Los celos no son lo mío, ¿o sí?
La semana pasada mis padres volvieron a tener una reunión en el instituto. Esta vez el profesor les dijo que mi expediente era impecable por mis notas, pero que las faltas de asistencia no eran agradables para el resto de los profesores, ¿pero qué más da? Mi vida no es fácil, y ya estoy cansada…
Es muy difícil cumplir todas sus expectativas: ser la hija con un comportamiento perfecto, que saque las notas perfectas para que al terminar bachillerato estudie periodismo como mi padre para quedarme con su empresa cuando sea necesario, ¡pero ya ni mencionemos la danza! Cuando ellos no se han dignado a venir a una sola actuación, me recalcan que yo tengo que ser la que destaque en los entrenos para ir a todas las competiciones y ganarlas, ¡como si no tuviera ya suficiente presión!
Hemos llegado a tal punto en el que, visto lo visto, ya no puedo decidir nada en mi vida: simplemente he de hacer todo lo que me digan y seguir la planificación que tienen hecha para mi vida, sin tener en cuenta si estoy o no de acuerdo. Mantener la imagen de la empresa es algo primordial y, según ellos, las acciones de una chica de 17 años pueden hacer que de un día para el otro la empresa pase de tener una buena imagen a ser el hazmerreír del sector.
Estoy cansada de hacer siempre lo mismo: ayudo a mi familia y a mis amigos haciendo todo lo que me piden y después nadie me lo agradece, como si en ningún momento me hubieran valorado ni les hubiera facilitado las cosas.
Y ya ni hablemos de todo lo que ha pasado con Hugo… ¿Cómo narices le dices a tu mejor amiga que estás enamorada de su hermano mayor? En plan: “Oye Raquel, que estoy liada con tu hermano desde hace meses, ¿me pasas los apuntes de historia del otro día?”
Y ya no es sólo decírselo, ¿cómo voy a compensarle lo que ha pasado? Que vale que yo no tengo ningún hermano, pero no me gustaría enterarme de que mi hermano me ha ocultado que ha estado saliendo con mi amiga de toda la vida... En fin, mucha mierda para la que no tengo solución.
Pero si vamos a sacar toda la mierda, también pondré todas las cartas encima de la mesa. Yo no soy la única que está haciendo las cosas mal: Raquel se ha vuelto una persona mucho más controladora: ya no sólo quiere decidir sobre mi ropa, sino que ha llegado a un punto de control en el que quiere decidir con quién me junto, que hago o digo, y un poquito sí que me tiene hasta las narices. Me gustaría encontrar la valentía para decírselo a la cara…
No me parece sano seguir con esta dinámica, pero tampoco me gusta la idea de perderla y no tener a nadie más… Es una mierda sentirse sola y depender de alguien que sabes que no es bueno para tí pero que es mejor tenerlo en tu vida que estar solo. Es por eso que tuve que dejar las clases de danza: tenía tanto miedo de que mis temores se hicieran realidad que preferí dejar lo que más me apasiona para intentar salvar una relación consumida por la gente que nos rodea y el qué dirán. Aprovechar la única oportunidad que me queda para que todo vuelva a ser como antes, si es que aún quedaba alguna probabilidad...
Cerré la libreta y le di un sorbo a mi té helado de fresa y açaí. Eran las once y media de la mañana y estaba sentada en mi cafetería favorita en el centro de Barcelona, y sí: sé que a esta hora debería estar en clase, pero escuchar cada día lo mismo era aburrido, y más cuando lo único que hacían los profesores era leer un temario que ni a ellos mismos les interesaba.
Me encantaba sentarme al lado de la ventana del local por el simple hecho de que así podía mirar como pasaban los coches mientras me relajaba con la música.
Algo que nunca entendí es la necesidad de algunas personas de estar rodeado constantemente de gente. A veces necesito sentarme y aislarme del mundo para sentir que mis pensamientos se colocan en su sitio y vuelvo a tener el control de mi vida.
La cafetería imitaba bastante el estilo vintage, con una pared con piedras que parecían ladrillos. Y aunque Hugo fue quien me descubrió esta cafetería, hacía muchísimo tiempo que él ya no la pisaba. La barra era enorme y desde luego que entendía por qué no dejaban que la gente se sentase ahí: entre las máquinas y los expositores con porciones de tartas y sándwiches recién hechos no había sitio para sentarse.
En medio del local había una mesa alargada donde por las tardes se solía reunir bastante gente para estudiar o simplemente para tomar algo con los amigos, pero la verdad es que casi todo el día había un buen ambiente: era muy raro el día en el que se juntaba tanta gente como para tener que gritar para entenderte con tu acompañante.
Me fijé en un estante que tenía un poco de merchandising, lo típico de las cafeterías comerciales: unos cuantos termos, paquetes de muchos tipos de café y cafeteras por si querías hacerlo en tu casa, unas cuantas tazas, pero nada que me interesase realmente.
Se me acercó Meghan, mi barista favorita. Tenía el pelo anaranjado y rizado, tan bonito que sólo de ver cómo le quedaba me entraban ganas de irme a la peluquería, pero sabía que si lo hacía mis padres se volverían locos.
Debía ser su hora de descanso, porque se acercó a mi lado con su móvil y un sándwich y, mientras me quitaba los auriculares, se sentó en la silla enfrente mío.
— ¡Hola!— Me saludó sonriente.— Por lo que veo has vuelto a faltar a clase, deberías ir. Ahora no lo entiendes, pero cuando crezcas y no tengas tantas opciones para trabajar te arrepentirás…
— Te lo he dicho muchas veces Meghan: yo no tengo problema con los estudios, tu dame el libro el día antes y sacaré buena nota.
Me reí de una manera tan sincera que me alivió mucho, más que escribir en mi diario, y por eso era mi amiga: con ella me sentía a gusto, sin la necesidad de sobrepensar cada palabra que salía de mi boca sólo para no hacerla enfadar, sólo éramos ella y yo siendo nosotras.
— Supongo que es tu hora del descanso, ¿no? — Le pregunté para tratar de cambiar de tema.
— ¡Premio para la lista del año!— Nos echamos a reír a la vez por su comentario. Su cara cambió al recordar algo y se acercó por encima de la mesa con una sonrisa más amplia y con cara de secretismo.– En la mesa de detrás tuya hará unas dos horas había una pareja, cuando el chico se fue al baño he visto cómo ella cogía una llamada del móvil de él. Se ha puesto roja como un tomate y cuando él ha vuelto le ha tirado el móvil a la cara llamándolo infiel…– No llegó a terminar la frase cuando las dos ya estábamos dobladas de risa.– Y… Y… L-lo mejor de todo es que él se ha quedado y, al cabo de un rato, ¡ha venido la otra! Lo ha abrazado y le ha dicho algo cómo “todo saldrá bien, total ya ni la querías”.
Las risas no cesaron en un buen rato mientras me contaba anécdotas de aquella semana, era impresionante la de historias que podían salir de una cafetería de barrio.
Estaba bien hablar con ella. El día que nos conocimos fue algo super natural y creo que en gran parte el hecho de que fuera todas las semanas a esa cafetería era por ella (y no sólo por las deliciosas bebidas, que también eran una razón de peso): ya teníamos la tradición de que, si yo venía, hablaríamos durante la hora de su descanso.
La vida de Meghan me recordaba la suerte que había tenido con mi familia: su hermana y ella estaban solas, así que no les quedó otra más que buscarse la vida. Mientras su hermana mayor estudiaba en la universidad, Meghan trabajaba para pagarle los estudios y de paso pagar los gastos del hogar. Ella tenía tantos problemas y no dejaba de preocuparse por mí… Era increíble lo buena amiga que era sin necesidad de recibir nada a cambio.
— ¿Tus amigos qué tal están? Sé que estás en una situación complicada, pero ella debería entenderlo cuando se lo cuentes.— Intentaba ayudarme a tomar la decisión correcta, pero ya hacía un tiempo que había dejado de buscar lo correcto por ir en busca de hacer el mínimo daño.
— Mira, sé que no estás de acuerdo, pero ella ha sido mi mejor amiga desde siempre y no puedo perder la amistad sólo porque me guste su hermano.— Le respondí tratando de zanjar el asunto. Era un dilema moral que me guardaba para mí sola.
Lo bueno de esta chica era que, por muy en desacuerdo que estuviera contigo, trataría de respetarlo porque era tu decisión, así que te daría su opinión como amiga y te dejaría estamparte contra una pared para que aprendieras tú sola a tomar la decisión correcta. Ojalá Raquel aprendiera y fuera un poco más como ella…
Empezamos a hablar de su hermana y de su vida y al final se nos pasó el tiempo volando, ¡la verdad es que ni me di cuenta por tanto reírme!
— ¡Meghan!— Le gritó su compañera.— Llevas 20 minutos más de lo que te toca, ven a trabajar de una vez, que estamos hasta arriba de trabajo.
No le quedó otra opción que darle la razón, así que nos despedimos con dos besos y, mientras ella se ponía a trabajar, yo recogí mis cosas.
Al mirar a mi alrededor pude ver que la cafetería estaba realmente llena: no quedaban mesas libres, así que lo más probable era que cuando me marchase alguno se llevase una alegría al ver que tenían la última mesa libre. No me lo pensé dos veces y les dejé mi vaso en la barra para que no tuvieran que ir a recogerlo.
— ¡Muchas gracias, vuelve pronto y que tengas un buen día!— Me dijo Meghan con la misma sonrisa de antes.
Después de darle las gracias me puse los cascos otra vez con “Remember the Name” de Ed Sheeran a todo volumen y me dirigí hacia la puerta, pero justo cuando estaba saliendo me choqué con alguien y del golpe se me cayó la libreta al suelo.
La rabia me invadió y en lugar de respirar hondo y calmarme, como haría normalmente, me quité los auriculares para decirle de todo:
— ¡Podrías hacer el maldito favor de mirar por donde vas!— Cuándo le vi la cara decidí tratar de contenerme un poco, porque madre mía la divinidad de hombre que tenía delante.— Joder, podrías haberme hecho daño.
Me agaché para coger la libreta y, como en las novelas que leí hace años, él se agachó al mismo tiempo provocando que, al haber un roce en nuestras manos, una suave corriente de electricidad se deslizase desde mis dedos hasta mi columna vertebral, lo atribuí a mi rabia y a su evidente nerviosismo.
— ¡Mierda! Lo siento mucho, estaba en mi mundo, y la verdad es que necesito una taza de café, si quieres quédate y te invito a lo que sea para compensarte.
Hablaba tan rápido que las palabras se le juntaban en la boca provocando que saliera un cúmulo de sonidos casi incomprensibles. Se le notaba realmente arrepentido, pero había algo en esta situación que no me daba buena espina…
— Déjalo, tengo prisa.— Cogí mi libreta de su mano y me marché sin darle la oportunidad de decirme nada más.
Porque esa sensación que tenía era por la familiaridad que me provocaba su cara, así que como no supe quién era decidí no darle más vueltas y marcharme a mi casa. Porque si era alguien conocido o que debiera saber quién era, desde luego Raquel me lo diría sin ni siquiera contarle nada.
Al abrir la puerta de casa decidí saludar por si se diera el hipotético caso de que, por una vez, mis padres llegasen antes de lo esperado, pero no fue el caso.
Me descalcé en la entrada y fui caminando con calma hasta la cocina con los zapatos en la mano, donde me encontré una nota de mi madre pegada a la nevera:
“Hemos salido a una reunión de trabajo. No nos esperes despierta.”
Pues visto lo visto me volvía a tocar, como cada día, hacer la cena. Nuestra asistenta Miriam se encargaba de hacer la compra y la comida además de limpiar, así que sólo tenía que preocuparme por hacerme el desayuno o la cena (porque obviamente el señor Brown, alias mi padre, no se pondría a hacer el trabajo de “sirvientes”). Así que, mientras abría la nevera, le pedí al asistente virtual de mi teléfono que me pusiera mi lista de reproducción favorita y me dijera la hora: las cinco y media. Me podía hacer algo un poco más trabajado.
Decidí coger unos lomos de salmón, un poco de bacon y un par de tomates mientras tarareaba al ritmo de “Novia” de Jake Daniels. Encendí el horno para que se precalentase, busqué una fuente que no fuera muy grande y, después de coger mi portátil, empecé a hacer videollamada con Raquel mientras cocinaba poco a poco.
— ¡Buenas!— Le dije justo contestó a la llamada.
— ¡Hola zorra!— La verdad es que no me gustaba cuando se ponía a hablar así, pero como cada vez que le decía algo se enfadaba, ya me había acostumbrado a la situación.—¿Qué estás haciendo en la cocina?
— ¿Me hago la cena?— Puse los ojos en blanco sabiendo lo que me iba a comentar antes de que ella misma lo pronunciase siquiera.
— No me puedo creer que te pongas a cocinar, ¡si vuestra sirvienta no está para la hora de la cena, pide comida a domicilio como toda persona de nuestra categoría!— Me dijo Raquel bastante indignada. Evidentemente, sabiendo como era ella, le resté importancia con la mano.
— A mí me relaja cocinar, así que con mi tiempo libre hago lo que quiero. Además, Miriam ya está suficientes horas en esta casa, debería tener tiempo suficiente como para disfrutar de su propia familia. ¡Y a los repartidores de comida les pagan fatal! Así que no voy a explotar a un pobre trabajador.
Raquel se dio por vencida, así que mientras yo cogía el resto de los ingredientes y preparaba la fuente ella empezó a hablar del instituto.
— ¿Te puedes creer que el imbécil de mi hermano se ha traído a una Barbie a casa? Ni que esto sea un puticlub.— Al decirme esto me quedé completamente quieta, como si estuviera congelada, así que agradecí internamente el estar fuera del plano de la cámara por un momento.— . ¿Holaaa? ¿Tierra llamando a Samanta?
— Si, dime, perdona, estaba…—Odiaba cuando Raquel se ponía así, hacía que me quedase en blanco y después podían pasar dos cosas: opción a, empezaba a hablarme mal porque lo interpretaba como si la estuviera ignorando, u opción b, luego se vengaba.— Bueno, tu piensa que tu hermano no tiene pareja, así que es libre de estar con quien quiera. Así que si pensamos bien en esta situación, no es que tu casa sea un prostíbulo, sino que más bien tu hermano tiene confianza con la chica, supongo…
— ¿Lo estás defendiendo?— Oh no, esto no podía acabar bien…— ¿Te recuerdo que yo soy tu amiga? ¡Debes estar de acuerdo con todo lo que te diga!
Raquel se puso a chillarme como una loca y yo seguía sin saber qué hacer, sobre todo porque esto podría derivar en que ella se enterase de lo que estaba pasando realmente. Nunca sabía cómo lidiar con sus rabietas, era como intentar dialogar con una niña de 3 años a la que le acabas de quitar el chocolate de la boca: completamente imposible. Siempre acababa dándole la razón porque era más fácil que decirle que su actitud me parecía una mierda y que si seguía así se iba a quedar sola. Como siempre: palabras que se me quedaban atascadas en la lengua por temor a perderla.
De repente apareció el rey de Roma por el final del plano de Raquel y, por lo visto, me salvó un poco (bastante) el culo:
— Tu, que tienes 17 años, no eres una niña pequeña. A ver si dejas de chillar como una puta loca— Gracias a Dios Hugo intervino, salvándome de la reprimenda de su hermana mientras ellos mantenían una pequeña discusión… El problema era que mi cabeza no dejaba de darle vueltas a esa rubia que tal vez seguiría desnuda en su habitación.—. Por cierto, dicen que tu amiga ha rechazado que Sebastián la invite a tomarse un café, tal vez debería haber aceptado, total está más sola que la una.— Justo después de decir eso se fue de la habitación antes de que ninguna pudiera decir nada.
Eso me sentó como una patada en el culo: yo no sabía que justamente el chico con el que me había chocado era su mejor amigo, ¿pero de verdad lo único que tenía que decir es que debería haber aceptado ese café? ¿Esa era la manera de decirme que lo nuestro ya ni existe ni le importa? Más problemas que añadir a la lista de cosas a las que quiero enfrentarme y de los que nunca diré nada porque soy una cobarde, ¡genial!
Además, ¿cómo que “tu amiga”? ¡¿Y más sola que la una?! Mi corazón se empezó a romper al darme cuenta cómo de insignificante había sido lo nuestro para él. Entendía que no me fuera a llamar novia, pero al menos podría haberme llamado por mi nombre después de estar dos años con esta historia…
Quería llorar y gritarle todo lo que llevaba callado estos meses, pero tenía que aguantar. “Solo un poco más” me decía a mi misma, a la espera de encontrar la valentía para poner todos los puntos sobre las íes. Mientras notaba la humedad en mis ojos, parecía que a ella le iban a salir de los ojos estrellitas por la emoción, así que no me quedó otra: tomé varias respiraciones profundas para tragarme esas lágrimas que probablemente saldrían al finalizar la llamada.
— ¡¿Es eso verdad?!— Me chilló Raquel como una niña pequeña.
— Mira, yo no sabía ni quién era ese chico, así que no empecemos con los dramas. Sabes que paso de los chicos, así que ni se te ocurra hacer de las tuyas porque nos conocemos.
Metí la fuente con la comida en el horno y preparé una pequeña zona en la isla de la cocina para comer.
— Tampoco es que tengas muchas oportunidades…— Me dijo Raquel con una voz como si ya estuviera planeando algo.— Ya sabes que Sebastián sale con Eva y son la pareja perfecta. Además, ¿sabes Clara? La compañera de Eva en el equipo de voleibol, que va conmigo a dibujo— Le respondí con un sí mecánico, pero la verdad es que aún seguía pensando en lo que Hugo había dicho—. Pues resulta que me ha contado que Eva ha ido con su familia y la de Sebastián a la joyería a elegir el anillo. Me parece un poco tontería que se vayan a casar tan pronto, pero se ve que es una tradición en la familia de ella.
— Raquel, ¿podemos hablar de otras cosas?— Dije ya cansada del tema.
— ¿Cómo qué? Si nunca vienes a clases y tampoco me cuentas nada de tu vida.— Me echó en cara, como siempre.
— No lo sé, tal vez me podrías contar algo del chico con el que estás saliendo, me dijiste que ya lleváis unos meses y no sé nada de él.— Le dije para intentar relajar la situación, pero seguramente lo había empeorado todo.
— Te enterarás cuando te tengas que enterar, no quieras ir de lista y deja el puto tema de una vez, que no paras de sacarlo en todas las conversaciones.— Me dijo muy cabreada justo antes de colgarme.
Con un suspiro de agotamiento saqué la cena del horno después de quedarme varios minutos pensando en la conversación que acababa de tener con Raquel y me dispuse a cenar. Con la tontería eran casi las siete, así que podría ver un par de capítulos de mi serie favorita para tratar de despejarme y no perder la poca estabilidad mental que me quedaba.
Ya había acabado de cenar y no me había decidido por ninguna serie cuando se paró la música y cogí el móvil. Raquel me estaba llamando, así que supuse que se le había pasado el enfado.
— Hola.— Le dije con un tono que no era enfadado, pero tampoco era alegre.
— ¿Puedo ir a dormir a tu casa? Así nos vemos un poco…
Se le notaba en la voz que quería venir, pero iba en contra de las normas de mi casa y me podría meter en un lío. Por no hablar de que hacía un rato me había estado gritando y echando cosas en cara, mientras que ahora quería venir a pasar la noche conmigo.
— Sabes que si te quedas a dormir tendré problemas con mis padres.— Le dije con un tono que trataba de ser lo más amable posible. Parecía que se le había pasado el enfado, así que no quería volver a provocarla.—Si quieres puedes venir el fin de semana, pero no hoy que estamos a jueves, ¿vale?— Como le había cancelado sus planes y se le notaba que quería venir, supuse que darle esta opción sería lo mejor…
— ¡Eres una puta zorra de mierda! ¡Tu ni eres mi amiga ni eres nada, asquerosa! ¡Solo te preocupa lo que piensen tus padres y su puta empresa, ojalá te quedes sola!— Me empezó a gritar antes de volver a colgarme.
Dejé el móvil en la mesa con cero ganas de discutir con nadie más y me puse a pensar en las razones por las que mantenía a Raquel como mi amiga: un pelo castaño precioso, unos ojos en los que te podrías perder, un cuerpo escultural por el que todos los chicos suelen mirarla, años de amistad, y no podía olvidar su preocupación por que nuestra relación no se fuera a la mierda.
Era cierto que solía ser algo dramática y pesada, que a veces le daban estas idas y venidas y que quería controlar cada puñetera decisión que tomaba, comportándose peor que mis padres, pero… Ella solía ofrecer más cosas positivas que malas, solo que en ese momento no sabía decir ninguna.
Hice acopio de toda mi paciencia para no llamar a mi amiga y mandarla a la mierda mientras recogía mi plato.
Cuando tuve todo recogido, me fui a la habitación. Eran las ocho y ya no me apetecía ver ninguna serie después del drama que me acababa de hacer Raquel, así que cogí mi móvil y, aunque probablemente me arrepentiría después, decidí escribir a Hugo, el único que había sido capaz de entender cómo me hacía sentir mi amiga.
Sam: ¿Qué tal con la rubia esa?
Hugo: ¿Y tú con ese café?
Sam: Oye, no me apetece discutir...
Hugo: Es verdad
Hugo: Para eso pones por delante a mi hermana que a nosotros
Sam: Por favor...
Hugo: Está bien
Hugo: La rubia era Emma
Hugo: Me da clases de filosofía para subir la media
Hugo: Sabes de sobra que para poder ir a Madrid necesito una media perfecta
Sam: No tienes que darme explicaciones
Sam: No somos pareja
Hugo: Te las doy porque aunque tu digas que no, yo si quiero serlo
Hugo: Te lo he pedido muchas veces y siempre has preferido no perder a mi hermana cuando ella no se lo merece
Sam: No parecías querer serlo cuando me has llamado "tu amiga", como si no nos conociéramos de nada
Sam: Así que si quieres puedes irte otra vez con Emma o como se llame y te acuestas con ella o que te de las clases que te dé la gana
Hugo: ¿En serio vamos a discutir por cómo te he llamado sin ni siquiera darme cuenta?
Hugo: ¿O es que me dices esto porque estás celosa?
Estampé el móvil contra el colchón de mi cama mientras gritaba en silencio mirando al techo. No quería volver con el tema de siempre: las discusiones acababan con mi poca estabilidad emocional. En ese momento no estaba celosa, ¡estaba celosísima! Una rubia que seguramente sería mucho más guapa que yo, en su habitación, los dos a solas, ¿y le va a dar clases de filosofía? ¿Estamos tontos o qué? ¡Esa chica le estaría dando clases prácticas de anatomía en todo caso!
Sam: Piensa lo que quieras y haz lo que quieras, ya te lo he dicho: no somos nada
Hugo: Eso haré
Sam: Bien por ti
Además, no solo yo estaba celosa, ¿o ese comentario de aceptar el café de Sebastián era algo inocente? ¡Ja! Y yo soy la reina de España. Sabía que sentía algo por él y que él sentía lo mismo por mí, pero no podía perder a mi mejor amiga por algo que a lo mejor no iba a funcionar, y más cuando llevaba tantos años de amistad con Raquel por muy inestable que fuera. Él pensaba que yo lo había mandado todo a la mierda sólo por ella, pero en el fondo también había algo más, siempre había más: mis padres, sus amigos a los que no le caía bien, obviamente Raquel, nuestras constantes peleas por cualquier chorrada. Y aunque muchas cosas fueran factores externos, influyen, obviamente me iba a importar lo que pensasen mis padres, o notar cómo sus amigos fingían sonrisas cuando nos veían a veces, a lo mejor a él no, pero a mí sí que me afectaba, y al final no pude más. ¿Se le puede culpar a una por no sentirse segura y preferir la estabilidad de la soledad que el constante miedo en una relación? Creo que no, pero era evidente que Hugo no pensaba lo mismo.