0.
– No olvides cerrar la tienda, chico.
Con un asentimiento, se despide del hombre que le alquiló, desde hace unos días, el pequeño local.
Es sábado por la noche, y está emocionado por inaugurar su primera – y bastante insignificante- dulcería.
A pesar de las críticas y, sobre todo, de los comentarios llenos de mal augurio, Itadori Yuuji no ha dejado el sueño de ser un pastelero exitoso; y claro, si alguien le preguntara si se arrepiente, a pesar de que la mayoría de sus amigos ya ejercen sus carreras, mientras él sólo tiene suerte cuando le ordenan algún pastel o unos cuantos bocaditos para una fiesta, negaría con determinación.
Desde muy pequeño, ha sentido una cercanía con la forma en que los alimentos que más le gustan, son hechos, el aroma que desprenden cuando están listos, y en cómo van adquiriendo el delicioso sabor que derrite su paladar.
Él no ha tenido un ejemplo o un modelo que infiera en su gusto por la pastelería; sin embargo, no puede dejar de pensar que nació para ser un pastelero.
Pese a ello, no dejará de darle reconocimiento a su abuelo, quien, aunque renegando y enfurruñando por varios momentos, lo impulsó a que continuara el camino de lo que gustara; después de todo, sería lo que haga por el resto de su vida.
Pero el hecho de que lleve ocho horas detrás del mostrador, con pasteles y bocaditos recién hechos, con una sonrisa tan grande -que empieza a dolerle la mandíbula-, y con ninguna venta, sólo hace que aquellos comentarios, vuelvan a su mente.
Es sólo el primer día, Yuuji. Seguro que mañana te irá mejor, susurra para sí mismo.
Piensa en que tal vez, debió poner colores más llamativos, quizá, algunos globos, incluso, serpentinas que cuelguen de la pared, y no el aburrido verde hoja mezclado con el crema frío, que pensó que darían una apariencia elegante al lugar.
Luces. Rayos, ¿cómo pudo olvidarlas?
Un ambiente cálido siempre estaba rodeado de luces ámbar, y a pesar de que tenga su departamento lleno de ellas, ha olvidado darle ese toque hogareño a su negocio.
Los pasteles aún lucen bien, con el glaseado y el fondant intactos; los roles de canela también se han conservado, incluso con el excesivo frosting que echó sobre ellos, y los mochis siguen viéndose deliciosos, tanto que sólo desea comer siquiera uno. Pero dado a sus nulas ventas, no quiere sumar una pérdida innecesaria.
La campanita que puso en la puerta, suena, y provoca que su cuerpo dé un brinco.
Toma un respiro, relaja las mejillas, y vuelve a su posición, pacífica y risueña, de toda la mañana -y tarde-.
– ¡Buenos días!
– Buenas noches.
Sólo le toma dos segundos guiar su mirada hacia la ventana de cristal, y darse cuenta que, efectivamente, es de noche.
– Lo siento, sí. – Ríe, avergonzado. – Estuve tanto tiempo así, que-
Se detiene por la ceja levantada del tipo, que sólo provoca que su vergüenza aumente.
– ¿En qué puedo ayudarlo?
– Sólo quiero… un postre.
– ¿Algún sabor en particular?
– No lo sé, son para mi hermana. A mí no me gustan.
Su expresión cambia, pero por fortuna, consigue reprimirla.
¿No le gustan los postres? Bicho raro.
Es decir, ¿cómo si quiera a alguien no podrían gustarle aquellas pequeñas cosas tan dulces y bonitas? Imposible.
– ¿Le parece bien un pie?
– Mmm, no.
– ¿Tal vez unos roles? ¿o una torta de chocolate? Todos aman el chocolate. – Ríe una vez más, para cambiar el ánimo del tipo, quien no ha borrado su rostro serio.
– No, no.
– ¿Tal vez…?
– Mochis.
– ¿Eh?
– A ella le gustan.
Asiente, extrañado. Es su primer cliente, y la química o el ambiente en sí, es incómodo; sin embargo, no deja de agradecerle por haber entrado a su tienda.
– Serían cinco dólares.
Recibe el dinero y hace un reverencia, despidiendo al chico.
Después de esperar por un par de horas más, decide cerrar; ya es media noche y es imposible que alguien compre pasteles a esa hora.
Al llegar a su departamento, no puede dejar de admirar el billete entre sus manos. Es su primera ganancia, y el sentimiento de felicidad que experimenta, es sólo gracias a él.
El segundo día es un poco mejor, con dos o tres clientes adicionales, y también, el mismo joven de ayer, llevando exactamente lo mismo que ayer.
Al tercero, pudo verlo un poco más y fijarse en su apariencia. Bastante reservado, con la piel pálida y sin imperfecciones, con el cabello negro azabache, y ojos verdes filosos, cargado de pestañas espesas. Con el mismo estilo serio y pulcro de los días anteriores.
Sin embargo, fue un poco más extraño el cuarto día, pues además de pedir los mismos mochis de siempre, intentó entablar una plática.
Y el quinto, sólo empeoró. Con respuestas cortas e incómodas a preguntas aún más incómodas.
Pero con el paso de los días, y con la frecuencia con la que Fushiguro, como se enteró que se llamaba, acudía a la pastelería, la química entre ambos, creció.
Trabajaba en una empresa algo reconocida de Sendai, pues había leído sobre ella en algunas revistas. También comentó que acudía con frecuencia, porque su hermana estaba hospitalizada, en la clínica, a dos cuadras del lugar, y que, por coincidencia, tenían la misma edad.
-------- ≪ ❀ ≫ --------
– Itadori.
Sonríe, dando media vuelta y encontrándose con el amigo que ha visto durante tres meses seguidos. – Ya están listos, dame un minuto.
– De acuerdo.
Empaca los pequeños pasteles, y sin querer, su mirada sube y choca con la del pelinegro.
– Hola.
– Ho-hola. – Repite, sonriendo incómodo por lo tenso y raro que luce.
Fushiguro había sido un sujeto extraño los primeros días, con respuestas cortas, preguntas repetitivas y gestos inexpresivos. Sin embargo, y gracias a él mismo, el ambiente había cambiado de manera abismal, que, hasta incluso, un par veces lo había acompañado a cerrar la tienda.
– ¿Estás bien?
– Sí, sí. – Fushiguro balbucea. – Sólo…
Los mochis están empacados en una bonita caja color rosa con la tapa trasparente, que permite apreciar la forma redondeada y los colores pasteles de cada uno. – Listos, envíale mis saludos a Tsumiki, por favor.
– Sí, claro.
– ¿Deseas algo más?
– Eh… sí, otra caja de mochis.
– ¿Otra? Creí que no te gustaban mis postres. – Hace un pequeño puchero, intentando nuevamente calmar la extraña tensión.
Fushiguro ríe, pero no de la forma que espera, sino como obligado a hacerlo.
– Fushiguro, ¿estás-
– ¿Saldrías conmigo?
Salir.
¿Salir?
¿Una cita?
– Uh… ¿sí?
– ¿Por qué me lo preguntas?
– No lo sé, ¿por qué me lo preguntaste primero?
Las mejillas de ambos están rojas, y sus miradas apenas pueden mantenerse conectadas una con la otra.
– ¿Quieres salir conmigo?
– Sí, por eso te lo pedí.
– ¿P-por qué?
– Porque me gustas.
Esta vez, no puede evitar mirarlo a los ojos. Fushiguro es lindo cuando está nervioso y abandona esa postura desinteresada y seria.
Las ganas de reír para borrar el tenso ambiente, lo abruman, pero se atoran en su estómago, por los nervios, tal vez, mayores a los del pelinegro.
Gustarle a Fushiguro.
Fushiguro es atractivo, y no va a mentirse fingiendo que no se ha sentido intimidado cuando sus manos chocan, al entregarle su cambio, o cuando éste le quita a la fuerza la mochila, después de cerrar el local, para ayudarle con las cosas pesadas. Pero gustarle, eso… es diferente.
– Sí, quiero.
– ¿Realmente?
– Sí…
– Bien…
Ninguno de los dos se atreve a soltar una palabra más después de esa noche, finalizándola con el más alto acompañándolo a cerrar el local, y luego hasta su residencia, a unas pocas cuadras.
– Es aquí.
– Yuuji. – Pasa la mochila por uno de sus hombros y se la entrega. – ¿Te parece bien ir al cine? O si prefieres, podemos ir a comer. Creo que se ha abierto un parque de diversiones hace unos días, ¿quieres-
– Creo que estaré bien con lo que tú decidas.
– Claro. – Las manos de Fushiguro se abren y cierran, y por ratos, limpia sus palmas en la parte lateral de su pantalón negro. – Yuuji, no quiero que te sientas obligado a corresponderme, así que si deseas retractarte-
– ¿Eh? ¿Por qué piensas eso?
– Sólo digo que no me sentiré mal si no aceptas… Yo ni siquiera sé si estabas saliendo con alguien, tal vez-
– Fushiguro.
Las orbes verdes dejan de mirar hacia todos lados y se fijan en sus ojos. – ¿Sí?
– Si no me lo pedías tú, tal vez… yo iba a hacerlo en poco tiempo.
– ¿Eh?
– También… tú también… – Con un suspiro suave, Yuuji avanza un paso, disminuyendo la distancia entre ambos. – Me gustas. – Y finaliza, alzándose sobre las puntas de sus pies, cerrando sus ojos con fuerza y uniendo sus labios con los del pelinegro.
Hay destellos a su alrededor, aunque continúe con los ojos cerrados, y su corazón late con tanta fuerza, que parece que se saldrá de su pecho; sin embargo, la bonita sensación de sentir los labios de Fushiguro sobre los suyos, lo calma.
Recuerda haber escuchado sobre ese sentimiento en las habladurías de sus compañeras de secundaria, y a pesar de que nunca lo sintió con alguna otra pareja que tuvo anteriormente, no creyó que, a sus veintidós años sería capaz de experimentarlo.
Ambos se separan con una respiración agitada, a pesar del beso sólo de labios, que acaban de compartir. Sus mejillas queman, sus ojos están fijos sobre el piso y el sonrojo se reparte por todo su rostro.
– Bueno…
– Mañana, mañana paso por ti.
– Está bien.
– ¿A las cuatro?
– Sí, a las cuatro.
– Adiós.
– Adiós.
Y luego de unos segundos, puede ver a Fushiguro dando la vuelta y caminando de regreso a la avenida, con la parte visible de su nuca de color rojo al igual que sus orejas y con un paso descoordinado y tambaleante. No muy distinto al suyo, cuando ingresa al edificio, al ascensor y a su apartamento, donde finalmente, puede deslizarse de espaldas sobre la puerta y recapacitar sobre lo que acaba de hacer.
Tal vez, fue algo muy atrevido o, en definitiva, lo fue; pudo haber esperado hasta el día de la cita, que sería en unas pocas horas, o tal vez, en algún otro momento; pero lo cierto, es que ya lo hizo, y la emoción creciente en su estómago, sólo le hace repetir una y otra vez, el beso en su mente.
Lo besé.
Una sonrisa tonta, que trata de borrar con una leve bofetada, se dibuja en su rostro. Sus mejillas continúan ardiendo, aunque haya pasado bastante rato desde que sucedió, y su cuerpo aún se siente extraño.
-------- ≪ ❀ ≫ --------
– Hola. – Fushiguro ingresa por la puerta de vidrio, diez minutos antes de que sean las cuatro de la tarde.
– Hola, ahora me cambio.
– Claro, te esperaré aquí.
Un incómodo ambiente se extiende por la pequeña pastelería, uno que ni Yuuji ni Fushiguro desearon crear, pero que, con los acontecimientos de ayer, no es fácil de cambiar.
Con la mirada fija en el espejo de pie de uno de los baños, reacomoda el abrigo verde que cubre hasta un poco de sus muslos y todo su cuello. Afuera está nevando y aunque no se fijó en si Fushiguro venía bien abrigado, éste podría ser útil para cubrir a ambos.
Soba sus mejillas, intentando borrar el sonrojo que no se ha quitado desde ayer, y arregla los mechones rosados y desordenados que cubren parte de su frente. Sus manos heladas tiemblan, contrastando la calentura de su frente y cachetes, y conoce esa sensación porque fue ayer cuando la sintió.
– Estoy listo. – Sonríe, esta vez, un poco menos nervioso.
Fushiguro se pone de pie y repite su acción. – Yo… el parque cerró debido a la nevada y no logré conseguir boletos para el cine, lo siento.
– Oh, no te preocupes, podemos sólo dar una vuelta.
– No, Yuuji, preparé otra cosa para ti… – La sonrisa vuelve al rostro del pelinegro, y luego, extiende una de sus manos, en un ademán para que lo acompañe hacia afuera.
Lo hace y un vehículo mucho más grande que un auto, pero menos que un camión, está estacionado, cubriendo gran parte de la vereda. – Renté un cine portátil.
– ¿Cine por…tátil?
– Sí, podemos ver cualquier película que desees, y también compré comida y varios dulces, para que sea a la vez, como un restaurante, espero que-
– ¡Es increíble!
– ¿Lo es?
– ¡Sí, entremos! – Olvidándose de los nervios de hace unos minutos, Yuuji toma la mano de Fushiguro, y ambos corren hacia la puerta del vehículo, dónde un hombre con uniforme de chófer, abre la puerta, dejando a la vista los asientos de cuero y la pantalla inmensa fijada frente a éstos. – ¡Woah!
– ¿Te gusta?
– Mucho.
Sus manos aún siguen entrelazadas, pero ahora, la vergüenza se ha desvanecido, formando un clima cálido y confortable.
Ambos toman asiento en el sofá grande de cuero, y dejan las bebidas y snacks en la pequeña mesa frente a éste.
La película escogida por Yuuji no demora en comenzar y en obtener toda su atención. Fushiguro, por su parte, no ha dejado de dar fugaces, pero intensas mirada de reojo, hacia Yuuji, grabando cada una de sus expresiones, siendo correspondido de vez en cuando.
– ¿Fushiguro?
El suave susurro, acompañado de una música de fondo, lo despierta. – ¿Sí?
– Te quedaste dormido y te perdiste el final.
Maldición. – Yuuji, lo siento.
Pero la sonrisa gentil sirve como un calmante a sus nervios, por haber arruinado su cita. – Descuida, tal vez… podemos volver a verla en otro momento.
– ¿Eh?
– Creo que… estaría bien que la próxima vez, sea yo quien te invite a salir.
Y a pesar de que hace menos de un par de minutos, acaba de levantarse, sus sentidos se han activado a tope por aquella breve oración.
– Claro, si aceptas.
– Yuuji…
– ¿Estás bien? – Una mano pequeña se dirige hacia su frente, y pronto, siente el tacto suave. – Creo que tienes fiebre, ¿quieres que–
No permite a su mente analizar su próxima acción, y la realiza. Se impulsa y se lanza sobre el cuerpo contrario, tomando sus hombros por sorpresa y juntando sus rostros.
Los labios suaves de Yuuji saben a caramelo, por las golosinas que ha estado llevando a su boca, y aquel sabor se vuelve adictivo.
– F-Fushiguro.
– Lo siento, lo siento. – Se deja caer sobre el pecho de Yuuji, apoyando su frente y aprovechando para olfatear un poco de su perfume.
– ¿Por qué lo sientes?
– Es sólo que… me gustas mucho.
Las ganas de abofetearse a sí mismo, aumentan. Han ocurrido dos acciones que jamás pensó hacer en su vida, o por lo menos, no en poco tiempo.
– No debí besarte de esa forma, yo–
– ¿Por qué no? Yo lo hice primero.
– Sí, pero…
– ¿Te sentirías mejor si te digo que me gustó?
– Eso creo.
– Oye. – Las manos de Yuuji acunan su rostro y lo obligan a mirar a esos ojos marrones que brillan, resaltando en ellos, destellos dorados. – Me gustó mucho… y si deseas, puedes volver a hacerlo.
-------- ≪ ❀ ≫ --------
– ¿Qué te parece esta?
– Mmm, es bastante linda, pero ¿no crees que es demasiado grande?
Han pasado dos años desde que Megumi y Yuuji decidieron formalizar su relación, dejando de lado las citas cortas y los encuentros casuales, para convertirse en una pareja oficial, o como le gusta a Yuuji autodenominarse “novios”.
Y a pesar de que aún sean jóvenes e inmaduros, ha sido decisión de los dos, dar un paso más que los lleve a su ansiada vida juntos.
No fue difícil para ninguno aceptar convivir, pues, aunque Yuuji haya vivido la mayor parte de su vida, solo, no es algo con lo que se sintió cómodo, y si tiene le oportunidad de compartir su día a día con alguna persona, estaría más que dichoso, si esa persona fuera Fushiguro.
Fushiguro, por otra parte, tiene a sus padres y a su hermana, que de alguna u otra forma, siempre han estado para él; pero eso no le impide querer o tal vez, necesitar, tener a Yuuji más cerca.
– ¿Tomaron una decisión? – La señorita que ha estado atendiéndolos, se acerca.
– Sí, queremos este departamento.
El lugar es amplio, demasiado para una pareja de dos jóvenes con todo un futuro por delante y un mundo por conocer, pero lo suficiente para ser llenado con todo el amor, que ambos están por entregarse.
Hay nervios, que ocasionan un burbujeo en el estómago de Yuuji, pero que, con tantas emociones bonitas mezcladas, no puede descifrar cual es la que predomina. Se siente como en un sueño, en este mismo instante, uno del que ojalá nunca despertara.
Fushiguro lo observa desde lejos, puede verlo por el rabillo de su ojo, mientras termina de firmar algunos papeles. Sabe que está tan nervioso como él, con la diferencia de que es bastante bueno ocultándolo.
– Ya está todo listo, amor.
Las manos grandes, que aprendió a reconocer, rodean su cintura y lo guían hacia uno de los ventanales de su nuevo hogar.
– Yuuji…
El aliento cálido hace cosquillas en su oreja. – ¿Sí?
Pero al no obtener una respuesta, se ve obligado a girar levemente su rostro. – ¿Megumi?
Sólo para encontrarse con el rostro serio, que conoció, completamente cambiado y adornado por una sonrisa afectuosa, y unos ojos verdes tan intensos y contemplativos, que parecieran ver a través de él. – Estoy tan feliz.
Corresponde de la misma manera, y aunque no podría adivinar si sus sentimientos son más –o menos– fuertes que los de su amante, podría afirmar que la felicidad que experimenta, es una que nunca antes ha sentido.
– Te amo, Yuuji.
– Y yo a ti, Megumi.