Incluso si no me amas; Dabi/ Toya Todoroki

Summary

❝En dónde tienes un hijo con Dabi❞ O ❝Eres la nueva tutora de Touya Todoroki❞

Status
Complete
Chapters
42
Rating
n/a
Age Rating
18+

Cᴀᴘɪ́ᴛᴜʟᴏ ₁﹕ Uɴ ɴɪɴ̃ᴏ ᴘᴇʟɪʀʀᴏᴊᴏ

Obscuridad.

Eso era lo que tus ojos venían. Todo el tiempo. Todos los días. Solo había luz cuando tenías que comer y tomar agua.

Era una vida horrible.

¿Cómo habías terminando así?

(...)

Entre el sonido tranquilo del agua y el mecer de las hojas de los árboles, había una casa. De paredes gastadas, puertas rotas y madera rota. El jardín estaba hecho un desastre con el pasto descuidado, las plantas subiendo por las paredes exteriores de la casa y los animales diversos habitando el lugar. Nadie creería que alguien habitaba esa casa, es más ni siquiera estaba el conocimiento de que existiera.

Era perfecto.

Al menos para él.

Después de todo lo que sucedió y lo que estaría por suceder, era el lugar ideal.

Las tablas de madera rechinaron cuando caminó hacia la puerta principal. Se acomodó su nueva chaqueta que obtuvo, se colocó las botas negras mientras que unos pasos se escucharon detrás de él.

Se levantó del suelo y miró sobre encima de su hombro a la persona a sus espaldas.

— Yūma, ya me voy al trabajo — anunció el mayor con voz suave. El nombrado asintió con una pequeña sonrisa adornando sus labios.

— Está bien, padre — respondió el pelirrojo, — Que te vaya bien.

— Regresaré mañana en la mañana. Hay comida en el refrigerador y te compré dulces, están en la cajonera de la derecha.

— Muchas gracias, padre. No te preocupes — exclamó, ampliando su sonrisa.

El mayor se quedó unos segundos en silencio al mismo tiempo que se remangaba las mangas de su chaqueta.

— Ya sabes que hacer ¿no? — preguntó, — Respecto a mami.

El pequeño pelirrojo se quedó callado y bajó la cabeza.

— Ah sí...yo tengo que...em — balbuceó, — Tengo que revisar que la cadena siga en su pie y darle la pastilla disuelta en agua.

— Bien. Entonces no tengo de que preocuparme — anunció el mayor terminando de arreglarse. Yūma miró a su padre con preocupación.

— Padre, a mami no le gusta estar en el sótano — comentó con voz temblorosa, — Y tampoco le gusta estar encadenada.

El mayor se giró para ver a su hijo.

— ¿Te dijo eso? ¿Te pidió que le quitaras la cadena? — preguntó algo exaltado.

Yūma bajó la cabeza con la preocupación invadiendo su pequeño corazón.

— Ella solo me dijo que no le gusta y a mí tampoco — añadió el menor.

El hombre de negra caballera suspiró mientras se colocaba de cuclillas frente a su hijo, quien estaba jugando nerviosamente con sus dedos.

— Yūma, mami está en el sótano por una razón — explicó Dabi, — Antes, mami era una heroína y decidió ya no serlo más, pero algunas personas no entendieron eso y la están buscando para separarla de nosotros.

> Sí la desatas, ella se irá muy lejos y nos abandonará. Y nosotros no queremos eso ¿verdad, Yūma?

— No...yo quiero que mami este conmigo — respondió.

— Y lo estará, si tú no le quitas la cadena de los pies ¿de acuerdo?

El pequeño pelirrojo asintió. Dabi pasó su mano por el cabello de su hijo, luego le pellizcó ligeramente la mejilla.

— Si viene el chico de pelo bicolor y Endeavor, tú ¿qué haces? — preguntó el mayor mirando con detalle la expresión de su hijo.

— Activo mi quirk, creó un incendio y me encierro en el sótano con mami hasta que tú llegues — respondió casi de manera automática. El de cabellos negros sonrió ante la respuesta.

— Perfecto. Que buen niño eres — se levantó, — Entonces, me voy.

El mayor se dio la vuelta y caminó hacia la puerta rota de madera. La abrió. Desapareció entre la negra infinidad de la noche. Yūma se encargó de cerrarla de nuevo y colocarle el candado que su padre le dejaba en el suelo. Una vez hizo esto, decidió ver lo que su padre le había dejado de comida: pollo, carne de res, arroz, verduras, unas cuantas frutas, cereal, leche, queso, crema, mantequilla, pan, sopas instantáneas, frituras, latas de comida, varios galones de agua y bombones cubiertos de chocolate. Yūma sabía que estos últimos eran única y exclusivamente para su mamá así que decidió no tocarlos a pesar de que se veían deliciosos.

Sacó el arroz, el pollo, una lechuga y una zanahoria. Cerró la puerta del refrigerador con su pie ya que sus manos estaban desbordadas y apenas cabían los objetos que traía en ellas. Los dejó en la barra de la cocina e la cual tuvo que subirse a una silla para estar a la altura.

No había muchos platos ni muchos cubiertos, así que no fue complicado para Yūma agarrar el cuchillo y comenzar a cortar el pollo y las verduras. Claro que no le salían ni un poco simétricas, pero no había nadie que pudiera cocinar además de él.

Su padre le había enseñado, pero fue inevitable que en las primeras veces se lastimara las manos. Lo mismo sucedió cuando le enseño a hacer arroz, calentar agua, hacer sopa, utilizar el fuego de la estufa. Aunque casi nunca usaba la estufa ya que su quirk le facilitaba ese aspecto.

El arroz estaba siendo cocido con agua hirviendo que el mismo calentó. Una vez terminó de cortar, le agregó el pollo y las verduras a la cacerola del arroz. Le puso un poco de sal y sazonador. Dejó tapada la cacerola unos minutos hasta que sintió que era tiempo.

Dejó la cacerola sobre la mesa y espero a que se enfriará. Por lo mientras, el pequeño pelirrojo agarro un dulce de los que su padre le había dicho. Luego de unos minutos, Yūma agarró un plato y sirvió un poco de arroz ahí. Luego tomó un vaso, vertió agua en su interior. Sacó la caja de pastillas de la cajonera izquierda. Sacó una pastilla blanca. Se la echó en el vaso, espero a que disolviera toda antes de colocarle saborizante de agua.

Colocó el plato y el vaso en una bandeja, posteriormente caminó por el pasillo de la casa después giró hacia el pasillo de la izquierda. Fu hasta el fondo, a la última habitación. Abrió la puerta. Encendió la luz y vio el almacén. Había repisas y cajas de diferentes tamaños. Llenas de papel, cosas rotas, cosas podridas, cosas rotas y ratas, algunas. Yūma fue hasta el final de pequeño pasillo que se formaba por las repisas, giró a la derecha hasta que llegó a unas cajas que estaban una encima de otra.

El pequeño hizo a un lado las cajas tal como le mostró su padre y debajo de las cajas, yacía una puerta en el suelo, de forma cuadrada. Era de madera, pero tenía un color diferente y la calidad se diferenciaba con el resto de la casa.

Tenía dos cerrojos de metal negro: uno de llave y otro de barra. Yūma tenía la llave. Su padre se la había dado en forma de collar. Se quitó esto mismo del cuello, abrió la puerta, pero no abrió el cerrojo de barra. Regresó a la cocina por la bandeja.

Abrió el segundo cerrojo, luego la puerta. El enchufe de la luz estaba a pocos centímetros de la puerta así que encendió la luz para poder ver las escaleras. Empezó a bajar con cuidado con la bandeja entre sus pequeñas manos.

Era un lugar bastante grande para ser un sótano. Las paredes estaban hechas de piedra y cemento, el suelo era alfombrado. Había un aire acondicionado allá abajo. Había una cama de tamaño Kings size con mantas calientes y livianas y muchas almohadas blancas.

Sobre ese reino de algodón, estabas tú. Divagando.

— Mami — te llamó Yūma, — Te traje comida y un vaso de agua.

Subiste la mirada y viste a tu hijo.

Con una bandeja de comida y un vaso de jugo de naranja.

Le sonreíste.

— Yūma — le dijiste, — ¿Ya se fue padre?

— Ya...— murmuró, bajando la cabeza.

— ¿Puedes quitarme las cadenas, por favor? — le pediste con una sonrisa.

Él te miro con tristeza.

— No, mami — respondió.

Te mordiste el labio. Apretaste tu mano y te dieron ganas de lanzarle la bandeja de comida, pero recordaste que no era su culpa.

— Quiero que estemos juntos — dijo el pequeño pelirrojo, — Tú, yo, padre y mi hermanito.

Bajaste la cabeza mientras veías tu pie desnudo y encadenado. El metal estaba oxidado, pero por más que intentaste oxidarlo más, se mantenía firme a su agarre. Yūma se acercó a la cama y dejo la bandeja sobre esta.

— Come, mami — pidió con su dulce voz. Te dio una cuchara. La agarraste junto con el plato. Comenzaste a comer. Yūma cocinaba bien. Estaba delicioso, como siempre.

Lo miraste y tenía esa linda sonrisa de siempre. Su cabello pelirrojo y sus ojos azules. Igual que su padre. Yūma no había sacado nada de ti, al menos físicamente.

Un niño digno de ser un Todoroki.