Jᴜsᴛ ғᴜᴄᴋ ʜɪᴍ [AkaRen]

Summary

Observándolo de lunes a viernes, siempre que la clase de historia iniciaba, tan lejos en el pizarrón y a la vez tan cerca de su asiento. Akaza sólo podía pensar en una cosa: ⌦ "¿Está mal querer follarme a mi ardiente profesor?" ✎AU/Academia Kimetsu ✎Ship Principal: AkaRen ✎NTR/Netorare ✎Ship secundario/mención: UzuRen ✎Híbridos mitad humano/mitad animal ✎Nsfw | Smut | Ligero dubcon | Celo/período de calor

Genre
Erotica
Author
Tocchan
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

かわいいキツネ

Otra nueva y aburrida semana de estudios para algunos estudiantes.

Para Akaza Soyama, un día más en que podría ver a su profesor favorito.


El pelirosa estaba consciente de lo poco moral que era sentir deseos por su tutor de clases.

Su hermano Hakuji, había hecho una lista negra de las razones por las que no debería fantasear con el maestro de historia.


Entre ellas enumeraba principalmente, que el otro era un adulto veinteañero y él un mocoso de dieciocho años.

¿Su respuesta?. La edad es sólo un número. Y la diferencia no es tanta.


Segundo punto, estaba casi mal visto una relación entre un humano y un híbrido, a pesar de que estos también fueran mitad humano. Pero la mayoría recalcaban que los noviazgos sólo debían darse entre humanos puros e híbridos con híbridos. Por supuesto, él era un humano... y su maestro un mitad zorro.

¿Su repuesta?. Al diablo con eso. Me importa una mierda lo que diga la sociedad.


Y no podía faltar el tercer y más importante punto, Rengoku Kyojuro estaba casado con el profesor de arte, Uzui Tengen, un híbrido mitad irbis.

¿Su repuesta?. Desgraciadamente no podía refutar contra eso.


Pero aunque sabía que estaba mal, ¿quién podría culparlo?. Kyojuro era un docente muy querido entre todo el alumnado y profesorado, incluso entre la gente del exterior. Poseía una personalidad tan carismática, bondadosa y optimista, tenía el don de agradarle a todo el mundo. Además de su belleza y esa reluciente sonrisa.

Y como no, tenía un buen cuerpo.


Permanecía sentado en su puesto asignado mientras esperaba el cambio de hora para la última clase, garabateando trazos en su cuaderno de borrador, el nombre de su amado junto al suyo encerrados en un corazón. Muy cursi.


La puerta se abrió y su vista fue a parar rápidamente en el rubio de mechones rojos, que entraba con maleta y portafolio en manos. La bella sonrisa de Rengoku se agrandó luego de saludar efusivamente a sus alumnos y ser correspondido, levantando sus rojizas orejas de punta negra, y meneando la esponjosa cola de felicidad.


Para el Soyama menor, aquella acción fue una bendición para sus ojos.

Pero su buen ánimo duró poco al ver que su lindo zorrito se despedía cariñosamente del leopardo de las nieves que le acompañó hasta la entrada del salón.

Claro que tenía envidia y celos, él debería ser quien besara esos rosados labios del híbrido, quien pudiera abrazarlo por la cintura, jugar con las delicadas y sensibles orejas y cola, despojarlo de toda ropa para apreciar el cuerpo desnudo, azotarlo contra la cama para entrar en él, y poder follarlo todas las noches posibles...


Respiró hondo para calmar sus pecaminosos pensamientos, y poder concentrarse en la clase que iba a iniciar.


Pero cómo concentrarse si tenía de espaldas a Kyojuro.

Se había vestido pulcro, como siempre, su planchada camisa blanca, remangada hasta los codos junto a la corbata bermellón, su ondulado cabello rubio atado a la media coleta. Unos pantalones sencillos cafés, que se ajustaban perfectamente a ese redondo trasero que nunca dejaba de mirar, y la peluda cola de tonalidad rojo anaranjado con punta blanca, asomándose desde una abertura hecha especialmente en el pantalón.


El sonido de la campana avisando el final de la jornada lo desconcertó, había estado tan sumido en sus fantasías con el profesor, que la hora se pasó volando.

Y él no había atendido nada. Su cuaderno vacío seguía igual de vacío.


De reojo vio a su gemelo mayor guardando sus útiles escolares.

«Ojalá no se enoje por pedirle los apuntes», pensó con fastidio. Con algo de suerte podría obtener la clase de hoy si le inventaba una mentira del porqué no pudo copiar.

Todos sus compañeros iban saliendo luego de despedirse, Hakuji lo llamó para que se apresurara, pero él le aseguró que podía adelantarse, de todas formas se verían en el dojo de Keizo. El pelinegro no objetó, dando una reverencia hacia su tutor, dio la vuelta y fue en busca de su prometida Koyuki.


Akaza terminaba de ordenar sus cuadernos en la mochila, antes de colocársela sobre el hombro, alzó la cabeza para observar por última vez a su querido profesor. Una mueca de confusión se plasmó en su rostro al notar al mitad zorro cabizbajo, temblando levemente con las orejas hacia abajo, respirando profundo y con sus mejillas enrojecidas.


—¿Te encuentras bien, Kyojuro?— el pelirosa siempre prefirió dirigirse por nombres, aunque el resto dijera que era descarado de su parte. Sorprendentemente el rubio no le regañó por irrespetuoso, sólo asintió en respuesta, sin moverse de su asiento en el escritorio. —¿Quieres que te ayude?— preguntó nuevamente, acercándose con sigilo.


—¡No!, sólo mantente lejos— lo poco que se movió fue sólo para estirar su brazo hacia el Soyama menor para que se alejara. Rengoku comprendía la sensación que recorría por su cuerpo, el período de celo le había llegado, y había sido tan descuidado como para olvidarlo.

No podía quedarse ahí y exponer a su alumno a verlo en esas condiciones. Pero había sido muy tarde y sus piernas ya no respondían para salir del lugar, no llevaba su celular para llamar, y sólo contaba con el apoyo del otro chico. —Podrías... ir por el profesor Uzui—


Esa voz salió tan débil y jadeante, pero maravillosamente encantadora para los oídos ajenos, Soyama era un humano y aún así, el leve aroma de las feromonas llegó a sus fosas nasales. «Delicioso, Kyojuro», sonrió mientras se aproximaba, haciendo caso omiso a los reclamos de su profesor. No sería un idiota para desaprovechar la oportunidad, sólo debía convencer a su zorrito, y las siguientes horas de placer serían entre ambos.



No fue complicado lograrlo, usó el calor a su beneficio, a pesar de la resistencia inicial, ahora el salón vacío ya no era muy silencioso con los gemidos. Kyojuro permanecía con su camisa abierta y sin sus apretados pantalones, en una posición de espaldas contra el escritorio, sus piernas sobre los hombros de Akaza mientras éste embestía con desenfreno, adorando los gestos y sonidos lascivos que provocaba en el rubio, la forma en que sus orejas puntiagudas se contraían hacia atrás o abajo, o como su cola se agitaba con cada empuje profundo.


La situación volvía loco al pelirosa, su anhelo de follarse a su ardiente profesor estaba sucediendo, completamente feliz y excitado de poder presenciar las facetas que siempre imaginaba en sus sueños húmedos, tocando lugares prohibidos que nunca creyó explorar, y sobre todo, siendo el causante de convertir a su Kyojuro en un desastre de lujuria.


El acto sexual no se detuvo por nada, las puertas estaban cerradas pero sin el seguro, por lo que corrían el riesgo de ser descubiertos, y aquello sólo era más tentativo para el joven con tatuajes de brazaletes negros en los antebrazos. Cambió las posiciones de Rengoku a su antojo, jugó con la sensibilidad de las orejas y cola, lamió y marcó con chupetones un recorrido por el torso, y más que nada, pudo besar esos rosados labios hasta dejarlos hinchados y húmedos de saliva.


—¡Más, más!, ahh...— sus gemidos salían desesperadamente sin poder acallarlos, perdido completamente en la satisfacción que su cuerpo recibía, calmando así las intensas ganas de sexo que el celo le exigía. El pensamiento de que estaba haciendo algo malo ya no cruzaba por su mente, se había dejado llevar. Toda su mente estaba nublada. Olvidándose de su rol como profesor y tutor, que se encontraban en el salón de clases de tercer grado, follando con un joven alumno. Olvidando que su pareja todavía seguía en la academia Kimetsu.


—Como gustes, Kyojuro~— apretando su agarre en la cintura del híbrido, inhaló entre sus agitadas respiraciones para embestir nuevamente, esta vez sin parar, con más fuerza y rápido como se lo pedía. Akaza sólo era un tonto enamorado y hormonal, cumpliendo sus fantasías eróticas sin detenerse a pensar en las posibles consecuencias.


Una de esas consecuencias estaba del otro lado de aquella puerta cerrada, paralizado con la mano en el asa del tirador, escuchando estupefacto los gritos placenteros que muy bien conocía.


Uzui no se atrevía a abrir aunque pudiera hacerlo, sus pequeñas orejas inclinadas, y su larga y espesa cola enrollada en sus piernas. Quería rugir de rabia pero sus cuerdas vocales no se lo permitían, tan sólo podía pensar con desilusión:

«¿Por qué?»


La liberación del orgasmo por medio de un fuerte gemido, fue lo último que se oyó para saber que habían acabado.