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*Leonard*
Sentado en el sofá de mi sala, con la mirada perdida en mi celular, ocupado con asuntos del trabajo para no penar en ella. Normalmente tomaría whisky, ahogándome en mis penas hasta quedarme dormido, pero ahora no puedo darme ese lujo, teniendo a Liliana en el departamento.
Tres meses desde que Samantha se ha ido, estamos al final del verano, lo que solo significa que pronto será su cumpleaños, yo quiero estar con ella para entonces. Por desgracia, cambió de número, no puedo comunicarme con ella y la idea de ir a buscarla es cada vez más tentadora.
Hace tan solo quince días que tengo legalmente la custodia completa de Liliana, ahora lleva mi apellido. El ambiente en mi departamento nunca había estado tan feliz, sus hermanas vienen a visitarla seguido, lo cual es mucha ayuda porque los primeros días se sentía sola, incluso estaba por adoptar un perro para ella.
Debería estar feliz, tengo a mi hija finalmente conmigo, pero no puedo evitar sentirme vacío. Samantha se ha llevado una parte de mi alma con ella. Todos los días la extraño, mi cama se siente incompleta desde que no está a mi lado. Quiero ver sus ojos cafés brillando cada vez que le hago un cumplido, peinar su cabello, sentir la suavidad de su piel. Podría escucharla hablar por horas sin cansarme, daría lo que sea por hacerlo ahora mismo.
—Papi, papi, papi —grita Lili mientras corre por la sala, siendo perseguida por su hermana Irene.
Al final se esconde en mis brazos para que le dejen de hacer cosquillas, riéndose y haciendo ruido en todo el lugar, diferente al solitario silencio que permanecía hace unos meses. Ahora esa soledad y silencio, se ha trasladado a mi corazón.
Liliana es la única razón por la que sigo cuerdo, ella calma el dolor de mi alma con solo una sonrisa. Cuando su hermana se va, dejándola por fin tranquila, me mira a los ojos con curiosidad.
—¿Estas triste?
—No, cariño, estoy bien —fuerzo una sonrisa para tranquilizar su curiosidad —vayan a ver una película.
Me abraza sin decir nada, como si supiera que le miento y que por dentro me estoy muriendo, extrañando al amor de mi vida que ahora está en otro continente.
Sus hermanas llegan de nuevo, todas optaron por vestirse con pijamas iguales, color rosa con flores estampadas. Irene acaba de cumplir doce años, es extrovertida, aunque yo diría hiperactiva, habla tanto que a veces lo hace sola; luego está Sofia, con dieciséis años recién cumplidos, alta, delgada, ambas con el cabello cobrizo de su madre y ojos azules.
Mi convenio con Amanda es que sus hijas se queden a dormir con Liliana, no más de una vez a la semana, pero actualmente se fue de la ciudad, no sé a dónde, solo me dejó a las niñas aquí con la excusa de que querían ver a su hermana. Solo espero que regrese mañana, o lo mas pronto posible.
—Señor Fisher, ¿Podemos ordenar pizza? —la pregunta de Irene hace que despegue la cara del celular.
—Lo que quieran. Déjenme decirle a Sarah que no haga la cena.
—¡Gracias! —canturrea alegre.
Me quedo un rato mas en la sala, mientras que ellas juegan a maquillarse entre sí. No creí que fueran unidas, por los comentarios que hacía Lili antes de mudarse conmigo, pero me alegra que su relación vaya mejorando.
—Papi, ¿vienes a ver una peli con nosotras? Vamos a ver Mulán —su voz me causa ternura.
Si hay algo que aprendí de Lili en estos meses que convivimos, es que ama con locura a las princesas, su favorita es Mulán y quiere de macota un dragón. Lo mas parecido a un dragón es una lagartija, y no le daré una lagartija de mascota.
—Lo siento, la veremos después, tengo que trabajar en algo —beso su cabello antes de retirarme.
En momentos como estos, agradezco que sus hermanas estén con ella. No puedo dejar de trabajar, así que me preocupa que se sienta sola, por eso la mayoría de las veces se va conmigo a la oficina, cuando no está en sus diferentes clases.
Dejo a las chicas tras de mí, para encerrarme en la soledad de mi despacho. Me concentro en los documentos que me envió Karla para que revise las propuestas de asociación, entre ellos un solo nombre es el que llama por completo mi atención: Cooper Black Security. Mis socios me mandan la propuesta para que yo me contacte con ellos, y no me extraña, es una de las empresas en ascenso, con ganancias millonarias de toda España, es una locura no asociarse a ella.
Leo la propuesta por encima, no tengo que detallar todo para saber que tengo que aprobarla. Marco el numero de Karla enseguida.
—Señor.
—Karla, háblame de la propuesta de asociación con Cooper Black Security, la sucursal de Madrid, para ser específicos.
—La idea propuesta por los Hidalgos, es enviar a un ejecutivo para hablar directamente con el CEO. Hay registros de que no aceptan a cualquiera como socios, así que necesitamos a los mas calificados para convencerlos.
—No es necesario, iré yo mismo —sentencio.
—¿Hasta Madrid? No es necesario, los Hidalgo parecen estar capacitados…
—El CEO de Cooper Black Security es Samantha, yo mismo iré para hablar con ella personalmente.
La escucho reír.
—Tú solo quieres ir a verla.
—¿Algo mal con eso? —espeto serio.
—No. Me encargaré de alistar todo para el viaje —hace una pausa —¿Llevarás a Lili?
—Sí, encárgate de avisar a todas sus clases. Tengo un departamento en Madrid, encárgate de que esté abastecido.
Me tiemblan las manos desde que supe que volveré a verla. Quiero tenerla conmigo, jamás la dejaré ir de nuevo. Mis nervios se ponen de punta, me pregunto cuál será su reacción al verme en su empresa.
Parezco un adolescente nervioso por ver a su primera novia.
Termino de concretar los detalles con Karla, para pasar a lo siguiente en mi lista de pendientes; comunicarme con Amanda. Por suerte, al tercer tono contesta.
—Hola, cariño —su voz es empalagosa, lo hace para molestarme.
—Amanda, necesito que vengas por las niñas. Me iré de viaje con Liliana —hablo seco.
—Oh, cariño, no puedo —suelta una risita —actualmente estoy en Dubái, es imposible ir por ellas hoy o mañana.
—¿¡Que!?
—Vine de compras, lo juro.
La mezcla de su irritante voz, más el hecho de que se fue del país dejándome de niñera, es suficiente para hacerme enfadar.
—¡Maldita sea, Amanda! —grito —¿Crees que soy niñera acaso?
—¿A dónde van? Yo las paso buscando donde sea, puedo enviarte un permiso temporal de viaje junto con sus pasaportes —murmura con fastidio.
—Voy para Madrid, ¿Cuándo las puedes ir a buscar?
—¿Te parece dentro de quince días?
Me lleno de furia.
—Me parece que es demasiado, te doy una semana máximo, Amanda.
Corto la llamada antes de que me estrese mucho más. Envío un mensaje a mi asistente.
Yo: “Llevaré a Liliana y a sus dos hermanas, encárgate”
Karla: “Entendido”
Acaricio mis cienes, echando la cabeza hacia atrás, en eso escucho la puerta de mi despacho abrirse, dejando ver a la cara enrojecida de Sofia. No es de extrañarse verla nerviosa, usualmente no me habla y cuando lo hace solo son balbuceos, se limita a desviar la mirada, como una sumisa, pero mas incomodo.
—Señor Fisher, le traje pizza —extiende el plato.
—Gracias —hablo con expresión neutra.
Ella se acerca hasta mi escritorio para dejar el plato a mi alcance. No la miro, me concentro en terminar de repasar los documentos que me siguen llegando sin parar.
—Que la disfrute, Señor.
Frunzo el ceño ¿Sigue aquí? Pensé que se había ido hace minutos. Alzo la vista hacia ella y cuando nuestras miradas se encuentran, ella se sonroja y sonríe. No es por ser malo, amargado o algo así, pero algo en ella me recuerda a Amanda, aparte de su aspecto físico, y no me agrada.
—¿Necesitas algo? —ella niega, todavía parada frente a mi escritorio —Bueno, necesito que tus hermanas y tú, alisten maletas. Nos vamos de viaje mañana temprano, tu madre las recogerá en una semana.
—Entendido, Señor —musita despacio y sale del despacho.
Sigo pensando que ella es extraña, se parece demasiado a su madre y eso no es bueno. Cuando conocí a Amanda era exactamente como ella, una sumisa nata, poco a poco fui descubriendo que era una máscara, debajo se escondía una manipuladora experta.
Mis pensamientos involuntariamente vuelven a Samantha, por lo que busco con la mirada su foto en mi escritorio, una de tantas que le tomé en el parque cuando tuvimos ese picnic. Siempre creí que ella nació para mí, para ser mi compañera de vida, y pretendo hacerlo realidad.