- I -
01 - Efervescencia
Despertar fue pesado. Se encontraba algo aturdido y con dolor de cabeza, había bebido bastante la noche anterior. ¿Qué hora era? 11:25 AM. Había dormido bastante, seguramente su familia habría incluso almorzado sin él para ese entonces.
—¿Qué día es hoy...? —Susurró para sí mismo con pesadez mientras frotaba sus ojos con el dorso de su mano. Observó el techo durante unos instantes tratando de recordar el motivo por el que había bebido tanto.
Analizó su habitación pasando su vista alrededor como si fuera la primera vez que la veía. Ropa tirada por un lado, un escritorio, un tocador, un armario, cuadros con pinturas del mar, libros sobre biología marina en una repisa junto a la ventana, un viejo y empolvado telescopio que guardaba los recuerdos de alguien importante para él… Y entonces lo supo. Con velocidad, y deseando estar equivocado, buscó con la mirada su calendario en la pared tratando de enfocar la fecha de ese día. 22 de febrero.
"Dos años...", pensó triste. Parecía que el alcohol no había sido suficiente, después de todo, él no quería sentir el pesar que dicha fecha le provocaba. "Debí escuchar a Giulia y mejor embriagarme hoy". Luchando contra el mareo de su cabeza intentó levantarse de su cama para buscar algo de ropa limpia y bajar al comedor con su familia.
Habían pasado ya dos años desde la última vez que había visto a su mejor amigo, un tritón a quien había conocido años atrás. Habían conectado perfectamente desde el primer instante en que se hablaron. En ese entonces tan sólo tenían 13 y 14 años. Al inicio solían jugar en una isla no muy lejos de Portorosso hasta que posteriormente mudaron sus juegos a las calles del pueblo; hablaban durante horas de sus respectivos mundos y en poco tiempo se volvieron cercanos. Ahora, con sus 19 años encima, recordaba con melancolía aquellos días. Todo eso había quedado atrás. O casi todo.
Algunos meses después de ver de reojo cómo aquél tritón se sumergió en las aguas de la playa —alejándose de él— empezó a sentirse pesado y arrepentido. Perdió la motivación. No disfrutaba lo que antes sí. Estaba falto de aquel chico que le había brindado los más cálidos días de su vida.
Constantemente lo recordaba. Recordaba aquella larga cola con la que en más de una docena de ocasiones aquel tritón había utilizado para engañarlo tocando su hombro. Recordaba el tacto de sus húmedas escamas y de su suave piel seca. Recordaba su rostro: con colmillos o dientes, con ojos viperinos o perfectamente redondos. Y recordaba su voz, clara y melodiosa; tan dulce como los gelatos que acostumbraban comer a la orilla de la playa; tan única que podría jurar haber sido hipnotizado por ella.
—Buenos días, hijo. ¿Cómo te sientes? —Preguntó con delicadeza el señor, siendo el único ahí presente.
—Buenos días, papá. Algo mareado, pero bien. He estado peor, no te preocupes —habiendo dicho eso, sonrió amablemente y sirvió algo de agua en un vaso dejando caer una pastilla efervescente dentro, debía detener a su cabeza de dar vueltas para también detener el dolor.
—¿Quieres... hacer algo hoy...? —Preguntó el señor algo incómodo mientras rascaba su bigote.
—No realmente, gracias. Iré a cubrir tiempos extras en el trabajo. Necesito distraerme.
Ahí estaba de nuevo. Aquel tono desganado en su voz tenía preocupado a todo aquel que lo conociera. Podría no dejar de ser amable pese a cómo se encontraba, mas mantenía en alerta a sus allegados.
El más joven tomó una rebana de pan a la que untó un poco de mermelada. Si no comía siquiera un poco probablemente se desmayaría.
—Hijo —llamó el señor con obvia aflicción—... hablé con Giulia hace un rato en la tienda. Dijo que anoche llegaron muy tarde... Sé que estas fechas son duras para ti así q-...
—Estoy bien, papá —interrumpió el joven de tajo—. Estaré bien.
—Sólo quiero decirte que si necesitas hablar de eso... puedes contar conmigo. Sé que él era importante para ti. No estás solo.
—Gracias... yo sé que así es —tragó el último pedazo de pan, bebió el último trago en su vaso. Con la resaca respirando en su nuca prosiguió a despedirse—. Ya me voy. Te quiero, papá. Nos vemos más tarde.
El sol golpeó brusca y directamente sus ojos cegándolo por un instante en cuanto abandonó su hogar. Seguramente ya era o pasaba del medio día. Cuando se acostumbró al brillo externo respiró con profundidad absorbiendo la mayor cantidad de sal en el aire que le fue posible. Exhaló con pesadez nuevamente y partió rumbo a su trabajo.
Tenía alrededor de seis meses trabajando medio tiempo en una panadería. Había tomado el empleo a sugerencia de Giulia; pasar tanto tiempo en casa lo estaba empezando a volver loco, todo ahí le recordaba a aquel tritón de suave aroma.
La pelirroja había observado cómo él empezaba a desgastarse por sobre pensar tanto en lo que había sucedido. Le preocupaba que fuera a cometer una locura hacia su persona, puesto que de poco él abandonó todos sus hobbies, incluso el observar el cielo que tanta tranquilidad le provocaba. Afortunadamente para ambos ella tenía buena relación con Smuca, algo así como el gerente del negocio, debido a esto le solicitó darle un lugar laboral al melancólico chico.
Sus pasos eran continuos pero obligados. Trabajar era lo último que querría hacer ese día, ni siquiera quería estar en sus cinco sentidos, mas era consciente que de no hacerlo probablemente terminaría llorando entre lamentos y escribiendo otra carta a su marítimo remitente —carta que como las otras, no sería enviada nunca—. Su visión seguía siendo algo borrosa debido al alcohol, no era remoto que llegara a hacer un estropicio.
—¡¿Qué estás haciendo, stupido?! —Escuchó gritar a un niño que reclamaba a su amigo por tomar la pelota con la que jugaban antes de salir corriendo.
"Esa frase..."
Podría decirse que es una expresión común, dicha repetidamente por todo el vulgo y aun así tenía peso en él. Aquella frase lo había golpeado como si hubiere chocado contra una pared.
Ambos chicos caminaban entre las calles de Portorosso conversando entre bromas. Acordaron cenar ese día con su familia; regresaban de un largo día de haber explorado las colinas con su vieja bicicleta.
—¡Oye! ¿Quieres ver algo asombroso? —Preguntó el más alto lleno de emoción a su amigo, este último asintió— ¿Ves a esas señoras de allá junto a la fuente? Siempre que las saludo suelen regalarme cosas.
—¿De verdad? ¡Eso es muy gentil de su parte, Alberto! A mí me asustan un poco, parecen estrictas...
—¡Para nada! Mira, vayamos con ellas —tomó a su amigo de la mano obligándolo a correr y dejando la bicicleta tirada.
El camino empedrado lastimaba un poco sus pies debido a la velocidad a la que iban. Hizo caso omiso al escozor en sus plantas cuando habiendo llegado a su destino observó a su contrario con un gran brillo en sus ojos.
—¡Buenas tardes, señoras! —Saludó eufórico el mayor de ambos— ¿Qué estás haciendo, stupido?
Lo siguiente que sintió fue una bofetada. Las ancianas se marchaban a paso molesto.
—¡Auch! ¡¿Por qué hicieron eso?!
—Claro, lo olvidé. Suelen hacer eso. No sé por qué, solamente las saludo. ¡Pero mira! ¡Tenemos gelato!
Pobre inocencia. Como esa vez, vivieron muchas otras.
Su viaje al pasado, su pequeña disociación, había terminado cuando su pecho se comprimió en seco dejando una sensación fría en la zona donde se encontraba su corazón. "¿Por qué justo ahora tenía que recordarlo…?", pensó con molestia justo una calle antes de la panadería; no era momento para hacerlo, no debía hacerlo.
—¡Ey, ey, ey! —gritaron desde el mostrador después de ingresar al establecimiento— ¿Qué estás haciendo aquí? No se supone que trabajes hoy.
—Haré horas extras. No molestes —colocó un delantal blanco sobre su cuerpo y cruzó la puerta que lo conducía a la cocina.
—Ni creas que te pagaré más por esto, ¿eh? Ya hablamos de tu pago. Además, apestas a alcohol, ¿cómo te atreves a venir así?
—Sólo no quiero estar en casa, Smuca. No me pagues esto, me da igual.
Smuca. Un peculiar nombre para una persona peculiar. Un joven de 21 años, que tan sólo a sus 18 había logrado independizarse de su familia —algo no muy común en el lugar—. Solía vestir ropa holgada, incluso podría decirse que desgastada. Su cabello negro y ondulado caía por los costados de su pálido rostro asimilando una cascada de petróleo sobre la nieve. Tenía mala reputación entre las personas mayores, todos los portorissinos sabían que él masticaba tabaco y marihuana, de ahí su comportamiento; ese no era motivo para negar que su pan era el mejor de toda la costa.
Smuca, extrañando, revisó su calendario para cerciorarse de sus sospechas. 22 de febrero, claro, tenía que ser.
—Con que es ese día, ¿eh? —palmeó el hombro del menor en señal de apoyo mientras entraba de igual modo a la cocina— Está bien, puedes quedarte. Hoy sólo estarás en la cocina, ¿entendido? Los clientes no deben verte así, ya bastante tengo con que piensen que le pongo hierba a la masa —volteó su mirada a un costado localizando ésta y tomando una pequeña bola—. Ten —con su pulgar metió la bola a la fuerza en la boca del chico; éste sintió cómo efervecía en su lengua—, traga. Si vienes con resaca no podrás trabajar bien y quemarás todo; espero que la levadura te ayude un poco como placebo del alcohol hasta que salgas* —Smuca salió de la habitación dejando al menor solo.
Soltó una exhalación más bien parecida a un suspiro por enésima vez en el día, ése se había convertido en su nuevo hobby. Terminó de acomodar su delantal; revisó el pan que se encontraba ya en el horno para hacer un rápido inventario y empezar a preparar más masa para los diferentes tipos de panes.
SMUCA POV.
Regresó al frente de la panadería a revisar las charolas con el pan a la venta; necesitaba ver la frescura de los productos y el menor necesitaba espacio.
Acercándose al mostrador reposó sus manos sobre éste para recargarse y dejar caer su cabeza hacia el frente con frustración. Se había cansado de la misma situación una y otra vez. Quería ayudarlo, claro que quería hacerlo. En los dos años transcurridos había hecho muchas cosas por él, había buscado incluso en las lejanías la manera de volver a ver sonreír al menor. Se le habían acabado las opciones y sólo le quedaba seguir siendo un mástil donde pudiera sostenerse.
La campana de la entrada anunció que alguien había llegado. Alzó su mirada en dirección a la puerta de madera y cristal pero antes de poder siquiera procesar quién se encontraba ahí, o de siquiera saludar, una voz lo atacó.
—Escuché que está aquí —habló una pelirroja chica abriendo la puerta de par en par con notoria molestia y avanzando en dirección suya dejando una fragancia de vainilla a sus espaldas— ¿Es eso cierto?
—Y también estoy feliz de verte hoy, Giulia —el sarcasmo era palpable—. Sí, vino a trabajar. Está atrás.
—¡¿Cómo lo dejas trabajar así,
imbecille
?! —golpeó repetidamente con su mano el hombro del chico— ¿No viste cómo estaba?
—Claro que lo vi, lo olí. Por eso le di permiso. No lo voy a dejar solo con sus pensamientos, no hoy.
Giulia palideció, no esperaba esa respuesta.
—Ya estoy cansado, Giulia. Quiero que esto ya termine. Estoy hasta la madre de verlo como alma en pena por donde quiera que pasa. Ya pasaron dos años ¿que no es suficiente tiempo para pasar página? Está echando a perder su vida por lamentarse de algo que ya sucedió.
—Lo sé, también yo, ¿pero puedes culparlo? Tú los viste, sabías que lo que tenían; tú mejor que nadie sabe lo cercanos e inseparables que eran. Estoy segura de que no ha sigo fácil para él. ¿Puedes imaginarte lo que siente? Su cargo de consciencia debe ser terrible.
Se hizo el silencio durante unos minutos sólo escuchándose movimento en la cocina
—Tú sabes dónde está, ¿no? —preguntó ella dejando confundido a su receptor— No te hagas idiota, Smuca. Sé perfectamente que se han hablado. ¿No puedes convencerlo de volver a Portorosso? Sabes que es la única manera de detener a la Diana Salazar en la cocina*.
—Sí, nos hemos visto. Ya lo intenté, se rehúsa a hacerlo. Dice que ya no tiene nada que hacer aquí; todavía sigue con lo suyo… ¿sabes?
—¡Pues oblígalo! Ellos tienen que hablar muy seriamente. Esto no puede seguir así.
—¿Y el negocio? Ni siquiera sabemos si vaya a estar donde mismo.
—Ve a buscarlo, Smuca —soltó con autoridad—. ¿Qué es más importante? Yo cuidaré de la panadería mientras no estás, sabremos arreglárnoslas. Le diré a mi papá que me cubra el la pescadería.
—¡Argh! Está bien, lo haré. Saldré mañana al amanecer. Te escribiré en cuanto llegue Pisa, no sé cuánto vaya a tardarme —advirtió mirándola a los ojos—. ¿Estás segura de esto?
—Por supuesto que lo estoy, tú también deberías estarlo —sonrió victoriosa caminando hacia las espaldas del mostrador—.
Sei il migliore
—comentó antes de dejar un corto beso en sus labios y retirarse del local.
El panadero sonrió viendo a su novia marcharse y cuestionándose si su repentino y espontáneo plan funcionaría. Serían unos días largos para todos.
.
2208 palabras.
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¡Bueno, hasta aquí el primer capítulo de "Tritone"! Espero sea de su agrado. Déjenme sus opiniones en los comentarios, por favor, me serían de mucha ayuda y motivación. ¡No se olviden de votar! Eso me hará saber si les gusta y si sigo escribiendo.
Traducciones:
•
Gelato
→ "Helado" tradicional de Italia.
•
Stupido
→ Tonto, idiota, imbécil.
•
Imbecille
→ Misma traducción que arriba.
•
Sei il migliore
→ Eres el mejor.
Nota de la autora:
* El pan, así cómo la cerveza y el vino llevan levadura, por lo que, en grandes cantidades, el pan (o su masa) podría causar embriaguez.
* Supuesta alma en pena que existe debido a la Santa Inquisición.
Fecha orignal de publicación: 18/12/21.