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—¡Amane, baja de ahí en este momento! —Exigía la mujer de cabello oscuro a su hijo mayor. Sentía que su corazón estaba por salir de su pecho al verlo caminar sin cuidado alguno sobre el tejado de su hogar.
—¡Sólo necesito calibrar esto y ya! —respondió, aunque muy probablemente ni siquiera sabía de qué estaba hablando.
—¿Qué significa calibrar? —preguntó el otro de los gemelos mientras se aferraba al delantal rosa que abrazaba la figura femenina.
La preocupada mujer no apartaba la mirada de su vástago, pensaba que en el momento que lo hiciera, el pequeño de apenas ocho años de edad resbalaría a su inminente final.
¿En qué momento se había escabullido hasta el cobertizo para sacar la escalera?
Y peor aún, ¿cómo hizo para cargarla y colocarla junto a la pared?
Su hijo había cambiado bastante desde julio. Llegó a suponer que se trataba de la influencia de alguna caricatura o algún juego en su escuela ya que desde los primeros días de ese mes no había dejado de hablar sobre aliens, masones y reptilianos...
Estaba segura de que ni siquiera él sabía de qué hablaba; siendo honestos ni siquiera ella sabía el significado detrás del infantil discurso sobre el nuevo orden mundial y las razas alienígenas que vigilaban al planeta. Lo único de lo que estaba segura en ese momento era de que quería era que su hijo conservara el equilibrio y no cayera por el borde.
Mientras tanto; el protagonista de nuestra historia; Yugi Amane, hijo mayor del matrimonio Yugi, los recién llegados a Kamome, se encontraba en una carrera contra reloj.
Enredado entre cables, con cinta adhesiva en el cabello, la mirada centrada en una caja de zapatos abierta y la cara llena de pintura y diamantina, sus manos se movían rápidamente entre los materiales que había subido consigo para terminar de calibrar el aparato que, según sus precarios conocimientos científicos, lo pondría en contacto con su compañera de aventuras.
Su nombre, Yashiro Nene, así como sus peculiares tobillos se habían grabado en su mente. Se fundieron en lo más recóndito de su cabeza al grado de que borrar su recuerdo era prácticamente imposible.
Aun lo recordaba.
Ese siete de julio había salido con su hermano a deambular entre los puestos del festival de Tanabata. Sus miradas iban de un lado a otro, viendo los vivos colores de los peces dorados, admirando el diseño de las yukatas, salivando con el apetecible aspecto de las manzanas acarameladas recién hechas; pero, fue solo hasta que los ojos menguantes se posaron en una máscara de Godzilla que se percató de que su gemelo ya no estaba con él; por lo que, temeroso y confundido caminó durante minutos, que se sintieron como horas, hasta perderse. Era demasiado pequeño como para llamar la atención y por más que trataba de que su voz alcanzara los oídos adultos de los asistentes al festival, no logró que alguna de la figuras bajara la mirada; así que, resignado a convertirse en hijo único, se sentó en una banca en lo que pensaba como le diría a sus padres que había perdido a su hermano.
Soltó un suspiro, su mirada se nubló y justo cuando el primer sollozo estaba por abandonar sus labios, alguien tocó su hombro.
—Niño, estás sentado sobre mis panfletos —dijo una voz chillona antes de quitar al zaino de su asiento para recuperar los papeles.
Dirigió la mirada a la fuente y sus ojos se abrieron.
Se trataba de una niña de muy probablemente su edad, vestía una yukata blanca con flores de vivos y ardientes colores como sus ojos, la pasión que desbordaba en su mirar solo era comparable a la propia cada que su padre le contaba historias sobre el cosmos, su cabello recogido brillaba bajo el cielo nocturno, casi eclipsando a la luna que se asomaba llena y etérea entre todas las estrellas y su voz, ese coro celestial que lo hipnotizó hasta terminar frente a ella, había sido la pieza final en el plan de conquista a su pequeño corazón.
La miró fijamente antes de abrir la boca para decir algo, creía que de hacerlo muy probablemente se desvanecería, pues solo un ser fantástico como ella tendría semejantes cualidades.
—¡Atención terrícola, debemos procurar que nuestro planeta no siga siendo víctima de los horrores reptilianos que ahora mismo lo controlan! ¡Si deseas unirte a mi causa y ayudarme a desenmascarar a esta élite, toma uno de estos panfletos y repártelos! —exclamó la pequeña, observándolo con determinación y entregándole algunos de los coloridos papeles.
Amane analizó durante unos cuantos segundos la propaganda entre sus manos. Se trataba de hojas comunes, con algunas palabras escritas y uno que otro dibujo hecho con crayones y plumones, todo enfocado a la vida más allá de la comprensión humana.
Verdaderamente no sabía qué hacer o decir, lo único que quería era seguir observando la manera tan insistente que tenía para acaparar las miradas a su discurso.
Ese había sido su primer encuentro.
Lo que pasó después solo se podría tomar como un puente que ayuda a dos escenas a comunicarse. Así que lo dejaremos a mera especulación del lector por el momento.
—¡Amane, baja! ¡Mamá está a punto de subir por ti! —Advirtió Tsukasa, su hermano menor por siete minutos.
Sus manos se apuraron a terminar de enredar, pegar y llenar de diamantina los cables a una papa cruda que a su vez había sido unida a tres baterías con cinta adhesiva. Debía apurarse, cada segundo era vital para que su misión fuera completada con éxito, además de que no quería decepcionarla, no cuando ella misma se había tomado la molestia de explicarle como construir el dispositivo de comunicación.
Ya sólo debía cerrar la tapa de la caja y colocarla lo más alto que pudiera para que el “radio de frecuencias electromagnéticas” que había creado pudiera contactarlo con ella sin temor a que los americanos descifraran sus mensajes y los espiaran.
¿Qué importaba si su hermano dudaba de la eficiencia de su aparato?
¡Tsukasa no entendía verdaderamente la esencia del mundo en el que vivían!
Claro que era posible que con sólo una caja de zapatos, una papa, tres baterías y los cables telefónicos de los vecinos lograra hablar con su amiga, incluso cuando se encontraba a más de dos horas de camino... ¿cierto?
Esperaba que sí.
Después de todo, había planes que debían concretar incluso si la distancia los separaba. Se trataba de una misión ultra secreta de la que nadie más podía enterarse, de lo contrario, los estadounidenses se lo llevarían a sus instalaciones para lavarle el cerebro y así olvidara todo lo que había aprendido.
Cerró la tapa una vez se volvió a asegurar de que todo estuviera en su lugar y observó con una sonrisa inocente el dibujo que había adherido como adorno. Plasmada en papel se podía ver la imagen de un cohete espacial atravesando el cosmos; sin embargo, lo que verdaderamente importaba era el contexto detrás, pues se suponía que en dicha nave se encontraban él y su compañera de aventuras, viajando con rumbo a la luna en búsqueda de hacer contacto con las sociedades nativas del satélite natural.
Recordaba los dulces momentos vividos junto a Nene mientras se colocaba el sombrero de forma cónica que había hecho usando el papel aluminio de la cocina.
Confiado, vio una última vez a su dispositivo antes de activarlo. Sin duda alguna la chica de tobillos anchos estaría orgullosa de él.
Moviendo de un lado a otro el auricular que salía de la caja empezó a gritar, esperaba que pronto hubiera respuesta.
—¡Número siete reportándose desde Kamome! —exclamó una y otra vez—. ¡Número siete reportándose desde Kamome! ¿Me escuchas número ocho?
Evidentemente no hubo respuesta alguna.
¿Cómo podría haberla?
De repente, las carcajadas de sus compañeros resonaron en sus oídos, podía ver sus sonrisas burlonas cada que les hablaba sobre el nuevo orden mundial, sobre los peligros del uso constante del celular, o los rayos gamma que podrían rostizar sus neuronas en cuestión de segundos.
Loco.
Tonto.
Crédulo.
Rarito.
Fenómeno.
Enfermo.
Lunático.
Eran algunos de los adjetivos que le habían sido otorgados desde que se había mudado a aquel pueblecillo localizado a seis horas de Tokio.
Y entonces, cuando las risas se hicieron aún más sonoras y estrepitosas dentro de su cabeza, fue que la alarma colocada sobre su mesita de noche sonó, liberándose por fin de tan terrible pesadilla.
Miró hacía la pared y pudo observar el mismo dibujo de un cohete espacial navegando entre las profundidades del cosmos; algo maltratado después de que un grupo de niños le arrebatara su pequeña radio mientras trataba de encontrar mejor señal en el parque. Recordaba ese día con claridad pues había sido la primera paliza de muchas que le esperarían a lo largo de esos años. No por nada era común verlo siempre vendado, con mordidas, rasguños y moretones. A veces incluso con férulas a causa de huesos rotos.
Era lo natural, eso es lo que pasa con todo aquello ajeno y/o extraño a ojos de los demás.
Se le desplaza, se le ataca, se busca la manera de hacerle ver menos amenazante.
Las burlas, golpes, acoso, rumores, amenazas, segregación y demás vejaciones eran las armas de sus semejantes para combatir el terror que les infundía el chico que a pesar de todo ello seguía firme en sus creencias y no estaba dispuesto a ceder en cuanto a sus ideales.
Para él todo ese maltrato no importaba porqué algún día él y su compañera, la comandante número ocho, irían juntos a la luna. Llegarían como embajadores de la Tierra y compartirían con las sociedades lunares sus conocimientos e inquietudes y luego, cuando regresaran a casa divulgarían sus hallazgos con el resto de los terrícolas.
O al menos ese era el sueño del pequeño Yugi Amane de ocho años, al igual que el de la pequeña de cabello platinado.
Por el momento, al joven de doce años, le bastaba con tener cinco minutos más de descanso antes de ingresar a su primer día de escuela.
Habían pasado ya cuatro años desde que su familia se había mudado de las siempre pobladas calles de la capital de Japón para asentarse definitivamente en el pequeño y tranquilo poblado de Kamome, pueblo natal de sus dos progenitores.
Sin darse cuenta sus ojos se habían cerrado nuevamente.
“Sólo cinco minutos más”, fue su último pensamiento antes de quedarse dormido.
Era normal que sus ojos siempre tuvieran ojeras alrededor, pues no había noche en que no se desvelara por estar observando y buscando estrellas o cualquier movimiento o fenómeno anormal en el firmamento nocturno.
Eso, y sus amenas charlas con la luna, era lo que lo mantenían despierto hasta horas en las que los primeros rayos de sol aparecían.
Nadie sabía bien qué era lo que el “lunático de Kamome” a diario le profesaba al satélite natural de la Tierra.
—¡Es información confidencial!
Siempre respondía cuando se le preguntaba por su actividad nocturna antes de salir corriendo con un leve sonrojo en sus mejillas.
Ni siquiera su hermano gemelo sabía que tanto se traía entre manos cada que se encerraba en su cuarto para confesarse con el enigmático cuerpo celeste.