El espejo de la agonía
Lo había descubierto en el fondo del oscuro ático de la mansión de mis padres. Y esa fue mi perdición. Recuerdo los fragmentos de vidrio del espejo roto, manchados con sangre, por todo el suelo. Recuerdo ver mi sangre saliendo de cortes en mis brazos. Recuerdo sentir la sensación de mi cráneo oprimiéndome.
Habían pasado horas, quizás días, tirado en el ático, desangrándome.
Nadie había notado mi ausencia, ni nadie me había buscado y aquel día dejó una cicatriz en mi alma. Llevaba conmigo un fragmento del espejo roto, cuidadosamente guardado en un antiguo relicario familiar que colgaba de mi cuello, como lo único que me unía a aquella casa familiar y aquel nombre heredado. Mantenía la esperanza de poder enfrentarme al espejo y liberarme de su maldición, que se aferraba a mí como una sombra persistente.
Había pasado ya tiempo, pero los horrores todavía se palpaban. Visiones espeluznantes de criaturas sangrientas en cada esquina oscura. La misma pesadilla, noche tras noche. Los mismos alaridos desgarradores.
Era hora de acabar con la agonía. Debía librarme de la influencia del dichoso espejo.
Hice mis averiguaciones. Mi familia había obtenido el espejo a través del embargo de una familia noble que había caído en la desgracia financiera. Escondido bajo una sábana, pasó desapercibido hasta que llegó a mis manos en aquel fatídico día.
Quise comunicarme con el último integrante de aquella familia, pero se había colgado el pasado otoño, consumido en deudas y alcohol.
Seguí buscando respuestas, intentando descifrar aquel maldito artefacto. Rumores de taberna me llevaron a sitios oscuros y de mala muerte. Me adentré en antiguas ruinas, en callejones oscuros, en antiguos templos hoy profanos. Ninguno de estos lugares me podían dar una respuesta.
Pero un último rumor que había escuchado en un pequeño pueblo había despertado mis alertas. En un oscuro y alejado bosque, donde ningún hombre se atrevía a aventurarse, una criatura mítica y profana, podía romper con cualquier maldición, a cambio de un precio.
Y yo estaba dispuesto a pagarlo. Estaba dispuesto a desprenderme de cualquier cosa con tal de dejar de escuchar aquellos alaridos resonando en mi mente. Con tal de dejar de ver esos cortes y toda esa sangre…
El bosque emanaba un aura oscura y siniestra, envuelto en un silencio sepulcral y apenas iluminado por los rayos que se filtraban a través de las retorcidas ramas de los árboles. Caminé escuchando susurros de advertencias mortales. Me repetían una y otra vez que volviera por donde había venido. Seguí adelante.
Sin embargo, mi cabeza no pudo hacer caso omiso a dichos susurros. Una duda se había instalado en mi cabeza, y disparaba mil preguntas. ¿Cuál sería el precio que me impondría aquella criatura? ¿Estaría dispuesto a pagarlo incluso si fuera en contra de mis valores?
Las visiones de mi propia agonía y los alaridos desgarradores que resonaban en mi mente me empujaban a seguir adelante. Sí, estaba dispuesto a darlo todo. Mataría si fuera necesario para dejar de sentir este sufrimiento.
Con cada pensamiento violento y cada impulso oscuro que emergía en mi mente, me esforzaba por recordar que aún poseía la capacidad de elegir. Podía resistir a la tentación de convertirme en un ser sin escrúpulos.
Pero ese dolor... esas brasas que ardían en mis entrañas, que me nublaban la vista. Esa sensación de opresión constante que me paralizaba. Esos azotes en cada parte de mi piel.
En medio de ese dolor, los impulsos oscuros se agitaban en lo más profundo de mi ser. Voces siniestras susurraban en mi oído, acompañadas de imágenes desagradables y oscuras.
Las hojas crujían ante mi paso por el bosque. Estaba decidido, estaba dispuesto a todo. Iba a pagar el precio que me impusiera aquella criatura profana.
Finalmente llegué al lugar de los rumores. Era incluso más espeluznante que los horrores que me habían descrito. Pero no había marcha atrás. No había oportunidad para retirarse, ni siquiera la duda que me sembraba el precio de la criatura. Ni siquiera mis principios y valores que me gritaban desde lo más profundo de mi ser. Eran gritos sordos en comparación con los alaridos de agonía que sentía.
Me adentré en el abismo de la oscuridad.
Estaba preparado con un único hechizo de luz tenue. Sabía que sería suficiente.
El aire se volvía denso y cargado, mientras avanzaba entre la penumbra. Las sombras danzaban alrededor de un altar de piedra antigua, en medio de la cueva. Símbolos arcanos estaban grabados en su superficie, brillando con una tenue luz dorada.
Canté versos en lenguas antiguas que había estado por noches memorizando. Saqué de mi morral de cuero los ingredientes necesarios. Los esparcí por el suelo como me habían indicado los rumores. Y encendí fuego.
El humo de las hierbas envolvieron el húmero aire de la cueva. Me sentía mareado, débil...
Mis ojos se cerraron por unos instantes, pero al abrirlos, allí estaba.
Profana era una buena palabra para empezar a describir a la criatura, pero se quedaba corta. Su figura se erguía imponente y distorsionada, sus rasgos deformados por la oscuridad misma. Su piel era pálida como la luna, contrastando con unos ojos brillantes y penetrantes. Emanaba una energía siniestra y maligna, como si estuviera impregnada de todos los horrores y sufrimientos del mundo.
Me habló, pero su voz era tan grave como el susurro del viento en un cementerio abandonado por Dios. Sus palabras resonaban en mi mente, eran palabras de liberación y perdición.
La criatura me reveló el precio que debía pagar para romper la maldición del espejo de la agonía. Primero, mi rostro estaba repleto de confusión, pero luego mi corazón se detuvo por un instante. Un nudo se formaba en mi garganta al comprender el precio.
Vacilé por un instante y jugué con mi relicario. Desprenderme de eso... no me quedaría nada más después. Era todo lo que tenía. No me importaba mi familia, no tenía amigos, no tenía nada ni a nadie. Sólo me tenía a mí mismo y a mi dolor.
La criatura delante de mí se impacientaba mientras mi indecisión crecía.
Respiré hondo y decidido me arranqué las cadenas que sostenían mi relicario. El hierro contra la piel de mi cuello me lastimó, pero seguí con la frente en alto.
Con manos temblorosas le ofrecí a la criatura mi relicario. Ella con manos huesudas y alargadas lo aceptó.
Cuidadosamente lo abrió y extrajo el pequeño cristal manchado con mi sangre de él. Revoleó el relicario lejos de nuestro campo de visión.
La criatura hizo desaparecer el cristal, y con eso, había desaparecido la agonía. Lo miré horrorizado.
—¿Qué me hiciste? —Blamé—. Esto es peor que antes, esta sensación es horrible. No siento nada.
La criatura profana clavó en mí su mirada penetrante, mientras una sonrisa retorcida se dibujaba en su rostro deformado por las sombras. Su voz resonó en la cueva.
—Sólo te he liberado de la maldición del espejo. Lo que sientes ahora es la realidad de tu patética vida.
La criatura se desvaneció en la oscuridad de la cueva, de la misma manera que había emergido.
Me quedé estupefacto mirando el techo, con la única emoción que me quedaba. Vacío.