano sin dios ni ley también. Pero lo que ninguno ve en ti, es una carga ajena que tuviste que aguantar, tú sola-
Criseida se frota el vientre y no logra evitar sollozar
- ¿Cuánto tiempo llevas? - Mandinga agarra un palo y hace dibujos en el suelo
-Estoy en mi último mes. En la academia me dieron este tiempo para que diera a luz y después regrese a terminar mi entrenamiento. Pero este bebe es enorme, tengo miedo de lo que pueda pasar, mis padres no me apoyaron desde que lo supieron y el padre de este niño…-
-Un sumpall- Mandinga termina la frase
-Criseida se cubre los labios con los dedos de su mano izquierda, que no tiene aroma de azufre
- ¿Cómo lo sabe? -
El hombre hace sonar fuerte sus espuelas contra el suelo y entre los dibujos se forma un portal, que muestran a unas criaturas con apariencia mitad humana y mitad pez, que se aglutinan en unos roqueros, observando al Caleuche
-Conozco a esas criaturas. Son mentirosas, estafadoras y sobre todos muy seductoras. Tienen el poder de cambiar de forma, genero e incluso pueden observar los mayores miedos de sus víctimas para usarlos en su contra-
Criseida se acaricia su vientre y asiente en silencio
- ¿Quién fue el sumpall que te hizo esto? -
La joven se sienta frente al Mandinga y su portal
-Su nombre es Agamenón. Lo conocí en el muelle de Cerro Patria. Me dijo que venía en busca de un entierro del Caleuche. Al principio solo era un cliente como cualquiera en la tienda de mis padres. Pero pasaban los días y me traía dulces, flores e incluso fruta. ¿Se puede imaginar? No hay regalo más caro en todo el planeta. Pensaba que había encontrado el amor-
-Al parecer, eso fue solo una estafa- Le interrumpe Mandinga
-Cuando paso, lo que tuvo que pasar. Estaba muy aterrada, porque mis padres me expulsarían de casa. Nadie en Cerro Patria iba a darle trabajo o refugio a una promiscua. No quería decirle a él, porque al día anterior que supe lo de mi embarazo, me dijo que había encontrado su tesoro, por lo que regresaba a Montevideo-
El Mandinga invoco otro portal y saco unas brochetas de insecto rostizado, un plato que solo los sátrapas podían disgustar por su elevado costo. Recogió diez, los puso en una improvisada bandeja y la dejo entre él y Criseida, quien devoro una muy rápido. A lo que prosiguió con su relato
-Pero de una forma que no entendí en ese momento, se enteró. Llego hasta mi casa, arrojo unas piedras a mi ventana y me dijo que quería estar conmigo donde fuese. No lo podía creer, de veras haría una familia con él- Criseida se abraza a sí misma y una leve sonrisa aparece en su rostro por menos de cinco segundos
-El único momento de mi vida, donde he sido feliz-
El hombre de las espuelas toca con un palo el portal y la imagen de los sumpall desaparece para dar cabida a una discusión entre Criseida y Agamenón, reflejados como sombras tras una cortina
-Pero no fue lo que esperabas-
La joven se toma el rostro con ambas manos
-Al llegar a Montevideo, no fuimos a una casa. Me llevo a una iglesia abandonada, muy cerca del río. Allí conocí a su comunidad sumpall. Todo me parecía extraño desde que no me presentara como la madre de su hijo o siquiera su pareja-
- ¿Ya sabias que sería un niño? -
-Una madre siempre tiene el instinto-
Ambos terminan de comer las brochetas, por lo que Criseida sigue con su relato
-Me llevaron a un altar, donde Agamenón me pidió que me recostara. Confiaba en él, por lo que accedí sin quejas. De pronto su gente me rodeo, hicieron bailes muy extraños, se sacaron sus ropas quedando desnudos, se azotaron con algas en sus espaldas y clamaban hacia el rio, llamando a una especie de dios...-
- ¿Millalobo? - Interrumpe Mandinga sin parar de mirar el suelo
-No lo recuerdo la verdad. Pero fue muy espantoso, nunca había visto algo así, hasta este día, con la tripulación de ese barco fantasma y la ballena que lo seguía-
Mandinga hace aparecer un jugo de naranja, que era otro plato muy caro en ese planeta. Le da una taza llena a Criseida
-Hay deidades que somos más antiguas que la humanidad en este planeta Marte. Incluso somos anteriores al primer hombre que surgió en la Tierra. Pero hemos sobrevivido a cada guerra, matanza o plaga, en nombre de nuestros hijos-
- ¿Nuestros hijos? -
El Mandinga golpea el suelo suave con sus espuelas y el portal cambia la imagen de la discusión a un terápsido con uniforme policial
-Se lo que paso después del rito. Resulta que Agamenón te estaba usando, porque los sumpall son las únicas criaturas que creen en una oscura profecía, donde las abominaciones hibridas, los demonios y las calcus gobernaran no solo Marte, sino que todo el Emirato estelar, en donde la humanidad llegue por el Sistema Solar-
Criseida lo queda observando, en silencio asiente
-Y Agamenón juraba que tú serias la madre de la hija del mal. Hija de un diablo-
La joven rompe en llanto
-Cuando tuvieron la certeza de que yo era la mujer virgen descrita en esa profecía, me dejaron en el altar. Me levante como pude y busque a Agamenón, pero él solo me dio la espalda, antes de solo despedirse moviendo su mano. Por primera vez, me sentí sola. Ya no tenía refugio. Ese maldito sumpall solo me había dejado embarazada para que ese supuesto demonio no pudiera usarme de conducto para que su semilla germinara en mí. Porque la mujer descrita en esa leyenda, debería ser virgen, y ya no lo era-
La joven se limpió las lágrimas con el puño de su abrigo
-Pensé que aún tenía posibilidades con Agamenón, por lo que me enlisté en la academia de los agentes de seguridad, porque además de que me daban comida y techo, supe que él había ascendido como el pionero en un escuadrón de elite llamado “Other”. Solo debía topármelo y exigir que se haga responsable de nuestro hijo-
Criseida se levanta de súbito, toma una piedra y al ver pasar una rata pigmea, se agacha y la mata, reventándole las tripas con su improvisada arma
-Pero el bastardo de mierda solo se atinó a reírse cuando me vio. Ni siquiera se volteó a saludar y preguntar por nuestro hijo. Fue ahí que me extendieron vacaciones hasta que resuelva mi embarazo y cuide de mi hijo-
- ¿Tiene nombre? -
La joven se agacha y contempla su vientre
-Telémaco, pero Telémaco II, porque mi padre es el primer Telémaco-
Mandinga se ríe por lo bajo
-Creo que ambos somos almas con urgencias-
Se inclina frente a la joven, al mismo tiempo que le entrega una añañuca
-Contempla el portal- Mandinga le señala el suelo
Criseida observa de forma detenida al terápsido con uniforme policial, siendo alabado por todos a su alrededor
-Eso y más te puedo dar, si me ayudas a que los sumpall paguen sus pecados. Los quiero enviar a todos a la Cueva del Imbunche-
La joven no evita dibujar una leve sonrisa
- ¿Cómo se hará esto? Si solo soy una madre soltera-
El Mandinga se levanta, hace girar la añañuca con un ligero movimiento de su muñeca y se transforma en un frasco que contiene un líquido rojo
-Si haces pacto conmigo, no solo te ayudare a llevar a cada sumpall malnacido al infierno, sino que te convertiré en la mayor agente de seguridad que este planeta conoció, también te daré los poderes de un sumpall, podrás cambiar de forma, genero e incluso engañar las mentes de tus enemigos a voluntad. Solo debes beber de ese frasco y seremos uno en nuestra cruzada por limpiar este planeta de esa plaga-
La joven siente como sus dedos tiemblan
-Es todo demasiado bueno para ser real-
Se contempla su vientre
- ¿Qué pasara con Telémaco? -
El Mandinga sonríe y se les sale unos colmillos
-Eso depende de lo que quieras tú, que sea tu secuaz o que nos ayude a traer la miseria a nuestros enemigos-
La joven se relaja, sonríe de forma maliciosa y alza el frasco por encima suyo
-Mi alma y la de mi hijo, quedan sujetos a tu voluntad, señor Mandinga. Solo haz que Agamenón conozca la Cueva del Imbunche, y cuando sea el momento que nuestro hijo sea puesto como garantía de sacrificio para tus propósitos- Dicho eso se toma todo el contenido del frasco
-No pudiste haberlo dicho mejor-
En cuanto se toma todo, unas sombras alrededor se apoderan de Criseida, quien solo ríe a carcajadas mientras se escuchan sus huesos romperse y recombinarse
El Mandinga cambia su forma de un terrateniente a un cabrío de largos cuernos, colmillos muy agudos y garras en sus enormes manos y pies. Mientras Criseida termina su proceso de metamorfosis, el demonio se posa en una roca enfrente del rio con la mira puesta en las luces del otro lado riéndose a carcajadas que hacen incluso a las brisas escapar de su presencia
-Hoy se termina tu reinado, señor Ascanio-
A modo de introducción, el autor recomienda escuchar la canción "Seemann" de Rammstein