La repentina cobardía.
Estoy asustado. La angustia recorre mi cuerpo como si miles de gusanos repulsivos estuvieran tratando de llegar a mis entrañas.
La veo frente a mí, sosteniendo su daga ya manchada de ese color escarlata, mirando a los inútiles que debían protegerme y fallaron en contra de una mocosa muerta de hambre.
Malditos todos.
Me advirtieron este por venir, pero estaba seguro de que ninguno podría mover ni un hueso en el intento. ¿Para qué cambiar mi modo de vivir por unos sucios andrajosos que morirán dentro de poco? De todos modos, ¿Qué me podrían reprochar? SOY SU REY, tienen que entender que estoy muy por encima de ellos.
Sus ojos se posan en los míos con lentitud, parece que saborea hasta la última gota de mi miedo tan evidente. Me levanto de ese cómodo y aterciopelado asiento observando como ella se acerca a paso suave. Me mira con ese odio mientras le suplico en silencio.
- Por favor, te doy todo lo que quieras, pero déjame vivir.
¿Qué estoy haciendo? Un rey no suplica, un rey no se arrodilla, un rey no debería dejar que los demás pretendan pasar por encima de ellos. Pero ¿Qué más puedo hacer? Por primera vez no puedo para de temblar. Siento como si tuviera un terremoto en las manos que no pudiese controlar.
- Curioso como te regodeas en el lecho de otros pero te acobardas cuando tu turno se presenta. No, solo la muerte me puede obsequiar tan preciado deleite.