Déjame poseerte [MaiTake]

Summary

Un sacerdote que había decidido consagrar su vida a Dios, fue corrompido por las manos de un demonio. El cual lo hizo profanar con su pecado el sitio más puro y sagrado que alguna vez hubiese imaginado. La fruta prohibida era la que mejor sabor tenía.

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Déjame poseerte

¡Advertencias! Esta historia contiene temas prohibidos, obscenos y contenido sexual explícito. ¡Leer bajo su propio riesgo!


Sus afilados dientes pasaban sin ímpetu por su blanca espalda, mientras sus uñas se clavaban en sus muslos para intensificar el contacto. Takemichi, una vez más, había caído en las llamas del infierno.

—Mi-Mikey… —balbuceó entre dientes, llevándose una de sus manos a la boca para callar sus propios gemidos—. Ten piedad.

—¿Quieres que me detenga? —inquirió el ser que lo estaba arrastrando al borde de la locura—. Dime, padre, ¿quieres que dejemos de jugar?

—¡Ah! —tuvo que morderse el labio inferior. Las embestidas cada vez eran más fuertes—. Sigue, te lo suplico. ¡Sigue!

—Como gustes —musitó cerca del lóbulo de su oído—. No puedo negarme a las peticiones de un religioso, tampoco soy tan despreciable —acotó—. Este demonio te hará llegar al cielo.

Con rudeza lo tomó por las caderas, pegando más su anatomía a la blanca pared de la sacristía de la iglesia. Mikey era un ser de la oscuridad que disfrutaba profanar el santuario, del único humano que le había robado su asquerosa alma.

El demonio sujetó el miembro palpitante de su amante entre sus manos, y lo masajeó con rapidez mientras se fundía en el interior de la catedral de su hombre. Los gritos ahogados que murieron cerca de su oído, lo encendieron. Con sus labios besó el cuello de Takemichi, haciendo que el joven padre gimoteara todavía más sobre sus brazos. El momento clave de su liberación estaba al máximo.

Llevó su boca hasta el hombro de Hanagaki, y le clavó sus colmillos en el instante en el que expulsó todo su ser encima de su mano. Provocando que los espasmos apretaran más su hinchada virilidad, que fue capaz de alcanzar la cima junto al amor de su vida.

Con delicadeza se retiró de su interior, mientras lo observaba caer rendido sobre el frío suelo de la sacristía.

—Mikey, yo… —susurró Hanagaki cuando se cubrió el rostro con ambas manos—. Esto está mal. Este es un lugar sagrado.

—Takemichi, mírame —ordenó el demonio. Su voz hacía temblar a cualquiera—. Deja de culparte. Eres un mortal que está vivo. Tienes derecho a disfrutar.

—Pero yo hice un voto de castidad —musitó, sintiéndose pésimo consigo mismo—. Me iré al infierno.

—¿Y quién te dijo que es tan terrible? —inquirió, mientras le quitaba las manos del rostro—. No creas toda la basura que te inventan. Además, yo estaré contigo —le guiñó un ojo—. Mejor, cámbiate. No falta mucho para que amanezca.

Takemichi asintió. Esa noche, se había quedado en la iglesia a cuidarla, pero muy temprano por la mañana llegaría otro párroco a relevarlo. Debía dejar todo impecable, aunque el aroma a pecado lo llevara impregnado.

Tomó su sotana y rápidamente se revistió. Al limpiar, nadie sospecharía lo que ahí había pasado.

—Debes marcharte —le dijo a su apuesto demonio, quien no dejaba de devorarlo con la mirada—. Por favor, Mikey.

—Está bien, me marcho. —Se acercó hasta el cura y con posesividad lo jaló por la barbilla—. Te estaré vigilando, Takemichi. Sabes que nadie puede enterarse de lo nuestro.

—Descuida. Ni siquiera me atrevería a decirlo en secreto de confesión —bajó la mirada. Develar que el maligno rondaba campante por la casa de Dios y; además, que profanaba su santuario con uno de sus elegidos, era ponerse él mismo la soga al cuello. Todavía era muy joven para ser desterrado—. Nadie sabrá de ti o de lo nuestro. Te lo prometo, Mikey.

—Me encanta cuando dices lo nuestro, Takemichi —espetó con una sonrisa de orgullo en el rostro—. Confío en ti —manifestó—. Debo ir unos días al infierno, pero estaré de vuelta pronto. Volveré antes de que tengas que cuidar otra vez la iglesia.

El demonio cerró la poca distancia que lo separaba de los labios de su amante, y con desesperación lo besó. Otorgándole en ese gesto todo el oscuro amor que por él sentía.

Le sonrió y, en un abrir y cerrar de ojos, se desvaneció, dejando solo a Takemichi en esa enorme catedral.

«¿Qué fue lo que me hiciste para desearte tanto, Mikey? Por ti no tengo miedo de entregarle mi alma al mismísimo Lucifer» pensó, mientras comenzaba a ordenar todo el lugar.


Había pasado una semana desde su último encuentro carnal con ese demonio, y Takemichi cada día lo extrañaba más. No comprendía, realmente, cuál era ese apego insano que sentía al estar entre sus brazos, pero la necesidad de fundirse con él le hacía arder la sangre. ¿Cómo había llegado a eso? ¿Cómo pudo dejarse seducir? ¿Cómo había podido quebrantar sus votos? Pero, sobre todo, ¿cómo se había enamorado de un ser de las tinieblas?

En el seminario les explicaron sobre las posesiones demoníacas y cómo estas se apoderaban de las almas débiles; sin embargo, nunca había escuchado que un demonio se encariñara con un humano, pues creía que esas historias, solamente eran mitos de los pueblos antiguos. ¡Qué ingenuo había sido!

La verdad era que, los demonios habitaban entre los seres humanos, haciendo fechorías a diestra y siniestras. Simplemente, pasaban desapercibidos. Serian criaturas interesantes, sino fuera porque su esencia era abominable.

¿Cómo podría vivir toda su vida cargando con ese horrible pecado? Si su alma, la que había guardado para servir a Dios; estaba manchada, hurtada y profanada por las manos de una aberración.

—Takemichi, ¿estás ahí? —inquirió su compañero al ver que el sacerdote tenía la vista perdida en el horizonte.

—¿Eh? Sí, aquí estoy —respondió torpemente, sacudiendo su cabeza para salir de sus pensamientos—. Disculpa, Chifuyu. Me quedé pensando en un secreto de confesión.

—Te entiendo, algunos feligreses cargan con tanto, que es difícil para nosotros soportarlo —comentó, comprendiendo a la perfección a su hermano—. Reza mucho y pídele a Dios que los absuelva de todos sus pecados. Verás que eso te hará sentir mejor.

—Tienes razón —musitó, sintiéndose miserable por tenerle mentir a quien se había convertido en su mejor amigo desde que estaban en el seminario—. Mejor terminemos con esto. Debemos volver a la iglesia.

—Por supuesto, padre Hanagaki.

Los sacerdotes siguieron llenando las bolsas de alimento que les había encargado el arzobispo, ya que los había enviado a una pequeña comunidad retirada de la ciudad a que prestaran sus servicios.

Los adultos del pueblo los habían recibido con mucha alegría. Y como agradecimiento por su hospedaje, los padres decidieron —con el consentimiento de su superior— dejarles unas cuantas provisiones para cada una de las familias.

Ver el rostro de felicidad en los niños era una de las razones fundamentales para seguir amando su vida sacerdotal. Ellos eran el reflejo de Dios en la humanidad.

—¡Listo, terminamos! —esbozó Takemichi con una enorme sonrisa—. Creo que tenemos el tiempo justo para volver a la ciudad.

—¿Tienes que realizar alguna diligencia? Yo te iba a sugerir que nos fuéramos mañana temprano —dijo Matsuno, quien acababa de anudar las últimas bolsas de víveres—. Tu turno inicia por la noche con la misa de las ochos y, luego debes quedarte cuidando la iglesia. ¿No quieres descansar un poco?

—Bueno —balbuceó, mientras jugueteaba con sus dedos. ¿Cómo carajos le explicaba que deseaba volver para enredarse con un demonio? Eso era estúpido; además, grotesco. Era claro que podía tener sus encuentros con él donde fuese, pero a ambos, les excitaba que fuera en ese lugar prohibido que nunca debió ser profanado—, no tengo que ir a hacer nada, es solo que…

—¡No se diga más! Vamos a buscar al líder de la comunidad para avisarle que nos iremos, mañana por la mañana —anunció Chifuyu sin darle opción a una protesta—. Tengo mucha curiosidad por escucharlo contar las historias urbanas de este lugar. ¿Y tú?

—Sí, también yo. —Se obligó a dibujar una sonrisa en su rostro para no preocupar a su hermano, ya que, por ningún motivo, podía revelarle lo que estaba pasando—. Cerremos todo y vayamos con los del pueblo.

El padre Matsuno asintió y con algarabía ayudó a su fiel amigo a cerrar las puertas del salón donde estaban trabajando. Elevaron una oración al cielo, pidiendo por la abundancia de alimentos y, luego se marcharon en busca del anciano líder de ese pintoresco pueblo.


Las familias de la comunidad se habían despedido de los sacerdotes, deseándoles muchas bendiciones en su camino divino. El líder del poblado se había quedado un momento conversando con ellos, después de que todos se habían marchado.

Los invitó a tomar café cerca de los restos de la hoguera que habían utilizado para preparar la cena. La noche era tranquila, y la luna llena brillaba como nunca antes la habían visto. El panorama cerca de las montañas los inundaba de calma.

—Gracias, muy amable —dijo Chifuyu cuando le recibió el pocillo lleno de café al anciano—. Este lugar es hermoso, en cada rincón se respira paz.

—Así es, aunque… —musitó el hombre, mientras se acomodaba en un tronco cerca de los religiosos.

—¿Sucede algo? —El reverendo Matsuno estaba muy intrigado, quería saber qué hizo callar a la cabeza del pueblo—. ¿Señor?

—Perdóneme, padre. Recordé una vieja historia que me contó mi abuelo hace muchos años —dijo antes de beber un poco de su café—. Es una leyenda urbana que se pasa de generación en generación.

—¿Quisiera contarnos, por favor? —pidió el religioso de ojos esmeralda. Sabía que los relatos tenebrosos no debían ser de su interés, pero desde pequeño le había atraído todo lo que tuviera relación con los seres del más allá—. El padre Hanagaki y yo, queremos conocer un poco más de su historia. ¿Cierto, Takemichi?

—¿Eh? Sí —el aludido respondió sin pensar, ya que su mente se encontraba dispersa en otro lugar—. Cuéntenos un poco, por favor.

El anciano les sonrió y tomó un trago de su bebida caliente, antes de dejarla a un lado para relatarles una de las historias más conocidas por sus ancestros. Su idea no era perturbar a los religiosos; sin embargo, le gustaba mucho compartir con los visitantes sus creencias, sobre todo, en una noche como esa, en la que la luna irradiaba como sucedió hace muchos años.

—Lo que voy a contarles es un hecho real. —Los dos siervos de Dios se acercaron al anciano para no perder ningún solo detalle de lo que les iba a platicar—. Hace muchos años, un alma pura fue corrompida por un demonio que terminó absorbiendo hasta la última gota de su vitalidad.

—¿Un demonio? —Hanagaki abrió los ojos hasta donde le fue posible. ¿Sería una casualidad o una señal divina? No lo sabía; no obstante, estaba muy interesado en conocer la profundidad de la historia—. ¿Podría ser más específico, por favor?

—Según mi abuelo, en el siglo pasado, un ser de las tinieblas llegó a este pueblo y se obsesionó con un humano. Cuenta la leyenda que…

«Era una tranquila mañana de invierno, en la que el sol había calentado con sus rayos las altas temperaturas que los estaban azotando.

Ese día, un humilde pastor salió de su hogar en busca de provisiones para su familia. El joven vivía solo con sus abuelos y era el único que se encargaba de procurarles el sustento. El chico era conocido en el pueblo por ser muy noble y caritativo. Todos le admiraban por la entrega y el cuidado que mantenía con sus viejos allegados.

Caminó por largo tiempo, hasta llegar a una pequeña colina en la que recogió algunas bayas para la merienda. Estaba tan concentrado en su labor que, no se percató de una presencia que lo acechaba como a una presa.

El pastor siguió recolectando los frutos cuando de repente, unas afiladas uñas le recorrieron por la espalda. El chico se congeló con el contacto, pues la sensación que le inundó el cuerpo era abominable.

—Te encontré —le susurró ese ser que lo tenía preso entre el arbusto y su caliente anatomía—. Eres mío…

El joven no pudo pronunciar palabra, simplemente, cerró sus ojos esperando que el fin llegara; sin embargo, lejos estaba de lo que su mente se imaginaba.

Su depredador lo tiró con brusquedad al suelo, dejando su rostro estampado contra la hierba. Lo tomó por el cuello y en un fugaz movimiento lo hizo girar para quedar frente al ser, que estaba seguro, quería matarlo.

»—Mírame —le ordenó, mientras se sentaba a horcajadas encima de su abdomen—. ¡Te estoy diciendo que me mires!

El chico tembló con su voz, ese mandato resonó por todo el lugar, haciéndole sentir un terrible temor por lo que se iba a encontrar. Rogó y suplicó a lo alto por una esperanza, pero esta nunca llegó.

»—Deja de perder el tiempo, nadie vendrá a rescatarte. Tus ruegos no te servirán de nada. —El pastor palideció más de lo que estaba, ese ser había leído el movimiento de sus labios. Al parecer, sus últimos minutos estaban contados—. ¡Abre de una maldita vez los ojos!

Con el cuerpo que le temblaba por completo, accedió a obedecer sus exigencias; si iba a morir, por lo menos se iría con el rostro de su agresor, grabado en sus memorias. Lentamente, fue abriendo los párpados, y con lo que se encontró, lo dejó sin aliento.

Esa mirada profunda fue su perdición. Y, desde ese día, el joven pastor firmó su sentencia de muerte, al entregarse en cuerpo y alma a ese maldito ser que salió de las profundidades del infierno…»

—¡Wow! Había escuchado sobre posesión demoníaca, pero nunca de un demonio que fornicara con humanos —dijo el padre Matsuno, quien seguía sorprendido por la historia que acababan de contarles. Y dígame, ¿supieron en algún momento la identidad de ese demonio?

—Sí, según la leyenda; cuando el pastor estaba agonizando, le contó al sacerdote que llegó a confesarlo, lo que le había pasado. El muchacho sostuvo una relación por varios años con este demonio, hasta que, él le robó hasta la última gota de su alma.

—Qué lamentable, y, ¿cómo se llamaba o cuáles eran sus características? —inquirió el religioso de mirada esmeralda. Él deseaba conocer hasta el último detalle.

—Ese espantoso ser de las tinieblas era conocido como: el demonio de la lujuria. Mi abuelo me dijo que su aspecto era igual al de un bello ángel, su rostro era hermoso, pero su mirada. Esos profundos ojos negros eran la perdición para quien los veían, pues con el mínimo contacto, caían perdidos en su encanto —espetó, mientras les servía un poco más de café a los sacerdotes—. Además, poseía unas grandes alas negras y unas uñas afiladas. Sin contar que su rasgo más significativo, era el tatuaje en su cuello. Los ancianos decían que tenía forma de un dragón alargado, y grandes colmillos como los que él poseía. Todos aquí cuentan que su nombre era-

—¡Ah! —el fuerte grito del padre Hanagaki los hizo salir de la atmósfera que habían formado gracias a la leyenda.

—Takemichi, ¡¿qué te pasó?! ¿Estás bien? —Su fiel compañero se alarmó al ver esparcido el café caliente sobre la sotana del cura—. ¡Tenemos que curarte!

—Tranquilo, no es grave. Solo me cayó un poco por encima. No me he quemado —dijo con calma, tratando de controlar los nervios de sus acompañantes—. Mejor me iré a dormir, creo que ya es tarde. Mañana debemos viajar muy temprano.

—Tiene razón, padre. Disculpe que les haya quitado tanto tiempo con mis tonterías. —El anciano hizo una reverencia delante de los religiosos—. Venga por aquí, por favor. Debemos limpiar su sotana.

Takemichi agradeció con una pequeña sonrisa la amabilidad del hombre. Se levantó del tronco en el que estaba sentado y lo siguió muy de cerca con su hermano al lado. Esa maldita leyenda lo había puesto a pensar y tenía mucho miedo de lo que le fuese a pasar. ¿Acabaría igual que ese pastor? No, su pecado era mayor. Quizá su castigo sería peor, pues su condición de sacerdote, lo crucificó. Suspiró y trató de calmar sus pensamientos, pero un pequeño ruido en los matorrales llamó su atención.

—¿Sucede algo? —preguntó Matsuno al percibir que su amigo había detenido su andar.

—No, no es nada, creí ver… —balbuceó. Sus emociones estaban perturbadas y cualquier cosa lo alteraba; hasta el mínimo movimiento de las hojas de los árboles que era provocado por el viento—. No me hagas caso, mejor continuemos.

Hanagaki tomó por el hombro a su hermano y siguieron su camino. La medianoche ya los había alcanzado, y en unas horas debían partir de regreso a la tranquilidad de su hogar.

Lugar que había sido manchado por el pecado de un siervo de Dios, y un demonio que se desvaneció en la oscuridad, lentamente, luego de vigilar sigilosamente a su amante.


La misa había concluido y todos los feligreses se habían marchado. Dentro de la iglesia, solamente se encontraba el padre Hanagaki y un pequeño monaguillo que estaba esperando a su madre.

El infante ayudó al reverendo con la limpieza del lugar, hasta que, su progenitora apareció en la entrada del templo para recogerlo. Takemichi los despidió con una bendición y después prosiguió con su labor. No le llevó mucho tiempo terminar con el aseo. Guardó los implementos que utilizó y se retiró a la sacristía en busca de sus sagrados alimentos.

El tiempo, lentamente, comenzó a transcurrir, hasta sonar la última campanada que indicó el inicio de la madrugada. Suspiró y se sentó en una de las bancas de la iglesia. Parecía que, esa noche, su demonio no le haría compañía, pues este solía aparecer antes de la medianoche. Tomó el libro que le había regalado Chifuyu para su cumpleaños y lo comenzó a leer, imaginando que con esto podría disipar sus pensamientos.

Se metió de lleno a la lectura y no se percató que ya eran las dos de la madrugada, y él seguía sentado en la misma posición con el libro sobre sus manos. De repente, las velas que tenía sobre el altar mayor se apagaron, dejándolo casi a oscuras, sino fuera porque tenía la luz que daba al confesionario encendida. Se levantó de su asiento para encender otro juego de candelas cuando sintió un escalofrío recorrerle por el cuerpo.

Takemichi se paralizó como jamás se hubiera imaginado, ni siquiera el día que conoció al demonio había sentido el temor que, ahora estaba experimentando. Como pudo, giró un poco su mirada para apreciar la luz del confesionario que había comenzado a parpadear. Su brillo cada vez se hacía más escaso, hasta que, finalmente, se apagó, dejando al sacerdote en una completa penumbra que le congeló la sangre.

Tragó de su propia saliva, sintiendo un ardor cuando esta pasó por su garganta. Cerró los ojos y apretó los puños, intentando detener con esta acción el sudor helado que le recorría por el cuerpo. Rezó y en una súplica agonizante, pidió al Dios del cielo que lo perdonara por haberle fallado. Sin embargo, su ruego fue respondido por un ente de las tinieblas.

—¿Disfrutaste tu estadía en ese pueblo? Padre Hanagaki —espetó una ronca voz que le erizó hasta el último poro de su blanca piel—. Te veías muy interesado en conocer sus leyendas urbanas.

—Mi-Mikey, ¿t-tú eras ese demonio del que nos habló ese anciano? —El temor se reflejó en cada palabra que salió de su boca.

—Para qué quieres saber, ¿acaso cambiará mi respuesta, lo que sientes por mí? —inquirió con sarcasmo—. Vamos, padre, dime que no gozas cuando eres profanado por mis manos.

—Yo… —balbuceó, su cuerpo temblaba, pero su sangre hacia ebullición—. ¿Quién realmente eres, Mikey?

—Yo seré tu perdición —sentenció, mientras reía. Su carcajada era tan maquiavélica y espantosa que inundó cada rincón de la iglesia—. Soy el demonio de la lujuria y juntos vamos a sucumbir hasta el infierno, Takemichi.

Con fuerza lo sujetó por el cuello, pegando su tembloroso cuerpo en el altar mayor, mientras su virilidad rozaba descaradamente su trasero por encima de la sotana. Esa noche, lo devoraría en el sitio más puro y sagrado de todo el santuario, para dejarle en claro a su señor, que su vida ya no le pertenecía.

Acarició a plenitud su espalda, al mismo tiempo que lo torturaba con sus movimientos. Sin soltarlo del cuello le dio la vuelta y lo montó sobre el mesón, que cada día le recordaba a los feligreses, el sacrificio de su salvador. Simplemente que, en esta ocasión, el sacrificio sería para la oscuridad, pues su altar quedaría manchado por el deseo carnal.

Con sus afiladas uñas rasgó la sotana del cura, dejándolo expuesto a su merced. Solamente con el crucifijo que colgaba de su cuello y el pantalón que llevaba puesto. Lo observó aferrarse al mantel mientras jadeaba por su repentina acción. Sin pensarlo clavó sus dedos en la única prenda que le quedaba y la rompió, exponiendo ante sus ojos la prominente erección, de ese cura que le había robado su maldito corazón.

Llevó su boca hasta el miembro de Hanagaki, enterrando sus labios hasta llegar a la base de su falo. Lo escuchó gritar y enloqueció; el sonido jadeante con el que pronunciaba su nombre le nubló la cordura. Con su lengua lamió su virilidad, mientras sus dientes mordían todo a su paso. El cura se retorció de placer, pues su amante lo estaba llevando a los extremos.

Takemichi quería más, necesitaba más; así que, puso sus manos encima de sus negros cabellos para profundizar el contacto. La manera tan insana en la que devoraba su hombría lo hizo caer en un abismo sin salida.

—¡Ah! ¡Más, por favor, quiero más! —suplicaba al enterrar las uñas en su cabellera—. Mikey, ten piedad…

—No sabes cómo me excita que supliques por mí —confesó al separar sus labios de su sexo—. En verdad, ¿quieres más, padre?

—¡Sí, sí, por favor! —pidió hipnotizado, para Takemichi ya no había vuelta atrás, su alma se la había entregado a ese demonio que lo estaba profanando—. Déjame permanecer a tu lado.

—¿Estás seguro? —inquirió, fijando su profunda mirada en los ojos azules del sacerdote, los cuales brillaban como nunca—. ¿Realmente, quieres estar a mi lado? —Lo vio asentir sin ápice de duda en su rostro—. Entonces, déjame poseerte, Takemichi.

El demonio de la lujuria se apoderó de su boca, mordisqueándolo a su antojo hasta saciar sus labios. Hanagaki se aferró a su cuello para profundizar el beso, su lengua entraba y salía de esa cavidad maldita que tanto le fascinaba. Deseaba demostrarle cuánto lo amaba, incluso más que a su santa alma.

Mikey se separó de sus labios, bajando con sus besos hasta llegar a su pecho. Levantó la mirada y con sus profundos ojos observó a su amante, quien lo veía sin perder ninguno de sus movimientos. Sonrió triunfante por tenerlo tan eclipsado. Con sus dedos agarró el crucifijo y lo hizo a un lado, dejando libre el espacio de piel donde descansaba su sagrado corazón. Llevó sus garras hasta el lugar e hizo una incisión que dejó brotar el líquido carmesí del sacerdote. Takemichi soltó un grito de dolor al sentir que desgarró su cuerpo; sin embargo, ese dolor se transformó en placer cuando el demonio succionó sin ímpetu su sangre.

Jamás se imaginó que una escena tan sangrienta le provocaría ese grado de excitación.

»—Ya eres completamente mío, Takemichi Hanagaki —esbozó al separarse de su pecho, mientras con sus labios lamía el resto de su sangre—. Te llevaré a arder conmigo hasta el infierno.

—Sí, si, por favor —musitó cuando lo tomó por el rostro para besarlo, él también quería probar el sabor de su sangre—. Haz de mí lo que te plazca.

El demonio se despojó de sus prendas inferiores y sin reparó se hundió en el interior de su santuario. El cura jadeó cuando sintió toda su palpitante virilidad dentro de él. Mikey puso sus manos alrededor de sus caderas para embestirlo a plenitud, al mismo tiempo que Takemichi enrolló las piernas a su cintura para profundizar su unión.

La rudeza con la que el demonio de la lujuria lo penetraba era inimaginable, pues parecía que con cada estocada lo hacía descender, más y más, hasta el lago del infierno. Mikey sonrió complacido al ver a su amante gimotear de placer entre sus brazos. La inocencia en el rostro de Hanagaki le recordaría que, había profanado al más bello de todos los ángeles.

Con una de sus manos tomó el crucifijo de su cuello para jalarlo, haciendo que el cura levantara el torso de la mesa para acercarse hasta sus labios. Lo miró con deseo y, luego lo besó mientras lo embestía con todas sus fuerzas.

Takemichi estaba por explotar, sentía que su cuerpo ya no podía más, pues la rudeza con la que arremetía el demonio dentro de su catedral, lo estaba llevando a colapsar. Mikey tomó el miembro de su amante entre sus manos, sincronizando el ritmo de sus estocadas con las caricias que le proporcionaba.

La conexión de sus cuerpos era tan grande, que en un movimiento compenetrado, se dejaron venir al mismo tiempo. Entendiendo que la luz y la oscuridad se habían fundido para siempre.

Mikey se dejó caer sobre el cuerpo del sacerdote, que temblaba sobre el mantel arrugado del altar mayor. Hanagaki suspiró, mientras se aferraba a la espalda del demonio que le había robado el alma.

»—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó con su delirante voz el sacerdote.

—Nada, seguirás viviendo como un humano, hasta que, decidas irte conmigo al infierno —expresó Mikey al levantar el rostro del torso de su amante. Necesitaba verlo directamente a los ojos—. Yo te esperaré el tiempo que desees, pero siempre te acompañaré a donde vayas. No importa si es desde las sombras.

—Te amo, maldito demonio de la lujuria —confesó, jalándole del cabello para acercarlo a sus labios—. Te amo más que a mi vida.

—Y yo te amo a ti, mi puro siervo de Dios —le dijo antes de apoderarse con desesperación de sus labios—. ¿Qué te parece si ahora me confiesas? No lo sé, pero tengo deseos de exponerte mis pecados.

Lo tomó entre sus brazos para llevarlo hasta el confesionario donde una vez más le haría el amor, dejando plasmado en cada rincón de la iglesia, que las tinieblas podían aparecer en el lugar menos esperado.

«Perdóname, señor, por haberte fallado, pero mi alma le pertenece a este demonio que me hace sucumbir a las llamas del infierno, cada vez que estoy entre sus brazos» pensó Takemichi, mientras era profanado en el interior del confesionario.

FIN.