Capítulo 1. Su Asesino
Her Heart
Parte Uno: Yinliazhi
1. Su Asesino
Era una agradable tarde de julio, pese al calor que el verano traía consigo, en una de las concurridas calles del Distrito Negro de Jienshung; el hogar y negocio de aquellos dedicados a las actividades ilícitas que el Imperio de Chezhinzöng, desde hace doscientos años —el inicio de su tregua incluso antes del Tratado de Paz—, regulaba a su favor. El cielo despejado y de un brillante azul y el cálido clima hacían lucir al Distrito como uno más del reino: armonioso, agradable y atractivo, inundado con deliciosos y habituales olores de las tradicionales comidas hechas de pescado y verduras cocidas, pues la hora de la comida se acercaba. Los murmullos de hombres y mujeres que iban y venían de un lado a otro realizando trabajos o buscando conseguir uno resonaban por todas partes, con una que otra discusión de por medio y risas bobas y falsas de aquellas prostitutas que buscaban un dinero extra por parte de sus adinerados clientes. Fai Fang no tardó en sentir asco de la vulgar vida a la que se había visto arrastrado al seguir las pistas de aquel sujeto. Mirar a las prostitutas, con exuberantes curvas y ajustados vestidos ataviados de joyas falsas, le producía una sensación de repudio sólo superado por su deseo de venganza.
Fai había estado buscando por un par de meses al asesino de su familia y ahora que sabía dónde se localizaba no iba a perderle de vista así tuviese que ir hasta el fin del mundo. Dicho Distrito sólo hacía que su juramento fuera más literal de lo imaginado.
Para su dicha o desdicha sólo restaban unos pocos metros para llegar a su destino, por lo que, aminorando el paso, el joven noble se prometió a sí mismo que no debía de mandar todo su esfuerzo a la basura. No estando tan cerca de su ansiado cometido; no tratándose del Asesino Mundano: nunca tratándose de ese despreciable hombre.
Entonces, inmutado ante la ostentosa fachada de su desagradable destino entró presuroso, pero sin olvidarse de su porte elegante, hacia donde se encontraba el hombre que lo había dejado en la miseria.
—¡Muy buenas tardes, señor! —Le saludó la vulgar prostituta cuyo kimono a justas cubría sus senos y muslos, encaminándose a él e intentando, con indiscreta coquetería, tomar su brazo mientras le arrimaba su busto—. Veo que es nuevo por aquí. ¿Le puedo ayudar en algo?
—Déjame de joder, asquerosa puta.
Aquel hombre de despeinado cabello azul sujetado con una coleta y gruesos mechones cayendo por su rostro, ocultando su ojo derecho, se encontraba recostado en el cómodo sillón de la más alta calidad que el prostíbulo podía costear. Tan pronto dejó de leer aquel libro que llevaba en sus manos desde su ingreso un par de horas atrás, mientras las embelesadas prostitutas le veían con adoración, clavó su plateado ojo en el invitado no deseado que interrumpía su descanso. Luego, sin siquiera levantarse de su lugar, bastante cómodo al parecer, retuvo con su libro la espada que fue lanzada cuan proyectil hacia él, pasando por alto el horror y los gritos que las mujeres que le acompañaban en su merienda intentaban ahogar con ambas manos.
Fai no tardó en tumbar a la temerosa mujer que murmuraba incoherencias con temblorosa y chillona voz, sacándosela de su camino para rápidamente entrar hasta donde se encontraba el Trabajador Negro. Las demás prostitutas, alarmadas, yacían abarrotadas contra una de las esquinas del salón, con las manos en sus rostros y los ojos bien abiertos, enmudecidas del pánico.
Aunque el aspecto de Fai Fang era de lo más común en el reino; un refinado joven a finales de su adolescencia vistiendo un costoso qipao negro con decoraciones en rojo, que cargaba además una vaina decorada con joyas haciendo juego con la lujosa espada presa en las manos de su supuesta víctima, de cabello pardo hasta la nuca, piel pálida, ojos grises y una estatura que apenas superaba el 1.80, Kazuo le reconoció de inmediato como el hijo de uno de sus anteriores clientes, decapitado en el patio de su hogar. Suponiendo a qué había ido, se levantó lentamente de su lugar para encararlo con el estoicismo que tanto lo caracterizaba de entre los demás Trabajadores Negros del Imperio, a pesar de no haberse imaginado ser perseguido por el crío al que le había perdonado la vida por orden de aquel arrogante ricachón. Tampoco se esperó que éste fuese tan temerario como para buscar venganza, pues nadie en su sano juicio lo hacía aún sin tener ya nada que perder.
Pero Fai era diferente. Su mirada cegada en odio se lo gritaba. Su voz ardiendo en ira sólo lo resaltaba más.
—Por fin te he encontrado. Te busqué cómo no tienes idea… ¡y ahora haré que pagues por la muerte de mi padre!
—No lo creo.
La lujosa espada con joyas impregnadas en el mango se enterró en el muslo del joven, atravesándolo, para su propia sorpresa. Fai cayó de rodillas al suelo, gruñendo y gimiendo con lágrimas en sus ojos, tan vulnerable como un niño desamparado. Y cuando vio que el sujeto se encaminaba a donde él una parte de sí tembló de terror, de un indescriptible horror con tan sólo imaginar que terminaría como su difunto padre, como su familia y el resto de sus sirvientes, y deseó huir en ese instante aun cuando su cuerpo no reaccionaba a su mandato.
Pero lo que sucedió fue que el hombre caminó de largo, ignorándole, encaminándose a la salida, con las manos metidas dentro de su gabardina y las vainas de sus espadas meneándose al compás de sus movimientos. Fai enfureció.
—¡D-detente inmediatamente! ¡En-encárame! ¡Hazme frente! —Ordenó mientras intentaba levantarse, sin embargo, el agudo dolor en su pierna y el vergonzoso terror que aún sentía le obligaron a mantenerse inmóvil en su lugar, jadeando—. Al menos… ¡al menos dame la cara, despreciable asesino!
—No sigo órdenes de nadie que no haya pagado por mis servicios —le respondió, mirándole de reojo con una mirada cualquiera, y, sin embargo, helada para Fai.
El hombre entonces salió del prostíbulo con pasos ligeros y serenos, escuchando tras de sí el grito iracundo del Fang, acompañado de sus pasos, torpes y ruidosos, dirigiéndose hacia su eterno enemigo, hacia el hombre que le había arrebatado todo en un abrir y cerrar de ojos por dinero y por diversión. Y lo encaró por gusto, porque quiso hacerlo, viéndole con superioridad.
—¡Espera allí, asesino! ¡No…no huirás de mí!
—¿«Huir»? —El susodicho le miró de soslayo, girándose para encararlo. Fai, con su pierna ensangrentada, torpe y jadeante, se aferraba al marco de la puerta del prostíbulo con una mano, mientras la otra sostenía su espada. También le veía con los dientes apretados, rechinantes, dispuesto a cumplir con su propósito a cualquier costo—. Hablas incoherencias.
—¡Silencio, bastardo cínico! ¡Te mataré! ¡Vengaré a mi padre! —Fai oprimió su espada con sus temblorosas manos, renqueando hasta el Trabajador Negro, cruzado de brazos, viéndole cometer una tontería con la indiferencia que lo hacía ser reconocido como un despreciable arrogante.
Al final el joven no llegó hasta el asesino, pues flaqueó, desplomándose en el suelo, con un ahogado gemido de dolor atorado en su reseca garganta y sus ojos llorosos, cansados de seguir fingiendo lo que no era. Cansado de encarar por sí mismo la realidad que jamás imaginó vivir sin su padre, sin su familia.
El Trabajador Negro entonces se hincó delante de Fai, viéndole temblar sin control, con los ojos clavados en él, suplicando silenciosamente que terminara de una vez con su sufrimiento, aunque sus dientes apretados le reñían, le odiaban, le gritaban que no cedería nunca, cuan fiera indomable, a pesar de no ser más que un cachorro asustado.
—Eso suena divertido —fue lo primero que dijo, antes de enderezarse, mirando con superioridad al devastado joven, quien le miraba con incredulidad e, incluso, y muy superficialmente, decepción—. Pero no tienes los cojones suficientes para eso. Ahora lárgate si aprecias lo que queda de tu vida. El dinero y vida de tu padre no te incluía a ti.
Fai sintió un repentino y doloroso golpe de adrenalina y euforia con el cual se lanzó, con su espada por delante, hacia el asesino de su familia. Estaba tan furioso y cegado por su orgullo, dolor y odio que no sintió nada más que esa necesidad de vengarse de quien tanto mal le había hecho en una sola noche, hasta que cayó nuevamente al terroso suelo, tosiendo sangre, notando que tenía su espada enterrada en su costilla; y sin saber cómo. Gimió de dolor frente a la mirada de los crueles espectadores del Distrito de Jienshung. Sus ojos se empañaron nuevamente, derramando las orgullosas lágrimas que no soportaron más con su actuación, y lloró, escuchando los pasos del hombre alejándose de él, sin importarle nada ya: ni su orgullo como un Fang, ni mucho menos la vergüenza de ser visto en la miseria por aquellos cuya clase solía servir a su padre.
Y lo que más le dolió a Fai no era la humillación pública ni su fallido intento de venganza, sino saber que él mismo no era capaz de detener al Asesino Mundano, ese que le había demostrado crudamente que la vida en el Distrito Negro no era para muchachos como él, y aquel que se alejaba cómo si nada a pesar del tiempo que había dedicado a buscarlo, a encontrarlo.
—Me vengaré de ti… ¡lo juro…! —Sollozó con quebradizo odio, antes de simplemente echarse a llorar como el chico que era en el interior, escondido bajo una fachada de madurez que se derrumbaba lentamente.
Kazuo se inmutó a él.
—Suerte con ello.
Y continuó caminando serenamente, con las manos en los bolsillos de su pantalón, sin volver a dignarse a ver a Fai, sabiendo de antemano que su confrontación había llegado a su desenlace. También supo en ese momento que su estadía en el reino había llegado a su fin, pues no tenía intenciones de soportar a un chiquillo terco en perseguirlo durante sus descansos.
Mientras conseguía un nuevo cliente lo más recomendable era viajar a otro lado, sabía. Duzutzhing sonaba como una buena opción: la comida era exquisita y en la costa el clima era más fresco. Las prostitutas eran mucho más atractivas, también.
Camino allí, además, podía pasar a revisar sus armas. Y después podía dirigirse hacia el centro del Imperio, Chezhingzöng, a visitar a Lan antes de que ésta lo encontrará primero y comenzara con uno de sus habituales dramas.
Sin embargo, Kazuo no se imaginó que aquella simple decisión sería apenas la primera de toda una travesía de karma; la más riesgosa de su vida, la más cruel, irónica y absurdamente predestinada también, desde muy joven.
∞ • ∞ • ∞
El verano en Jienshung no llegaba a ser verdaderamente una molestia si Kazuo se quitaba de encima su improvisada armadura de una sola hombrera, coderas, una innecesaria venda en su brazo derecho y una sencilla cinta de cuero que cubría parte de su cintura y torso, dejando como accesorio únicamente sus manos metidas en unos cómodos mitones de cuero, además de su emblemático cubrebocas. Las constantes lluvias no eran mal recibidas tampoco, pues le permitían llevar encima su gabardina en caso de un chubasco inesperado durante su jornada laboral, como aquella que había comenzado con un paseo por el Distrito Negro, mientras revisaba discretamente un buen negocio en donde revisar que sus armas estuvieran en buenas condiciones; especialmente su gran espada, con ligeros rastros de sangre que no había logrado limpiar la noche anterior, antes de que el llamado de una dulzona voz atrajera su atención.
—¡S-señor Kazuo…! ¡Señor, aguarde un momento! —El Trabajador Negro detuvo su andar, sin dignarse en voltear a sus espaldas y encarar a la joven mujer que corría a él, presurosa y sofocada, para no perderle de vista entre toda la gente que iba y venía por el Distrito. Aún buscaba donde llevar sus armas—. A-acaba de llegarle una carta —murmuró la prostituta, mientras tomaba aire—. Es de Ju…
—¿Qué dice? —Le interrumpió, mirándola de soslayo.
La jadeante mujer, luego de tomar suficiente aire y luchar contra el bochorno que se apoderaba de su sonrojado rostro, continuó hablando:
—Jung dice que requieren su presencia inmediatamente. Alguien lo está buscando: se hace llamar Dishi Kuro de Yinliazhi.
—¿Yinliazhi?
—Sí, Yinliazhi. Es… es un reino, ¿no?
El hombre asintió, continuando con su caminata sin nada más que decir, meditabundo. La mujer le hizo una pequeña reverencia, inmutada a su falta de modales, antes de regresar a su trabajo.
«El Reino de las Sombras…»
Kazuo apresuró el paso, con movimientos rápidos, agiles y livianos, olvidando que su espada seguía necesitando un poco de mantenimiento.
En alguno que otro viaje y paseo había escuchado el nombre de Yinliazhi, más nunca se imaginó que realmente existiera, y que, además, quisiera contactar con él. Generalmente sus clientes pertenecían a los reinos más fuertes económicamente. Yinliazhi no sonaba como un reino verdaderamente relevante, ya que ni siquiera pertenecía a una de las Tres Potencias Mundiales, y Kazuo dudaba que realmente pudiera comprar sus servicios… aunque no supiera para qué los querría, exactamente.
Un inusual nudo en su estómago se formó repentinamente, alertándole de algo, obligándolo a aminorar la marcha y a tomar aire para controlar su extraño nerviosismo. Algo en su interior le decía que las cosas iban a cambiar a partir de ese momento: un presentimiento que pocas veces había sentido de esa manera.
Sin embargo, cuando se trataba de trabajo, y obviamente de dinero, cualquier advertencia o señal de mal presagio, incluso proviniendo de él, podía irse al diablo hasta nuevo aviso ya que, ¿qué tan grave podía ser el error que pudiese estar a punto de cometer el famoso Asesino Mundano, reconocido por ser aparentemente invencible y poderoso, que no pudiera enmendar? Todo iba a estar bien. Desdichadamente todo siempre le salía demasiado bien, sin importar qué tan difícil fuera la situación, desde que había comenzado con tan asquerosa y ruin vida.
Aun así, como prevención, el hombre pasó primero a un bar, dejando que su nerviosismo se ahogara con el sabor del alcohol y el aroma de baratos perfumes de meseras y prostitutas.
«No me dejan otra opción».
∞ • ∞ • ∞
Eran inicios de agosto cuando el Asesino Mundano llegó a su destino: aquella vieja posada de varios pisos de altura cuya estructura era casi idéntica a la de un castillo, ubicada en una de las calles menos concurridas del Distrito Negro de Chezhinzöng, con su habitual atuendo negro como si fuese una oscura armadura. Varias posadas y negocios más sencillos y pequeños se encontraban cerrados, esperando el anochecer para abrir, y sólo contadas personas deambulaban por la calle, especialmente prostitutas, trabajadores y sus escasos clientes.
Kazuo destacaba de entre ellos por una especie de aura que más que verse, se sentía.
Apenas atravesando el umbral de la puerta de madera, abierta mayormente para los visitantes, el Trabajador Negro diferenció, sin curiosidad ni sorpresa, a un hombre que parecía haber estado platicando con una jovencita de castaño cabello ondulado y cicatrices en su cara muy impropias en alguien de su edad.
—¡Yay, bienvenido Kazu! —La chica, Lan se emocionó al verlo y sin cuidar de la reputación de su pareja se lanzó a sus brazos gritando chillonamente. Kazuo no le regresó ninguna muestra de reciprocidad, enfocado únicamente en aquel hombre de plateado cabello y ojos rosados y oscuros como si una permanente sombra los cubriera mágicamente—. Ah, él es Dishi—añadió la chica, apuntando a su invitado. El hombre parecía divertirse con su compañía tan jovial y despreocupada—. Le dimos la mejor habitación que tenemos mientras te esperaba. Nos pagó, aunque le dijimos que no. Creo que sí es de la nobleza porque consiguió muchos huibuan.
Kazuo apenas desvío la mirada hacia Lan; gesto que ésta entendió como una petición de respetar su espacio. Tonteando cómo si no le afectase la indiferencia del hombre comentó que iría por bocadillos y dejó solo a los dos hombres.
Dishi prontamente se mostró más serio, fingiendo no estar sorprendido de lo joven que lucía Kazuo, que no llegaba ni a los treinta, pero era muy alto, casi midiendo los dos metros, en comparación con los rumores que había escuchado desde antes de viajar a la Capital del Imperio. Aunque lo que más le sorprendió e inquietó ver fue su estoica mirada clavada en su persona, capaz de arrancarle un escalofrío: de alguna forma ese ojo no era ni se sentía humano.
—¿A qué ha venido? —Preguntó Kazuo, plantándose delante del Kuro.
Éste se levantó y le dedicó una pequeña reverencia, tomando aire con el mayor sigilo posible para no demostrar abiertamente su nerviosismo.
—E-es un gusto conocerlo en persona, señor Kazuo. Mi nombre es Dishi Kuro y vengo de Yinliazhi a solicitar su asistencia ante nuestra princesa —después prosiguió a erguirse—. Ella le ha mandado a llamar.
—Bien —respondió tras unos segundos en silencio—. Estaré cuánto antes. Ahora retírate.
—¿Eh? C-creo que no entiende —murmuró Dishi, confundido—. Debe ir ya…
—Dije que estaré cuánto antes —repitió Kazuo, mirándole de una forma que bastó para intimidar a Dishi.
El mayor entonces asintió con aires de derrota, pero también aliviado de no tener que seguir en ese lugar junto al Asesino Mundano, aquel que supuestamente fue el reemplazo del Veneno Negro con una fatalidad mucho más agresiva e inescrupulosa, y cuyos rumores a él lo tenían particularmente muy alarmado. No ser acompañado por ese hombre era un alivio extra que no creyó sentir antes de verlo en persona, pues estando frente a frente podía jurar que los rumores le quedaban cortos de cierta forma.
Así, sin nada que añadir y aún con deseos de despedirse de Lan por tan amable y carismático alojamiento, el señor Kuro se retiró de la posada siempre cuidando de sus espaldas de forma discreta pero recelosa, rogando a su vez que éste no fuera a presentarse ante su princesa.
Pero una parte de sí sabía que ya era tarde para rezar por esa mujer, y otra más desconocía, igual que el resto, que aquel encuentro y aquella petición de trabajo cambiaría no sólo la vida de los involucrados, sino el destino mismo de Zhenqaih Maô.
—¿Eh? ¿Ya se fueee? —Lan hizo un puchero, cargando una bandeja con varias tazas y postres—. Debió despedirse al menos… ¿por qué lo corriste?
Kazuo tomó de un solo trago el té, indiferente a los quejidos de la chica.
—Me voy yo también —sentenció tomando una galleta. Lan le hizo un mohín aún más pronunciado—. Si me buscan no los alojes aquí —remarcó con un tono que, aún bajo y aparentemente tranquilo, sonaba molesto.
—Es una posada. Yo necesito dinero, y Jung —la chica se cruzó de brazos, indignada— y la posada también. Todo cuesta y no pienso irme a vender para sacar para los gastos. ¿Quién más cuidaría de aquí si no soy yo?
—No dije nada de eso.
—Pues eso espero —renegó mientras le veía de mala gana, infantil como solía serlo habitualmente. Kazuo le dio una palmada en la cabeza luego de tragar su galleta—. ¿Y por cuánto tiempo te irás?
—Lo desconozco. Si necesitas dinero sabes dónde encontrarlo. No metas a nadie por el momento.
—¿Te pusiste celoso? —Lan sonrió tontamente, aunque sabía que no era por eso.
—Solo hazlo.
—¿Y si te buscan de Naizenshi?
Kazuo no cambió ni su semblante ni su tono de voz.
—No metas a nadie por un tiempo. Ni siquiera si se trata del señor Hattori.
—Oh, es serio entonces. Está bien —Lan asintió con las manos en la cadera—, déjamelo a mí entonces. De todos modos, ya me estaba cansando de trabajar. Jung puede hacerlo por mí.
El hombre le dio por su lado a pesar de que Jung era demasiado joven para mantener a una mujer como Lan, y sin ningún gesto cariñoso más salió de la posada cerrando la puerta tras de sí.
Lan le gritó desde dentro que le deseaba un buen viaje y añadió un «te amo» que sabía que no sería correspondido antes de gritar hacia dirección contraria que la posada iba a cerrar hasta nuevo aviso, bastante contenta por más de un motivo.
∞ • ∞ • ∞
Eran inicios de septiembre del año 1584, en la entrada del aislado reino de Yinliazhi. Tras largos días de viaje bajo un sol en ocasiones abrasador, en otros más simplemente sofocante, Kazuo divisó por fin lo que parecía ser la entrada a aquel poco conocido reino que de alguna forma había logrado escuchar sobre él y lo habían buscado hasta encontrarlo. Retirando su cubrebocas para tomar un poco de aire y refrescar su rostro, no tardó en encaminarse hacia aquel puente en pésimo estado que era azotado por la fuerza de un angosto río de salvajes aguas cristalinas con las que empapaba un piso de madera casi podrida y rechinante, así como su pequeño y débil barandal de madera y soga.
Antes de caminar sobre él se refrescó un poco, gustoso en secreto de lo tibia pero refrescante que era aquella agua que brincaba desde el acaudalado río.
El detalle de una solitaria entrada rodeada de sombríos y retorcidos árboles, gigantes y frondosos a pesar de todo, que cubrían la mayoría de los rayos del sol, se sintió agradable más que preocupante. Yinliazhi seguramente era un reino olvidado y poco habitado en donde Kazuo no tendría que batallar, por lo que pronto atravesó el puente y se encaminó, por un terreno más seguro por el cual caminar, a su próximo destino.
Mientras caminaba bajo las gigantescas sombras de retorcidas formas el sonar de sus botas hacía crujir el pasto por el que caminaba sin aparente apuro en llegar. Las vainas a sus costados se movían al compás de sus movimientos, rompiendo el silencio del sitio, carente de los más insignificantes sonidos que no fuera el río a sus espaldas; la gran espada en su espalda se mantenía firmemente a su cuerpo, sólo moviéndose según lo hacía él, a diferencia de las pequeñas gemelas que se movían con más libertad.
Pronto la solitaria entrada del reino le dio la silenciosa bienvenida a quien recién atravesaba el boscoso y terrible paisaje abandonado de vida misma, para abrirle así sus puertas al reino de Yinliazhi. Un destino cuya existencia significaba más de lo que hasta sus habitantes, a excepción del difunto Rey Yu Kuro y su difunta esposa Anna Kuro, sabían.
Y cuando los partícipes del trato que cambiaría sus vidas se reunieron, el rumbo del mundo comenzó a cambiar también.