Capítulo I: Elxtraño
Los cuernos de batalla sonaban tenues y ahogados en la lejanía. El lúgubre silencio del ocaso en la inmensidad de la llanura era quebrado por los lamentos agónicos. El sol cubría los restos de la batalla con un delicado manto dorado. La sombra de los cuerpos caídos se iba extendiendo con lentitud. La barbarie se tomaba un descanso, al menos aquí, para seguir en otras tierras y en otros días.
—¡Por acá! —dijo una voz joven—. Creo que aún está vivo.
Se escucharon unos pasos torpes trotar por sobre los cadáveres. Era otro joven. Su mosaico de armadura tintineaba. Tropezó unas cuantas veces hasta que alcanzó a su compañero.
—¿Es este? —preguntó, apuntando a un cuerpo. Su voz era grave.
El de la voz joven asintió con la cabeza. Luego, se prosternó y llevó su mano derecha empuñada hasta la cabeza. Con la uña del pulgas tocó su frente, y luego bajó su mano, en la misma posición, hasta el pecho. Allí, frente al corazón, tocó con la uña del pulgar. Era la señal del Elegido. Su compañero, de pie junto a él, se signó. El sol se despidió acariciándoles con suavidad los rostros. Y se perdió.
—Sigamos, Sebastián —dijo el de la voz grave—. Llegamos tarde.
La penumbra en ese país parecía ser esparcida por una brisa. Lo que volvía más cortos a los días. Por ellos les apremiaba registrar los cuerpos para encontrar algo de valor, para evitar que la noche los atrapara allí. Levantaban un cuerpo y lo inspeccionaban. Si encontraban algún objeto valioso se lo arrebataban. Después, lo dejaban caer con suavidad. Y antes de partir al siguiente cadáver, hacían la señal del Elegido.
—No parecen muy nobles, Rafael —se lamentó Sebastián, rebuscando en el yermo—. Solo veo levas.
Rafael asintió con la cabeza. Estaba agachado revisando otro cuerpo. Vestía distinto a los demás cadáveres. Su ropa era de una calidad que no había visto, pero si oído. Le quitó la capa y la extendió. Era de un hermoso verde. Sobre ella dejó una cadena de plata, dos anillos de oro y una daga cuya empuñadura y vaina estaban adornadas con piedras preciosas.
Sebastián se volvió hacia su amigo.
—¡Un elfo! —dijo sin contener el asombro—. Nunca pensé ver uno muerto.
—Uno entre miles —replicó Rafael, quitándole las botas—. Me sorprende la fortuna que tuvimos en hallar a uno de estos.
Sebastián se había inclinado para verlo más de cerca. El rostro del elfo seguía siendo bello, incluso con sus labios azulados. El joven extendió sus dedos hacia la cabeza del muerto y comprobó lo sedoso que eran los finos y lisos cabellos. Estos parecían como si brotaran del mismo sol que ya había partido.
Sebastián desvió la mirada hacia la hebilla lustrosa del cinturón.
—¿Puedo? —le preguntó a Rafael, sosteniendo el cinturón.
Su compañero asintió tratando de calzarse las botas bellamente trabajadas.
Sebastián desabrochó el cinturón, se paró y se lo ciñó a la cintura. Al tacto parecía cuero, pero estaba trabajado con otros materiales.
—No es mucho lo que pude rescatar —dijo Rafael, incorporándose. La capa se había convertido en un bolso improvisado tras atar sus extremos con una cuerda mugrienta.
—¿Vamos? —agregó Rafael, mirando una carreta en los lindes del bosque de las Cuchillas Verdes. Sebastián asintió, y se marcharon hacia ella sin signarse ante el elfo.
Al alcanzar el transporte, Rafael puso en este el bolso lleno de objetos élficos. Sebastián, en cambio, depositó en este algunas joyas que había conseguido, y el puñal que le empezaba a incomodar. Se aseguraron de que nadie los observara desde la distancia, y regresaron.
—¡Mira allí! —exclamó Sebastián, señalando con el dedo hacia un inusual resplandor.
Había una pila de cuerpos junto a un viejo árbol. No parecía que hubieran sido amontonados por alguien, si no que murieron protegiendo algo que el frenesí de la batalla y la prisa de los vencedores no dio tiempo para desentrañar. Los dos amigos se dirigieron hasta allí. Al llegar, hicieron la señal del Elegido. El origen del resplandor venía de la punta de una espada. A diferencia de las otras vistas, no presentaba mella alguna. Rafael se inclinó y observó con detención. Estaba exquisitamente trabajada. La expertiz que se usó para forjarla superaba a la de los elfos.
—Sácala, Rafael —dijo Sebastián, de pie junto a su compañero.
Rafael extendió su mano hasta sostener la hoja. Se sentía tibia, incluso a través del guante de cuero. Jaló, pero no logró sacarla. Con cuidado, la sujetó con ambas manos, y volvió a jalar. El calor se sintió con mayor intensidad. No se movió de allí.
—¡Vamos! ¿Qué pasa, Rafael? —inquirió Sebastián, que observaba como el crepúsculo se marchaba de esas tierras.
—Ayúdame a mover los cuerpos —dijo finalmente, resignado
a un esfuerzo del que rehusaba.
Ambos se incorporaron ante la pila mortuoria, y cuando se disponían a comenzar, repentinamente, la punta desapareció. Y, desde el interior, una voz apagada, pero enérgica y grave, dijo:
—Si se van ahora, les perdonaré la vida; no porque lo desee, sino porque tendrán tiempo para huir. No se preocupen de que los pueda rastrear. Podría hacerlo y acabar con sus vidas, pero hay asuntos más importantes que me apremian.
Rafael y Sebastián no daban crédito a lo que escucharon. Los corazones de ambos se agitaron con fuerza contra sus pechos acorazados. De las tantas veces de las que carroñearon en un yermo de batalla, nunca habían sido amenazados de esa forma por un superviviente. Quizá habían recibido hostilidad tras ayudarlos: intentos de robos o asesinatos, pero nunca esas palabras, menos desde una precaria posición.
Rafael empuñó la espada sin desenvainarla. Sebastián tenía el arco dispuesto, listo para tensarlo.
—¿Y quién eres tú —replicó Rafael, con su voz más grave de lo normal— para amenazarnos? ¡Somos varios hombres, y no sería difícil que nuestras lanzas atravesaran tu fortaleza de carnes en descomposición!
La voz, más grave que la de Rafael, soltó una altiva carcajada apagada por los cuerpos.
—¿Qué quién soy yo? —respondió entre risas—. Soy un caballero, noble y valiente, enviado por mi señor a combatir... como se habrán enterado ustedes dos.
Sebastián, cuyo rostro reflejaba preocupación, miró con rapidez a Rafael. Este mantenía el ceño fruncido, atento a la más mínima señal.
—Me entretuve observándolos —dijo la voz en un tono jovial—, mientras recuperaba... ¡fuerzas!
¡La pilas de cuerpos se desmoronó estrepitosamente hacia los dos amigos! Rafael alcanzó a esquivarla echándose hacia atrás con un brinco, pero chocó contra Sebastián. Ambos cayeron al suelo. Y frente a ellos, se erguía una figura apena distinguible en el agónico crepúsculo. La espada en su mano resplandecía cubierta por un vaho luminoso que arrojaba sobre la figura una delicada luminiscencia.
—Pensé que se irían —dijo pausadamente el extraño—. Y también pensé en dejarles vivir. Pensé tantas cosas...
Dio un paso sobre los restos del montículo. Luego, dio otro. Y otro. Caminaba con gracia, pero con firmeza hacia los dos carroñeros. Sebastián buscó su arco, pero se había roto en el choque. Buscó el puñal; no estaba. Rafael se había incorporado para cuando el extraño ya había dado el segundo paso. Blandía la espada con ambas manos apuntando hacia el corazón de esa sombra.
—Valiente, no lo negaré —respondió con calma ante la amenaza de Rafael—. Veamos de qué estás hecho, pequeñuelo.
Un destello pasó fugaz por los ojos del extraño. Empuñó la espada en mandoble. Su porte era el de un noble. Su postura era soberbia e imponente. Y aún así, Rafael no dio pie atrás.
—Dejaré que seas el primero en atacar —dijo el extraño caballero, sin bajar la guardia.
Rafael sabía que tramaba algo, por lo que le susurró a Sebastián que se pusiera de pie y corriera. Y así hizo, Sebastián. Pero tropezó casi de inmediato.
«Tonto», pensó Rafael sin dar crédito a la torpeza de su compañero.
El caballero se había echado a reír dominado por fuertes carcajadas.
Hasta que las contuvo.
«El descuido que buscaba», pensó el extraño, y con rapidez dio un fuerte paso hacia Rafael, y dio otro. Y otros más.
—¡Mentí! —gritó, al golpear su espada resplandeciente contra la de Rafael, que se astilló en miles trozos. La punta voló por el aire perdiéndose entre los cuerpos.
El extraño, veloz, pateó el pecho de Rafael, que cayó pesadamente sobre Sebastián. Luego, extendió su espada hacia el cuello de Rafael.
—Y ustedes, ¿quiénes son? —dijo el caballero. En su rostro se dibujó una sonrisa que dejaba ver sus dientes entre la barba—. Tranquilos, no les haré nada. Solo jugaba.
Bajó la espada, la envainó y se acuclilló junto a los dos amigos. Respiraba pesado y profundo. Rafael seguía tendido en el suelo. Miraba las estrellas que manchaban el firmamento. Sebastián se sentó, sacudiéndose la ropa.
—¿Y bien? —insistió el extraño. Miraba el horizonte entintado de púrpura.
—Somos unos salteros —comenzó Sebastián, con un aliviado tono—. No servimos a rey ni a señor alguno. Vivimos de lo que la campiña, el bosque o los montes nos entreguen. Con la guerra entre Oéster y los Elfos de La Gran Selva, hemos empezado a vivir de los caídos...
Sebastián se detuvo. Algo en su interior lo incomodó. Y miró avergonzado al extraño, quien seguía expectante del crepúsculo. Su rostro era taciturno, pero altivo. Las arrugas que surcaban alrededor de sus ojos resaltaban con la tenue luz. Respiraba pesado y calmado. Su coraza evidenciaba delicadas hendiduras. Solo tenía las hombreras y bufas del brazo izquierdo. El gorjal se veía intacto.
—No los juzgo —dijo el caballero cuando miró a los dos salteros. Luego bajó la mirada y ajustó su escarcela—. Por favor, continúa...
El extraño titubeó. Recordó que, tras la jugarreta, no se habían presentado adecuadamente. Allí había un un caballero desconocido y dos salteros.
—Sebastián —respondió Rafael, incorporándose desde el suelo—. Ese es el nombre de él. El mío es Rafael.
—Gracias. Aprecio que me dieran sus nombres —dijo el extraño en un tono afable acompañado de una sonrisa cálida —. Mi nombre es Temple de Latorre.
Rafael y Sebastián se miraron con rapidez. Sus ojos estaban tan abierto como la impresión se los permitía. Sus corazones latían frenéticamente.
Temple los contempló, y su bigote se movió tras sonreír. Los dos jóvenes lo volvieron a mirar. No se convencían. Y otra vez entrecruzaron sus miradas, para asegurarse de que no fuera un engaño.
Temple se puso de pie y con sus manos sacudió la suciedad sobre su cuerpo. El guantelete sonó estridente donde había metal, y sordo donde había ropa o cuero. Luego, se paró al frente de los dos compañeros y desenvainó la espada para terminar de convencerlos. El vaho lumínico rodeaba el arma.
Rafael se incorporó, no en guardia; por lo contrario, con una postura solemne.
—Lo sentimos —dijo avergonzado—. No sabíamos que era don Temple de Latorre, uno de Los Siete de Nuestra Señora, el Quinto del elegido.
—Sí —dijo Sebastián, que también se había incorporado con solemnidad—. No lo sabíamos. ¡¡¡Pudimos haberlo matado!!!
Rafael miró a su amigo con las cejas hechas una maraña.
Temple soltó una fuerte y pedante carcajada.
—Sí, soy Temple de Los Siete de Nuestra Señora — respondió guardando su espada en la vaina recamada con bellas gemas—. Siento haberles jugado una broma y asustarlos con mi amenaza. Como les dije, solo descansaba entre los restos de mis hombres.
Guardó silencio y contempló el yermo. Los cuerpos yacían con cientos de sueños y esperanzas inconclusas. Se volteó y miró hacia el otrora montículo en que estuvo oculto, apenas visible con la escasa luz. Había olvidado, momentáneamente, el dolor que sentía por el sacrificio de esos hombres para protegerlo. Pero Temple no conocía el nombre de ninguno de ellos.
«Lealtad», pensó con amargura.
Sebastián y Rafael lo contemplaban en silencio de la penumbra.
—Pude haber sido uno de ellos —dijo Temple. Su voz era triste, pero altiva.
Los salteros miraron el montículo. Pensaron en tantas cosas, que evitaron seguir pensando.
—Pude haber sido un cadáver —insistió Temple—. Pero esos desconocidos se sacrificaron por mí cuando la batalla estaba perdida.
Guardó silencio.
Pensó en esas ideas a las que le dio vuelta cuando estuvo bajo los cuerpos sin vida de sus hombres. La brisa agitó delicadamente los cabellos de esos tres. El yermo había sido devorado por la oscuridad. De la vaina de Temple se escapaba un delicado destello que asemejaba el lejano horizonte.
—¿Qué hará, don Temple —dijo Rafael.
Temple suspiró ligeramente. Contemplaba las estrellas.
Se sentía como una de ellas, rodeado de oscuridad.
—He de buscar a los sobrevivientes —dijo, conteniendo un suspiro melancólico—. Este día murieron buenos hombres. Cayeron otros de renombre y fama. Por lo menos alcancé a darle muerte a algunos elfos.
—Encontramos a uno de ellos sin vida —dijo Rafael indicando en la oscuridad hacia un punto aleatorio.
Temple miró hacia la oscuridad.
—Nuestro campamento no está lejos —intervino Sebastián, en un tono afable—. Si lo necesita, don Temple, puede pasar la noche allí... Y todo el tiempo que necesite para recobrar fuerzas —agregó, apresurado. Rafael le dio una fugaz e invisible mirada.
Temple bajó la vista de las estrellas. Eran cientos las que titilaban. Les sonrió con amargura, a pesar que no lo veían.
—Se los agradezco —respondió.
Cerró los ojos. Luego, respiró con profundidad y pausado.
—Pero solo será por esta noche —agregó con amargura—. Me es menester partir cuanto antes.
Una fresca brisa recorría el yermo. Cada vez se sentía más frío. Unas nubes habían cubierto la luna. Caminaron con dificultad hacia la carreta. Rafael le prestó la capa del elfo a Temple para que se cubriera. Ellos se cubrieron con sus ponchos.
La carreta crujió cuando Sebastián y Rafael la comenzaron a empujar. Avanzar por el yermo, era dificultoso, a pesar de que eligieron una ruta sin tantos cadáveres. Temple se había negado a subir en ella, aun sintiéndose cansado. De vez en cuando, uno de ellos tropezaba con un cuerpo o un objeto.
—Ya saldremos —decía el otro, que ayudaba al caído.
Cuando estuvieron en los lindes del bosque de las Cuchillas Verdes, Temple se detuvo. Se volvió y miró hacia el yermo. El metal de las armas y armaduras destellaron gracias a la fugaz luna que asomó. Pero las nubes, sin contemplación, volvieron a cubrirla.
Fue el último adiós de los caídos.
Gente sin nombre.
Levas.
De pronto, una luz sacó al caballero de sus pensamientos. Dos antorchas se habían encendido. La flama danzaba de la mano de un viento que parecía querer matarla en lugar de avivarla.
—De aquí en adelante el trayecto es más oscuro —dijo Rafael, que miraba más allá del yermo, expectante de curiosos que no podría ver—. ¡Vamos, don Temple de Latorre, Caballero Elemental de Los Siete de Nuestra Señora. La oscuridad nos espera. El viento ya le declaró la guerra a nuestras antorchas. Las mismas antorchas que nos puede delatar. No hay que fiarse de los elfos, ni de miradas indiscretas más allá del yermo.
—Vamos —respondió Temple, resignado, pero altivo—. ¡Vamos a las profundidades del bosque, rajando las sombras con estos colmillos danzantes!
Una cálida sonrisa se dibujó en el rostro del caballero.
Avanzaron y se perdieron tras la espesura y las sombras.