Prólogo [Bastardo]
Eran felices, muy felices.
Una bella mujer omega de piel clara con ojos avellana se encontraba sobre el césped con los pies desnudos. El hombre alfa observó sus dedos de los pies y ella echó una carcajada, moviéndolos encima del pasto. Era tan alegre.
La mujer de aspecto puro comenzó a bailar como si fuese una pluma cayendo de una altura. Su cabello brillaba ante la luz de la luna. Era oscuro, largo, suave y sedoso. Su piel de porcelana resplandecía y su ropa blanca le daba un aspecto angelical.
Ese día, él supo que ella era el amor de su vida y él quería que le perteneciera. Deseaba decirle "mía" y dejarle aquel lazo irrompible que los uniría hasta el fin de sus días. Pero, ¿no era muy arriesgado?
Ella era un ángel y él lo opuesto. Él era malo, muy malo. Había hecho cosas que ni dios le perdonaría pero Jiyu, lo sabía todo y, a pesar de ello, estaba con él. Anhelaba estar con él.
Jiyu confiaba que el amor era más fuerte que todo. KangDae, pensaba que la violencia y el dinero lo eran. Pero cuando conoció a Jiyu, todo cambió. Él ya no era el mafioso más temido de Asia. Él era simplemente KangDae, un hombre perdidamente enamorado de una alegre mujer. Jiyu había logrado derribar aquellas barreras, volviéndose la debilidad de Kim KangDae.
El hombre acarició con cuidado el rostro de su amada como si fuese un pétalo de rosa blanca. Observó la pureza que mostraba la mujer a través de sus ojos chocolates. Se inclinó y la besó con tanta dulzura, que pareciera que las flores estaban floreciendo en primavera.
Todo era miel, azúcar y canela.
Jiyu, quien venía de una cálida familia de pueblerinos, había decidido dejar su nido e irse con el amor de su vida. Sus padres le suplicaron que no lo hiciera pero ella estaba ciegamente enamorada de aquel hombre, un alfa dominante, peligroso y asesino.
Los enamorados se fueron a vivir a un territorio escondido donde ahí, KangDae, protegería a Jiyu, su ahora esposa. Sus sicarios cuidaban el lugar y había francotiradores protegiéndolo cada segundo. Jiyu, sabía que era la vida que había elegido a pesar de la incomodidad que vivía al ser vigilada todos los días.
Admitia que, a veces, se preguntaba si había tomado una buena decisión. Pero, siempre que llegaba KangDae, aquellos pensamientos oscuros desaparecían.
Un día, después de una noche de amor y juramentos eternos, se percató que algo perturbaba su cuerpo. Ganas de echar todo se hicieron presentes. Ahí fue cuando una maravillosa noticia apareció. Estaba embarazada. Kang se emocionó tanto, que lloró de la felicidad. El universo les estaba dando lo mejor de él. Una pareja feliz y un bebé. Un pequeño ser, fruto de su hermoso amor.
Jiyu y Kang se volvieron inseparables. Eran todo: mejores amigos, confidentes, esposos y amantes. Ahora, habia una pequeña semilla creciendo entre los dos. KangDae se prometió cuidar de Jiyu y de su hijo más que a su propia vida. Ellos eran su todo y así siempre lo iba a ser.
Las noches de la pareja consistía en hablarle al bebé y decirle lo mucho que lo amaban. KangDae acariciaba su panza con cariño. Esperaban con ansias verlo. ¿Cómo sería el niño? Jiyu, quería que fuera igual que su padre, guapo, alto, de piel morena. Pero, KangDae, quería que fuera igual a Jiyu; de piel brillante, cabello sedoso y ojos expresivos. No tenían preferencia con que fuera alfa u omega. Solo querían un hijo de ambos.
Los esposos vivían en una falsa pelea constante sobre el futuro parecido de su hijo. Igual, el amor no le iba a faltar porque ellos ya querían al bebé, más que a sus propias vidas.
Al poco tiempo, el gran día llegó, era un día mágico para la joven pareja. El niño iba a nacer. Pataleaba con fuerza para salir del vientre de su madre, quien pegaba gritos del dolor.
—Amor, estaré contigo todo el tiempo.—mencionó el esposo, acariciando el sudoroso cabello de su esposa.
Ella le sonrió con cansancio, tomó su mano y la besó. Jiyu sabía que él siempre estaría ahí. Pero había algo que la inquietaba. Algo no saldría bien y lo sabía.
El pequeño Mingyu nació. Un lindo niño con el mismo color de piel que su padre y el rostro de su madre. Era la combinación perfecta de ambos.
Nada podía salir mal.
Eso creyó KangDae, hasta que escuchó que el corazón de Jiyu dejó de latir. El hombre enloquecio de inmediato, impulsando a los enfermeros beta a sacarlo de la sala. Él estaba cegado por el miedo. ¿Jiyu estaba bien? ¿Por qué dejo de responder?
Sus desgarradores gritos inundaron el pasillo. Alfas tuvieron que interponerse ante aquella situación. Los betas eran débiles a comparación con KangDae, quien era un Alfa dominante. Quería matarlos a todos. Estuvo a punto de golpear a uno, pero un médico se cruzó, inyectándole un sedante que lo abatió al instante. Su corazón se estrujaba dentro de él. No entendía por qué sentía este dolor. Sentía que moriría en cualquier momento.
Minutos después, recibió la terrible noticia. Jiyu había fallecido el día del nacimiento de Mingyu. Un 6 de abril.
Él lo había perdido todo. Había perdido su mundo, su confidente, su amante, su esposa. Entendió la razón por la cual no sentía nada del otro lado del lazo. Se había roto en el momento en el que ella falleció. A cambio, la vida le dio un bebé. Un desconocido.
Lo llevó a casa, sin recordar que tenía su pequeña recámara azul con osos y diseños infantiles. Todo eso, lo había elegido Jiyu. Olía a ella. A flores de primavera. Podia apostar que aun veia su reflejo, danzando alegremente con un lindo bulto en su vientre. La casa en la cual vivían, gritaba :"aquí estuvo Jiyu". Todo el hogar estaba impregnado de su cálido olor y de su esencia.
Era ella, quien había creado ese hogar. Era ella, quien creo al bebé. Era ella, quien lo enseñó a amar.
Por la culpa de Mingyu, ella ya no estaba. El odio empezó a apoderarse de él. Si solamente no hubiese nacido, Jiyu estaría con él. Estaría feliz y él también lo sería.
Llamó a su madre, quien comenzó a cuidar de Mingyu ya que KangDae no quería verlo nunca más. El pequeño bebé lloraba desconsoladamente, pidiendo leche y un poco de cariño. Aquello molestó aún más a KangDae, quien se habia vuelto un adicto al alcohol.
—¿¡Cuándo vas a callar a ese bastardo!?— Gritó Kang, poniendo con rudeza su vaso de cristal sobre la mesa.
Su progenitora sobresaltó y negó con la cabeza, cargando al bebé y meciéndolo en sus brazos.
—Es tu hijo, ¿por qué lo tratas así?
—El mató a Jiyu.
Bebió un vaso de alcohol y volvió a servirse sin pensar en las consecuencias.
—Ella querría que estuvieras dándole amor a su hijo. Él es la prueba que el verdadero amor existe.
—Jiyu está muerta, por culpa de este niño.
—No hables así de tu hijo.
—Esa cosa no es mi hijo.
La abuela del niño se acercó, mostrándole al recién nacido que se encontraba en sus brazos.
—Incluso, se parece a Jiyu. Él también la extraña, deja de llorar cuando le acerco prendas de ella. Aún mantienen su olor.
La mesa cayó al suelo por la forma en la que KangDae se levantó. La madre del alfa dominante se alejó rápidamente con el bebé en brazos.
—Fuera de mi vista o ahorita mismo mato a ese niño. No lo repetiré dos veces.
Su madre no dudó en huir, pues el fuerte olor a alfa había asustado al cachorro que tenía en brazos, haciéndolo llorar aún más fuerte. Estaba destrozada por el odio que le tenía al indefenso bebé.
Kim KangDae detestaba a su hijo, Kim Mingyu porque era el bastardo que mató al amor de su vida.