Necróxus

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Summary

Chris es un joven cazarrecompensas que inicia un viaje en un mundo asolado por el odio para encontrar a una persona que dejó atrás hace mucho.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

<<Hace un día precioso -Pensó>>


El alcalde de Bosco estaba embobado viendo el cielo azul adornado con un sol resplandeciente que se alzaba sobre su pequeño pueblo.


—Alcalde —una voz apresurada lo llamaba —¡Alcalde!, ¿me está escuchando?.


—¿Que?... Oh.. si... Lo siento Rodny —respondió algo sobresaltado —me entretuve viendo el paisaje —señaló la gran ventana que tenía a su derecha —¿A caso no parece que Bosco se vuelve más hermoso cada día?.


Sus consejeros estaban sentados enfrente de su gran escritorio de madera. Por aquí y por allá se veían un montón de papeles llenos de listas y solicitudes que esperaban su aprobación. Estaban tan regados que incluso tapaban el retrato de su bella esposa que siempre lo acompañaba en su mesa de trabajo, ya apenas alcanzaba a ver el ojo derecho de su siempre dulce mirada.


Su oficina no era muy grande, pero era suficiente para alojar por unas horas a sus tres leales compañeros. Los rodeaban unos grandes libreros acomodados en las paredes que se hallaban repletos de libros de cuentas y registros del pueblo, años y años de trabajo duro. Rodny lanzó un suspiro.


—Esto es muy importante alcalde —Repuso, mirándolo fijamente con sus ojos pardos. Era lo que más sobresalía de el, eso y su pequeña barbita de chivo terminada en punta, de resto, tenía un rostro bastante corriente —Tenemos que aprovechar esta oportunidad que se nos ha dado.


—Rodny tiene razón —dijo Caleb con su voz ronca, otro de sus consejeros, mientras se tocaba su larga barba blanca. Era el mayor de todos ellos con sus setenta años, aunque los cuatro tenían prácticamente la misma edad, ninguno tenía menos de sesenta. Cada uno con sus arrugas que los delataban —Es importante que preste atención alcalde.


—Hace demasiados años no teníamos una visita tan importante —Intervino Irwin, la voz de la razón del grupo, y también el más alto con su metro ochenta y cinco. Sus fríos ojos grises junto con su regia mirada podían poner en su sitio a cualquiera. Su cabello blanco como la nieve no hacía más que resaltar esa característica. Era el encargado de las cuentas del pueblo, no podía permitirse el lujo de no ser tan fríamente calculador —Nada más y nada menos que enviados desde la mismísima gobernación.


—Lo sé, lo sé —Repuso el alcalde, enrollando la punta de su poblado bigote gris con su dedo —Es la oportunidad que estábamos esperando, debemos tratarlos con suma cortesía y dar nuestra mejor impresión. Podrían transmitir nuestra solicitud a la gobernación para que nos concedan algo de presupuesto y empezar a construir las vías del tren, que nos conectarán con las ciudades principales.


—Exacto —Exclamó Rodny —¿Sabes todas las puertas que se le abrirán a nuestro amado pueblo estando conectado a las vías?.


—El comercio se disparará, tendremos un aumento sin precedentes en las arcas del pueblo —Señaló el calculador Irwin —Nuestro vino es muy apetecido, podremos transportarlo en grandes cantidades. Podremos también, traer materiales de construcción y de cosecha mucho más rápido, eso solo por mencionar un par de todos los beneficios que nos esperan.


El alcalde ya sabía todo eso, pero aún así no podía evitar emocionarse, se imaginaba todo lo que podrían hacer por Bosco. Ampliaría y empedraría todas las calles, el pueblo se expandiría, sería aún más bonito. Nadie podría pasar nunca hambre, le daría todo el presupuesto que necesitaran al hospital, la escuela y las cosechas para que brindaran el mejor de los servicios, habría tanto por hacer.


—Tenemos muchas cosas que organizar para la llegada de los supervisores —Apuntó Caleb —Por fin respondieron a las cartas que hemos enviado durante años pidiendo una visita. La última vez que nos visitaron solucionaron la hambruna que nos asolaba, el pueblo se vió enormemente beneficiado.


—Si —Sonrió Rodny —Tenemos una semana para...


Sonaron unos golpes en la puerta.


—¿Que sucede ahora? —Refunfuñó.


—Adelante —Exclamo el alcalde.


La puerta se abrió y dió paso a un joven agitado, no dejaba de jadear, y su rostro congestionado parecía derretirse a causa del sudor.


—Vine... corriendo lo más rápido que pude señor alcalde —Jadeó —Los supervisores acaban de llegar al pueblo.


El alcalde y sus tres consejeros se pusieron de pie al instante.


—¡¿Que?! —Irwin fué el primero en hablar —Se supone que no llegarían por lo menos hasta dentro de una semana. ¿Estás seguro de que son ellos?.

—Si... —El hombre sudoroso tomó aire —Acaban de identificarse en la entrada del pueblo, todo está en orden.


—Oh no... —Exclamó el alcalde aún sorprendido —Será mejor que preparemos algo lo más rápido que podamos —Señaló a Caleb —quiero que organices la cena más espectacular que puedas para esta noche.


—No tenemos mucho tiempo pero... Así se hará señor alcalde —Respondió —Será la mejor cena que haya probado en toda su vida.


Hizo una pequeña reverencia asintiendo con la cabeza y salió de la oficina a toda prisa.


—Rodny —El alcalde lo miró fijamente —Tu te ocuparás del entretenimiento, consigue un bardo que cante durante la cena, o bailarines o... No lo sé, consigue algún espectáculo que complazca a los supervisores.


Rodny acarició pensativo su barbita de chivo por unos segundos.


—Ya sé que podría hacer —exclamó —No lo defraudaré alcalde.


Al igual que Caleb, hizo una pequeña reverencia y salió de la oficina dando grandes zancadas.


—Tu vienes conmigo Irwin —Decidió el viejo alcalde —Me serás de mucha ayuda si se nos presenta la ocasión para hablar sobre las cuentas de Bosco.


—Lo serviré lo mejor que pueda —Respondió.


Entonces se acercó al mensajero y le dió la mano.


—Parece que ya está un poco menos agitado —rió —Gracias por la información Calisto, ya puede retirarse.


Calisto asintió con la cabeza y dejó solos a Irwin y el alcalde.


—Bueno, será mejor que vayamos a saludar a los supervisores lo más pronto posible.


Abandonó su lugar de trabajo junto con su consejero. bajó las escaleras de madera que crujían con cada paso que daba.

<<Ya no soy el hombre apuesto y en forma que solía ser —Pensó nostálgico —Ahora soy un viejo regordete>>


Su esposa, su más grande orgullo, que superaba incluso el que sentía por su amado pueblo, se encontraba en el salón justo antes de la puerta que daba al exterior. Vestía un precioso pero sencillo vestido amarillo que marcaba la figura de su rechoncho cuerpo, cosa que su esposo amaba. Sintió como su corazón se aceleró apenas la vió, llevaban ya cuarenta años casados, y aún no podía evitar sentirse como un adolescente enamorado cada vez que la veía. Su cabello ondulado que le llegaba hasta la cintura, sus ojos negros como carbón, su pequeña nariz redonda, sus labios gruesos... Todo en ella lo volvía loco.


Estaba sentada en un sofá de cuero junto con un par de niñas que la escuchaban atentamente.


—Señoritas, está noche tendremos una cena muy importante, el consejero Caleb me lo acaba de decir, vistan sus mejores vestidos, se que estarán preciosas —Dijo con un tono dulce y una gran sonrisa. Entonces se dió cuenta de que su esposo la estaba viendo —¡Oh! ¡Pichoncito!.


El alcalde se sonrojó, le daba vergüenza que lo llamara así en frente de sus consejeros, aunque ellos ya estaban más que acostumbrados. Soltó una carcajada para disimular.


—Mi querida Hilda —Se acercó y la abrazó —¿Me acompañarías a recibir a nuestros invitados?.


—Eso ni siquiera se pregunta pichoncito —Respondió mientras se agarraba a su brazo —Vamos a darles una gran bienvenida.


—Solo... por favor no me llames pichoncito en frente de los supervisores —Le susurró en voz baja mientras empezaban a caminar —No quiero que los supervisores piensen que soy muy blando.


Hilda soltó una sonora carcajada.


—Tranquilo esposo mio —le lanzó una sonrisa comprensiva —Se lo importante que es esto.


Y así salieron los tres. alcalde, esposa y consejero de camino a darle un recibimiento a los posibles portadores de su ansiada esperanza. Las tiernas casitas de madera de Bosco los observaban a lado y lado de la carretera principal que atravesaba todo el pueblo, cada una con su propio Jardín. Los habitantes habían acogido la costumbre de construir cada uno el suyo propio, eran su orgullo. A menudo los vecinos se lanzaban pullas sobre quién tenía el más hermoso, quien tenía la mayor cantidad de flores, quien el más frondoso, quien el que tenía las plantas más raras... Cualquier cosa con tal de sobresalir.


El alcalde conocía de memoria cada una de esas casas, cada calle, cada Jardín, cada escondrijo, cada ciudadano. Después de todo, ese era su trabajo.


Pasaron por un descampado en el que jugaban varios niños sobre el prado verde, hacían mucho ruido, gritaban, reían, se veían tan felices. Más allá se lograban ver las cosechas, dentro poco tendrían que recogerlas todas.


<<Eso será tema para otro día —Pensó>>.


Los curiosos no tardaron en aparecer, el voz a voz de la llegada de los supervisores se había corrido como la pólvora y querían verlos, era bueno que los habitantes mostraran interés. Hombres, mujeres, niños y ancianos fueron formando poco a poco un grupo bastante numeroso que iba detrás de ellos.


A medida que se acercaban, la entrada de la ciudad se hacía cada vez más grande, junto con su grisáceo cartel de metal que portaba el nombre del pueblo en lo alto. Pero no tuvieron que llegar hasta ella.


—Que bonito pueblo tiene usted aquí alcalde.


El mandamás se sintió intimidado por la mirada que le dedicaba el que ,suponía el, sería el supervisor jefe del grupo de tres. Unos ojos grises, casi blancos, cómo nieve plateada, y fría, fría como la mismísima muerte. Ni siquiera Irwin con su regia mirada lo había hecho sentir nunca así. Por si fuera poco, llevaba colgada en su cintura, una larga espada con una empuñadura de vendas grises, enfundada en una vaina de cuero negro decorada con algunos símbolos blancos que no se le hacían conocidos, aquella arma no hacía más que hacerlo ver más amenazante.


Se sentia fuera de lugar en su propio hogar, sus piernas le suplicaban que corriera. No supo que decir, pero su pueblo contaba con el, estaba obligado a tratar con el.


—Supongo que usted es el alcalde -—añadió el visitante. Un mechón de pelo negro recorría su rostro afilado e inexpresivo hasta un par de centímetros más abajo de su barbilla. El único que se escapaba del cabello recogido que terminaba en una cola de caballo regada hasta sus omóplatos —ya que usted es el que encabeza la marcha.


—Si —La voz del alcalde por fin se dignó a salir e hizo una corta reverencia —Es un placer tener aquí a una visita tan importante


—El placer es mío —El rostro del supervisor seguia sin expresar ningún rastro de emociones. Aunque su voz, profunda como un respiro surgido de las entrañas de la tierra seca, rebosaba cortesía —No sabe lo impaciente que me siento por colaborar con usted, haremos grande a este pueblo.


Se escuchó un grito. Algunos pocos corrieron y se fueron, otros se quedaron quietos como estatuas, tal vez les ganó la curiosidad, o tal vez el miedo los había paralizado.


Un imponente toro negro tiraba con fuerza de un carro de madera que transportaba encima un gran cajón de metal. sus músculos se tensaban y se marcaban, su ardiente y espesa respiración se podía escuchar desde lejos mientras daba pasos que dejaban huellas profundas en la tierra. Hasta que los alcanzó.


—Es un... Un necróxus —el alcalde tenia los ojos abiertos de par en par —¿Que hace con usted?.


—Carga con nuestras pertenencias —Respondió tranquilo el supervisor —Bosco no está conectado a las vías, resultaba casi imposible traerlas sin esta... ayuda.


—Podrían haber usado un motor de vapor —Repuso —Esa cosa podría volverse loca y asesinar a los habitantes. Se supone que se debe entregar y sacrificar a todo necróxus que se encuentre, así lo declararon los líderes de la humanidad.


—No se preocupe por eso, la gobernación es plenamente consciente de esta decisión —Le entregó una carta que llevaba un sello que constaba de dos armas de fuego cruzadas rodeadas por una corona de laurel —Además, nos habriamos demorado más de una semana en llegar aquí si no hubiéramos contado con ella ¿No se alegra de que ya estemos aquí? ¿Acaso va a ir en contra de las decisiones de la gobernación?.


El alcalde se sintió avergonzado, era verdad, el no era quien para juzgar las decisiones del gobernador. Aunque todo se estubiera tornando tan extraño. Leyó la carta y confirmó los permisos.


—Está bien, pero ¿podría al menos pedirle que adopte su forma humana?, así no aterrará tanto al pueblo.


—Claro —asintió el supervisor —Lo hará en cuanto lleguemos a la alcaldía, No pretenderá que dejemos nuestras cosas aquí tiradas ¿Verdad?.


Y así fué. Apenas llegaron a los pies de la alcaldía soltaron las cadenas que sujetaban al animal para tirar del carro y este tomó su forma humana. Parecía como si lo único que hubiera cambiado fuera su silueta, era alta, tanto como Irwin. Su piel negra como el carbón brillaba a causa del sudor, su mirada agotada lucia unos grandes ojos negros como la noche y las largas rastas de su cabello igualmente oscuro se posaban sobre sus hombros. Incluso con esa forma resultaba imponente, tenía un cuerpo musculoso y marcado, su blusa y sus pantalones negros ajustados así lo hacían ver. Cualquiera diría que se empeñaba en parecer una sombra.


Se sentó en la tierra al lado del carro, vió al alcalde y después posó una mirada seria sobre el piso. Y así se quedó.


—Mis ayudantes se quedarán con ella —El jefe ya estaba subiendo los pocos escalones que se dirigían hacia la entrada del edificio de dos plantas que era la alcaldía —Vigilarán que no haga nada malo.


El alcalde había estado tan atento del supervisor que apenas había reparado en sus ayudantes. Uno tenía un largo cabello castaño liso y suelto que llegaba hasta su cintura, tenía piel clara, una nariz respingada, labios delgados y una mirada color miel sumamente despreocupada.


Pero el que más llamaba la atención era el otro, el que llevaba puesta una máscara de metal roja que cubría su ojo izquierdo, azul como el cielo de un día caluroso de verano, y parte de su rostro burlón, sin llegar a cubrir su boca, que llevaba siempre arqueada en una sonrisa. La máscara contrastaba con su cabello rubio como el oro, corto a los lados y, en la parte de arriba, largo hasta su quijada, peinado hacía un lado tratando de disimular las vendas que ocultaban su ojo derecho.


El alcalde iba a proponerle a sus invitados que se instalaran y se prepararan para la cena que tendría lugar esa noche, pero se vió interrumpido al instante.


—Usted y yo tenemos muchas cosas sobre las que hablar alcalde —exclamó el supervisor, que ya estaba cruzando la entrada.


Irwin se acercó al alcalde.


—Estas personas no me dan buena espina —Le susurro Irwin al oido, asegurándose de no ser escuchado.


—A mi tampoco —le respondió en voz igualmente baja —Pero, de todas maneras, los supervisores nunca han Sido personas muy... comunes.


Irwin asintió con la cabeza y ambos apresuraron el paso para alcanzar a su invitado.


Una vez que llegaron a la oficina, el alcalde le cedió su puesto detrás del escritorio al supervisor y tomó asiento al otro lado junto a su consejero.


El que no había pronunciado su nombre sacó de un bolsillo un cigarro y un mechero plateado. Abrió este último, hizo girar la piedra, del pedernal brotaron chispas, el fuego se encendió, y entonces paró.


—Espero que no les moleste —Pronunció.


—No, no, para nada —Permitió el alcalde —Sientase cómodo.


El hombre encendió el cigarro y se lo llevó a la boca, cerró los ojos un par de segundos mientras se reclinaba en el asiento para permitirse degustar el sabor del cigarro y soltó una suspiro de humo. La sala se inundó de un olor a tabaco.


—¿Tanto miedo le tienen a los necróxus? —Preguntó.


—¿Miedo?, Con su permiso supervisor. Esas cosas nos esclavizaron. la época del mandato fué un periodo infernal para la humanidad —Fué Irwin el que respondió enérgico —Si no hubiera sido por los valientes humanos que se revelaron y dieron fin a ese reinado de terror, aún seguiríamos siendo torturados por esas criaturas. Es inevitable tenerles miedo.


—Eso está bien —El supervisor dió otra calada al cigarro —La humanidad tiene que conocer su sitio. Es por eso que los cazamos sin darles ningúna oportunidad. Después de todo, no queremos que la época del mandato se repita, ¿Verdad?. Aunque... hay que reconocer que la rebelión de los humanos fué una táctica sucia —Añadió.


—Cualquier método es válido con tal de sobrevivir —Respondió Irwin algo ofendido.


—En eso le doy la razón señor consejero.


—Si me permite, señor supervisor... —intervino el alcalde —No entiendo a qué viene todo esto, estamos aquí para tratar sobre cuestiones del pueblo.


—Es verdad —El cigarro volvía a salir de la boca del hombre —me disculpo, solo quería romper el hielo. Bosco es un pueblo hermoso y próspero, merece ser más conocido, de eso me haré cargo.


—Me alegra escuchar eso —Se obligó a sonreír —Esperábamos que pudieran transmitirle a la gobernación nuestra solicitud de que nos dieran presupuesto para construir las vías del tren, así estaríamos conectados con las ciudades principales. El consejero Irwin le enseñará los libros de cuentas para que vea que todo cuadra a la perfección y que no le daremos más que beneficios a la gobernación —Miró a Irwin —podrías...


—Eso no hará falta —Interrumpió el hombre con su mirada ausente de emociones —Bosco ya ha sido escogido para ser el primero de un gran plan de reestructuración.


Irwin frunció el seño, el alcalde también lo notaba. Las cosas se estaban poniendo más extrañas a cada minuto que pasaba.


—¿A qué se refiere?


—Esta época no está exenta de tragedias señores —El supervisor dejó el cigarro a un lado, se echó hacia adelante, puso los codos en el escritorio y junto las yemas de sus dedos —Aún estamos en guerra, solo qué... Más discreta. Hay muertos por aquí y por allá, un necróxus que cazan y asesinan, un hermano, un padre, un amigo de este que quiere vengarse, entonces mata a un humano, el humano también querrá venganza y entonces el ciclo de muerte sigue y sigue. Pasan los años y nada de esto tiene pinta de terminar. Debemos acabar con todos estos problemas de raíz.


—Los humanos y los necróxus tienen una larga historia de disputas y guerras. La única manera de terminar esto es encontrar alguna forma rápida de reconocerlos —Irwin hablaba poco convencido —Si es así, podríamos acabar con esas cosas en poco tiempo. Solo tendríamos que...


—Ese es el problema —Lo interrumpió el hombre detrás del escritorio —La humanidad no tiene una forma rápida de reconocerlos, en cambió, un necróxus puede reconocer a un humano simplemente pidiéndole que adopte su forma animal.


—Eso es solo cuestión de tiempo —Apuntó.


—¿Pero cuánto tiempo señor consejero? —Posó sus ojos helados en Irwin —Parece que estamos de acuerdo en que una de las dos especies debe desaparecer de la ecuación para que por fin se pueda conseguir la tan anhelada paz. Pero la humanidad es tan inútil que no ha logrado prácticamente nada en cincuenta años —Le dió una calada más a su cigarro —La conclusión más acertada entonces, es que la única forma de acabar rápidamente con tanta muerte es que la humanidad se extinga.


Irwin golpeó la mesa con fuerza y se puso de pie.


—¡¿De que está habl...


Se escuchó el acero rozando el cuero. Entonces su rostro se vió divido en dos de forma vertical. Desde la mejilla hasta la sien.


Todo sucedió tan rápido... En solo unos segundos, el supervisor había desenvainado su espada, la cual ya se hallaba reposando llena de sangre en el extremo de su brazo derecho extendido.


La mitad superior de la cabeza de Irwin se resbaló de su cráneo y cayó al piso, seguida por su ya inerte cuerpo del que brotaba un ominoso charco de sangre.


—Preferiría que se quedara quieto en su asiento señor alcalde —amenazó el asesino.


El alcalde se quedó pálido y sin aliento, su fiel consejero acababa de morir a su lado. El miedo le pudo más que la razón, Se puso de pié e intento correr. pero el hombre de la espada fué más rápido, lo agarró por la vieja túnica que tenía puesta el anciano y lo arrojó con fuerza devuelta al asiento.


—Pensé que había sido claro —Exclamó.


Sintió una punzada fría en el hombro y lanzo un alarido, la espada del desconocido lo había traspasado y estaba clavada en el espaldar de la silla dejándolo atrapado.


Un grito ronco, inhumano, ni siquiera parecía de necróxus, lleno de dolor, irá y desesperación procedente de la calle inundó la habitación y le hizo erizar la piel.


Entonces escuchó un estruendo en el piso de abajo y, afuera, gritos. pero esta vez si eran humanos, eran los gritos de su pueblo. el alcalde alcanzaba a ver algo por la ventana desde donde estaba sentado, muchas personas corrían de un lado para otro, ni el necróxus ni los ayudantes que lo vigilaban se veían por ningún lado.


—Se lo dije señor alcalde —Era el supervisor —me encargaré de que este pueblo perdido de la civilización sea más conocido. Tendrá el honor de ser el lugar donde todo comenzó, dónde la humanidad empezó a perecer. Siéntase orgulloso Alcalde —tiró el cigarro al piso y lo aplastó con el pié —su pueblo será el primer paso para conseguir la tan anhelada Paz.


Se escuchó el pomo de la puerta, la cual se abrió lentamente dando paso a una figura pesada y débil que cayó al piso. Al alcalde se le llenaron los ojos de lágrimas.


—¡¡Hilda!! —Gritó.


Su esposa se arrastraba forzosamente hacia el. seguida de un camino de sangre que se expandía más y más. Le habían arrancado una pierna y tenia un mordisco monstruoso en un lado del cuello que no paraba de sangrar. Se Moría.


—Pi... Pichoncito —El rostro de su mujer estaba pálido y lleno de lágrimas.


El supervisor sacó rápida y limpiamente la espada del hombro de su víctima.


—Adelante —Extendió su mano hacia donde se hallaba su moribunda esposa.


El alcalde corrió hacia ella, entonces sintió el filo del acero frío atravesando su estómago por la espalda y después una rasgadura que ascendía por su cuerpo hasta que logro ver un brillo negro que salía por su hombro.


Gritó, cayó, se arrastró unos centímetros como pudo, buscó la mano del amor de su vida, se le iban las fuerzas.

<<Solo un poco más>>

Entonces sintió el debil calor de los dedos temblorosos de su esposa, los acarició una última vez y el mundo se disolvió, ya no había nada más que oscuridad.