Capítulo único
Su corazón pareció detenerse por un momento mientras las lágrimas se acumulaban en sus ojos. Su respiración se normalizó en cierta medida; sin embargo, no lograba terminar de encajar todo lo sucedido en su mente. Conservaba en sus labios el sabor y el calor de los del demonio, lo que le recordaba la intensidad del momento. Lo había tomado desprevenido, no se imaginaba así su primer beso. Todavía recordaba su agarre brusco, sus labios buscando desesperadamente los suyos, sus manos intentando aferrarse, temblorosas, a la espalda del contrario. No supo coordinar su cuerpo y su cerebro en ese preciso instante. Los nervios se hallaban a flor de piel. Era inevitable.
Pero se había ido y ya no regresaría. Era lo más probable, no le cabía duda alguna. Fue entonces que comprendió que estaba destinado a permanecer solo. No lo podía evitar. Su mirada quedó fija en la puerta caoba como si en algún instante el demonio fuera a entrar nuevamente. Nada sucedió. Ni siquiera se escuchaba ya el motor del Bentley, el cual reconocía perfectamente cada vez que lo oía llegar o partir.
¿Cuánto tiempo más esperaría lo imposible? No tenía la menor idea. Pero la pregunta más importante era: si ya había perdonado a Crowley, ¿sería capaz de, algún día, perdonarse a sí mismo? ¿Por qué? No estaba entendiendo nada. Quizás un poco de vino lo ayudaría.
Justamente iba a buscar una botella de vino tinto cuando, al voltear, se sobresaltó dando un pequeño brinco en su lugar. Gabriel estaba sentado en aquel sillón individual, un libro reposaba en su mano izquierda abierto de par en par mientras que su derecha sostenía una copa de vino. El arcángel posó su mirada en el confundido ángel, que le cuestionaba, con el ceño fruncido y una mueca en su rostro, cómo demonios había entrado.
—¿Qué estás haciendo aquí? —finalmente se dignó a pronunciar Aziraphale, aún sin atreverse a dar un paso al frente como si sus pies estuvieran enraizados en el suelo.
—Qué dulce eres. —sonrió Gabriel, diciendo lo previo sarcásticamente. —Este vino es exquisito. —halagó la bebida, ignorando por completo la pregunta de Aziraphale. —Ven, toma una copa. —le ofreció, despreocupado.
Suspiró con pesadez y verdaderamente quiso resistirse, pero no le diría que no a un buen vino. Las probabilidades de que terminara ebrio y haciendo algo cuestionable de lo que se arrepintiera luego eran altas. Literalmente, sólo resultaba cuestión de tiempo… y de una buena borrachera. Su cuerpo actuó por instinto, mucho antes de que su mente diera cualquier orden, y se sirvió de la embriagante delicia en una copa que apareció milagrosamente. La llenó casi hasta el borde, contrario a todas las normas de etiqueta que conocía, pero ahora le importaban en lo más mínimo. Tomó un buen sorbo, sus manos sudaban mientras su mirada se desviaba de vez en cuando hacia el arcángel. Los iris violetas lo hechizaron unos instantes y parpadeó para no sucumbir, apelando a lo poco que restaba de su autocontrol.
Botella tras botella, copa tras copa de vino fueron vaciadas llegando al clímax de la ebriedad, fuera de los sanos y prudentes límites de la cordura. Ninguno tenía noción de quiénes eran o de lo que decían, lo único que tenían claro era que sus cuerpos pedían, rogaban, imploraban por un contacto cercano, íntimo.
Gabriel tomó la iniciativa rozando la mano del contrario con la suya, que dejaba caricias sugerentes por toda la piel que tenía a su alcance. Procedió a desabrochar los botones del chaleco sin detener las caricias, arrancando gemidos de los labios de Aziraphale. La corbata de moño fue deshecha en un ágil movimiento, la camisa de igual manera se convirtió en un estorbo que Gabriel se encargó de quitar.
Los toldos cubrían las ventanas, escondiéndolos de miradas curiosas, y la puerta cerrada con un milagro impediría que alguien entrara. Era mejor así. Los labios de ambos se encontraron, uniéndose en un beso, uno con sabor a uvas fermentadas y un nivel distinto de placer. Por un breve ínterin, Aziraphale dudó de si esto estaba bien pero, aunque quiso apartarse, Gabriel era demandante y posesivo y se había aferrado a él, a lo que colocó sus manos en su nuca tomándolo Gabriel como una señal de que podía proceder a profundizar el beso.
La ropa terminó de desaparecer por completo, sus cuerpos se fusionaron en uno, los gemidos llenaban la librería y tanto el uno como el otro se habían convertido en poco más que manojos de nervios. El sudor los empapaba, las manos de Gabriel exploraban el cuerpo robusto debajo de él proporcionándole placeres que jamás le dieron antes. Pronto descubrió sus puntos más sensibles y erógenos, los lugares exactos que debía tocar para escucharlo jadear.
A estas alturas de juego, con semejantes cantidades de alcohol corriendo por sus venas, la mente de Aziraphale quedó en blanco y su cuerpo se guiaba por sus hormonas alborotadas, su embriaguez a tope y el tacto de Gabriel.
Sabía que mañana se iba a arrepentir, era más que obvio, y por beber desmesuradamente tendría una buena jaqueca pero en este momento no importaba.
No supieron discernir cuánto tiempo permanecieron así, haciendo el amor aunque, en lo profundo de su ser, Aziraphale escuchaba una vocecita que le susurraba que, definitivamente, estaba mal. Muy mal y que, por dicha razón, probablemente estaría condenado.
Para cuando terminaron, ya se hallaban exhaustos, con la respiración acelerada, los labios resecos, la garganta afónica y, por supuesto, algún leve mareo.
Descansaron un buen rato, Aziraphale recostado en el pecho de Gabriel y este rodeándolo con sus brazos y dejando algunas pequeñas caricias en los esponjosos rizos.
Sin embargo, nada dura para siempre y, ya a la mañana siguiente, Aziraphale se encontraba solo, cubierto únicamente con la manta de tartán, con una terrible jaqueca, dolor en su parte baja y, sobre la mesa, quedaban las botellas y copas vacías como evidencia de que ahí hubo algo.
¿Qué había sucedido? No fue un sueño, de eso estaba bastante seguro, pero ahora no podía recordar nada. Miró su cuerpo desnudo y se tocó los labios con una mano cerrando los ojos, intentando rememorar lo sucedido.
Sintió un vacío inmenso en su pecho justo donde solía estar su corazón, como si tan importante órgano vital se lo hubieran extirpado bruscamente para volverlo añicos. Sin notarlo, unas cuantas lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Alguna que otra aterrizaba en sus labios, haciéndolo degustar ese sabor salado tan característico. Salado como la tristeza que lo inundaba, gris como su conciencia que le regañaba por ser tan estúpido, tan fácilmente manipulable, por sentirse vulnerable, por haber permitido que esto ocurriera.
Cubrió su rostro con sus manos, aunque nadie lo estaba viendo, no pudiendo contener su llanto. En primer lugar, ¿por qué hizo eso? ¿Qué tanto le costaba detenerlo? Por un demonio, ¿y su maldita dignidad? Se sentía sucio, profanado como un tesoro robado, cual templo saqueado. Como si no fuera… nada. Sí, bueno, se lo merecía. Podía vivir con el desprecio de Crowley, por supuesto, aunque no significaba que doliera menos. Pero esto… Caló profundamente hasta el último hueso de su cuerpo, su mente se llenó de pensamientos intrusivos y, por un segundo, quiso hacerlo. Quería darse de baja, tirar la toalla. ¿Qué más daba? Su razón de vivir se había ido y jamás querría volver a verlo, sumado a esto fue convertido, literalmente, en cenizas. Entonces, ¿para qué seguir?
El llanto se volvió leve, mas no menos amargo. Deseaba dormir por siglos y nunca despertar. Quizás no le ayudaría con el dolor, pero dejaría de sufrir efímeramente.