PREMIO DE CONSOLACIÓN
La guerra finalmente ha terminado en mi país. Por tendidos 22 años miles de soldados, recursos y ciudadanos que han sufrido los percances por parte de las hostilidades de la República Comunal de
Otaria hacía nuestra querida nación Ryunale, pueden descansar.
Y es que, pese que los otarianos son magníficos estrategas no pecan de inteligentes y el no aliarse con nuestras tierras vecinas la Federación de Feralia, finalmente terminó por costarles la gloria de gobernar más tierras.
Una oportunidad que sabiamente fue aprovechado por mi padre, el rey Rui Trémulo Scarasi, aunque toda victoria tiene un pago y ese ha sido mi hermana
Lucinda. Ella es la segunda en la línea sucesora de los vástagos de mi padre, ya que mi hermana Arabella
es la primogénita y futura reinante de este país, dejando que Lu fuera la siguiente en ofrecer a los extranjeros para que contrajera matrimonio con su príncipe heredero, Dimitry Le Covanov.
—Dicen que jamás sonríe —habla Lucinda recostada sobre mi cama, jugando con el listón de su camisón.
—Jamás es una palabra muy drástica—defiendo.
—Que ha entrenado con todo tipo de armas desde los seis años y que podría rebanar tu cuello sin que te des cuenta.
—Pero me gusta mi cuello —lo toco por instinto, observándome desde el espejo del tocador.
—He escuchado que puede sanar con una velocidad casi inhumana.
—¿Ese casi significa que todavía puedo derribarlo mientras tú huyes de la ceremonia?
Lucinda sonríe.
—Voy a extrañar tus ocurrencias, Emmi.
Su cuerpo se eleva de la cama para mirarme a través de mi reflejo. Le devuelvo el gesto y corro hacía ella, dejándome caer sin gracia alguna a su lado para abrazarla.
Es dos años mayor que yo y pese que siempre me pareció la más cuerda y razonable de mis cuatro hermanos, veo duda y temor en su rostro por aquella unión.
—Tal vez pueda permanecer una temporada en Feralia después de la ceremonia ¿no lo crees? Escuché que posee bellas vistas que podría pintar, me refiero a los caballeros nobles de su corte.
Le guiño el ojo y mi hermana sonríe, aunque está vez solo por cortesía.
—Sí, tal vez puedas quedarte una muy larga temporada en Feralia.
Lu acaricia mi mejilla y se marcha de mi alcoba para ir a dormir, pues mañana por la tarde la unión será anunciada oficialmente.
Por la mañana, soy la segunda en unirme al basto comedor. Por lo general, siempre soy la última debido a mi incapacidad de despertar temprano, pero en esta ocasión solo Iria, mi hermana menor esta presente.
—¿Dónde yacen todos? Es que me he caído de la cama antes de lo pensado o existe algo que nosotras no sabemos.
—Contemplando la hora, definitivamente es lo segundo, Emm.
Iria ofrece una mordida a su pan con miel mientras tomo asiento a su lado con lentitud, ya que en efecto, es demasiado tarde para solo permanecer nosotras dos en el comedor. De inmediato mi hermana me ofrece una rebanada de pan para que lo unte con mermelada. Posee 14 años, pero no cabe duda que la forma glacial en la que muerde su almuerzo es exquisito.
—¿Qué? ¿Solo ustedes? ¿Donde están los adultos en esta sala?
La entrada muestra a
Jerico, mi tercer y único hermano. Él es mellizo de Lucinda y ambos son tan semejantes físicamente como lo es aquel castaño y ondulado cabello que todos nosotros a excepción de Arabella que es rizado, poseemos.
—¿Has visto a Lu? —le pregunto a Jerico.
—Por suerte no, ayer tenía un humor insufrible. Me sorprende que no yazcas bajo sus faldas como acostumbras.
De pronto, la discusión que tenía planeado con mi hermano no sucede, pues las voces de mis padres surgen.
—¡¿Cómo que no saben dónde está tu hija?! —exclama mi padre.
—¡No lo saben! Tanto mis damas como escoltas no la han vislumbrado en el castillo desde que partió a dormir anoche.
Iria y yo nos observamos.
—¿Sucede algo? —pregunta Jerico.
—Lucinda no aparece —espeta mi madre con ansiedad y suelto mi almuerzo de los dedos.
—Pero ¿cómo puede hacernos esto? —mi padre expresa furioso—. Fui muy claro con ella y sabe las responsabilidades que tiene con ésta nación. Te lo dije Margaret, debiste vigilar a esa niña, pero...
—No encoleres, Rui. Tal vez solo fue a tomar aire en los jardines, sabes que eso la relaja ¿no es cierto, niñas?
Yo asiento ante la mirada de mi madre que sabe bien la hermandad que comparto con Lucinda, al tiempo que me angustia su desaparición.
—Yo sé a dónde le gusta ir, tal vez pueda ir a buscarla —me ofrezco.
—No, los Feralios no demoran en arribar al castillo y la celebración pronto dará inicio —ordena mi padre, mientras que sus ojos se desvían un poco en mí—. Vayan a enlistarse. Su almuerzo se servirá en sus aposentos hoy.
Ninguno le protesta a su rey y nos retiramos del comedor a nuestras alcobas.
Bastan de tres horas para observar el carruaje del rey extranjero adentrarse en la glorieta del castillo. Un séquito de escolta le precede, aunque no consigo ver la bienvenida que mi padre le otorga, ya que la vista no es tan generosa como hubiera querido desde mi balcón.
—Lamento importunarla princesa, pero Su Majestad requiere de su presencia ahora —exclama mi doncella Talhia ante el mensaje del mozo de mi padre.
—¿Mia?
Ella asiente y mis nervios aumentan.
"Estoy en problemas"
Me aventuro a deducir con prontitud lo que mi padre requiere de mí y es que han sido incontables las veces que Lu y yo nos hemos solapado nuestras ausencias y huidas, sin embargo, en esta ocasión no poseo idea alguna del paradero de mi hermana por más interrogatorio que se disponga a hacerme.
—Solicitó de mi presencia... mi rey.
Emito aquellas palabras después de que las puertas de la sala privada de mi padre revela que no estaremos solos en la habitación, pues el monarca de Feralia y su concejal se encuentran al pie de la sala junto a él.
Me inclino de inmediato como señal de respeto a los invitados, consiguiendo que emitan el mismo gesto.
—Un placer conocerla al fin, princesa Lucinda.
No soy capaz de contradecir al rey extranjero, mucho menos cuando se ha dignado a hablar nuestra lengua y no la suya para comunicarse.
—Ella no es Lucinda sino mi tercera hija, Emmelina Scarasi Duggër —interpone mi padre.
El hombre luce confundido por la presentación, ya que estaba más que claro que esperaba vislumbrar a mi hermana.
—No comprendo, Monarca Trémulo.
"Bueno, ya somos dos"
—He de ser breve en esto y es que mi hija Lucinda ha solicitado declinar de todo favor concedido por la corona. Eso incluye por supuesto, cualquier beneficio y tierras pertenecientes que serán abonados a su hermana en sucesión.
Me señala con la mirada y solo puedo pensar que eso es una reverenda mentira. Lucinda jamás habría declinado. No cuando la noche anterior se despedía de mí por el matrimonio que pronto contraría con el príncipe Dimitry. Mi padre mentía, pero porqué.
—¿Declinar? —la cuarta voz de un hombre emerge detrás de nosotros en Alevania, su idioma natal. El sarcasmo es palpable así como su sonrisa lo confirma—. Supongo que la fama de mi primo le precede hasta estos lares.
—Sebastian, compórtate. Ten respeto ante el Monarca Scarasi.
—Por supuesto, tío. Pido disculpas, rey de Ryunale —el sujeto espeta ahora en nuestra lengua de una forma un tanto trabajosa, tras no poder pronunciar adecuadamente la "r".
El rey Iralio se vislumbra enfado, aunque su sobrino apenas y le teme. Se encuentra sentado en uno de los sillones con una pose plácida dando un sorbo a su trago sin respeto alguno. Ambos nos miramos por un par de segundos. Es por mucho, diez años mayor que yo, pero se atreve a guiñarme el ojo. Resoplo y vuelvo a la conversación antes de que note mi sonrojo por ello.
—Es mi deseo que sepas que nuestra alianza no ha cambiado en absoluto, Iralio. Los términos siguen siendo exactamente los mismos e incluso compensatorios por este agravio.
Aquello dicho parece causar una breve sonrisa al rey extranjero, seguido de llevar nuevamente su mirada hacía mí.
—¿Tu hija habla otras lenguas?
—Cuatro.
—¿Incluye el nuestro?
—Por supuesto.
—¿Ha llevado algún entrenamiento de combate?
—No técnicamente.
—Pero ¿es un buen jinete?
—La mejor.
¿Por qué osaban hablar de mí como si no estuviera presente?
—Mi querida Federación aceptó que la princesa Lucinda fuera la futura esposa de mi hijo, considerando que sus leyes admiten que el primogénito sea varón o una dama reine en Ryunale, pero tal vez debiste mencionar tras mi arribo que tu segunda hija claudico del compromiso y nos has dado a la tercera cual premio de consolación.
¿Premio de consolación?
—Aunque he de suponer que mi hijo encontrará tolerable tal cambio si es que se compensa por ello en el contrato. Consejal Frensuan —el hombre a su servicio de inmediato concede un paso hacia su rey—, haga el favor de colocar los pertinentes ajustes para proceder con esta nueva sociedad antes que ceda la firma frente a la corte del rey Scarasi, teniendo en el acta como mi futura nuera y reina de la Federación de Feralia a la princesa Emmelina Scarasi.
Siento mi alma caer en un profundo y total vacío, tras esas últimas palabras.
¿Yo, casarme?
Debía ser un error. Debía serlo porque yo no podía contraer matrimonio con aquel príncipe, pues era Lucinda quien se había comprometido a él, quien tenía aquel deber con nuestra y su nación, pero mi hermana... Lu no estaba. Ella había desaparecido.
—Padre.
Le suplico apenas con un resoplo de mi voz y mano en el estómago para evitar colapsar, aunque apenas y lo toma en cuenta, pues ni siquiera se atreve a mirarme después de haberme ofrecido a otro reino.
—Guardias —llama mi padre—. Escolten a mi hija hasta la sala de celebración donde se anunciará su matrimonio con el heredero de Feralia.
Su mano se extiende a la puerta para que me marche, pues he terminado de ser aceptada en esta transacción. Me lleva segundos reaccionar y tomar mi falda para avanzar, aunque finalmente hago lo que se me pide cual súbdita que se debe a su rey.
Antes de poner completamente los pies fuera de la sala, el sobrino del rey Le Covanov me otorga una mirada resuelta con sus verdosos ojos profundizándose a los amieladomíos. Toca apenas la orilla del vaso de su trago, extendiéndome una sonrisa curiosa.
—Bienvenida a la familia, princesa Emmelina.