Моя Стихия

Summary

Después de regresar del extranjero, Pei Su llega como estudiante de nuevo ingreso al prestigioso instituto particular donde Shi WuDu es el profesor más temido y respetado. Con una reputación que cuidar, ¿qué hará Shi WuDu cuando descubra que siente cierta debilidad por el sobrino de su mejor amigo? ¿Logrará Pei Su tentar lo suficiente al hombre que despierta sus pensamientos más impuros? ¿Qué hará Pei Ming cuando descubra lo que sucede?

Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

1. Это я

Desde las alturas, el cielo teñido de un lila difuminado por los vagos matices de una oscuridad incipiente refugiaba interminables congregaciones de nubes dispersas a lo largo del trayecto aéreo, parecía el vislumbre de un sueño monótono.


Pei Su apoyó una mano sobre el lateral de los protectores auditivos que lo aislaban del molesto sonido producido por los rotores que giraban en la parte superior del helicóptero y con postura lánguida inclinó la cabeza en dirección a la ventana situada a su costado. La impaciencia lo tenía un tanto inquieto.


A pesar de haber vivido más de una década en San Petersburgo, seguía sin acostumbrarse a las bajas temperaturas del clima ruso, inconscientemente agradecía que la calefacción se encargara de convertir el frío en un malestar casi imperceptible.


Cuando sintió que el libro situado sobre su regazo estaba a punto de resbalar, se apresuró a atraparlo. Bajó la vista y apartó la mano del auricular acabando por apoyar las puntas de los dedos en la portada del volumen que ostentaba una lujosa encuadernación de pasta dura. Pushkin era su poeta favorito, con ese ejemplar había aprendido las delicias del idioma ruso y las peripecias de su complejidad.


Al internarse en los recuerdos que lo conectaban con aquel país y su cultura, una sensación de vacío se apoderó de su corazón, una puerta hacia el paraje de la melancolía. De no ser por la mano que se posó sobre su hombro, tal vez habría sido rebasado por los emotivos recuerdos de infancia que forjó durante sus primeros años en Rusia.


Pei Ming sonreía como un padre orgulloso, aunque de «padre» solo tuviera el título merecido por la ardua dedicación y esfuerzo con los que había criado al adolescente que por línea de sangre no era más que su sobrino.


—Pekin te va a gustar mucho, lo prometo.


—Todavía no quiero volver a China.


Pei Ming cerró los ojos un instante mientras soltaba una exhalación pesada.


—Xiao Pei, ya hablamos de esto antes.


—Cuando sea mayor de edad volveré a Rusia.


Pei Ming negó y regresó la dirección de su mirada hacia la ventanilla de vuelo. La determinación de Pei Su para ese punto comenzaba a parecerle el berrinche de un niño que no quisiera irse del parque de diversiones.


—Dudo mucho que Shi QingXuan te lo permita. Está demasiado entusiasmado por tu regreso al país.


Pei Su mantuvo la fría inexpresividad que lo caracterizaba y ante tal consideración se limitó a guardar un silencio meditativo. Ese argumento había resultado inesperado, después de todo, era muy poco lo que recordaba de los hermanos Shi.


—Tío Pei, ¿seguirás siendo profesor? —la expresión de Pei Su era cada vez más somnolienta.


—Por supuesto. No desaproveché los beneficios de tener contactos en China y ahora cuento con una plaza en la institución donde vas a estudiar.


Pei Su entrecerró los ojos con discreto fastidio, suplicándole al universo que aquel hombre nunca se atreviera a avergonzarlo frente a sus compañeros de clase.


—¿Conseguiste ayuda de la señorita Ling Wen?


Pei Ming soltó una risita y extendió una mano contentándose con despeinar cariñosamente a su sobrino.


—¿Cómo lo supiste?


Pei Su se sintió como un gato arisco recibiendo las caricias de un dueño demasiado efusivo, por lo que, sin disimular su irritación, sujetó la muñeca de Pei Ming y retiró la mano que frotaba sus cabellos de manera errática.


—La otra opción que tenía en mente era el hermano de QingXuan.


Resignado a reservar su exceso de cariño paternal, Pei Ming finalmente apartó la mano, estaba cansado de que aquel chico fuera demasiado serio y formal para su edad. A veces ni siquiera le parecía que estuviera en compañía de un crío de dieciséis años. Tener oportunidad de ver a Pei Su reír o si quiera insinuar una sonrisa era como ver una rosa florecer en el desierto.


—De hecho, WuDu también es profesor ahí.


Antes de que Pei Su pudiera decir algo, el piloto aviador aparcó en el helipuerto. Pei Ming se retiró el cinturón de seguridad y los protectores auditivos, a su vez, Pei Su hizo lo propio, era hora de descender.


El edificio al que acababan de llegar era una de las construcciones más altas de la parte moderna de San Petersburgo, por lo que, incluso a ese nivel, la presión auditiva era una molestia.


[...]


La música de fondo apenas era apreciable con el tintineo de las copas, los fragmentos de conversaciones que provenían de las mesas y los empleados atendiendo los pedidos de los clientes. Con cada inhalación Shi WuDu aspiraba el apetitoso aroma a carne de parrilla, cebolla, salsas, especias, y alcohol que gobernaban la atmósfera del establecimiento.


—Pei Ming es estúpido.


Ling Wen apartó el vaso de vidrio de sus labios, a tiempo de evitar el sorbo de licor y aunque coincidía con lo dicho por Shi WuDu, no asintió ni se esforzó por defender a su amigo ausente.


—No es una novedad.


—Si lo tiene todo en Rusia y quiere regresar a China para recuperar una vida mediocre, le falta ambición.


—Quiere que Pei Su regrese antes de que olvide como hablar adecuadamente su idioma nativo o se sienta como un extranjero entre sus propias raíces.


Con las pinzas metálicas en una mano, Shi WuDu movió el pedazo de carne que se estaba dorando en la parrilla de la mesita y meneó la cabeza sin parecer convencido por el argumento de Ling Wen.


—Dejar de ser el entrenador personal del presidente por el bienestar de un mocoso que ni siquiera es su hijo es otra estupidez.


A primera vista, el exceso de formalidad en la vestimenta de etiqueta que Shi WuDu acostumbraba ostentar no era el mismo mientras permanecía con los puños de la camisa arremangados hasta la altura de los codos, por un momento; Ling Wen contempló de forma disimulada las venas que se marcaban en los brazos de su amigo, tras apartar la mirada, una sonrisa misteriosa se insinuó en su expresión.


—¿Tú no harías lo mismo por QingXuan?


Shi WuDu levantó la mirada revelando una sonrisa burlona.


—Me haría cargo de darle una vida llena de lujo sin necesidad de obligarlo a reconocer sus orígenes como si fueran una necesidad.


—Por desgracia no cuentas con las oportunidades que el viejo Pei encontró en Rusia. —Ling Wen meneó su bebida y finalmente dio otro sorbo.


—Ese imbécil de Pei, en ese país lo tiene todo y aquí... huh, ¿aspira a recuperar una vida mediocre?


—Si tenemos en cuenta que en un principio él no quería irse al extranjero, todo lo que hizo fue por Xiao Pei, sí, no está interesado en el status social.


—Rídiculo.


—Sus ambiciones son difíciles de entender.


—Y por otro lado, mis ambiciones van más allá de la vida que tengo —con un perfecto equilibrio entre sus palabras y sus acciones Shi WuDu extrajo la pieza de carne y la colocó sobre el plato de Ling Wen—. Ya me cansé de ser profesor de instituto.


—¿Preferirías dejar la docencia para dedicarte a la política dura?


Por un momento Shi WuDu pareció meditar su respuesta antes de decir algo. Una nueva pieza de carne empezó a dorarse en la parrilla y el crepitar del fuego acentuó su mutismo dubitativo hasta que abrió la boca para hablar, pero antes de proferir una palabra legible, el sonido de su celular lo interrumpió. Enseguida extrajo el dispositivo móvil de su bolsillo del pantalón y recibió la llamada entrante.


—No QingXuan, no puedes venir. Ponte a estudiar, los exámenes finales no se van a aprobar por arte de magia. —Con un rotundo gruñido Shi WuDu colgó y volvió a guardar el celular.


Ling Wen desvió la mirada hacia la ventana que daba al exterior del restaurante.


—¿Siempre has sido tan estricto con él?


De forma inconsciente, Shi WuDu siguió su línea de visión, al otro lado del cristal, una pareja tomada de la mano acababa de salir del restaurante y conforme avanzaban se les veía reír. Frunció el ceño y después fingió que no había visto eso. Tanta cursilería melosa lo asqueaba aunque se tratara de otras personas.


—¿Te parece que no lo consiento?


Ling Wen volvió a menear su bebida y finalmente le dedicó una mirada cansada.


—No conozco tu lado dulce, WuDu. ¿Realmente tienes uno?


—Si me comportara contigo de esa forma, mi hermano pensaría que hay algo entre nosotros.


Aunque en más de una ocasión ciertos desconocidos habían interpretado su convivencia amena con la de una pareja, que QingXuan llegara a relacionarlos con un trasfondo romántico ya implicaba otro nivel. Ling Wen levantó los palillos de su charola y apresó el pedazo de carne de su plato, la textura era crujiente, perfecta y apetecible.


—¿Celos de hermano?


—Lo dudo, constantemente me sugiere usar una aplicación de citas para encontrar pareja.


El sonido de la carne al ser volteada en la parrilla amortiguó la risita sofocada de Ling Wen.


—Debo admitir que incluso a mí me intriga, ¿qué es lo que buscas en una potencial pareja, WuDu?


La mirada lapislázuli de Shi WuDu, manifestó un atisbo de estupefacción momentánea. Fantasear con las características concretas de una pareja ideal nunca había sido uno de sus pensamientos más relevantes.


—Me gustaría coincidir con una persona seria, con objetivos y metas ambiciosos —mencionó con un tono distraído, dicho así, sonaba como si en realidad buscara a alguien clonado de sí mismo.


—Eso es muy genérico.


—Quiero a alguien que no diga estupideces a diestra y siniestra como si sus neuronas tuvieran algún defecto.


Ling Wen elevó una ceja y pensó en las veces que Shi WuDu no encontró humor para reírse de los comentarios ocurrentes de Pei Ming en el pasado.


—¿Y físicamente?


De pronto, la sonrisa de Shi WuDu le pareció interesante, despertaba muchas interpretaciones a simple vista.


—¿A qué se debe este interrogatorio, Jie?


Ling Wen masticó su porción de carne con actitud imperturbable, no era una colegiala que fuera a ruborizarse por la indiscreción de sus preguntas, una vez que pasó el bocado, se dispuso a responder sin dar indicios de perder la calma.


—Desde que te conozco, si nadie te saca directamente la conversación, ese tema ni siquiera existe para ti.


[...]


A través de las blancas cortinas lujosamente adornadas con brocados dorados, una tenue luz matinal empezaba a filtrarse llegando hasta la cama sobre la que Pei Su dormía. Al abrir los ojos, apartó el cabello que cubría su campo de visión y vislumbró el candelabro central del dormitorio.


La primera vez que lo vio, pensó que estaba en una habitación de estilo Versallesco. Pero a diferencia de los que poseían una auténtica antigüedad, aquel funcionaba con iluminación artificial. Su versión de cinco años no conocía gran cosa de la intensa influencia cultural francesa en Rusia durante la fase imperial de los últimos siglos.


Once años más tarde, todo lo que conocía de Rusia sin duda tenía el potencial de enorgullecer a un profesor de historia dispuesto a hacerle conversación.


Un golpeteo en la puerta lo sacó de sus ensoñaciones.


—Adelante —dijo Pei Su sin apartar la mirada del techo.


La puerta se abrió y Pei Ming asomó desde el otro lado de la hoja de madera.


—Baja a desayunar. No tardan en venir por tus maletas.


Ante tal orden, Pei Su se hizo un ovillo entre las mantas y soltó un quejido semejante al de un paciente de hospital compungido por una dolencia física.


—No quiero.


—¿Hiciste las maletas?


Pei Su tembló con una dolorosa impotencia y la necesidad de llorar en silencio, en privado. Pei Ming conocía la respuesta, por lo que, soltó un suspiro, atravesó el umbral y cerró la puerta tras de sí.


—¿Quieres llevar tus libros favoritos o prefieres que se queden aquí?


Las lágrimas empezaron a nublar la vista de Pei Su, tuvo que parpadear y finalmente cerrar los ojos con fuerza para evitarlas.


—Sé cómo te sientes —murmuró Pei Ming con suavidad.


—No, no sabes nada. Si lo supieras no me obligarías a ir.


Ver de cerca la vulnerabilidad emocional que el menor exponía por primera vez, sin tapujos ni contenciones, era algo que Pei Ming ya se había atrevido a predecir, sin embargo, aun con todo, se sintió paralizado en su sitio, quería decir las palabras adecuadas, pero temía arruinarlo.


—Evitando el dolor del pasado esa herida jamás va a sanar —añadió avanzando en dirección a la estantería de volumenes rusos situada a un costado del escritorio.


Cuando Pei Ming se dedicó a pasear los dedos sobre los lomos de los libros de la repisa superior, Pei Su asomó el rostro de entre las mantas, por mucho que quisiera negarlo, su tío tenía razón.


—Tengo amigos muy queridos en San Petersburgo, no conozco a nadie en Pekin.


Pei Ming esbozó una sonrisa y presionó un dedo sobre el número 31 de un volumen literario que pertenecía al famoso «Crimen y Castigo» de Dostoyevski.


—¿Crees que yo no extrañé a mis amigos cuando dejé Pekin por tu bienestar?


Una punzada de culpabilidad se abrió paso en el corazón de Pei Su, por lo que, apretó los puños y supo que estaba siendo demasiado egoísta con su reticencia a dejar Rusia, ni siquiera era fan acérrimo del clima.


—Mejor dime, ¿recuerdas el motivo por el que empezaste a aprender francés? —preguntó Pei Ming extrayendo de la repisa el libro del volumen 31.


Pei Su se pasó las yemas de los dedos por las mejillas apartando el rastro de humedad que sus ojos habían dejado fluir.


—La literatura rusa clásica siempre estaba salpicada de versos en francés, me fastidiaba no entender esos fragmentos.


Con el libro abierto en una página al azar, Pei Ming volteó en dirección al menor.


—La literatura nunca fue mi fuerte —admitió caminando hasta alcanzar la cama, después se sentó a un costado de Pei Su y dejó el libro sobre las mantas arrugadas—. Pero apuesto a que con todo lo que sabes, tendrías conversaciones profundas con Ling Wen.


Pei Su bajó la vista y miró el libro buscando una razón oculta en las acciones del mayor. ¿Había un mensaje secreto entre las páginas del libro seleccionado? ¿Un misterio entre líneas?


—Y tus conocimientos en política histórica deslumbrarían a Shi WuDu.


Un escalofrío recorrió la columna de Pei Su, la simple mención de ese nombre le producía intranquilidad.


—Conservo recuerdos terribles de ese hombre, era espeluznante.


Pei Ming soltó una carcajada. Pei Su no entendía qué tenía de divertido y frunció el ceño cerrando de golpe el libro que había sido abierto en las páginas 332-333.


—¿Ya olvidaste cuando dijiste que Shi WuDu tenía los ojos más bonitos que hubieras visto en la vida?


La vergüenza pintó de un tono rojizo los lobulos de los oídos de Pei Su.


—¡Tío Pei mentiroso!


Aunque a Pei Ming la risa no le duró mucho, la diversión todavía era perceptible en su rostro.


—Ah, sí, tenías como tres o cuatro años cuando lo dijiste. Puede que por eso ya no forme parte de tus recuerdos.


Con un movimiento rápido, Pei Su hundió el rostro en una almohada, quería que su vergüenza desapareciera.


—Si no te apresuras a preparar tus maletas estarás en problemas —amenazó Pei Ming imitando el mismo tono de voz que Shi WuDu solía emplear para aplacar a Shi QingXuan.


Pei Su lo escuchó con claridad y se quedó petrificado. Pei Ming pensó que tal vez había funcionado, convencido de que era así, se puso en pie y se dirigió a la puerta, pero justo en el instante menos esperado, una almohada le cayó en la nuca de un golpe.


—Te estás comportando como una criatura muy maleducada, Xiao Pei. ¡Respétame!


Aunque Pei Su finalmente actuaba como un crío, no era lo que Pei Ming esperaba, ni mucho menos lo que deseaba.


—No quería llegar a este extremo, pero irás a sesiones con un psicólogo después de que nos instalemos en Pekin.


[...]


Con la vista fija en la pantalla de la computadora portátil, Ling Wen acercó un cigarrillo a sus labios y dio una profunda calada. Al releer el último párrafo del artículo redactado, encontró los errores de cohesión sintáctica que arruinaban el cuerpo del mensaje que deseaba transmitir, era necesario corregir.


El cenicero a un costado contaba con seis colillas de cigarro recientes. Últimamente había estado lidiando con demasiado estrés. Aunque ni siquiera sentía que estuviera fumando lo suficiente, apenas era consciente del instante en el que el cigarro se había consumido cuando ya solo sostenía el filtro.


La exhalación de humo escapó formando ondulaciones conforme ascendía y se perdía en las alturas del techo. El sonido del teclado volvió a fluir con la velocidad que mantendría un pianista inspirado. Hizo unas cuantas pausas, y tras verificar que la redacción iba bien, en uso de una sola mano, volvió a pulsar las teclas.


Sin embargo, el abrupto escándalo de una llamada entrante irrumpió y disipó la magia de su espíritu inspirado.


Cuando echó un vistazo a la pantalla de su dispositivo móvil, comprobó que se trataba de Pei Ming. Después de aceptar la llamada, aproximó el cigarrillo a sus labios y emitió un sonido gutural.


—Lao Pei, creí que estarías dentro de un avión a esta hora.


—Voy algo retrasado rumbo al aeropuerto —el tono de Pei Ming exponía un enojo contenido en cada palabra pronunciada. Desde el otro lado de la línea suspiró y luego retomó el habla con una voz más relajada—. No perdí el vuelo, descuida.


—¿Ocurrió algo?


—Nada grave, necesito que me consigas el contacto de un buen psicólogo en Pekin.


Ling Wen entornó los ojos frenando las conjeturas que se dispararon en su mente.


—Por supuesto, ¿es todo?


Pei Ming profirió un sonido afirmativo.


—Gracias, Jie. Te veo más tarde.


Después de colgar, Ling Wen depositó el cigarro consumido en el cenicero y acercó una mano a su taza de café, sin embargo sus dedos permanecieron suspendidos a centímetros del asa de porcelana. Detestaba las interrupciones, por otro lado, esa le acababa de ayudar a caer en cuenta de que no había comido nada desde el desayuno.


Se levantó y fue camino al refrigerador, aunque antes de llegar, el timbre sonó y ni siquiera pudo deleitar su vista con los alimentos que planeaba comerse. Parecía un chiste de mal gusto, ¿acaso era el día de las interrupciones?


A regañadientes redireccionó su rumbo hacia la entrada del departamento. Al otro lado de la puerta encontró a Shi WuDu. Él levantó una bolsa de plástico dejando a la vista un par de empaques de comida provenientes de su restaurante favorito.


—¿Cómo supiste que todavía no he comido? —preguntó Ling Wen, haciendo un espacio para dejarlo entrar, en el proceso cerró los ojos y frotó las yemas de los dedos sobre los párpados de sus ojos cansados—. Confiesa WuDu, ¿me espías?


—Eres bastante predecible —replicó Shi WuDu al pasar a su lado—. Además tu departamento me quedaba de paso.


—Haré como que te creo.


Shi WuDu escuchó la puerta cerrarse detrás de él y conociendo el camino hasta el comedor, no tardó en encontrar la computadora portátil abierta sobre la encimera, el taburete ladeado y el aroma a cigarrillos huyendo por la ventana abierta.


El sonido de la cajetilla de cartón sonó detrás de él. Consciente de que Ling Wen encendía una nueva pieza, volteó, le sostuvo la muñeca y arrancó el cigarro de sus dedos.


—Prometiste que no dejarías que esto se volviera una adicción.


—No soy una adicta.


La respuesta de Ling Wen le pareció una excusa barata que no iba a consentir, miró la taza de café a un lado del cenicero y tras mirar el contenido a medio beber, sumergió el cigarro en el líquido oscuro a fin de apagarlo.


—¡Oye...! —exclamó Ling Wen abriendo los ojos desmesuradamente. Una vez que supo era imposible evitarlo, exhaló un suspiro de resignación mientras dejaba caer sus párpados con pesadez y apoyaba la sien sobre sus dedos extendidos.


—Esa es la reacción que tendría una persona adicta.


—No, no lo es —la mirada que Ling Wen le dedicó estaba llena de reproche—. Arruinaste mi café y un cigarro completamente nuevo, no era necesario.


—Olvídate de esas porquerías y come —dijo Shi WuDu señalando los empaques de comida sobre la mesa, después arrastró un taburete para sentarse—. Un crítico literario de alto nivel merece cuidar su salud mejor que un vago sin futuro, ¿acaso te crees Bukowski o algo por el estilo?


Con una sonrisa torva Ling Wen negó dándole la espalda para ir en busca de una jarra de agua con hielos. En el fondo, agradecía no ser la hermana menor de Shi WuDu, compadecía en secreto a Shi QingXuan, pero otra parte de sí misma, admiraba y apreciaba ese carácter sobreprotector con el que su amigo siempre cuidaba a los pocos seres que realmente le importaban.


—¿De qué va la crítica de este mes? —preguntó Shi WuDu sacando los contenedores de alimento y sus respectivos palillos.


—La prosa es buena, pero el autor a veces se repite demasiado y sus símiles en ciertas ocasiones son tan abstractos que distraen del argumento narrativo.


—¿Tiene potencial en otros aspectos?


Ling Wen depositó la jarra con hielos y los vasos sobre la mesa. Cuando miró a Shi WuDu, su semblante apacible pareció tener un destello de familiaridad.


—Tengo la impresión de que he visto algo así antes.


—¿En qué autor?


—Humm, creo que con Haruki Murakami en su primer novela.


Shi WuDu abrió su propio contenedor de sopa y después de ver el vapor emerger sujetó los palillos situandolos a la altura de las primeras hebras de ramen.


—Recuerdame ¿en qué momento nuestra República China hizo las pases con sus hermanos menores?


—No lo sé, es probable que después de los juegos olímpicos de Japón o algo así.


—QingXuan se la pasa reproduciendo canciones K-pop, la literatura japonesa tiene súper ventas incluso en nuestro país —Shi WuDu argumentó con una creciente dureza en sus palabras, a simple vista se podía interpretar como xenofobia, pero en realidad era un ego nacionalista herido por sentir que su país se veía opacado por otros—. El modelo capitalista de Estados Unidos tampoco se queda atrás con sus influencias en la moda.


—WuDu... —Ling Wen intervino con cautela—. ¿Vamos a tener una conversación con tintes político-nacionalistas o a comer como dos amigos normales?


Los palillos se hundieron en el contenedor de sopa y Shi WuDu enredó cuidadosamente las hebras de ramen que estaba por comerse.


—Seguro debes pensar que mi carrera frustrada en la política me volvió un pesado —dijo y luego acercó los palillos a sus labios, disponiéndose a comer.


Cuando Ling Wen tomó asiento a un costado de él, hizo lo propio atrapando hebras de sopa con aroma a picante habanero, giró los palillos y esbozó una sonrisa triste.


—Para nada.


[...]


Después de los primeros cinco minutos de trayecto rumbo al aeropuerto, el sonido de los vehículos desplazándose por la carretera empezó a volverse molesto para Pei Su. Ni siquiera miró el paisaje cambiante al otro lado del vidrio templado. Con la espalda y la parte posterior de la cabeza perfectamente recargadas contra el respaldo del asiento de la camioneta, contempló un punto fijo del techo igual que un anciano de asilo cansado de la vida.


Uno de sus libros favoritos de colección estaba irremediablemente arruinado, al igual que sus audífonos Bluetooth. Y todo se debía a que aquella «necia protesta» se le había escapado de las manos.


«Da igual, tampoco me gustaba mucho leer a Shakespeare». Pensó con amargura al recordar las páginas empapadas de humedad y tinta corrida entre los párrafos.


Por otro lado, la ausencia de conversación con su tío, había conseguido que se sumergiera aun más en pensamientos tétricos y lo que al principio inició como una férrea ley del hielo, se tranformó en una ocasión ideal para hilvanar estrategias que lo ayudarían a regresar a Rusia lo antes posible.


Por otro lado, Pei Ming permaneció sentado a su lado, en un silencio impropio de su personalidad comunicativa. En apariencia, mostraba un semblante distraído, aunque en el fondo, era consciente de que Pei Su no deseaba hablar, por lo que, sin hacer comentarios al respecto, le dio su espacio sin forzarlo a tener una conversación innecesaria, después de todo, la distancia que los separaba del aeropuerto de Pulkovo tampoco era demasiada.


Entre tanto, miró la forma en la que el chófer sostenía el volante y caviló. Ya había conseguido que Ling Wen se ocupara de conseguir un buen psicólogo, pero en el fondo, se sentía culpable por haber propiciado el accidente con el libro de su sobrino, a sabiendas de que cada ejemplar se trataba de una reliquia invaluable para él.


Miró de reojo a Pei Su y pensó que quizás llevarlo a una de las librerías de Pekin ayudaría a subirle el ánimo. Si Ling Wen los acompañaba todo iría mucho mejor. Entonces recordó que QingXuan estaba entusiasmado con el regreso de Xiao Pei, e inmediatamente dedujo que invitar a los Shi sería un complemento atinado para que su objetivo no encontrara obstáculos.


Faltaba poco para que llegaran al aeropuerto, así que, sin perder el tiempo, bajó la vista y con el celular en la mano diestra, empezó a teclear un mensaje para Ling Wen y Shi WuDu.


Los planes que Pei Su construía mentalmente para el futuro, se vieron frenados de súbito al llegar a una conclusión importante: ¿Para qué carrera universitaria iba a aplicar en su solicitud de intercambio?


Con esa duda existencial en mente, desvió la dirección del rostro hacia la ventanilla del vehículo y recargó un codo contra la portezuela, extendiendo los dedos de la mano luego inclinó la cabeza y apoyó el mentón sobre la palma. Su expresión pensativa le otorgaba el aura de un filósofo griego que tratara de resolver un enigma de gravedad acuciante.


Por mucho que Pei Su disfrutaba con la literatura, no se veía a sí mismo dedicando una vida entera a ese campo laboral. No pretendía ser escritor, ni mucho menos profesor de literatura. No era que no tuviera talento para las letras, pero redactar historias ficticias tampoco era algo que lo entusiasmara, en retrospectiva, no era su vocación y lo sabía. Respecto a la docencia, solo el hecho de considerarlo le parecía farragoso e irrisorio, una pesadilla.


Por primera vez en mucho tiempo, Pei Su se sintió perdido. A su edad muchos ya tenían establecido el tipo de carrera universitaria a la que aspiraban, en la que se visualizaban como alumnos dentro de un par de años.


Entrecerró los ojos y dudó.


«¿En qué soy bueno además de leer libros?». Reflexionó para sus adentros descartando al mismo tiempo una licenciatura como historiador.


De no ser por la inoportuna voz del chófer al anunciar que acababan de llegar, tal vez habría seguido estrujándose el cerebro entre mil y un posibilidades. Porque las cosas para las que en apariencia tenía talento, no eran su vocación, se planteó la posibilidad de que en realidad, había nacido sin una pasión, sin un elemento, sin una vocación profesional.


O tal vez todo se debía al abrumador vacío abismal que implicaba regresar a China y enfrentar los sentimientos corrosivos de su pasado.


Pasó saliva y después de que el chófer abriera la portezuela, descendió con una sensación vertiginosa y el sabor de la ansiedad secando su garganta. Eran sus últimos momentos en Rusia.


La fachada del aeropuerto internacional de Pulkovo le dio la impresión de ser más grande de lo que recordaba. Un año atrás había estado ahí para viajar a Corea del Sur durante las vacaciones invernales. Ahora estaba de pie ante el mismo sitio para un viaje "sin retorno". De reojo notó que a su lado, Pei Ming elevaba la mano para ofrecerle un objeto blanco. Cuando inclinó la cabeza y enfocó la mirada, encontró una cajita de audífonos.


—¿Esos... no son los audífonos que...?


Pei Ming lo interrumpió con un sonido afirmativo, al ver que Pei Su no los aceptaba; le sujetó la muñeca y sin dar más explicaciones, depositó los audífonos en su mano flexionandole cuidadosamente los dedos para obligarlo a cerrar el puño.


—Puedes usarlos por ahora, lamento haber arruinado los tuyos.


Entre los resquicios de sus dedos apenas separados, Pei Su miró la cajita de plástico, revelando un atisbo de escepticismo e incredulidad. Aunque en realidad no se trataba de la gran cosa, porque sabía que cualquiera puede comprar un par así en una tienda de usanza común, lo que investía de una categoría "especial" a esos audífonos en particular, era su origen.


Eran un regalo de Shi WuDu. Sin que Pei Su pudiera comprender el motivo, eso los había convertido en un objeto de culto para Pei Ming.


Cuando reaccionó, su tío ya había avanzado con sus maletas rumbo a la entrada principal del aeropuerto. En un instante, deslizó la cajita de audífonos en el interior del bolsillo de su abrigo negro y sostuvo el asa de cada una de sus maletas.


Tuvo que esforzarse para alcanzar a Pei Ming. Arrastrar aquel equipaje era como quitarle el trabajo a un buey de carga. Llevaba más libros que ropa y accesorios personales, eran volumenes muy pesados, a pesar de que la mayoría de su colección no estaba ahí, estaba llevando las obras de sus autores favoritos, el resto ya llegaría después mediante envíos de paquetería.


Al borde de perder el aliento, además de sentir los músculos de brazos y piernas extenuados por el breve esfuerzo físico, después de correr hasta llegar junto a su tío, paseó la vista por los altos techos revestidos de formas geométricas que no volvería a ver en un largo tiempo. La dirección de sus pupilas aparcó en el hombre de pie a su lado.


—¿Qué los hace tan especiales? —preguntó Pei Su sin apartar las manos de sus maletas.


—¿Qué?


Pei Ming parecía confundido.


—Los regalos de Shi WuDu —señaló Pei Su escabullendo una mano para volver a sostener la cajita entre sus dedos.


Una sombra de duda atravesó la mirada de Pei Ming, como si no quisiera revelar alguna información extraña o perturbadora.


—No es... —empezó y luego se interrumpió para escoger mejor sus palabras—. No es común que él entregue obsequios. Cuando lo hace es tan raro como lograr que tú quites esa expresión tan sombría, dime, ¿por qué no sonríes más a menudo?


Mala elección de palabras.


Pei Su bajó la vista y reforzó el agarre con el que sostenía sus maletas. Pei Ming conocía el motivo mejor que nadie.