I. MAREA BAJA
Era un día oscuro y lluvioso. La tormenta no parecía querer amainar nunca y el fuerte viento azotaba las ventanas sin piedad. Una de las ráfagas abrió de par en par las puertas del balcón, apagando a su paso las velas y logrando sobresaltar a Sanji que se encontraba sentado a la mesa leyendo. Se levantó para volver a cerrarlas y observó durante unos instantes la lluvia que se escuchaba con intensidad cuando las gruesas gotas se estrellaban contra el empedrado del pavimento. Los rayos y los truenos surcaban el negro cielo del mediodía, logrando ensordecerle cuando su retumbar se unía al eco de las montañas que rodeaban el palacio. El viento alborotaba los rubios cabellos por completo y chocaba contra su rostro logrando despejarle por completo, eliminando el aletargamiento de su cuerpo casi al instante tras tantas horas sentado estudiando. Cerró nuevamente las puertas y paseó por el salón. Se aburría. El verano estaba por terminar y las cada vez más frecuentes tormentas de septiembre se lo recordaban. En poco tiempo llegaría el invierno y no podría pasear por los jardines como distracción. Se vería encerrado junto a su familia, la corte y el servicio durante meses. Suspiró agotado ante esa perspectiva y se dejó caer con suavidad sobre uno de los sofás frente a la chimenea que por el momento permanecía apagada, permitiendo que el aire fresco de la tarde se colara por ella. No pudo continuar compadeciéndose de si mismo por más tiempo ya que sus hermanos entraron riendo al salón en el que se encontraba. Traían las botas llenas de barro por lo que supuso que se habrían visto obligados a regresar de la cacería a la que habían salido en la mañana al ver que el cielo ennegrecía.
- Sanji hemos tenido una idea fantástica para mañana - comentó Yonji muy emocionado en cuanto le vio
- Miedo me da. Viniendo de vosotros tres puede ser cualquier cosa
- ¡Vamos a bajar a la ciudad de incógnito para ver el festival de la cosecha! - gritó ganándose un golpe en la nuca por parte de Ichiji y provocando que Sanji girase por completo para poder observarles y cerciorarse de que no se trataba de ninguna broma
- ¡Idiota! Nadie debe saberlo. Si padre se entera no lo permitirá, pondrá guardias en nuestras puertas y nos mantendrá cautivos eternamente - le recriminó el mayor al más joven
- ¿Habláis enserio? ¿Pretendéis bajar a la ciudad sin escolta alguna?
- No será necesaria, como ha dicho Yonji iremos de incógnito. Fingiremos ser unos campesinos más. A padre le hemos dicho que iríamos a la catedral a rezar y luego saldríamos a cazar un rato si el tiempo lo permite - comentó Niji sentándose a su lado para apoyar las botas embarradas sobre la mesa que había frente al sofá
- ¿Qué dice madre?
- Por una vez no seas el niño de mamá - le cortó Ichiji - padre ha dado el visto bueno, no necesitamos más
- ¿Reiju sabe algo?
- No, seguro que trata de hacernos entrar en razón. Vamos Sanji, será divertido. Iremos al festival, beberemos en alguna taberna, bailaremos un poco y seguro que vemos chicas - le suplicó Yonji poniendo esa cara con la que solía conseguir todo lo que quería. No por que fuese especialmente enternecedora si no por que todos sabían que la segunda fase consistía en acosar durante semanas hasta lograr que cediesen a sus caprichos
- Está bien, os acompañaré porque yo también estoy muerto de aburrimiento aquí encerrado
- ¡Eso es! - gritó Niji zarandeándole contento - además el invierno está al caer y entonces no podremos salir a nada. Necesitamos despedir el buen clima con una fiesta secreta a lo grande - dijo con una sonrisa inmensa que inspiró de todo en Sanji menos confianza. Conocía bien a sus hermanos y a excepción de Ichiji los otros dos eran un par de descerebrados.
Ichiji era el mayor de los cuatro hermanos varones y era sin dudas el favorito de su padre. Confiaba en él, le permitía acudir a todas las audiencias y reuniones y le formaba para ocupar su puesto como rey con esmero. Sanji no tenía duda alguna de que se sentía orgulloso de él al igual que de Niji. El segundo tenía un carácter complicado y un gusto por lo sádico un tanto excesivo pero a su padre no parecía importarle pues era diestro con la espada y tenía mente para la estrategia militar. Era evidente que ocuparía un puesto en el consejo tarde o temprano aunque por el momento Niji se preparaba con los mejores maestros en espada y pasaba las horas muertas del día en ejecuciones, de caza con Ichiji o trayendo a escondidas prostitutas de la ciudad a la caseta de herramientas abandonada que se encontraba al final de los jardines. Yonji por otro lado no parecía tener un gusto consolidado por nada. Iba y venía en función de lo que más le interesase. Podía pasar el día pegado a cualquiera si le interesaba mínimamente lo que se trajese entre manos hasta que encontrase algo que le llamara más la atención y corriese hacia ello. Sanji por su parte pasaba la mayoría del tiempo junto a su hermana Reiju y su madre Sora. A su padre no le entusiasmaba que estuviese tanto rato entre mujeres pero siempre había hecho oídos sordos al respecto y no iba a empezar a hacerle caso ahora. Se le hacía más agradable pasar el tiempo a su lado que junto a sus hermanos. No es que se llevara mal con ellos o no le cayesen en gracia pero pasar demasiadas horas con ellos solía traer consecuencias nefastas para Sanji. Tendían a meterse en líos y siempre salir airosos mientras que él se veía envuelto en su caos y reprendido durante horas por su padre.
- ¿Habéis pensado ya en cómo librarnos de la guardia que seguro padre insiste llevemos a la catedral? Se nota que no vais a menudo pero cuando bajamos Reiju y yo nos hace salir con calesa y al menos quince guardias reales que la custodien
- Del mismo modo que hago que entren furcias a palacio Sanji, con oro - dijo Niji lanzando sobre la mesa el zurrón que llevaba habitualmente amarrado al cinto. Al caer las piezas de plata y oro de su interior tintinearon contra la madera de la mesa, la bolsa se abrió ligeramente y dejó ver parte del botín de su hermano
- Está bien ¿A qué hora saldremos?
- Mañana, antes del mediodía. Con un poco de suerte pasaremos el día entero fuera. Le he robado al capellán de la corte un mapa de la ciudad para guiarnos bien por ella - comentó contento Ichiji - lo tengo escondido bajo el colchón
- ¿Entraste en sus aposentos para robarle?
- No fue necesario. Estaba en su despacho, lo vi mientras me daba una tediosa charla sobre las virtudes del hombre temeroso de Dios
- Esperemos que no se de cuenta de que le falta antes de que puedas devolvérselo
- Sanji deja de quejarte como si fueses una vieja viuda y reseca. Anímate, lo pasaremos bien - Niji le dio un par de palmaditas en la espalda con más fuerza de la que cabría esperar pero no se quejó. No quería que volviesen a ponerle un mote cruel como nenaza o chupa pollas. Era lo más cariñoso que escuchó de esos tres durante toda su infancia. Por suerte los años parecían haberlos calmado un poco y comenzaba a tener una buena relación con ellos o por lo menos cordial
- Está bien, iré con vosotros. Supongo que lo pasaremos bien. Además he de reconocer que tengo curiosidad por bajar a la ciudad y recorrer las calles. No entiendo por qué nunca nos dejan hacerlo, aunque sea con escoltas
- Por que padre es un aburrido y madre una histérica pero relájate. Lo pasaremos en grande - comentó Yonji guiñándole un ojo para acto seguido hacer alarde de su inquietud habitual y salir de allí proclamando que necesitaba un poco de acción por lo que iría a practicar tiro al blanco a las mazmorras con algún preso
Realmente le costaba entender que veían de satisfactorio sus tres hermanos en infligir dolor a otro ser. En lo personal veía más sano y entretenido pasar la tarde estudiando soporíferos libros de historia del reino antes que escuchar los gritos de alguien suplicando piedad. No es que amase la lectura, por lo menos no la que su padre le imponía para según él ser de provecho. Lo que realmente le gustaba no parecía haber sido descubierto por el momento. Disfrutaba encandilando a las damas de la corte, le parecía divertido el cortejo, los paseos, las cartas de amor y por supuesto los fugaces besos que había conseguido darse con alguna que otra dama antes de aburrirse por completo y perder todo interés en la señorita. Siempre le pasaba lo mismo aunque no era algo que pudiese consultar con nadie. La única en quien quizás confiaba para hacerlo sería su madre pero no quería disgustarla o que le viese como a un golfo. La mujer era delicada de salud y prefería evitar cualquier motivo que provocase malestar en ella. Realmente ansiaba encontrar algo que le llenase tanto como parecían hacerlo las macabras aficiones de sus hermanos y esperaba no estar destinado a llevar una vida de insatisfacción perpetua y hastío.
Cuando Ichiji y Niji se aburrieron de charlar con él se fueron juntos del salón para buscar con qué pasar las horas dejándole nuevamente solo. Permaneció un buen rato inmerso en sus pensamientos hasta que decidió ir a su alcoba y buscar entre sus ropajes algo que pareciese digno de un campesino. Había visto a alguno durante las audiencias que concedía su padre aunque no era algo que ocurriese con frecuencia. Según él le disgustaban. Su olor y sus problemas. Por ello concedía únicamente una cada tres meses y no solían durar más de una hora. La mayoría de los problemas del pueblo llano le eran transmitidos a través de su consejo y así evitaba tener que perder el tiempo. Encontró una capa de un azul oscuro con pequeños detalles en dorado que estaba algo vieja así como una camisa blanca y unos pantalones negros que pensó que podrían servirle. No es que fuese el atuendo de campesino más convincente pero era lo más avejentado y discreto que poseía en su armario. Maldijo internamente su gusto por las telas caras y se pensó el colarse en la habitación de algún miembro del servicio y darle unas monedas a cambio de algo de ropa y su silencio pero prefirió desechar la idea al no poder asegurar que mantuviesen la boca cerrada.
Pasó el resto de la tarde a solas con la esperanza de no ser llamado por alguno de sus tutores de estudio para alguna lección extra aprovechando el mal tiempo hasta que llegó la hora de la cena. Uno de sus pajes acudió en su búsqueda para avisarle de que le esperaban en el comedor por lo que se vio obligado a bajar y acompañar al resto de su familia. Nada más atravesar las puertas de la estancia pudo ver a su madre ya a la mesa que le dedicó una sonrisa y en cuanto se sentó alargó el brazo para acariciar su mejilla con cariño, provocando que Yonji hiciese rodar sus ojos mientras su hermana Reiju aún continuaba de pie charlando con Niji e Ichiji al fondo de la estancia.
- Podríais dejar que os hiciese carantoñas de vez en cuando - dijo Sora sonriente al ver la reacción de Yonji - desde que cumplisteis los quince ni un triste beso me permitís daros
- Ya somos hombres adultos madre. No necesitamos mimos. Ablandan el carácter
- No se de dónde sacáis esas ideas
- De padre
- Debí imaginarlo - comentó su madre con una mueca de desagrado que trató de disimular sin demasiado éxito
Que sus padres no se llevaban bien no era ningún secreto, al menos no lo era para cualquiera que viviese en el castillo aunque lo cierto era que no se toleraban el uno al otro. Con los años de guerra fría entre ambos, sin quererlo los cinco hermanos habían acabado tomando partido. Él y Reiju preferían pasar el tiempo junto a su madre Sora. Era amable, cálida y cariñosa. Tres cualidades que su padre por lo visto no soportaba para con sus hijos. Con Reiju no tenía una mala relación pues según él no pasaba nada si una hija era algo mimada por su madre, más una princesa. Sin embargo con Sanji era distinto. Consideraba que pasar tanto tiempo con Sora le perjudicaba. No tenía ni la menor idea de dónde había sacado semejantes ideas pero tampoco iba a tratar de hallar alguna explicación a su retorcida lógica. Lo intentó durante muchos años, tratando de ganarse su favor sin éxito alguno por lo que desde hacía un par de años había decidido dejar de castigarse e ignorar deliberadamente todos y cada uno de sus reproches. Al fin y al cabo sabía que nunca tendría la relación que mantenía con el resto de sus hermanos así que para que continuar esforzándose. Se volvería loco de seguir intentándolo por lo que abandonó por completo sus intentos por agradarle. Estudiaba lo que le exigía para mantener las aguas en calma pero nada más. Dejó de buscar su favor y consideraba que no le iba nada mal desde entonces. Al poco tiempo Judge apareció en la sala. A pasos pesados se dirigió hacia el inmenso asiento que presidía la mesa para comenzar con la cena. Nada más verle Reiju, Ichiji y Niji se sentaron a la mesa y esperaron en silencio a que su padre diese por comenzada la cena.
- He oído que saldréis mañana a cazar. Espero que el tiempo sea favorable y no como hoy
- Eso esperamos nosotros también padre, tenemos ganas de salir un rato y distraernos antes de que caigan las nieves - habló Ichiji comenzando a comer en cuanto su padre lo hizo
- Me sorprende que también vaya Sanji ¿No preferís quedaros bordando junto a vuestra hermana? - Simplemente hizo caso omiso al comentario y continuó con su cena sin dignarse a responder mientras su madre le dedicaba a Judge una mirada gélida. Al ver un posible enfrentamiento entre ellos cortó por lo sano
- Me ha parecido una buena idea. Primero iremos a misa y luego de caza. No suena nada mal
- Como Dios manda - dijo su padre muy contento a la vez que indicaba que rellenasen su copa de vino
El resto de la cena pasó sin pena ni gloria. Prácticamente la velada transcurrió en silencio a excepción de un par de conversaciones que cruzaron Niji y Yonji sobre la comida. En cuanto acabaron cada uno se dirigió a sus aposentos hasta el día siguiente. Por lo menos sería diferente al resto y pasaría las horas alejado de la habitual hostilidad que se respiraba en el palacio.
En la mañana temprano fue despertado por su paje, el cual le ayudó a vestirse. En cuanto el miembro del servicio salió de sus aposentos aprovechó para coger la bolsa en la que había escondido su triste disfraz y fue en busca de sus hermanos que ya le esperaban en el patio central para salir junto con la guardia. En cuanto llegaron al cruce de caminos que llevaba hacia la ciudad Niji ordenó al capitán de la guardia que les dejasen a su aire y le dio unas cuantas monedas. El hombre hizo una reverencia cortés y prometió encontrarse nuevamente con ellos al anochecer en ese mismo punto. Sus escoltas se fueron rumbo al centro de la ciudad con la clara intención de pulirse la plata recibida en tabernas, lupanares y probablemente juegos de dados mientras ellos se cambiaban tras unos matorrales y escondían las bolsas para su regreso. Ya encapuchados y con sus llamativos disfraces de incógnito retomaron camino hacia el corazón de la capital. Sanji pensaba que más que campesinos parecían como poco nobles pero estaba demasiado emocionado con la idea de explorar las calles a su antojo. Niji les iba guiando y cuando se hartó del mapa empezó a pedir direcciones a los lugareños con los que se iba encontrando. Se dejaba arrastrar por sus hermanos mientras contemplaba maravillado las calles. El día era claro, ni una nube surcaba el cielo y la tormenta del día anterior había refrescado el clima ligeramente. Las calles estaban a rebosar. Vendedores de artesanías, ganado y demás tratando de vender sus productos mientras gritaban en las plazas a los transeúntes que se acercaban curiosos a inspeccionar el género y trataban de regatear. No pudo evitar participar en ello y compró una manzana dejando sobre el pequeño puesto de un frutero una pieza de plata, provocando que el hombre le mirase estupefacto al dejar tal cantidad de dinero por una triste pieza de fruta. Estaba demasiado ocupado como para prestar atención a la reacción del hombre. Tantos estímulos lo tenían mareado y parecía ocurrirles lo mismo a sus hermanos que se habían detenido un poco más adelante para ver una representación teatral de una compañía ambulante. La obra les hizo bastante gracia. Representaba las desventuras de un abad al que se le descubrieron más de treinta hijos en un pequeño pueblo al norte del reino. La historia era divertida y los actores le parecieron buenos. Aplaudieron muy contentos en cuanto acabó la representación y se dispersaron junto con el resto de la gente. Ichiji insistió en entrar a una taberna y lo cierto es que después de pasar un buen rato al sol viendo la obra a ninguno les pareció una mala idea. Entraron en el primer local que encontraron y se hicieron con una pequeña mesa al fondo del lugar que por suerte estaba desocupada. Dieron buena cuenta del vino local. El del palacio era mejor pero esto era una experiencia nueva sin duda. El local estaba a rebosar de gente. Se apostaba a los dados en las mesas aledañas mientras las prostitutas iban paseando por el lugar a la espera de que algún cliente reclamara sus servicios. Niji estaba a punto de abandonarlos, tras acabar la cuarta jarra de vino entre los cuatro cuando un hombre de aspecto desaliñado se acercó a su mesa con una sonrisa torcida. Le faltaban algunos dientes y su ropa se encontraba raída. Ichiji no pudo evitar taparse la nariz con la capa en cuanto se acercó a ellos. Sanji decidió ser más discreto y aguantar la respiración al igual que sus otros dos hermanos.
- Esta noche peleas en los reñideros de baja marea. Las apuestas están abiertas hasta dos horas antes del ocaso ¿os interesa?
A Niji se le iluminó el rostro con la idea de ver una pelea de reñidero. Por lo que sabía eran ilegales por ser especialmente cruentas. No eran como las justas que organizaban en palacio donde los caballeros medían fuerzas entre ellos y las doncellas entregaban prendas y suspiraban por ver vencedor al militar con el que se hubiesen encaprichado. En esos sitios no había reglas y perder significaba una muerte segura, bien por los rivales durante el combate o por la horda furiosa al terminar por haber hecho que perdiesen dinero de las apuestas. No le pareció una buena idea adentrarse en los barrios bajos de la capital aunque en el fondo tenía curiosidad y tampoco iba a ser capaz de retener a Niji ante la posibilidad de ser espectador de un combate cruento por lo que decidió ahorrar saliva.
- ¿A qué hora comienzan y cómo llegamos a marea baja? - preguntó directamente con una inmensa sonrisa en el rostro
- Una hora antes del ocaso. Para llegar solo debéis seguir esta calle. Cuando lleguéis a la calle del acero girad a la derecha y al pasar los mataderos estaréis en destino - comentó el hombre desdentado alegre por haber captado clientes
Niji saltó de la silla como un resorte, recogió sus cosas a toda velocidad y exigió salir y buscar el lugar con tiempo. Lo cierto es que fue una buena idea pues les costó llegar. Estaba a las afueras, prácticamente al otro extremo de la ciudad y según avanzaban el olor de las calles se hacía más putrefacto. Las calles se volvían pasajes angostos y sinuosos. El suelo estaba completamente embarrado y Sanji temía que no se debía precisamente al agua de la tormenta de la noche anterior. En ese momento comprendió el adecuado nombre de marea baja para esa zona de la ciudad. Húmeda y con un olor nauseabundo. La gente les dedicaba miradas desconfiadas al verles pasar por lo que empezó a temer lo peor.
- Quizás deberíamos regresar a a la zona alta de la ciudad - comentó a Yonji mientras Niji e Ichiji pedían indicaciones para llegar al reñidero. No quedaba demasiado para los combates y sus hermanos querían un buen lugar para poder presenciar cada golpe
- No seas cobarde, lo estamos pasando bien
- No es eso. La gente nos mira. Llamamos demasiado la atención con esta ropa y los zurrones llenos. Somos presas fáciles para un robo
- Bobadas Sanji, no temas. Enseguida entramos al local y bebemos más. Se te pasarán los miedos enseguida
Resopló por la cabezonería de su hermano pero prefirió no insistir. Debía reconocer que el día estaba resultando divertido y que al ser cuatro era menos probable que se atreviesen a asaltarlos. No era como si pasease alguno de ellos solo por esos lares en la noche. No pasaría nada. Ichiji se acercó corriendo para exigirles que entrasen pues Niji ya se había metido de cabeza con la intención de coger buenos sitios. Por desgracia cuando entraron se dieron cuenta de que no había sitio que coger. No existía mesa alguna. La gente se arremolinaba frenética en corro alrededor de donde Sanji suponía las peleas transcurrían. Sabiendo como era Niji imaginaron que estaría en primera fila por lo que a base de empujones consiguieron meterse en el comienzo del círculo que la gente formaba. Efectivamente allí le encontraron. Con la mirada fija en la pelea que transcurría en el local, contento y lanzando vítores, completamente mimetizado con el ambiente. Sanji puso por primera vez atención al evento y pudo ver en el centro del círculo a un hombre inmenso que blandía un hacha y trataba de descargarla con todas sus fuerzas contra el otro. En un momento dado acertó, logrando partirlo en dos por la mitad. La gente gritaba emocionada mientras los trabajadores del establecimiento retiraban el cuerpo y el vencedor del combate se pavoneaba alrededor del círculo con el hacha alzada, fanfarroneando por la victoria. En cuanto se llevaron lo que quedaba del pobre hombre que por lo menos tuvo la suerte de tener una muerte rápida el que Sanji supuso que sería el maestro de ceremonias se posicionó en el centro de la arena para presentar al siguiente contrincante.
- Para retar a nuestro actual campeón Morgan, el hombre hacha, llega de los mares del este con la esperanza de no encontrar su final esta noche ¡Un proscrito, un forajido, démosle señoras y señores una cálida bienvenida a Zoro el hombre demonio!
La gente chilló nuevamente, aplaudiendo mientras pedía sangre. A Sanji le sorprendió bastante su aspecto. Efectivamente era evidente que era extranjero. Mantenía el rostro serio a diferencia de Morgan y no le extrañaba. No es que fuese pequeño, se le veía fuerte y le pareció más o menos de su estatura pero el otro hombre era inmenso. Lo partiría en dos como si de una ramita se tratase al igual un había hecho con el anterior desdichado que aceptó enfrentársele. En cuanto el combate comenzó Morgan arremetió contra el chico con toda su fuerza y para asombro del público el otro lo esquivó con pasmosa facilidad. Continuó moviéndose a su alrededor, esquivando cada golpe hasta que desenvainó su espada y detuvo el hacha, obligando a Morgan a retroceder unos metros. Cuando alzó el arma nuevamente, iracundo, con la clara intención de clavarle el hacha en medio de la cabeza Zoro aprovechó su nula defensa y asestó la punta de la espada contra el pecho ajeno. Provocando que se desplomase en el acto y varios trabajadores se acercasen corriendo para retirar el cuerpo del caído con una enorme dificultad para moverlo. Unas chicas gritaban emocionadas y la mayoría farfullaba o abucheaba. Por lo visto prácticamente nadie había apostado a su favor. Niji también parecía molesto. Las cosas se empezaban a poner hostiles cuando un hombre de nariz larga y pelo rizo entró corriendo y a gritos advirtió que la guardia estaba en camino. La gente comenzó a huir despavorida del local. Algunos saltaban por las ventanas al ver que no saldrían por la puerta a tiempo. Con el tumulto sanji perdió de vista por completo a sus hermanos y para cuando consiguió salir las calles se habían vaciado por completo y no había ni rastro de la guardia por ningún lado. Trató de orientarse, algo mareado por el olor al que no lograba acostumbrarse y el calor humano del local en el que había permanecido tanto tiempo. Avanzó por las calles a buen ritmo, decidido a dirigirse al punto de encuentro en el que habían quedado con el jefe de la guardia real y reencontrarse allí con sus hermanos. Cuando llegó a la altura de la calle del acero tuvo la sensación de que le seguían de cerca. Apretó el paso pero su avance se vio detenido por un hombre que se cruzó en su camino cortándole el paso por completo debido a la estrechez de la calle.
- Bonitos zapatos - comentó sonriente - parecen buenos
- No pienso dártelos - respondió molesto tratando de seguir camino pero el hombre no se movió un ápice. Decidió retroceder y dar un rodeo para perderle pero se vio rodeado por otros tres hombres que se acercaban por detrás
- La capa también es de tela cara y seguro que en el zurrón llevas plata - dijo uno de los hombres que acababan de aparecer mientras se acercaba hacia él
Sanji no dudo un instante en asestarle una patada con todas sus fuerzas en las partes nobles, haciéndole caer al suelo y retorcerse del dolor mientras miraba amenazante al resto orgulloso por su agilidad mental en el momento. No se sintió tan listo cuando trató de atacar al siguiente y el primero que se encontraba aún a su espalda aprovechó su despiste para empujarlo y hacerle perder el equilibrio. Cayó al suelo sobre el lodo de olor sospechoso y asqueado trató de levantarse. Por desgracia sus atacantes no se lo permitieron y con cuchillo en mano le quitaron el zurrón. Sanji le asestó una patada en la cara al ladrón, dejándolo mareado y cuando se disponía a reunir fuerzas y luchar uno de los atacantes dio un grito, obligándole a poner su atención sobre él. Vio como uno caía al suelo tras ser decapitado y los otros dos huían despavoridos. Sanji temió por su vida y por segunda vez en el día se maldijo. Dejó la espada a propósito pues era de buen acero y llamaría demasiado la atención con ella. Ahora se arrepentía profundamente de ello. Para su sorpresa en cuanto el nuevo atacante se acercó pudo reconocer al chico de las peleas que se agachó y recogió el zurrón del suelo. Pensó que se lo devolvería y le ayudaría a levantarse pero no. Abrió la bolsa y cogió un puñado de piezas de plata. Volvió a cerrarla y se la lanzó a Sanji prácticamente a la cara.
- Por las molestias - dijo envainando su arma y retomando su camino. Pasando por encima de Sanji, dejándole en el suelo enlodado en mierda y el dinero en su regazo
Sanji, furioso no lo pensó demasiado. Hizo una bola con la mierda del suelo y se la lanzó a la cabeza al desconocido. El hombre se detuvo en seco y giró despacio. Por tercera vez se maldijo, en esta ocasión por dejarse llevar por sus impulsivos instintos. Le había lanzado caca a la cabeza a un hombre que iba armado y al que en menos de una hora había visto matar a dos personas. Vio como se acercaba despacio y muy enfadado. Se levantó de prisa pero decidió no correr. Simplemente permaneció estoico en el lugar, mirándole fijamente hasta que se dio cuenta de que era idiota y debería huir y bien lejos. Cuando se decidió por la opción sensata el hombre que había detenido los combates, gritando que la guardia venía en los reñideros apareció de la nada con una inmensa sonrisa. También era extranjero pues su piel era oscura. Más oscura que la que Sanji había visto jamás en nadie. Tenía unos ojos negros vivarachos, muy redondos. Una nariz tan larga que había logrado llamar su atención desde el momento en que le vio y el pelo largo y rizo.
- Tus ganancias Zoro. Gracias por ayudarme a montar la estafa. Ha salido bien - dijo pasándole una pequeña bolsa con monedas que Zoro no dudó en coger. A estas alturas era evidente que había montado escándalo para llevarse consigo toda la caja de apuestas - ¿Quién es tu amigo? - preguntó al fijarse por primera vez en Sanji. Con la pelea se le había caído la capucha de la capa sobre los hombros, dejando su rostro al descubierto. Para cuando se dio cuenta ya era tarde pues el chico de larga nariz se había quedado con la boca abierta y cuando logró reaccionar hizo una tosca reverencia provocando en Zoro una mueca de confusión
- ¿Qué haces Ussop? ¿Por qué te inclinas ante el niño de las cejas locas? - comentó despreocupado ganándose una patada de Ussop. Mientras se quejaba por el golpe le obligo a agachar la cabeza y a hacer una reverencia forzada
- Disculpadnos mi príncipe. Llevamos poco en la ciudad pero he visto vuestro retrato y también escuchado vuestra descripción de algún que otro juglar. Lamentamos profundamente haberle importunado y mi amigo pide disculpas si os ha molestado con sus comentarios. El pobre aspira a candidato como tonto del pueblo
Zoro se libró del agarre de Ussop y dejó de inclinarse ante Sanji que en ese momento le miraba muy sonriente y desafiante al haberse cambiado las tornas de la situación.
- No debe preocuparse buen hombre. No me gusta castigar a los necios y es evidente que me hayo en presencia de uno - comentó sin dejar de mirar a Zoro, este le devolvió una mirada de odio que provocó una satisfacción inmensa en su ser por lo que le devolvió una sonrisa triunfal hasta que segundos después volvió a dirigirse al hombre cabal - Necesitaría que me hicieseis un favor. He de llegar al palacio y me vendría bien protección. Pagaré el servicio, claro está
- Por supuesto mi príncipe pero nada de pagos, Zoro os custodiará hasta el palacio completamente gratis como muestra de su arrepentimiento por el horrible comportamiento que ha tenido hacia vos y espera de corazón que le perdonéis la afrenta
Zoro miró incrédulo al que supuso que era su amigo pero este le recriminó su comportamiento con el simple gesto de entornar los ojos, haciéndole resoplar y asentir en silencio visiblemente derrotado y con la ira creciendo en su interior. Le pidió a Ussop que le acompañase también y no le permitió negarse. El tal Zoro crispaba sus nervios y no descartaba perder nuevamente los estribos con el y acabar siendo asesinado en alguna calleja oscura al devolverle alguna futura afrenta. Ussop caminaba delante mientras él le seguía de cerca y Zoro cerraba la marcha. Caminaban en completo silencio hasta que Sanji decidió que un poco de conversación no haría daño.
- ¿Sois un timador?
- ¡No majestad! ¡Nunca! ¡Jamás hallará mancha alguna en mi honor y reputación! Soy un simple artesano
- ¿Y vuestro amigo el señor sonrisas? - comentó risueño mientras Zoro gruñía por lo bajo y Ussop reía levemente
- Zoro es mercenario
- Una forma peligrosa de ganarse la vida
- Cualquier forma es peligrosa si no te crías en un palacio - comentó entre dientes con todo el odio que fue capaz de mascar
- ¿Puedo saber mi príncipe por qué estáis a solas por los barrios bajos de la ciudad? - dijo el joven afable tratando de que las palabras de Zoro pasasen inadvertidas
- Quería ver el festival. Me ha gustado bastante
- ¿El festival?
- Sí, el de la cosecha
- La fiesta será mañana, hoy simplemente el mercado estaba algo más concurrido, nada más
- ¿Fiesta?
- Al atardecer. Se prenden hogueras y se asan manzanas. Hay organizada una pequeña justa - comentó Ussop con una sonrisa visiblemente ilusionado por que llegase el día
- No lo sabía - Sanji fue dándole vueltas a las palabras de Ussop. Si le había gustado el mercado que el chico describía como algo vano no imaginaba como sería la fiesta por la que había mostrado alegría. Definitivamente debía asistir a como diese lugar pero temía volver a ser agredido. No tenía ropa adecuada. La que llevaba en esos momentos era la menos vistosa pero en su actual estado, machada del lodo y la sangre salpicada de los combates que presenció en primera fila, tendría que quemarla. Tampoco veía prudente llevar su espada. Era de un acero muy bueno, demasiado llamativa. Los asaltantes le señalarían con más facilidad como noble pudiente en cuanto le viesen con ella. Necesitaba protección y en cuanto llegaron al cruce no dudó en tratar de contratar los servicios de esos hombres para que le acompañasen
- Mi príncipe no se si es buena idea
- He visto como pelea vuestro amigo, es diestro con la espada. Será mi escolta personal mañana. Lo he decidido - dijo rotundamente para que Ussop no pudiese echarse atrás
- Está bien. Vendremos juntos a recogeros. Zoro os protegerá y yo os mostraré el festival
Sanji dio un leve salto emocionado hasta que Zoro con mala cara chistó, provocando que sus nervios se crispasen de nuevo al verle con esa actitud burlona hacia su persona ¿Quién se creía que era ese vil maleante para mostrarse tan descarado ante su presencia? Él era un príncipe y debía tratarle como tal. No era un delincuente en una taberna con el que pudiese alternar.
- ¿Por qué aceptaría el trabajo? Por lo que he visto sois problemático y ni por todo el oro del mundo aceptaría. No soy vuestra ama de cria - dijo cruzado de brazos. Sanji sintió ganas de lanzarle una piedra a la enorme cabeza que tenía como correctivo pero se relajó al caer en la cuenta de que no podría rechazarle
- Primero, estoy seguro de que os hará buena falta el dinero y segundo os recuerdo que me robasteis plata y atentasteis contra mi vida - Zoro abrió los ojos incrédulo con sus palabras y frunció el ceño visiblemente molesto. Conseguir esa reacción hizo que Sanji sonriese altanero
- No me rebajaré a trabajar para vos. Prefiero morir de hambre que pasar dos minutos a vuestro lado - Ussop se echó las manos a la cabeza y agarró de la solapa de la camisa a su amigo para arrastrarlo con él a un lado del camino a la vez que le hacía un gesto a Sanji para que esperase
Pacientemente les observó discutir desde el camino hasta que vio como regresaban. Zoro traía el gesto en el rostro de haber chupado un limón por lo que supuso que Ussop le hizo entrar en razón.
- Acepta el trabajo
- Exijo seis piezas de plata, si tengo que intervenir serán ocho. Y tendréis que retirar vuestra acusación de robo. Solo cobré por servicios prestados
- ¿Servicios prestados?
- Evité que os degollaran en la calle. Deberíais ser más agradecido con la persona que evitó que os desangraseis sobre el lodo de las calles de marea baja en vez de lanzarme mierda a traición por la espalda. No es un comportamiento muy digno de un príncipe - comentó. Parecía molesto pero Sanji pudo ver en sus ojos un claro atisbo de altanería
- Para prestar servicios primero deben contrataros. Podría habérmelas apañado perfectamente solo. Nadie me habría puesto las manos encima. Además sois un ciudadano del reino y si la familia real precisa ayuda acudís al rescate sin esperar nada a cambio. Deberíais tener suficiente con el honor de prestar servicio a la corona. Podría hacer que os colgaran por cómo os dirigís hacia mi así que aceptaréis el encargo por tres piezas de plata, cuatro si es necesario que intervengáis y lo haréis con una sonrisa en el rostro - le respondió furioso. Ussop volvió a recriminarle con la mirada y por fin cedió. Jamás, en toda su vida le habían faltado al respeto de tal manera pero agradecía que hubiese entrado en razón. Lo cierto es que no podía acusarle de robo ni tenía intención de hacerlo ahorcar. Al fin y al cabo denunciarlo implicaría reconocer ante su padre la escapada secreta a la ciudad y se negaba a ser descubierto.
Se dirigió al arbusto donde había dejado su bolsa tras despedirse de ellos y exigir que le recogiesen mañana en ese mismo lugar tras el medio día. Pudo ver que ya no se encontraban las bolsas de sus hermanos por lo que entendió que habían regresado al palacio sanos y salvos. Se cambió rápidamente, limpió su rostro como buenamente pudo con un pañuelo y volvió a meter todo en la bolsa. Decidió dejarla allí por el momento. No quería aparecer por el castillo con una bolsa apestosa y que el servicio murmurase al respecto. Se desharía de ella en la ciudad al día siguiente. Para cuando llegó el patio estaba desierto. Unos cuantos guardias haciendo la ronda pero no parecieron sorprenderse por verle allí, al fin y al cabo era su casa. Podía pasear por donde gustase. Decidió entrar por la puerta del servicio para no ser visto y se lavó bien la cara en la palangana con agua que había en la entrada. Era para los platos sucios pero el agua aún estaba limpia y era mejor que el servicio tuviese que volver a cambiar el agua antes de que su familia le viese en un estado tan lamentable. En cuanto llegó a su alcoba se dejó caer rendido sobre la cama aunque muy contento. Había sido un buen día y esperaba que el siguiente fuese mejor. Con menos problemas, solo diversión. A pesar del atraco consideraba que había sido un día grandioso y si mañana las cosas le salían bien tenía claro que convertiría sus escapadas en algo habitual.
A la mañana siguiente desayunó junto a sus hermanos que no dudaron en regañarle por haber desaparecido y tardado tanto en regresar. Le contaron que tuvieron que mentirle a su padre diciendo que había acabado agotado tras la cacería y que prefería dormir en vez de bajar a cenar. Agradeció que le encubriesen aunque no le gustó la excusa. Le hacía ver débil y eso no le gustaba, ya no tanto por él mismo si no por su madre. Estaba seguro de que su padre no dudaría en ir y recriminarle que lo malcriaba con tanto afecto. En cuanto terminó el desayuno subió nuevamente a su alcoba y cogió de su armario un traje que no se ponía demasiado. Lo pisó, rasgó y arrastró por los suelos. Aún con su esfuerzo la tela seguía viéndose costosa por la infinidad de detalles y bordados que poseía. Suspiró algo decaído al no verse capaz de obtener un buen disfraz pero eso no le haría dar marcha atrás. Iría a la ciudad nuevamente y pasaría una buena tarde de incógnito entre la gente. Cuando el sol alcanzó su cumbre en el cielo salió con la bolsa semi escondida bajo la capa para cambiarse igual que lo había hecho el día anterior en el arbusto del cruce. En cuanto llegó al lugar pudo ver ya a Ussop y Zoro esperando por el, sentados en una roca del camino. Rápidamente se levantaron y Ussop realizó una reverencia sentida mientras que la de Zoro se veía realmente forzada.
- Enseguida partimos. Debo cambiarme primero
- Nos hemos tomado la libertad de traeros algo de ropa mi príncipe - comentó Ussop sonriente entregándole una pequeña bolsa de cuero remendada por todos lados
- Os lo agradezco - sacó la ropa y sonrió - ahora sí podré decir que voy de incógnito - se metió entre el matorral para cambiarse y pronto descubrió que le iba algo grande pero poco le importo. Se sentía bien. Ahora pasaría completamente desapercibido entre las calles de la capital. Era un atuendo muy básico. Una camisa blanca raída, unos pantalones oscuros en no mejores condiciones, y unas botas que le iban al menos un número más grande y que tenían la suela comida del uso. Sonrió al poder verse a si mismo por fin mimetizado con el ambiente de la plaza - Muchísimas gracias. Esto es perfecto. Parezco un mendigo
- Es mío - comentó Zoro visiblemente molesto por haber dicho que su ropa se veía en tan pésimas condiciones. Sanji prefirió no comentar nada más por no insultarlo nuevamente sin quererlo aunque probablemente lo mereciera. Prefirió borrar sus ofensas de la noche anterior. Como si nada hubiese pasado. Al fin y al cabo el era un hombre culto, privilegiado y a Zoro se le veía simple. No merecía la pena cebarse con él.
En cuanto escondió su ropa de nuevo en el arbusto iniciaron el camino hacia la ciudad. Tardaron algo menos de dos horas en llegar a la plaza que Ussop recomendó y la caminata mereció la pena. El lugar estaba atestado y en cuanto el sol comenzó a caer se abarrotó aún más. La gente se arremolinaba para ver la justa que comenzaría en breves instantes. Ussop los llevó por varias callejuelas y le ofreció un palco privilegiado sobre uno de los tejados de las casas cercanas. Sanji se lo agradeció en sus adentros profundamente. Según los cuchicheos que había escuchado a lo largo del día irían algunos caballeros. Aunque probablemente él no los reconociese en caso de haberse cruzado en algún momento de su existencia con ellos en alguna reunión o justa era altamente probable que a él sí. Lo mejor era estar en un lugar donde no les fuese fácil verlo y Ussop se lo había concedido. Varias personas tuvieron la misma idea y pronto los tejados y muros aledaños a la plaza estuvieron abarrotados de de gente que ansiaba ver los combates de caballeros sin empujones de por medio. Ussop sacó de una bolsa un trozo de pan seco y media cebolla. Partió todo en tres partes iguales y comenzó a comer. Sanji no se atrevió a rechazarlo aunque no le pareciese una comida muy apetecible. Sin embargo él y Zoro devoraron los simples alimentos en un santiamén mientras él daba pequeños bocados al pan y a la cebolla cruda. Los combates comenzaron y la gente se volvía loca cada vez que los caballeros cruzaban su acero. Desde cada punto de la plaza la gente gritaba y vitoreaba sin parar, apoyando a sus favoritos y abucheando a los que no eran de su agrado. Ussop hablaba muy animado con Zoro de su caballero predilecto que saldría en el próximo combate. Al parecer lo había visto una vez en una villa al norte del reino y le había entusiasmado su forma de combatir. Se sorprendió un poco al ver al conde Buggy. No imaginaba que despertase pasiones en nadie. Era bastante torpe y si llegaba a una justa organizada para los nobles en el palacio era por que les fallaba algún otro caballero y debían cubrir su baja. La última vez que le había visto en combate fue hace dos años, su padre organizó justas para celebrar el nombramiento del cardenal de la ciudad y como Akagami Shanks no había podido acudir al evento fue Buggy en su lugar. Fue un espectáculo bastante lamentable el que protagonizó contra el capitán de la guardia real Jimbe y desde entonces se le apodaba como el bufón. Prefirió no decir nada y no arruinarle a Ussop su fantasía por lo que continuo comiendo su tercio de cebolla hasta acabarlo. Zoro le ofreció vino que llevaba guardado en una bota* y aceptó sin pensarlo dos veces. Necesitaba quitarse el sabor de la comida de la boca así que bebió un buen trago del tinto caliente y se la devolvió agradecido. Le sorprendió bastante ver que le devolvía una minúscula sonrisa ante el gesto. Resultó agradable.
En cuanto los combates terminaron salieron del lugar. Sanji quiso pasear un rato más por la plaza e insistió en comprarles algún dulce en el mercado. Ussop aceptó encantado una manzana asada y rosquillas pero Zoro rechazó todos y cada uno de sus ofrecimientos. En cuanto se cansó de dar vueltas por la zona Ussop les llevó a una taberna cercana que según él tenía mucho encanto y siempre había músicos amenizando el ambiente. La tarde era cálida por lo que se animaron a sentarse en una de las mesas de fuera, resguardados bajo una inmensa parra que cubría la zona y se extendía hasta la casa de enfrente. La mayoría de la gente estaba ebria. El tabernero no daba a vasto sacando jarras y jarras de vino para mantener a la clientela. El lugar le gustaba y las conversaciones de las mesas a su alrededor eran de lo más variopintas. A su derecha tres muchachas comentaban la justa y hablaban de lo apuestos que les habían parecido los caballeros. Los comparaban con sus maridos y no dejaban en buen lugar a estos tachándolos de vagos y faltos de interés. A su izquierda un matrimonio discutía y en otra mesa cercana un hombre juraba a gritos tener la verga más grande del mundo ante sus amigos que se reían de él incrédulos. Terminó por sacársela y golpear con ella a sus acompañantes mientras los otros reían a carcajadas. Ussop se disculpó por que tuviese que ver tan lamentable espectáculo.
- No Ussop, no os disculpéis. Me gusta esto. Es muy distinto al palacio. En verdad agradezco que accedieseis a enseñarme la ciudad y guiarme por el festival - comentó sonriente hasta que el hombre borracho que molestaba a sus amigos aún con la verga fuera se acercó Sanji para hacer lo mismo con él. En un rápido movimiento Zoro desenvainó la espada y amenazó con convertirlo en eunuco si no se marchaba. El hombre solo sonrió y regresó a su mesa tambaleante - Gracias
- No hay de que, esta tontería con el borracho son cuatro piezas de plata en vez de tres - respondió sin darle importancia al asunto para acto seguido terminar su copa de un trago
- En verdad lamento que hayáis tenido que sufrir una humillación tan grande príncipe Sanji
- No ha sido para tanto, solo es un borracho. Y por favor, os lo ruego, no me llaméis así en público
- Déjalo Ussop. Quiere aventura y estoy seguro de que en palacio nadie le sacude una verga en el brazo - comentó dándole un trago al vino. A Sanji le molestó su tono ¿Insinuaba a caso que era un idiota sin experiencia ninguna en los placeres de la vida? ¿Acaso creía que en el palacio él estaba muerto del asco y salir desobedeciendo a su padre era una chiquillada? ¿Un ridículo acto de rebeldía infantil con tal de pasar las horas? Bueno, puede que todo eso fuese cierto pero ese idiota con más músculo que cerebro no tenía por qué opinar al respecto por lo que simplemente se recostó en la silla con un aire impasible en el rostro y acercó la copa a sus labios mientras murmuraba
- No sabes bien la de vergas que se ven en el palacio
Zoro se atragantó con el vino y Ussop le miró ojiplático ante el comentario. Ni siquiera lo había pensado, solo quería cerrarle la boca para que dejase de hacerse el listo en su presencia. Por desgracia su comentario sonó extremadamente sodomita. Iba a retractarse pero para su sorpresa Zoro soltó una carcajada en cuanto recuperó el aliento y Ussop regresó al vino ignorando deliberadamente el comentario. Decidió no reavivar el tema y darlo por zanjado. Comenzaba a oscurecer y debía llegar para la cena por lo que lo acompañaron nuevamente al cruce de caminos del palacio. Esperaron como la noche anterior a que se cambiara. Ussop le contaba a Zoro muy emocionado que Kaya estaba ya con la barriga en punta y eso significaba que sería padre en cualquier momento, mientras Zoro escuchaba a su amigo. Cuando terminó de vestirse trató de devolverle la ropa a Zoro pero este la rechazó.
- Quedaos con ella, por si queréis volver a bajar a la ciudad algún día. Con el dinero del trabajo me compraré algo mejor. Por si acaso alguien me lanza una moneda al verme con ella. No querría quedarme con el pan de un mendigo - comentó para su sorpresa jocoso. Le alegraba que no se hubiese tomado a mal el comentario de la mañana
- Está bien, gracias. Aquí tenéis. Ocho monedas de plata por la protección y otras ocho por guiarme durante todo el día - Ussop se quedó estupefacto con tanto dinero en sus manos y Zoro también al recibir la cantidad que había solicitado en un primer momento
- Mi príncipe, no es necesario. Yo os sirvo con gusto
- Callad y aceptadlo. No he podido evitar escuchar que pronto tendréis un niño. Os vendrá bien - el chico asintió agradecido y guardó a buen recaudo las monedas en el zurrón de su cinto - me gustaría volver a la ciudad. Lo he pasado bien ¿Podríamos vernos el próximo domingo a las puertas de la catedral tras la misa de la mañana? Iré con mi hermana y quiero seguir conociendo las calles. Palmo a palmo
- Bien, allí nos veremos
Se despidió de ellos y regresó corriendo al palacio para llegar a tiempo. Dos noches seguidas sin aparecer por el comedor se vería demasiado sospechoso por lo que debía apresurarse. La cena transcurrió con normalidad. En absoluto silencio como era costumbre salvo que él estaba en las nubes repasando el día muy contento. Lo había pasado en grande y estaba seguro de querer volver sus escapadas algo habitual.
Las semanas pasaron y sus incursiones cada vez eran más frecuentes. Un día Ussop le propuso quedarse una noche y salir de fiesta con ellos a lo que aceptó encantado. Solo debía escaparse en la noche tras la cena. Nadie le buscaría hasta la mañana siguiente por lo que ni siquiera necesitaría excusa. Estaba tan emocionado con salir de juerga toda una noche por la ciudad que no podía evitar llevar una inmensa y boba sonrisa en el rostro. Pasó la mañana con su madre, acompañándola en uno de sus últimos paseos por los jardines hasta que regresara el buen clima. El tiempo se había enfriado y la nieve no tardaría en cubrir el valle, cortando por completo sus adoradas visitas a la ciudad. Su padre cerraba el palacio a cal y canto para evitar robos a sus silos durante la época de hambrunas. En el pasado los campesinos desesperados trataron de hacerse con parte de las reservas de la corona de grano y decidió que no lo consentiría nunca más aislando el palacio durante el invierno. Eso le entristecía pero poco podía hacer al respecto. Prefería no pensarlo y disfrutar del tiempo que le quedaba para pasarlo bien. Lo cierto era que Ussop le gustaba mucho, era divertido y carismático. Contaba las mejores historias y siempre tenía un dato interesante sobre cualquier rincón de la ciudad. Al principio le creía pero con el tiempo se dio cuenta de que no podían ser reales. En especial cuando mencionó que los adoquines de la plaza de la catedral los colocó uno a uno un rey de antaño. Sanji sabía perfectamente quien había mandado empedrar la plaza. Lo hizo uno de los consejeros de su bisabuelo y por supuesto que ninguno de sus antepasados se hubiese agachado a empedrar absolutamente nada. Zoro al principio no le gustaba nada. Era frío, arrogante y obstinado. Se tomaba demasiadas licencias y en alguna ocasión se le escapó un horrible mote hacia sus cejas, característica familiar que no le entusiasmaba pero según su padre debía estar orgulloso de ellas. Lo cierto era que a pesar de sus múltiples defectos empezaba a acostumbrarse a él. Sabía que para él era un trabajo pero debía reconocer que el mercenario era gracioso y sabía divertirse. Siempre llevaba vino y así como Ussop conocía bien la ciudad Zoro controlaba las mejores tabernas. Dónde ir a apostar y comer de gorra. Le fascinaba la habilidad que tenía para moverse por las peores zonas de la capital y sobre todo el hecho de nunca sentirse intranquilo o inseguro si andaba cerca. Sabía perfectamente usar la espada y eso era una habilidad muy útil por ciertas calles. En una ocasión le llevó a ver lo que según él era la bruja más malvada y peligrosa de todo el reino. Decía que devoraba corazones de hombres y era capaz con solo lanzar una mirada de hechizar al caballero más rudo y hacer con él lo que quisiese. Fue con pavor a ver a la famosa bruja pues, si a Zoro le infundaba respeto que no parecía temerle ni al propio Dios no quería imaginar lo diabólica que debía ser esa mujer. Para su sorpresa la horrible bruja era una hábil ladrona de los barrios bajos. Una mujer bellísima, con un gran aguante para la bebida y una sonrisa que debía reconocer que sí lograba hechizar a cualquiera. Le presentaron a la hermosa mujer como Jonás el artesano y rápidamente Ussop se inventó una historia sobre que sus zapatos eran los mejores de la capital y que había rechazado trabajar para la casa real incluso pues era un hombre muy honrado que buscaba servir y calzar. Era como haber encontrado un oasis de calma para su mente y diversión a raudales que lo alejaban de sus problemas familiares y aburridas tareas reales. Iba tan embobado, metido en sus pensamientos que tardó un buen rato en percatarse de que su madre le miraba intrigada por ver que le hacía sonreír como un tonto.
- ¿Ocurre algo cielo? Últimamente te noto muy animado ¿Ha pasado algo bueno?
- Nada en especial. Simplemente estoy contento madre - dijo dejando que se apoyase en su brazo pues la notaba sofocada. Estaba delicada y por ir en babia se había olvidado por completo de ofrecerle el brazo
- Me alegra. En verdad estoy feliz de verte así - le dijo con una tierna sonrisa. No se sentía especialmente orgulloso de mantenerla engañada pero lo único que lograría confesando sus fechorías sería preocuparla y quería evitar eso a toda costa. Ya bastantes problemas tenía su madre con tener que aguantar al rey y tragarse sus palabras a diario. No necesitaba más angustia en su vida
- ¿Qué tal os van las cosas a vos madre? Se que desde hace un tiempo no hablamos tanto y lo lamento. Estoy muy entretenido con unos libros que me prestó Reiju hace unos meses y por fin he comenzado a leerlos
- Bien, todo va bien. Como siempre. No debes preocuparte por nada
Era la respuesta que siempre le daba pero Sanji cada día que pasaba la veía más decaída. Odiaba ver a su madre tan hundida y casi le molestaba más que tratase de quitarle hierro al asunto constantemente. Era consciente de que no quería enfrentarle contra su padre pero no podía evitar odiarle por como la trataba. Daba igual lo mucho que tratase de suavizar las cosas. Le detestaba y jamás entendería por qué su madre no descargaba su ira y su tristeza con él y con Reiju. No le importaría ser el hombro sobre el que llorar si con eso lograba aligerar su carga. Había tratado en el pasado de que lo soltase todo pero no hubo forma. Solo lograba incomodarla por lo que se rindió y se resigno al eterno papel de espectador de la desdicha ajena. Pasó el resto de la tarde junto a Reiju y aprovechando que su madre no andaba cerca comentaron en profundidad y analizaron la situación como ya habían hecho tantas otras veces. No servía de mucho pero hablar con Reiju le ayudaba a no sentirse un completo loco al ver que ella compartía su punto de vista.
En cuanto llegó la hora de la cena rezó por que pasase pronto y pudiese escabullirse cuanto antes. Sabía que le estarían esperando en el cruce y se moría de ganas por pasar una noche entera en la ciudad. Le habían prometido que lo pasaría bien de fiesta con ellos y no osaba dudar de su palabra. Su padre fue el último en llegar y atravesó el salón de un evidente humor de perros. Nadie se atrevió a hablar en toda la velada. Ni siquiera Niji hizo comentario alguno. Solía ser el único que soltaba chanzas sin miedo a las consecuencias por muy caldeado que notase el ambiente. Cuando la cena prácticamente llegó a su fin su padre habló por primera vez en toda la noche, dándole a Sanji la noticia que esperaba no escuchar, menos tan pronto.
- Cerramos el palacio. Mañana en la noche atrancaremos las puertas. El invierno está al caer y este verano ha sido especialmente frío. Será un invierno duro y debemos cuidar lo nuestro
- Quizás podríamos esperar un poco. Aún es pronto. Un par de semanas a lo sumo - habló Niji rápidamente ante la perspectiva de quedarse sin sus visitas secretas. No es como si el muy bribón no hiciese y deshiciese con las damas de la corte. Sabía enredarlas con necias palabras vacías pero según sus propias palabras las damas no eran tan divertidas como las fulanas
- He dicho que cerramos mañana y cerramos mañana Niji. No insistas
Ante la noticia Sanji decidió levantarse excusándose con una leve jaqueca. Si iba a ser su último día de libertad hasta que se derritiesen las nieves y las cosechas germinaran no pensaba alargar su encierro. Se fue directo a los pasillos del servicio y se escabulló por las cocinas. Salió con el cambio de guardia y se encamino a toda prisa hacia el cruce. Al acercarse pudo ver la figura de Zoro sentada sobre la piedra donde solía esperar a que apareciese. Sonrió levemente en cuanto se acercó y se levantó de un salto.
- Vámonos. Hay mucho que hacer, la vida del príncipe ocioso por lo visto es muy dura
- ¿Y Ussop? - preguntó mientras se cambiaba a toda velocidad tras el arbusto
- No podrá venir esta noche. Kaya se puso de parto en la tarde e imagino que pasará la noche en ello. Es el primero
- Bueno, mañana podréis felicitarlo por mi cuando le veáis
- Eso si no nace muerto
- ¡No seáis cenizo! Da mal augurio pensar en eso
- Creí que la mala suerte venía cuando nombrabas al crío antes del alumbramiento
- En cualquier caso tendréis que felicitarlo por mi. Es mi última noche de golfería. Mi padre cerrará las puertas mañana y no podré regresar hasta que la primavera de frutos - comentó iniciando camino hacia la ciudad nada más terminar de cambiarse - ¿Cómo es la mujer de Ussop? - preguntó para evitar que el viaje fuese incómodo. Al menos para él. Ussop era charlatán y siempre tenía un buen tema de conversación en la manga. Por desgracia Zoro era todo lo contrario. Extremadamente callado. No le apetecía que el camino fuese en silencio
- No está casado. Es una amiga con la que se encama. Nada más
- Pero si van a tener un hijo juntos imagino que acabarán casándose. No deben vivir en pecado
- No creo que eso les importe demasiado. Tampoco es que le haya preguntado pero si aún no lo ha hecho será que esas cosas les dan igual
- Se me hace raro. Por cierto ¿De dónde sois?
- De muy lejos
- Sois extremadamente concreto - comentó algo molesto por no ser capaz de sacarle nada
- ¿Qué importa eso?
- Supongo que nada pero no os mataría un poco de cháchara
- Es innecesaria
- Pero placentera
- No siempre. A veces es tediosa
Y ahí estaba de nuevo. Siendo frío, desagradable, molesto y por supuesto olvidando por completo con quien estaba hablando. Sentía la necesidad constante de recordarle quién era y exigirle respeto pero sinceramente no consideraba una opción amenazarle constantemente con ajusticiarlo por su falta de modales para con un miembro de la casa real. Empezaba a arrepentirse de haber salido esa noche. Si estuviese Ussop sería otro cantar pero a solas con Zoro tenía claro que sería un completo desastre. Pasaría la noche en un incomodo silencio, bebiendo el uno frente al otro. Exactamente igual que las cenas diarias en el palacio. Pensó en regresar ya que estaba cerca pero luego cayó en la cuenta de que esta sería su última noche. No permitiría que ese patán le aguase la fiesta. Lo pasaría en grande y si fuese necesario lo haría por su cuenta. En cuanto llegaron a la ciudad dieron más vueltas de las que Sanji creyó necesarias para entrar a la taberna de siempre. Se sentaron en una de las pocas mesas libres y por desgracia para Sanji esta estaba bastante lejos de la lumbre. Aunque Ussop le había prestado una capa semanas atrás esta iba a juego con el resto de su disfraz y distaba de ser cálida. Estaba muy vieja y el forro descosido, haciendo que abrigase más bien poco. Decidió calmar su frío con vino. Sabía que si bebía lo suficiente entraría en calor y quizás, con un poco de suerte, llegase a ver a Zoro como a alguien elocuente. Llevaban en un silencio sepulcral desde el camino que bajaba a la ciudad. No fue hasta la quinta copa que Sanji aburrido de escuchar conversaciones ajenas trató de tener una conversación.
- No sois muy hablador
- No
Le entraron ganas de tirarle la copa por encima como escarnio público por ser una horrible compañía. Tomó aire para evitar montar un espectáculo y continuó bebiendo hasta que decidió preguntarle por sus pendientes. Se le hacía extremadamente raro que llevase tres en la oreja izquierda. No era nada común que los hombres llevasen, mucho menos uno que vivía en marea baja.
- ¿Por qué lleváis pendientes?
- Me gustan, los tengo desde hace años
- Se me hace raro ver a un hombre con joyería. Ya que no sois hablador jugaremos a un juego. Yo haré suposiciones sobre vos, si acierto bebéis y si yerro bebo yo ¿Os parece bien? - decidió no darle tiempo a contestar por si se negaba y comenzó con su juego - os gusta el vino
- Un poco evidente ¿no creéis? - dijo para acto seguido darle un sorbo a su copa
- Si logro emborracharos es posible que vuestra elocuencia haga acto de presencia esta noche - comentó risueño para acto seguido observarle. Tenía las manos grandes, callosas, con varios cortes ya cicatrizados en ellas, así como en la piel de los brazos que se apreciaba gracias a que llevaba la camisa arremangada. Era evidente que llevaba años usando la espada. Mandíbula fuerte, ojos rasgados y negros como pozos, rosto imperturbablemente serio la mayoría del tiempo. Era obvio para Sanji que habría llevado una vida horrible - Vuestra infancia fue dura. Huérfano quizás o vuestro padre os maltrataba - Zoro cogió el vaso y cuando estaba a punto de beber sonrió y se lo pasó para que bebiese
- Bebed, no habéis dado ni una
- ¿De verdad? Hubiese jurado lo contrario. No os ofendáis pero tenéis pinta de estar amargado por traumas del pasado
- No tengo ningún trauma ni estoy amargado. Bebed, es posible que si estáis lo suficientemente ebrio vuestro juicio se manifieste esta noche - dijo haciendo uso de sus propias palabras que le provocaron fruncir el ceño mientras bebía
- ¿Cómo fue entonces?
- Creí que ese no era el juego. Supuestamente debéis adivinarlo
- Vamos, no os matará contarme algo personal
- Está bien. Fue una infancia normal. Mi padre murió cuando era joven en un ataque a la aldea por unos bandidos y mi madre lo hizo años después por unas fiebres. Viví una temporada con mi tío y mi prima. Ellos me enseñaron a manejar la espada
- ¿Era caballero o algo por el estilo vuestro tío?
- No, nada de eso. Trabajaba en el campo pero participó en una guerra y sabe usar armas
- ¿Cómo se llama?
- Shimotsuki Koushirou
- Impronunciable - declaró con vehemencia haciendo que Zoro riera - perdón quise decir ¿exótico?
- Dejadlo, cuanto más habláis lo empeoráis
- ¿De dónde sois exactamente?
- Estáis destruyendo las reglas de vuestro propio juego alteza - arrugó el ceño algo molesto por que Zoro le estuviese dando lecciones en su propia invención hasta que cayó en la cuenta
- ¡Me habéis mentido! ¡Trolero! - dijo golpeando la mesa y echando el cuerpo hacia adelante para encararle. Su repentino arrebato provocó que Zoro se sobresaltase un poco y casi derramase el vino de su copa
- ¿Qué decís?
- ¡Me dijisteis que no erais huérfano y lo sois! ¡También que vuestro padre fue asesinado! Luego os atrevéis a decir que no sois un ser comido por la desdicha y los traumas
- Cuando mi madre murió tenía ya quince años. Estaba más que crecido. Lo de mi padre no fue para tanto, son cosas que pasan a diario
- Oh vamos Zoro ¿De verdad? A mi no podéis engañarme, soy demasiado perspicaz y bello para eso. Acabaos la jarra de un trago como castigo por vuestras mentiras
- ¿Qué tendrá que ver ser perspicaz con ser atractivo? Os encanta tiraros flores a vos mismo. Además yo no diría tanto
- ¡Bebed! - Zoro hizo caso. No tenía muy claro si por aceptar el castigo o para que callase pero no pudo importarle menos. Lo que contaba era que le hiciese caso - ¿Teníais buena relación con vuestros padres?
- No se, la normal supongo
- ¿Es que estáis hecho de piedra? - Zoro simplemente se encogió de hombros y volvió a beber - En mi caso no tengo buena relación con mi padre. Es decir, le odio ¿Pensáis que está mal odiar a un padre? - Zoro iba a abrir la boca pero Sanji le cortó contestándose a si mismo - Sí, tenéis razón. Es horrible pensar así pero no puedo evitarlo. No soporto ver como trata a mi madre. La desprecia. Y a mi también. Es posible que sea horrible que un hijo odie a su padre pero un padre no debería despreciar a un hijo y menos de una forma tan evidente ¿No creéis? - Zoro se mantuvo callado mirándole fijamente unos segundos - ¿Por qué no habláis y me observáis como si fueseis a destriparme?
- ¿Destriparos?
- Sí, dais miedo a veces
- Solo me dedicáis bellas palabras - comentó con sorna - ¿necesitáis acaso que yo os conteste? Antes no hizo falta
- Sois muy rencoroso - dijo risueño rellenando su copa - Lo que yo decía, estáis amargado y eso hace que seáis frío. Aunque no todo es malo - dijo rápidamente volviendo a cortarle al ver su intención de replicar - os da ese toque tan misterioso y rudo de forajido imperturbable
- ¿Estáis borracho?
- Puede que un poco - respondió muy contento acabando el vino - ¿Sabéis que me apetece hacer ahora?
- A saber. Estáis bastante chiflado
- Bailar - confesó ignorando deliberadamente su insulto - ¿Por qué no hay músicos aquí? Esto está muerto. Llevadme a un sitio más animado
Zoro suspiró agotado y se levantó. Sanji sintiéndose victorioso por haber logrado mantener una conversación más o menos fluida con el hombre piedra le siguió por las calles. Bailó durante un par de horas en una tasca cercana como un poseso, luego quiso ir a jugar a los dados y por último fueron a un lupanar donde decidió beberse hasta el agua de los floreros. El lugar no era demasiado elegante y desde luego que nada lujoso. Había varias mesas repartidas por el centro del local, bastante alejadas las unas de las otras. La mesa estaba manchada de cera seca de las velas, tintada con el color del vino que algún cliente debió de derramar cuando aún se encontraba fresca.
- Pensé que querríais venir aquí a encamaros, no a beber. El vino aquí es más caro que en las tabernas al uso
- Ese era el plan - habló ya completamente borracho. Se sentía mareado y con el rostro encendido por las copas pero la experiencia estaba mereciendo la pena. Podría irse a su encierro con la conciencia tranquila por haberse asegurado de desbocarse en su última noche - pero en el último momento me he echado atrás. De todas formas no podéis quejaros. Las camareras aquí son mucho más guapas y van ligeras de ropa o directamente sin ella, como esa - dijo señalando discretamente a una chica - además pienso invitaros a la bebida
- ¿Por qué os echáis para atrás con esto? Pensé que queríais desfasar esta noche y vuestra familia tiene fama de guarra, esperaba como poco que encargaseis una orgía
- ¿Acabáis de decir que la familia real es descocada?
- Yo y los trovadores de todo el país - respondió sonriente. Sanji no pudo evitar una carcajada ante el comentario
- Es cierto pero no es mi caso. Pierdo el interés en las damas rápidamente por desgracia. Me gusta el cortejo. Adularlas, colmarlas de flores, correspondencia pomposa... todo eso. Una vez muestran interés yo lo pierdo
- Sois muy extraño
- Puede - dijo sonriente - ¿Y vos? ¿Estáis casado? ¿Sois un golfo? ¿Vivís en concubinato?
- Nada de eso
- ¿Tenéis hijos?
- No que yo sepa
- ¿Podríais dar respuestas con más de tres palabras? Yo os he contado mi vida amorosa y familiar aunque ya es bastante pública, por lo menos la familiar. Mi linaje y todo eso. Jugáis con ventaja
- ¿Por qué insistís en interrogarme?
- No os interrogo, solo soy curioso. Nada más. Me interesa la vida romántica de la gente en general
- Entonces no sois curioso, sois cotilla
- Está bien, no me contéis nada si no queréis. Aunque debéis saber que quien calla otorga. Por lo que a mi respecta si no lo desmentís sois un vicioso
- No soy especialmente dado al putañeo
No le quedó otra que contentarse con la respuesta pues sabía que no le sacaría más, al menos no en las lamentables condiciones en las que se encontraba. Notaba que se le cerraban los ojos del cansancio y se sentía bastante mareado. Solo esperaba que los efectos de la bebida desapareciesen pronto y pudiese regresar al palacio sin dar tumbos por el camino. Se entristeció un poco al pensar en volver. No quería encerrarse y abandonar los nuevos placeres que había descubierto hacía apenas unas semanas. Sabía que ese invierno se le haría especialmente largo al saber que podría estar divirtiéndose en la ciudad y no ahogándose en las penurias del palacio. Observó a Zoro unos instantes que rascaba la cera de la mesa distraído. Pensó que hasta echaría en falta sus impertinencias y malas caras. Debía reconocer que no todo era malo y que le había sorprendido gratamente la noche a solas con él. Estuvo un buen rato metido en sus pensamientos hasta que se le ocurrió una locura que el alcohol le animó a formular en voz alta.
- ¿Qué haréis este invierno?
- Trabajar lo justo para no morir de hambre y frío. He de reconocer que vuestros trabajos estos últimos días han ayudado a que mi despensa esté significativamente más llena pero aún necesito leña y debería hacerme con un par de botas nuevas. Es posible que viaje al norte, he oído que hay batallas en la zona de los ríos y es posible que necesiten contratar sicarios. En invierno el trabajo en la ciudad decae bastante
- ¿Por qué no venís al palacio conmigo? - Zoro le miró ojiplático durante unos segundos
- ¿Para qué?
- Así no pasaré solo entre hostilidades el invierno. Bueno, no os equivoquéis. Vos sois bastante hostil por lo general pero lo he pasado bien esta noche
- Si queréis compañía contratad un bufón o una fulana. Yo soy mercenario
- No seáis así y aceptad. Será divertido y pasaréis el invierno en un lugar cálido, con comida de sobra y no tendréis que trabajar. Os pagaré bien
- No iré como si fuese vuestra concubina. Si precisáis mis servicios para algo real y los pagáis iré, si no buscáos a otro que os entretenga. Ussop por ejemplo
- Acaba de ser padre. No le apartaría de su hijo. Además sí preciso vuestros servicios como mercenario. Seréis mi escolta personal igual que habéis hecho estos días ¿Qué os parece?
- ¿Necesitáis escolta en vuestra propia casa?
- No sabéis lo hostiles que pueden llegar a ser los nobles - comentó tratando de verse serio. Era cierto que había algún que otro noble en la corte con el que no congeniaba pero no tenía pensado mandarle a ningún sicario para asustar o amenazar a nadie aunque no le disgustaba que esa posibilidad existiese
Zoro permaneció callado un rato. Parecía estar pensándoselo y eso le esperanzó. Definitivamente había tenido otra idea gloriosa.
- Supongo que podría dejarle a Ussop y a Nami la comida que he conseguido para el invierno ¿Cómo pagáis el trabajo?
- Puesto que tendréis comida y cama os daré dos piezas de plata al día
- ¿Puedo pensarlo?
- Sí pero tendrá que ser antes de mañana. Al ocaso cerrarán las puertas. Si venís entrad por la puerta de servicio y a los guardias de la entrada decidles que yo os he convocado
- Está bien
Sanji sonrió emocionado y robó la copa de Zoro en la que aún quedaba algo de vino para darle un trago aunque no pudo evitar atragantarse con él en cuanto vio como un chico rubio de largos cabellos y delgada figura al descubierto se sentaba sobre el regazo de Zoro y dejaba un suave beso sobre sus labios. Sanji se quedó estupefacto y pudo ver como Zoro también se turbaba un poco al enrojecerse su semblante.
- Tiempo sin vernos - comentó sonriente el desconocido
- No sabía que ahora trabajases aquí - dijo visiblemente tenso
- Alguna que otra noche
Sanji se santiguó mentalmente unas cuantas veces durante el tiempo que tardó Zoro en deshacerse del chico y en cuanto se fue no pudo evitar recriminarle.
- ¡Sois un mentiroso! Dijisteis que no putañeabais
- Dije que no era dado a ello. No que no lo hiciese de vez en cuando
Por primera vez en su vida sentía que se había quedado sin palabras. Estaba a punto de preguntarle por su evidente sodomía cuando un borracho que había reparado en Sanji se acercó a la mesa.
- ¡Me resultáis familiar joven desconocido! - comentó a trompicones por el exceso de vino - ¿Sois pariente mío o vecino?
- No lo creo - dijo algo descolocado ante la súbita interrupción
- ¿Cómo va a ser pariente tuyo si no es calvo ni gordo? - le gritó otro hombre que se acercaba también tambaleante y se abrazó al otro desconocido que permanecía apoyado en la mesa para no caer. En cuanto se fijó bien en él su rostro se contrajo por la sorpresa, abriendo la boca y los ojos al darse cuenta - ¡Sois su alteza real, el príncipe Sanji!
Se quedó helado, había sido descubierto. No sabía que decir ni que hacer. Por suerte Zoro fue más rápido y lanzó con todas sus fuerzas a ambos hombres contra las mesas cercanas. Un borracho del fondo gritó - ¡PELEA! - y en pocos segundos el lugar se convirtió en una batalla campal. Zoro agarró a Sanji del brazo y lo sacó de allí a toda velocidad. No pararon de correr hasta llegar a la plaza de la catedral donde aprovecharon para detenerse y recuperar el aire. Sanji rió sonoramente contagiando a Zoro.
- ¡Menuda noche! - dijo aún apoyado contra los muros de la catedral tratando de retomar el aliento
- No podéis quejaros. Habéis hecho bastantes cosas en pocas horas
- Acompañadme al palacio, el sol está a punto de salir y debo estar en mi alcoba si no quiero que mi padre se entere de que llevo toda la noche de juerga sin su consentimiento
Caminaron en silencio hasta el cruce de caminos y como siempre Zoro esperó a que terminase de cambiarse antes de despedirse y regresar a la ciudad. En cuanto. Sanji se metió, con todo el sigilo que fue capaz de reunir en las condiciones en las que se encontraba, en su alcoba se dejó caer sobre la cama completamente borracho, sudado y satisfecho con su primera noche de juerga en tabernas, tascas y lupanares.