Obra maestra
Descripción
SS siempre ha admirado a aquel alemán de piel rojiza cuál sangre derramada.
Un amor platónico a su visión, pero igual era suficiente para él estar a su servicio. Estaría eternamente feliz con ser su perro.
- Presencia de Smut/nsfw.
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Desde que lo conoció lo admiraba, aunque fuese un dictador sanguinario salido del mismo infierno. Un enviado del diablo para desatar caos, muerte y destrucción en contra de sus enemigos.
Esas ratas al de piel carmín le provocaban asco y repulsión por reírse en las caras de su gente, presumiendo de todos los bienes que poseían a los alemanes que quedaron devastados y con el orgullo sangrante por la pérdida de la anterior guerra, terminando por convertirse en un país pobre por causa de las acusaciones de Francia sobre que ellos tuvieron la culpa de todo y obligándolos a pagar una suma exorbitante.
¿No eran ellos los que predicaban humildad y bondad al hermano?. Todos son unos hipócritas.
Tras el final de la República de Weimar por su repentina y violenta muerte, el Tercer Imperio Alemán tomo las riendas del futuro de la nación con mano de hierro.
Él estaba dispuesto a cumplir las órdenes del dictador al pie de la letra, no por temor a cualquier castigo por desobedecer, aún si lo golpease hasta el cansancio no iría en su contra. Todo era por la fugaz sonrisa en sus labios al recibir una buena noticia.
Oh, esa dulce sonrisa con la que soñaba a diario. Una sonrisa tenue y ligera en su boca tan besable.
Esos bellos ojos rojos similares a sangre que impregnada sus manos al arrebatar una vida.
El hijo menor del Imperio Alemán era peor que su propio padre.
– SS, ¿Los objetivos que te di fueron cumplidos? – Pregunto sin apartar la vista del cuadro, mezclando colores en la paleta de madera para culminar su obra.
– Al pie de la letra señor. – Respondió, dando una ligera mirada al rostro del país.
El alemán mostró ese pequeño atisbo de sonrisa. El contrario sintió un vuelco en el corazón que supo disimular a la perfección.
– Bien, bien... Muy bien mi cachorro. – Dio una pincelada en el lienzo. – Puedes retirarte y descansar. Lo mereces por cargar con tantos costales de basura.
– Como usted ordene. – Mostrando su respeto hizo una pequeña reverencia antes de caminar a la salida del estudio de arte del germano.
Por su mente comenzó a rondar la palabra con la que su señor lo llamo. Hace unas semanas el piel carmín lo empezó a llamar cachorro, no comprendía muy bien el significado de llamarle de esa manera. Quizá era por la lealtad que le juraba, así como Fausto cuidaba de los gemelos.
La misma lealtad de un perro pastor alemán.
– Antes que lo olvidé...
SS se detuvo abruptamente.
– ¿Ocurre algo señor?
– Sí. Hoy en la noche requiero hablar contigo de un asunto importante. Luego que mis hijos se vayan a dormir, quiero verte en este estudio. – Clavo su mirada sangrienta en el pelinegro. – ¿Has entendido?
De no ser por su arduo entrenamiento en control de emociones estaría saltando de alegría como un niño al que le dan un frasco de Nutella para el solo.
– Perfectamente.
El resto del día se mantuvo dándole vueltas al asunto, se sentía como una colegiala enamorada, sonriendo estúpidamente, canturreando una que otra tonadilla que se inventaba en su alegría.
Fue a recoger a los gemelos de la escuela más tarde. Fausto, el perro de Reich seguía a los niños mientras estos reían mostrando sus dientecitos puntiagudos heredados de su querido padre, demostrando la ascendencia germana que les corría por las venas.
– ¡Señor SS!, ¡Adivine! – Se coordinaron al unísono, al subir al auto. Echaban chispas de sus ojitos rojizos bajo las monturas de los lentes que ambos portaban.
– ¿Les fue bien?
– ¡Sacamos diez en el examen de matemáticas!
– Los señores Imperio y Prusia se alegrarán bastante.
El can ladró, queriendo decir en su lengua que igual se sentía orgulloso de los más jóvenes del clan.
Al Reich enterarse de las excelentes calificaciones de sus hijos no lo pensó dos veces en premiarlos con helado y postres. Ordenó a los criados preparar una espectacular cena para sus niños, Prusia llegó para compartir el regocijo de sus bisnietos.
Todos comieron y bebieron a sus anchas, jugo para los menores claro, y para los adultos vino.
Los pequeños alemanes por la gran cena no tardaron en darles somnolencia, bostezando entre momentos. La niñera humana los fue a bañar y cambiarles la ropa a sus comodas pijamas para dormir. Prusia se quedó a pasar la noche, Reich se perdió de vista después que el prusiano se marchase a su respectiva habitación.
Schutzsttafeln no sabía cómo vestirse, optando por trajes en lugar de su típico uniforme militar el cual usaba todo el tiempo.
Bufó al notar que prácticamente todos sus atuendos eran el mismo uniforme, el armario estaba invadido de esas prendas.
– Scheisse. Tengo que arreglar esto...
Optó por un sobrio traje negro. Arreglo la corbata y peino su cabello hacia atrás, recordaba el día que su Führer le dijo que así se veía más presentable.
¿Por qué se arreglaba tanto?, No es como si fuese una cita o algo así. Únicamente iría al estudio de arte durante la noche cuando todos en la casa están dormidos. Nada sospechoso ni fuera de lo común.
Los latidos de su corazón aumentaban a cada paso en dirección al lugar pactado, eran la melodía del preludio de algo que podría ser nada relevante, pero para SS significaba un todo unos instantes en soledad con el germano que conquistó su alma sin intentarlo.
Al estar frente a las puertas del estudio un escalofrío recorrió su anatomía, ya estaba todo listo para esa reunión secreta tan anhelada e imprevista.
Abrió con total confianza, buscando disimular las ansias que lo carcomian con los segundos.
Las ventanas del estudio dejaban pasar los rayos lunares que iluminaban la habitación. Un aura blanca de eterna tranquilidad y silencio acogedor.
– ¿No crees que estás muy elegante? – Esa voz lo tomo por sorpresa.
De entre las pocas sombras del lugar salió el Führer de la nación. Portando una camisa blanca con su inseparable cruz heredada de su padre, unos pantalones cómodos y zapatos negros, con el cabello desordenado y ese encanto que desprendía sin hacer esfuerzo.
Se sintió como un dramático al vestir tan elegante.
– Perdoné mi descuido.
– Eso no importa. Te quiero mostrar algo, sabes que he trabajado en una pintura desde hace tiempo, la cual nunca permití ni que mis hijos o sirvientes vieran por no estar lista. Hoy la termine y quiero que la veas. – Con un ademán invito al contrario a ver la obra cubierta por un manto.
Schutzsttafeln se colocó al lado del de piel carmín, se percató de la ligera diferencia de altura entre él y el contrario. Reich le llegaba por el pecho, para ser un imperio era algo bajo, con regularidad estos llegan a los dos metros de altura pero Reich media poco más de metro ochenta. No era exageradamente alto ni pequeño, pero independientemente de su estatura seguiría siendo perfecto.
Retiro el manto que cubría el cuadro, aún con la falta de luz podía apreciarse claramente las formas en la pintura y los colores. SS quedó mudo. El país era un habido pintor, pero lo que llamaba la atención no era el juego de luces o los tonos.
En un fondo entremezclado de gris y blanco destacaba una figura masculina sin camisa, con cicatrices de todas clases por la piel, con una vaporosa tela ondeante por un viento ficticio cubriendo su parte inferior, observando un punto en la altura por lo que su cuello estaba estirado y allí usaba un collar. No era un collar común, se trataba de un grueso collar rojo con púas de acero. Se parecía a la escultura de Miguel Ángel pero en lugar de ser un humano, había un country.
Un calor se instaló en las mejillas de SS ¡¿Cómo Reich descubrió el lugar preciso de sus cicatrices?!
– ¿Qué te parece mi obra maestra?
– ¿D-disculpe?
El alemán mostró una sonrisa genuina, de esas que le daba a sus hijos. Cargada de dulzura y ternura.
¿Esto era real?
– Por semanas he sentido intensos deseos de retratarte en una obra de arte. Aunque cada intento era un rotundo fiasco. De todas mis pinturas esta es la primera que me ocasionó tantas insatisfacciones en tanto a colores como poses. Nada me parecía suficiente para retratar al hombre a mi lado. – Hablaba con tantos sentimientos en cada palabra que parecía un poema. Tocó la mejilla sonrojada del contrario, deleitándose con el toque a la piel de su guardaespaldas. – Nada era suficiente para retratarte en una obra perfecta e inmortal, Schutzsttafeln. Eso hasta que te vi sin camisa en uno de tus entrenamientos. Cada cicatriz en cada músculo quedó grabada en mi memoria a precisión, y allí, verte así me dio lo que tanto buscaba. Te convertiste en mi perro mas leal, un perro con tantas marcas por obedecer a su amo.
SS permanecía hipnotizado por el discurso del ajeno, sin percatarse que uno de los dedos de Reich se instaló a jugar con sus labios.
Los instantes se volvieron una eternidad para la pareja de alemanes. El astro en el firmamento iluminaba los ojos rubí de uno, y el azul profundo del otro.
Sin dar tiempo a una palabra el país se fue acercando a los labios del pelinegro, depositando un beso en estos.
– Eres el perro de un amo. Los perros deben tener correa y tengo una para ti. – Mencionó en un susurro.
De una mesa tomo un collar de perro, idéntico al de la pintura, con una cadena de gruesos eslabones incluida.
Schutzsttafeln entendía a lo que iba a desencadenar esa noche, los nervios se presentaron a flor de piel, con el sonido magistral del reloj de pared que le taladraba el cerebro.
– Muéstrame tu cuello. – Ordenó el dictador.
El de ojos azules obedeció, no podía desobedecer las órdenes de su señor por más denigrantes que fuesen, juro lealtad al Führer, al país, al imperio, a Alemania, no tenía voz para rechazar una orden. Incluso le gustaba que Reich lo mandase, indicándole sus tareas y trabajos o peticiones, se sentía útil, aveces necesitado por el país. Le brindaba un tipo de satisfacción.
Una vez terminó de colocarle el accesorio a su guardaespaldas, tiró de la extensión juguetonamente, el contrario tenía fuerza, pero no sé comparaba ni un poco a su poder muscular sobrehumano, debía tener cuidado de no lastimarle el cuello al tirar de la cadena muy brusco.
Se sentó en un mueble, tenía planes de adiestrar a su mascota a su servicio íntimo.
– Desvistete.
Con soltura se fue deshaciendo del chaleco, la camisa, la corbata, toda prenda que lo cubría por órdenes de su amado.
– Buen chico, te ganaste un premio por obediente. – Lamió sus labios.
La perversión le abundaba en el semblante, comiéndose con la mirada al contrario que trago en seco.
Jaló nuevamente la cadena, acercando a su perro. Casi podía saborear esa polla, empezando a salivar involuntariamente.
Ah, mierda, SS era una escultura tallada por los mismos ángeles, cada marca le daba un toque especial a ese cuerpo tan delicioso.
Pasó la lengua por la longitud del miembro dormido, era salado, le gustaba. Introdujo ese trozo de carne en su boca, estando aún flácido era de considerable tamaño.
El pelinegro soltó unos cuantos gruñidos, Reich parecía ser experto en aquello por como lamía y succionaba su pene. Sintió como creció dentro de la cavidad bucal del eslavo. El pelirrojo soltó ese miembro ya crecido, palpitante con venas remarcadas, duro, y húmedo por la saliva.
– Nada mal. Lo tenías bien escondido.
Se desabrochó la camisa. Un cuerpo moldeado se abrió camino a la mente del guardaespaldas. Reich por los entrenamientos contaba con un cuerpo bien formado, con algunas marcas ligeras que lo hacían más varonil.
Schutzsttafeln no podía creer que todo era real. Su amado se desnudaba frente a él, y sólo a él, le había hecho un oral y ahora quién sabe. No le importaba ser el de abajo con tal de que fuese con su adorado germano de ojos rubí.
Reich quedó al descubierto, mostrando su desnudez sin problema alguno.
– Quiero que me folles con toda la fuerza que tengas, clavame tu polla hasta el fondo y no te detengas hasta que ninguno de los dos sea capaz de aguantar ni un segundo más. Hasta que estemos tan cansados que no podamos ni levantarnos del suelo. Cógeme como un maldito perro en celo. – No era un secreto que el dictador contaba con un alto libido. – ¿Entendiste?
– Al pie de la letra.
– Tumbate boca arriba en el piso.
Acató la orden gustoso. El techo era de un sobrio marrón oscuro, colgando de este resaltaba una araña de cristal que brillaba tenuemente por el brillo lunar. Su atención de la nada recayó en una sensación de estreches y tibieza en su extensión corporal del sur.
Aprovecho la oportunidad de apreciar el cuerpo rojo del eslavo montandolo como si de un caballo se tratase. Con las piernas abiertas y sentado a horcajadas sobre su pelvis.
– Urgh... Esto será... Divertido... – Prepararse antes de la llegada de SS fue una muy buena idea.
Sin dar previo aviso dio los primeros sentones, lentos para irse acostumbrando al tamaño, con cada movimiento sus paredes rozaban con la carne dura. Mientras se acostumbraba al largo y grosor poco a poco aumentaba la velocidad, subiendo a la par la excitación y el placer hasta que soltó apenas perceptibles gemidos.
Era una maravilla. Los gemidos del pelirrojo eran la más dulce melodía jamás oída en toda su existencia insignificante. Quería más de esos deliciosos sonidos. Sin pensar dio una estocada en las entrañas, los intestinos de Reich dieron un tirón, intento callar el grito mordiéndose la lengua, sintiendo el sabor ferroso en su boca.
Esto sería interesante. ¿Hasta qué punto de sumisión puede el imperio llegar?
– Hijo de- ¡Ahh! – No pudo continuar con el reclamo por otra estocada.
En esta ocasión no logro silenciarse, dejando escapar el gemido casi grito. Un punto nervioso no tardó en despertar por aquello. Le temblaron las piernas como gelatina. Schutzsttafeln tomo confianza peligrosamente rápido.
Las manos del pelinegro se aferraron a los glúteos ajenos masajeandolos como masa para pan. Eran duros por los entrenamientos y eso le fascinaba.
Dio una embestida tras otra. Reich llegó estúpidamente rápido al clímax, entonando sin saberlo la canción que el guardaespaldas quería. Una canción que tiene gemidos y jadeos en lugar de letra, y un aplauso de pieles desnudas como pista.
Tiró de la cadena. SS se detuvo al momento.
– C-cambiemos de posición. – Trataba de recuperar el aire perdido hace unos segundos.
– Te quiero en cuatro. Dijiste que querías ser follado por mi como perro en celo ¿Cierto?
– ¿Qué monstruo acabo de crear?... Eso me gusta. – Obedeció.
Horas más tarde
– Hijo... De perra... Creo que me rompiste el culo... – Sentenció.
La cola le dolía como los mil demonios. SS no se tomó a la ligera su petición, dándole como cajón que no cierra por horas, quedando tan exhausto que no podía ni articular una oración sin descansar por momentos para recuperar el aliento.
De entre sus glúteos escurría la esencia del pelinegro, se sentía pegajoso por la capa de sudor sobre su piel rojiza y el fluido blancuzco que chorreaba a borbotones, perdió la cuenta de las veces que ambos se corrieron pero estaba completamente seguro de que bajo suyo había un charco de esencias mezcladas.
Probablemente no podría caminar derecho por días.
– ¿Fui muy brusco?
– Algo, pero de todas formas lo quería así. – Sonrió ladinamente.
Tumbado a su lado, mirándolo con esos bellos orbes azules parecidos a un océano, con las facciones relajadas y ese accesorio en su cuello que le quedaba de maravilla. Era un perro, su perro mas leal y peligroso.
– Schutzsttafeln, ¿Estas dispuesto a ser mi perro?
– Desde que usted nació, ya lo soy.
Se consumaron en un beso.
No eran nada oficial. Sólo un perro y su amo, pero eso les bastaba y sobraba.
Este es el coll
Pasen buen día/t