We a made to love
Jiang Cheng se atragantó exageradamente cuando Lan Qiren terminó de hablar.
—¡¿Usted nos está invitando a una fiesta en su casa?! —gritó frenético, al borde de un colapso mental. Instintivamente buscó la mirada de su esposo para cerciorarse de que había escuchado bien. Lan Huan lo confirmó con una máscara de pálido pavor—. ¿Crees que está a punto de morirse? —siseó en voz baja, ganándose un golpe amistoso en el brazo como reprimenda.
—No digas eso A-Cheng —le regañó Lan Huan, frunciendo el ceño—. Tío es joven y saludable, quizás solo… está aburrido, no sé…¿Tal vez nos extraña?
—¿Insinúas que Lan Qiren extraña a mi hermano? —enfatizó lentamente, asimilando su pobre excusa. Lan XiChen gimió horrorizado cuando la comprensión lo invadió, su cara cayendo a la cuna de sus manos.
—Tienes razón. ¡Oh Dios mío, mi tío se va a morir!
Era una frase inverosímil y, francamente, absurda como el mismo pensamiento, pero Lan Huan no estaba razonando en lo absoluto, ocupado en su aturdimiento. Fueron las exclamaciones de indignación del viejo barba de chivo lo que les recordó al par de sobrinos que todavía se hallaba vivito y coleando en la línea telefónica.
—¡No voy a morirme! —refunfuñó el anciano, para decepción de Jiang Cheng. Chasqueando la lengua se reclinó en su asiento, esbozando un puchero—. Les llamé porque es mi deseo que pasemos las fiestas decembrinas como lo que somos, una familia.
Lan XiChen iba a responder cuando WanYin le interrumpió todavía dudoso y desconfiado.
—¿También invitó a Wei WuXian?
—Desgraciadamente tuve que hacerlo o WangJi no vendría —se lamentó el viejo chivo, realmente afligido. El Jiang encontró hilarante su sentido del humor—. ¿Cuento con ustedes, entonces?
—Sí, tío —accedió obedientemente Lan Huan—. Nos vemos esta noche.
Inmediatamente después de colgar la llamada se giró hacia su esposo con una expresión dividida entre la culpabilidad y la vergüenza.
—¡Maté al tío por tu culpa! —le acusó, sus ojitos adorablemente severos e implacables.
Jiang Cheng se soltó a reír, negando una y otra vez mientras lo señalaba con un dedo.
—¡Estaba sorprendido, eso es todo! ! ¡¿Cómo va a ser mi culpa?!
De hecho, la palabra sorprendido era quedarse corto. Tal vez irreal era lo más adecuado a la situación.
Lan Qiren era un hombre inexorable, con un carácter estricto y una personalidad rigurosa, su vida personal y profesional manejada en control absoluto. Ni una cana al jodido aire. Era la perfecta personificación de lo que debía ser un adulto, por ese motivo una fiesta organizada por el viejo cascarrabias sonaba como un disparate absurdo que nadie en sus cabales imaginaría. O eso pensó hasta hace cinco minutos donde los puso al tanto de la celebración navideña que planeo para sus sobrinos y sus esposos. Fue impactante por muchas razones: la más importante es que, como todo buen padre, el viejo anciano adoraba a sus retoños pero a las parejas de ambos… bueno, no eran de sus personas favoritas en el planeta.
Afortunadamente, el título de “yerno preferido” pertenecía a Jiang Cheng, victorioso luego de honrosas batallas que duraron bastantes años. Wei Ying, quién era la mismísima encarnación de la depravación e inmoralidad, simplemente era demasiado para los ojos virginales de Lan Qiren y preservaba la etiqueta de la desgracia en la familia. Solo Dios sabía la tragedia que sucedería si alguna vez viese lo libidinosos que se ponían sus amados sobrinos con vodka en la sangre. Siendo sinceros, Jiang Cheng estaba dispuesto a correr el riesgo si se daba la oportunidad; la combinación de Lan XiChen, borracho como una cuba y cachondo como la mierda era una maravilla que raras veces pasaba pero que disfrutaba al máximo. Era un ganar-ganar por donde se viera.
Hablando de su marido, la carita mandona de Lan Huan lo juzgaba y responsabilizaba por su metida de pata accidental con el viejito Lan desde el otro extremo del sofá. Jiang Cheng no podía permitirse la abstinencia en fechas decembrinas, de modo que arregló el desastre a la brevedad.
—A-Huan, ¿te he dicho cuánto te amo? —endulzó su oído con miel y azúcar para que disminuyera su enojo.
Lan Huan, que era incapaz de molestarse con su esposo, soltó un suspiro derrotado y se encogió de hombros desinteresadamente, escuchando sus tonterías.
—Sí, lo hiciste un par de veces.
Jiang Cheng le dio un tímido beso en la nariz, arrastrándose a su regazo como un cachorro mimoso y empalagoso.
—Aquí está la tercera: te amo.
La sonrisa que le dio Lan Huan rivalizaba con el resplandor del sol matutino.
Cómo amaba a ese hombre.
Sinceramente, lo que Jiang Cheng esperaba de la cena era una comida aburrida y tranquila, bastante alejada de la diversión navideña. Una reunión familiar en el comedor de cristal de Lan Qiren, cenando algo vegetariano mientras escuchaban su infinita colección de vinilos de Frank Sinatra, bebiendo vino espumoso sin alcohol.
Cuán equivocado estaba.
Por segunda vez en menos de doce horas, el viejo chivo lo dejó asombrado e inexplicablemente sorprendido.
La residencia del hombre usualmente mantenía una decoración austera, sin embargo, para la celebración aquella elegancia cambió a favor de coloridos adornos de papel picado y decoraciones navideñas en diversas tonalidades verdes, doradas, plateadas y el característico rojo. Las luces colgaban del techo y se entretejían como lianas a los ventanales y las superficies elevadas, dándole un ambiente acogedor a la estancia habitualmente monocromática. Una llamativa figura de cartón con siete picos y tiras de papel brillante colgaba inerte de un lazo atado al árbol del jardín.
¿Qué demonios era eso?
Cuando el cuerpo de su marido chocó contra su espalda se dio cuenta que no fue el único en quedar boquiabierto por la sorpresa. Jiang Cheng atinó a sostenerse del perchero y afianzar la mano de XiChen, dando traspiés para no caerse de cara al suelo.
—¿Esto es un sueño, A-Cheng? —preguntó en un susurro, dándole un vistazo perplejo al salón principal.
De repente, una voz ensordecedora y chirriante se alzó detrás del matrimonio. WanYin cerró los ojos para contener las ganas asesinas que tenía de patear al recién llegado, contando de dos en dos hasta el número mil.
—A menos que todos estemos en el mismo espacio onírico, eso es imposible, cuñado. ¡Buenas noches, ya llegó por quien lloraban!
Wei WuXian y Lan WangJi hicieron su aparición en medio de un vendaval de bufandas tejidas y abrigos afelpados, el rostro pálido del segundo jade luciendo un impresionante polvo bermellón debido al frío exterior. Tras cruzar el umbral, los pasos del menor de los Lan se detuvieron abruptamente, parpadeando con extrema lentitud hacia el interior, una interrogante pintada en sus rasgos elegantes. Deduciendo que sus ojos le mentían se enfocó en su hermano, pidiendo una silenciosa explicación.
XiChen le dio una firme negativa con la cabeza, dejando el lado de su marido para acercarse a su didi.
—Tampoco sé que está sucediendo, A-Zhan —admitió.
El joven Wei arqueó una ceja burlonamente, chasqueando los dedos en dirección a las paredes salpicadas de colores.
—¿Vamos a ignorar al elefante rosa en la habitación? Porque eso no es precisamente lo mío y lo sabemos. Lo que sea que esté pasando con el tío es preocupante y jodidamente extraño… anormal —miró a cada uno seriamente—. ¿Se irá a morir?
La expresión de comemierda de Lan WangJi se arrugó con incomodidad y se dispuso a reprender el comentario de su esposo.
—Wei Ying.
—Quisiera saber el motivo de su afán por matarme, Jiang WanYin y Wei WuXian.
Los dos mencionados se congelaron sin atreverse a parpadear siquiera. Mierda.
Lan Qiren caminó a través de la espaciosa estancia a grandes zancadas, la mueca reprobatoria en su boca desvaneciéndose cuando saludó amistosamente a sus dos sobrinos, ofreciéndoles una cálida bienvenida, aunque no se podía decir lo mismo con los otros acompañantes.
—Gracias por asistir a esta reunión improvisada, XiChen y WangJi… Jiang WanYin —añadió como una ocurrencia tardía.
—¡Y yo, su yerno favorito! —WuXian extendió los brazos con la intención de abrazarlo efusivamente (para enfurecerlo porque no había otra razón para querer aplastarse contra el anciano, duh), pero su esposo lo detuvo antes de dar el primer paso.
Qiren reconoció su presencia con un ademán desdeñoso.
—… Sí, también tú, Wei WuXian. Por favor, pasemos al comedor que la cena está servida y se enfriará si tardamos más.
La mesa navideña tupida de deliciosa, grasosa y sabrosa comida arrancó una ola colectiva de suspiros de deleite, antojo y alivio. Sus reacciones parecieron enorgullecer a Lan Qiren, mismo que lucía increíblemente satisfecho consigo mismo. Jiang Cheng iba a tomar el respaldo de una silla para sentarse cuando su esposo intercedió, tirando de él para hablarle al oído.
—Llevaré al tío al médico mañana, estoy preocupado.
Jiang Cheng rodeó su cintura con un brazo, plantando un besito cariñoso en su sien para animarlo.
—Lan Qiren no está enfermo A-Huan, sino entusiasmado por las fechas y la compañía de sus sobrinos. Deberías tranquilizarte, él es fuerte como un roble y posiblemente tiene más años de vida restantes que nosotros cuatro juntos, todo está bien.
Parecía una comparación exagerada, pero estaba lejos de serlo. Lan Qiren era un hombre de edad avanzada, pero saludable y con una condición física que cualquier joven envidiaría. Definitivamente no moriría en un largo rato. Sin embargo, sí era alarmante su euforia reciente por saltarse las reglas que amaba con locura.
Hace algún tiempo Wei Ying bromeó diciendo que el viejo solamente tendría un orgasmo si su amante recitaba correctamente las reglas de su familia de cabo a rabo, cosa que los hizo reír y asquearse a partes iguales. Siendo algo así como un pariente político, imaginar al anciano en una situación sexual era traumático y repugnante. Ni siquiera quería saber cuán asqueroso había sido para Lan XiChen y su hermano.
Debido a eso, la mentecita de cacahuate de Jiang Cheng concebía como imposible que el tío fuese el anfitrión de una fiesta navideña que no implicara limpiar los animalitos de cerámica que decoraban cada año la entrada. El año pasado había roto un borrego y poco había sido estrangulado con el cable de la serie navideña.
La cena iba viento en poca, transcurriendo sin incidentes. De hecho, era todo lo contrario. El ambiente festivo era agradable y los invitados disfrutaban de los exquisitos platillos y una copa de vino tinto coronó la celebración en algún punto del disfrute. El milagro de todos los milagros ocurrió cerca de terminar, cuando Lan Qiren compartió una copa con sus sobrinos políticos, sumergiendo a Lan XiChen y Lan WangJi en una esfera de alegría incontrolable. La noche era perfecta.
—Hay otra cosa que mostrar en el jardín.
Los cuatro siguieron a Lan Qiren afuera, paralizados momentáneamente por el chillido agudo de genuina emoción que exclamó Wei WuXian al ver dicha cosa.
—¡¿Eso es una piñata?! —jadeó extasiado. Los ocelos ambarinos de Lan WangJi prácticamente destellaron de genuina emoción.
Jiang Cheng se cruzó de brazos sin entender el punto del escándalo que estaba armando su hermano. Lan Qiren se tragó su disgusto por el ruido (conteniéndose de poner los ojos en blanco, porque eso no sería muy Lan de su parte. Una muestra de autocontrol impresionante), afirmando la suposición de su yerno.
—Estás en lo correcto, Wei WuXian.
—¿Cómo la consiguió? ¿Qué tiene adentro?
—La encontré en un puesto de camino a casa hace unos días. Como las personas están maravilladas por su simbología y representación, no existe el esfuerzo y la lucha por conseguirlas. Siendo historiador, diré que es satisfactorio ver cómo las festividades latinas se extienden por el mundo, mostrando las remembranzas de sus raíces y tradiciones fundamentales en sus culturas —explicó, acariciando su barba sabiamente—. Y está llena de dulces y frutas, como usualmente es el contenido de una piñata —zoquete.
—Hace años que no rompemos una, tío —XiChen abrazó tímidamente al anciano como agradecimiento, alejándose cuando su hermanito lo apartó para imitarlo—, gracias.
—Navidad es la época donde los recuerdos se vuelven inolvidables, guardando experiencias para la posteridad. Como su tío, es mi deseo hacerlos felices.
Luego de las emotivas palabras Lan Qiren enseñó a los dos chicos restantes qué debían hacer a continuación. Jiang Cheng se contagió del entusiasmo navideño de los demás mientras escuchaba las indicaciones, Wei Ying vibraba debido a la energía acumulada en su cuerpo. Cuando el viejo maestro sacó un palo de madera (que estaba seguro era de la escoba) y lo giró frente a los presentes, rápidamente Lan WangJi y su esposo se enfrentaron en una lucha de miradas fulminantes para intimidar al otro y ser el primero en pasar. Lan XiChen se cansó de su indecisión y tiró de ambos hacia atrás, tomando la delantera.
—¡Vamos cariño! —lo alentó y aplaudió, siguiendo la pista de la canción que cantaban alrededor del círculo—. ¡Dale, dale, dale, no pierdas el tino, porque si lo pierdes, pierdes el camino!
—¡Ya le diste uno, ya le diste dos, ya le diste tres...!
—¡Y tu tiempo se acabó, hermano! —terminó el segundo jade, listísimo para hacerse del control del palo de madera.
Así, uno a uno pasaron a pegarle a la piñata, riéndose de los torpes intentos de alcanzar su objetivo flotante con los ojos vendados. Fue en la segunda vuelta cuando WangJi rompió la esfera lo que ocasionó que el infierno se desatara en el jardín. Los invitados se lanzaron como pirañas a los dulces esparcidos por el suelo de piedra, teniendo cuidado de esquivar el palo volador que Lan Zhan mandó lejos en cuanto se dio cuenta de su hazaña pero no los miembros de los otros individuos. XiChen se acostó sobre una pila de caramelos mientras WangJi metía puños enteros de caramelos en los bolsillos de su chaqueta y pantalones. Era una vista hilarante la que pintaban, pero quedaban opacados por el verdadero enfrentamiento que tuvieron los hermanos Jiang por una bolsa miniatura de cheetos de ruedita.
—¡Suéltalo idiota, yo te lo gané! —chilló Jiang WanYin, pateando las manos veloces de su hermano que husmeaban en los dulces acunados contra su pecho.
—¡Mentira, yo lo vi primero! ¡Dámelo Jiang Cheng! —reclamó Wei Ying, abalanzándose encima de su didi sin preámbulos. El loto gruñó por el peso repentino y comenzó a forcejear con él, rodando por el paso húmedo unos cuantos metros. La pelea duró unos minutos, lo suficiente para que sus esposos acabaran de llenar sus bolsas de dulces y los apartaran.
—A-Cheng —murmuró XiChen en tono triste, pasándole la fritura de la discordia.
Jiang Cheng sonrió a su trofeo y le sacó la lengua de manera infantil a su hermano, guardando la envoltura de cheetos reducidos a polvo en su mochila.
Para mitigar el peso de la derrota aplastando su pecho WuXian se adueñó del reproductor de música, conectando su lista de reproducción personal para someterlos a una tortura auditiva en venganza por la pérdida de sus totis. Ya que sabían que las protestas serían en vano y quedarían apagadas bajo los estridentes aullidos de las preferencias musicales del chico travieso, prefirieron ambientar la fiesta con aplausos y jugueteos propios de la festividad.
Más tarde esa noche Qiren propuso un bonito y armonioso coro de villancicos, entregando un gorro navideño a cada uno de sus sobrinos. Ninguno de los invitados tuvo el valor para negarse a la petición, formándose sumisamente en una hilera junto al árbol de navidad, cantando a voz desafinada mientras el anciano producía las melodías con el piano.
Cuando el concierto familiar finalmente terminó el viejo chivo se rindió al cansancio y se marchó a su habitación para descansar, autorizando anticipadamente que podían prolongar la fiesta más allá de su ausencia.
No había necesidad de repetirlo dos veces.
—¡Llegó la hora de alocarnos! —avisó Wei WuXian, sacando unas botellas de vodka de su maleta de viaje.
—¿Cuándo metiste eso? —Lan WangJi cuestionó, consternado.
Luciendo culpable y abochornado, el chico de listón granate se colgó de su esposo, besando su mejilla.
—Lo siento Lan Zhan pero no pude dejarlas en casa, algo me decía que las íbamos a necesitar. ¡Y tenía razón!
XiChen echó una miradita breve al licor y de inmediato una idea surgió en su mente.
—¿Y si hacemos ponche con piquetito?
La extraña e inusual sugerencia arrancó un bufido de su esposo.
—¿Dónde aprendiste eso, Lan Huan? —Jiang Cheng arqueó una ceja, incrédulo.
Como un ciervo de los faroles delanteros de un automóvil en la carretera, los orbes broncíneos de su nubecita se abrieron de par en par, destellando asustados y nerviosos.
—Lo vi en un video de Weibo —dijo, evadiendo la mirada de su pareja.
Lan WangJi eligió ese momento para entrometerse en su conversación, dando una firme negativa a su declaración claramente falsa.
—Mientes, hermano. Lo aprendiste en la universidad —apuntó imperturbable. La revelación de su secreto dejó indefenso a XiChen, que solo atinó a silenciar al segundo jade con un grito, más este no estaba dispuesto a darle tregua—. Xionzhang se saltaba algunas clases —le dijo a su cuñado.
—¡A-Zhan eso no es cierto!
—Mhm, lo que tú digas.
Jiang Cheng se mofó de la devastación plasmada en la expresión de su esposo, recibiéndolo con los brazos abiertos cuando Lan Huan buscó un lugar seguro para esconderse del mundo y de la humillación, besando sus labios en piquitos reconfortantes aunque más adelante se burlaria de la nueva información que recibió de su cuñado.
Ah, el amor.
Wei Ying acabó de repartir los vasos entre los cuatro hombres y dio inicio al festejo nocturno con un brindis.
—Que nadie se quede atrás. ¡Mosqueteros, salud!
De un solo trago los cuatro bebieron su ponche de frutas envinado.
Total ¿qué podía salir mal?
Todo salió mal. Muy mal. Absolutamente mal.
—¡Espera Lan Zhan, no lo hagas! —Wei Ying cacareó una risa borracha, deteniendo a su efusivo e hiperactivo marido que trataba de desnudarse en la sala de su tío pese a los esfuerzos de su compañero por mantenerlo a salvo. Al parecer era una tarea imposible.
WanYin fingió un par de arcadas desagradables por la escena cachonda, entendiendo que era hora de moverse a otro sitio de la casa por el bienestar de su salud mental, así que preguntó amablemente el paradero de su propio cónyuge. Lan WangJi, ebrio como la mierda, señaló con un dedo tembloroso el jardín.
—Luces.
Jiang Cheng abandonó la estancia por la puerta de cristal corredizo, pero ni siquiera alcanzó a salir del todo cuando se detuvo, maravillado por la dulce y preciosa imagen que el invierno trajo consigo.
Ahí a mitad del patio iluminado por las tenues lámparas artificiales se encontraba el dueño de su corazón, su amado Lan XiChen jugando alegremente con chispeantes bengalas doradas. La varita luminosa dibujaba centellas efervescentes sobre el aire gélido en comparación con la risa cálida e increíblemente feliz de su esposo. Jiang Cheng suspiró, profundamente enamorado de aquel tonto hombre.
—¡Mírame WanYin!
«Como si alguna vez pudiera dejar de hacerlo, amor mío»
Las risas encantadas del primer jade aumentaron el volumen conforme el loto se acercaba, las mágicas estelas de oro bailando de un lado al otro con el viento. XiChen esbozó un puchero triste cuando la mecha chisporroteó por última vez y luego se apagó, apresurándose a buscar otra en la cajita que su hermano le dio.
Cheng negó suavemente, quitándole con gentileza el envoltorio vacío de las manos.
—Se terminaron... ¡A-Huan!
Un tierno y borracho Lan Huan echó a correr lejos de su esposo, pisando cuidadosamente el camino de piedra caliza del jardín de su tío hasta tropezar con el columpio en el árbol, lugar donde vivió un sinfín de aventuras siendo un niño. Oh, cómo amaba recordar esos viejos tiempos.
La influencia del alcohol adormeciendo su cerebro lo incentivó a hacer uso de largas y pesadas extremidades, subiéndose al juego de pie en lugar de sentado como lo hacía en su infancia, fallando miserablemente las primeras veces. Luego de unos intentos logró permanecer sobre el asiento de metal a rayas, enseñando con emoción su logro a su pareja.
—¡WanYin! ¡A-Cheng~!
Jiang Cheng llegó a donde los llamados de su esposo, sufriendo un pequeño paro cardiaco al verlo trepado de pie en el maldito columpio, balanceándose con fuerza como un gusano en primavera.
—¡XiChen, bájate de ahí! ¡XiChen! —exigió al borde de la histeria. Temía que su nubecita terminara cayéndose y lastimándose por su culpa e irresponsabilidad.
—¡No, no quiero!
—¡XiChen! ¡Lan Huan, puedes caerte!
—Estoy bien mi amor, confía en mí. ¿Podrías empujarme más alto? ¡Quiero tocar las estrellas! —pidió amablemente.
—¡Por supuesto que no voy a empujarte, joder! ¡Bájate de ahí, por favor! —viendo que sus súplicas caían en oídos sordos, Jiang Cheng regateó una salida—. A-Huan, alejémonos del columpio y mañana iremos a por un helado.
—Comimos helado ayer, esposo.
—Entonces veremos tu película favorita.
XiChen consideró la ofrenda por un segundo, negando sin convencerse poco después.
—No.
—Haremos lo que tú quieras, pero por el amor del cielo, baja de ahí.
Esa oración definitivamente llamó la atención del jade, mismo que se inclinó peligrosamente hacia adelante, quedando suspendido de una manera insegura. WanYin se retorció en su sitio debido a la preocupación que retorció sus tripas. Joder, mañana iba a darle un sermón de los buenos, uno que haría sentir orgullosa a su madre.
—A-Cheng.
—¿Sí, cariño?
—Atrápame.
Haciendo uso de una profunda y ciega confianza hacia su pareja, Lan XiChen se soltó del columpio, riéndose mientras la gravedad hacía lo suyo. Sin detenerse a dudarlo, Jiang Cheng se interpuso en su caída, tomándolo entre sus brazos. Las piernas del mayor se afianzaron a su cintura, dando vueltas por el pasto para compensar el peso extra que recibió de imprevisto.
—Sabía que no me dejarías caer, mi amor —susurró Lan Huan en la concha de su oído cuando se detuvieron, frotando su nariz contra su mejilla afelpada.
—Para eso estoy, A-Huan, para atraparte cada vez que lo necesites —confesó, acariciando con cariño y sin dobles intenciones los muslos de su amado.
—¿A-Cheng?
—¿Sí, cariño? —repitió la misma frase, haciéndolo sonreír.
—¿Quieres bailar conmigo?
Jiang Cheng le devolvió la sonrisa, tal vez demasiado amorosa porque XiChen, sabiendo que se había salido con la suya, besó la mandíbula de su esposo una vez más y se deslizó fuera de su agarre, rebuscando en los bolsillos internos de su abrigo su teléfono móvil.
La canción que tarareaba la bocina del móvil un minuto más tarde la reconoció enseguida.
Era su canción.
«Encontré un amor para mi»
—Ven aquí —masculló Jiang WanYin, poniendo una mano en su cintura mientras entrelaza los dedos de ambos con la otra.
—Pensé que no querías hacerlo.
—Quiero todo mientras sea contigo, XiChen.
Jiang Cheng los movió lentamente por el pasto recién cortado, flotando al ritmo de la música. Su marido enredó ambos brazos alrededor de su propio cuello, abrazándolo como si no quisiera dejarlo ir nunca en la vida. Atravesaron la introducción de la canción perfectamente sincronizados, danzando como hojas al viento. Relajado en la curva de su cuello XiChen se embriagó del suave perfume de su pareja, cantando para el hombre del que estaba perdidamente enamorado en voz baja.
—Tu corazón es todo lo que poseo, y en tus ojos tú sostienes el mío. Cariño, estoy bailando en la oscuridad, contigo entre mis brazos, descalzo sobre la hierba, escuchando nuestra canción favorita…
—... Cariño, te ves perfecto esta noche.
Olvidándose del mundo que los rodeaba A-Cheng los hizo girar, riendo mientras su labios presionaban la frente, nariz, pómulos y párpados cerrados de Lan XiChen con besitos fugaces, susurrando la canción de una manera tan íntima que deseó jamás terminara, pausando sus caricias como si tuviera todo el tiempo del universo para disfrutar de su cercanía y de su cariño. A-Huan apretó sus manos entrelazadas y se deleitó con las atenciones recibidas, besando con adoración las sortijas de oro blanco que adornaban sus dedos, mirándolo con una expresión que iba más allá del amor, ocelos de oro líquido imposiblemente resplandecientes y hermosos como la luna y las estrellas brillantes en la cima del cielo nocturno.
La canción llegó a su fin, pero ninguno se alejó. Sin embargo, una promesa desde el corazón de XiChen fue pronunciada:
—Te amo.
Jiang Cheng sonrió con dulzura, rompiendo el contacto visual e inclinando la cabeza, atrapando los labios aterciopelados y rojizos cual cerezas entre los suyos. A-Huan y su rostro insoportablemente hermoso se ruborizaron, una criatura tímida y preciosa derritiéndose entre sus brazos, imitando su sonrisa en medio del beso mientras se sumergían en su diminuto y perfecto mundo repleto de colores y sentimientos de amor, cariño y anhelo vertidos en cara roce de labios, las mariposas revoloteando en sus estómagos como si fuera la primera vez que compartían un beso.
Siguieron besándose una, dos, tres veces hasta saciarse por completo. XiChen se separó con los labios hinchados para tomar aire luego de su sesión de amor, la última sorpresa del día floreciendo justo frente a sus ojos.
—Oh cielos, está nevando —Lan Huan persiguió un copo de nieve con su palma abierta, con la sonrisa que encantaba a su amado tirando de las costuras de su boca—. La primera nevada está aquí, A-Cheng.
Jiang Cheng asintió, mirando la lluvia nívea cayendo del manto oscuro polveado de diamantes. La primera nevada de Gusu, esa que de acuerdo a las románticas leyendas de invierno, era el símbolo de su amor verdadero, amándole con cada latido de su corazón y prometiendo permanecer eternamente juntos en esta vida y en la que sigue.
Esa era la primera nevada de su matrimonio… y nunca dejarían que fuese la única.
—Te amo, mi corazón —habló, absorto en los deslumbrantes y cariñosos orbes de su esposo. XiChen lo besó de nuevo, enamorándose otra vez del hombre que robó su corazón desde hacía tantos años, ansioso por los inviernos que faltaban.